Hay que lidiar con las fuerzas oscuras de uno
y con lo más brillante

Conversación con Nara Mansur, Premio Iberoamericano de Cuento
Julio Cortázar 2013

Leyla Leyva

Esta entrevista se hizo vía email y sin que mediara una comunicación telefónica. Aunque prácticas así sean ya bastante usuales, confieso que me hubiera gustado disfrutar del repertorio expresivo completo de Nara Mansur: su peculiar arquitectura femenina en función de las emociones y su sentido del humor… del amor, y la agudeza in situ de esta mujer, incluso, hasta para disfrutar el paisaje (Casablanca, por ejemplo).

De cualquier manera, aunque en Argentina le hayan dado «poca agua» a la noticia, por acá estamos festejando que Nara Mansur, residente en Buenos Aires desde el 2007, ganara el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2013.

Para esta convocatoria se presentaron 600 obras de autores de 24 países de América Latina y Europa, pero fue el relato de la autora, «¿Por qué hablamos de amor siempre?», el que cautivó el interés del jurado conformado por los cubanos Jorge Fornet y Norberto Codina, y el argentino Rodolfo Hamawi.v

Nara Mansur (La Habana, 1969), poeta, dramaturga, crítica teatral y editora, entre otros libros, ha publicado por Letras Cubanas, los de poesía, Mañana es cuando estoy despierta (2000) y Un Ejercicio al aire libre (2004), pero en el 2011 volvió la mirada de los círculos literarios nacionales hacia su obra al obtener el Premio Guillén de poesía con Manualidades, que alcanzaría el galardón de la Crítica literaria al año siguiente. Su libro Desdramatizándome. Cuatro poemas para el teatro (2009) también recibió el Premio de la Crítica en el 2011.

«¿Por qué hablamos de amor siempre?» partió de una experiencia personal, ¿es tu primer relato?

Había escrito prosa poética en los cuadernos de poesía publicados y también ese breve texto «No soy la bella durmiente» para la antología El retrato ovalado, coordinada por Soleida Ríos. La narrativa había sido hasta ahora más la forma de «los apuntes», de la «acumulación sensible» y decidí trabajar con ese flujo, no partirlo en versos sino mantener la textualidad ocupando toda la página, a lo largo y a lo ancho, sin blancos, aunque dentro hay diálogos, preguntas, mucha puntuación, personajes. Ese texto pedía ramificaciones, follaje, polvo, todo ese ruido ambiental, el vocerío interior… todo eso fue naciendo en un formato narrativo, aunque también cito fragmentos de El saber curioso y el saber cruel, un ensayo magnífico del psicoanalista argentino Fernando Ulloa.

Aunque el relato parte de un hecho que viviste, el suceso resulta lo menos importante (la tala de unos árboles). Lo que interesa no es qué pasa allí sino hacia dónde va todo el asunto: lo que dispara el hecho en la psiquis de la protagonista. Creo que tienes una pelea a muerte (confesa) con lo que llaman la peripecia en narrativa, ¿por qué? Abusar de ella conduciría a la simplonería, pero ignorarla demasiado podría llegar a aburrir al lector…

Sí, es una relación de amor-odio (risas). Uno se ha educado «leyendo» este tipo de organización del relato: novelas, cuentos, telenovelas, radionovelas… recuerdo noches en vela sin poder dormir en la época de La esclava Isaura en los años 80: qué tensión, qué ansiedad, imaginado las resoluciones de todos esos conflictos y nudos argumentales, o mis primeras veces viendo de niña el ballet Giselle, por ejemplo… He sido la espectadora que ha vivido dentro de esas y otras ficciones mucho tiempo como una detective (qué va a pasar). Vivo esa paradoja, de lo que me ha convocado como lectora/espectadora desde niña —muy cultura popular a la manera de una Cuba no tan reciente ya: ballet y fiestas del CDR, «galas culturales» y Palacio de Pioneros, modista particular y recogida de materias primas— y lo que uno construye como enorme deseo, como la escritora que quiero o puedo ser. Lo más importante para mí es que lo que quiero contar, es un armado de palabras y no tanto una fábula o historia. Las palabras, la sintaxis, los tonos, los ritmos, la forma en que convoco al lector… de eso trata lo que escribo. Pero, por supuesto, hay un relato, una peripecia… siempre: la hay más allá de que uno le dé más importancia a otros asuntos, pero el relato viene siendo para mí un subtexto, algo que va quedando en un plano sumergido.

