1987
(o Margot teoriza sobre los Gauloises,
y la falta de coherencia, en la azotea de su nueva casa, con su libro de cabecera La política)

Grethel Delgado Álvarez

Los textos que ahora publicamos pertenecen al libro Estrías, con el que Soleida Ríos obtuvo el Premio Nicolás Guillén 2013 y que verá la luz próximamente por Letras Cubanas. Con ellos la autora nos adentra en un mundo de ámbitos construidos amorosamente con la memoria: dioses, amigos, animales, paisajes inmediatos, objetos, diálogos, sueños, delirios, alegrías, luces, penumbras... un espacio íntimo y entrañable, con sus misterios cotidianos, sus raros colores y sus anhelos, donde los seres van o vienen, nos acompañan por un tiempo y parten, dejándonos en soledad. La lectura de Estrías evoca otro destino, otra mirada, y enseña que estamos inmersos en una realidad desconocida y de plenitud insospechada.

SOLEIDA RÍOS (Santiago de Cuba, 1950) ha publicado, entre otros, El libro roto (1994), Libro Cero (1999), El texto sucio (1999), El libro de los sueños (1999), Secadero (2009), Escritos al revés (2009) y Antes del mediodía, Memoria del sueño (2011), así como su antología personal Fuga (2004).

PREÁMBULO / A las tres de la tarde

Aunque sean las tres de la tarde, Rolando Estévez (A. Z. en su brazo derecho) acostumbra a encender el quinqué de La Vigía.

Nació este libro en La Vigía.

Nació en La Prueba, Alto Songo (1950), un día en que Wifredo Lam pintaba una Abalocha.

Nació en Santiago de Cuba, ciudad bendita (¡¿mala madre?!), arrolladora…

Dormía yo (Sin Casa) en la estación de trenes, estornudé y alguien que estaba allí me dio la bendición.

Y cuando se estornuda puede uno exhalar la vida pero también puede exhalar la muerte.

Así que tiré mi flaca muerte a las líneas del ferrocarril. Y me fui a otra Isla. Allí (AMÉ), viví por arte de… ¿birlibirloque?

¿Qué es esa vida (Arte)…? No lo sé.

Y tú, Lector, ¿nunca te preguntaste… ¿QUIÉN SOY? ¿QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ…? ¿No se te atragantó la glotis unos cinco minutos?

Cualquiera ES el LUGAR. Pero nunca es casual.

Cualquiera sea el lugar es tuyo. Lo has creado, lo has ido creando con cada uno de tus pasos.

En el pueblo de la modorra creé yo una ciudad… Escribo en la Ciudad de la Modorra.

Una mujer me preguntó adónde iba ESO. Lo que estoy dándote…

No lo sé. ¡Cómo podría saberlo! Sé si acaso de dónde viene. Tengo un claro gobierno en el lugar que suele llamarse CORAZÓN.

Recíbelo (hazlo trizas). Destruye lo que te doy y créalo. Así, podremos estar juntos. Dos (creando) en la Ciudad de la Modorra.

Otra mujer me preguntó de un nombre (¿Mario…?). No existe, dije, si no como la encarnación de un símbolo. Este claro gobierno NECESITA abrirse al sueño.

Entonces nada en verdad le pido. No lo ofusco.

Ofrezco.

Quiero ofrecer.

Nació este libro… Suma desgarros (¿explosiones subdérmicas?).

Estrías / trofeos.

Suma una vigilancia.

Tuya.

Mía.

Pero veraz, perenne.

Doy gracias a la Ciudad de los Puentes, a los vigías (ríos ellos también) que discurren a orillas del San Juan.

CALVARIO

Calle de loma suavizada: funeraria y caserones de corte colonial.

Rostros que miro. Rostros que no me ven.

No Arélida Alarcón, no su hija Mabel de Covarrubias, no sus nietos, Ibeyes, hembra y varón. Sus sombras viven en este caserón de la calle Calvario, el caserón que antes fuera oficina donde yo misma soporté y creí comprender a Máximo Barrenas.

La mala intervención al antiguo patio y al fondo del caserón (ampliado desmesuradamente en mi visión) cumpliría el propósito..., según Q. y su dolorosa mujer y sus hijos ya crecidos en la avaricia, de agrandar la posibilidad habitacional, sea la que fuere. Ellos, frente a todo, sin límites, arguyen con la palabra MÁS. Mastican con regusto la palabra MÁS. Entonces: un tablón atravesado como una mala costura sostiene una bruta pared y un nuevo piso endeble, incluso la mitad de otra pared y de otro piso endeble y ahí mismo donde acaba el tablón, empata una pata de marco que mi visión, repito, hace descomunal y así... 1 es 3 y 3 será 9, todo lo cual completa un cero.

Q. y su dolorosa mujer y sus hijos de la Avaricia verán con extrañeza y poco sentido del olfato y el gusto un humo gris...

Humo gris veía yo en el sueño (1976) entre el patio y el penúltimo hermoso cuarto del caserón.

Desde el aire, encaramada en un vistoso butacón de mimbre (existía, lo aseguro), vi puerta y ventana abiertas y entre los barrotes el gozo de aquellos enanos depredadores, sus alharacas, echando abajo la estantería de libros, desmantelando el cuarto-oficina donde yo había calculado cada loza según las medidas de una cama de bronce, aquel mimbre sensacional con sello de 1904, una tinaja, tres altísimas sillas del colonial americano canjeadas en el crucero de San Vicente...

Humo gris envolvía a los enanos.

(Y humo gris, reconcentrado, en la capilla ardiente donde no pude ver, de cerca, el rostro de la que fue mi madre...)

Humo gris envolvía (¿envolverá?) a Q. y su dolorosa mujer, hijos y nietos crecidos ya en la Avaricia y la Grisura.

Q. remodela (remodeló, si es que puede decirse) todo el fondo, que es donde viven, hasta hacerlo del todo desconocido. Desconocido e inútil para el sueño. Paredones de mala madera sin expurgar rompen el aire del patio embaldosado con canteros y una frondosa mata de higo.

Humo gris envolvía... Abrazaría yo a las sombras.

NOTICIAS

Según O., Mario se ha alejado tanto de mí que ni siquiera puedo hablarle. Lo ha decidido y mantiene una firmeza inusual, inesperada. Yo he insistido, refiere O., supuestamente con la esperanza de poder explicarle, de conseguir que él, alguna vez, sepa todo.

Nada, dice O. Nada...

Camina serio, silencioso de un lado a otro del local donde le corresponde o le correspondió con su familia (¿El Hotel Packard...? ¿El Mangrullo de Alamar...? O. no puede responder), se ocupa de las cosas con suma gravedad, prepara el regreso, la ida definitiva...

Lo que más exige, lo insistente y terrible, según observa O., es el perro, que cada vez retorna (no será a las puertas del hotel Packard, desde antes ya devastado..., por lo tanto, piso a piso... ¿a El Mangrullo de Alamar?). Parte el alma.

Oigo... (miro) todo esto con desesperación.

Parece que su decisión obedece a un pedido o a una queja de Susana.

Susana está con él en los preparativos (no puedo entender cómo, si en ese tiempo no eran aún...), se coloca delante, menuda, delicada como es ahora, aquí, trigueña o negra, suave, dulcísima, cuerpo