Hablando de poesía, comentaste en una ocasión que considerabas el poema más bello aquel que nos hiciera sentir más libres, que nos protegiera y no nos utilizara o prejuzgara nuestra incapacidad… En el relato ganador prima un sentimiento de descontento existencial ante las circunstancias y la precariedad de la acción humana para transformar, pero se respira necesidad de esperanza, se cuestiona e impulsa la razón. ¿Qué tipo de compromisos asumes como escritora? ¿Crees en la posición de un escritor comprometido? ¿Cuál escritor defiendes ser y que tipo nunca serías?

Dije que el poema más bello es la ley que nos haga más libres, que nos haga posible una participación real como ciudadanos en la sociedad en la que vivimos. Pero es mi sueño o una «frase» más. En verdad me siento pesimista sobre lo que cualquiera puede hacer o construir en un mundo donde prima la ley del poder, del poder del dinero sobre todo. En ese sentido de contrapoder el arte es una necesidad siempre vigente, un grito libertario donde sea, en Cuba, en Argentina, en Burundi… admiro tremendamente a los que tienen fuerza de voluntad, eso es lo que más admiro en la vida, los que siempre tienen algo para construir, aquellos en los que el deseo es más fuerte que la razón o la lucidez. ¿Para qué sirve darme cuenta de determinadas cosas? ¿Para sentirme inteligente, cínica? ¿Qué se hace con eso? Es un estado de paranoia, de eterna sospecha sobre algo, lo que sea: los gobiernos, los empresarios, las instituciones, otras personas… eso es la guerra, la violencia también… Yo pienso en todas esas cosas, no estoy libre de ellas, pero trato de que pensarlas no me haga sentirlas del todo sino poder utilizarlas como un material artístico más. El primer compromiso es con la propia investigación, con el lenguaje, pero me gusta (o quizá lo padezco) un interés por el contenido, por la denuncia: es obvio que elijo hablar de determinadas cosas y eso lo pongo delante y yo con esas cosas de frente mirando al publiquito. A veces me siento muy literal pero es mi maletín. Pero me sorprende gratamente encontrar lectores con una cabeza inmensamente fértil y libre que no tienen mis referentes ni mis prejuicios.

¿Es verdad que te hubiera gustado ser abogada?

Me hubiera gustado ser abogada en el sentido de que no encontramos la cabeza de los artistas en los lugares de los abogados y en esos lugares se toman decisiones demasiado importantes; más importantes que nuestras decisiones al llenar una página en blanco, dar una clase o un taller. Cuando uno lee la sintaxis de la documentación por la que se rigen nuestras vidas, sea la del cuentapropista o la del neurocirujano, se da cuenta lo lejos que están las palabras del poder de las palabras de la literatura o de la libertad, cómo las palabras son usadas casi con desprecio, se las desconoce. La frase «Inconsistencia de fechas por armado de tramos» es una de las que más dolores de cabeza y tramiterío me ha causado; incluso el personal «iniciado» en ese código no me podía explicar qué significaba (mientras yo debía seguir pagando): ¿súper metáfora, arbitrariedad, código excluyente?

¿Crees, como argumentan algunos, que la poesía exige más de un estado de creación puro, en un escritor dotado, que en otros géneros literarios? ¿Cuándo se le hace más difícil a Nara Mansur escribir, cuando hace teatro, prosa o poesía?

Lo siento más como un medio lleno de impurezas que es al mismo tiempo muy creativo y vital. Nunca me pensé escritora en el sentido de: «trata de tener todo el tiempo para escribir», «planifica este libro, este otro»… debe ser magnífico, profesional, pero no me pasó. Uno es hijo de sus circunstancias; para mí era inaplazable salir a trabajar cuando me gradué del ISA en 1993, hacer algo más allá de las ideas de artista, creo que a muchos nos pasa eso. Era un momento en el que había trabajo y me movilizó siempre la gente; me gustan las personas, me gustó la idea de trabajar como programadora en los Salones del Gran Teatro de La Habana, como parte del equipo del Departamento de Teatro de la Casa de las Américas, o como profesora de dramaturgia en el ISA. Ir al encuentro de la gente.

Creo que lo más difícil es reconocer el «género» —para decirlo a la manera antigua—, más coherente y eficaz para la textualidad que estamos produciendo, dar con ese marco de presentación y lectura.

Eres una escritora abierta a la idea del texto, poético o no, aunque como buena dramaturga nunca se advierten demasiadas «fugas» en tu escritura; más bien lo contrario, prima la claridad, la lógica, y la comunicación fluye, aunque el sustrato reserve, en mi opinión, lo mejor: un pensamiento inquietante… ¿Es esta una posición intelectual que privilegias sobre la visible artesanía de las construcciones en el texto?

Mi posición es la apertura, la mescolanza, la inquietud, la amalgama siempre posible. Los textos como materiales, siempre una idea de edición y montaje sobrevolando sobre mi cabeza. Siempre preguntas, cuestionamientos más que hipótesis. Quisiera que se advirtieran las fugas y las persecuciones, las recuperaciones y las pérdidas, en fin, los vaivenes propios. El pensamiento inquietante como trascendencia es una posibilidad maravillosa. Hay mucho de la posición que uno no advierte o hay cambios de posición en cada nuevo texto, uno se mueve, lee, participa de formas diferentes según el tiempo pasa, según las circunstancias. En relación a lo artesanal me gusta pensar las herramientas de construcción como segunda naturaleza o fundidas con las ideas.

¿Cómo describirías el momento que vives hoy, edad aparte?

Momento madre, momento nostalgia de mi familia cubana, de la gente y las cosas que quiero tanto y con las que ya no vivo. Momento descubrimiento del mundo, del amor, renacimiento, flexibilidad a toda prueba, prueba y error. Momento de angustia intermitente, de estabilidad en la precariedad, de insatisfacción con mis capacidades de autogestión: he sido una trabajadora asalariada, o como se dice en Argentina, trabajadora en relación de dependencia, por muchos años y eso me ha «afectado» (risas). Hay un pasado que no está más, y un sentido de pertenencia difuso que asocio con fuerzas del espíritu. Yo no pertenezco a este lugar (Argentina) pero este lugar es en cierto modo el mundo: el mundo es así, absolutamente injusto, arbitrario y ajeno. Por otro lado, he tenido tiempo para escribir, para pensar, y me gusta haber vivido esas sensaciones, me gusta ese vacío enorme que he sentido, esa tristeza que moviliza y no me deja tirada en la cama.

¿Cuántas insatisfacciones tienes hoy al punto de que puedan paralizarte como creadora? ¿O es todo lo contrario, son las insatisfacciones tu motor de arranque creativo?

No creo haberme paralizado en estos últimos tiempos, me han paralizado tristezas muy grandes: el desamor, por ejemplo, o la muerte de mi abuelo. Las insatisfacciones es cierto que despiertan en uno zonas de gran erotismo hacia la creación, uno se vuelve un enamorado de lo que imagina y le da para delante con fuerza, con fe, tranquilamente, mientras la intranquilidad te recorre por otros lugares. Hay que lidiar con las fuerzas oscuras de uno y con lo más brillante y generoso, conocerse, no darse tregua, no tenerse lástima, no tenerse tantooo respeto tampoco.

Si digo: te leo cada vez mejor como una escritora lúcida y coherente, ¿cuál sería tu reparo al retrato de la mujer simultánea, la misma y otra, que trata de llevar adelante una carrera, una familia, lejos de Cuba?

Hay que repararlo todo, incluso la coherencia, la lucidez. Quiero repararlo todo, lo que parezco y lo que no se nota y está más oculto. Ha habido tantos dogmas en nuestras vidas, tantos fantasmas con los que hemos tenido que lidiar, como en un malentendido permanente. Tengo que reparar mis zonas de desconfianza en mí misma, la letanía de los deber ser, los tener que dar explicaciones. Que padecer no sea un obstáculo para la lucidez, para la creatividad. Me alegra escribir, terminar un texto, un libro, me alegra el cuerpo, me alegra la mente, me dispone a la vida de una manera muy sencilla. Pasión, denuncia, lucha, salud mental.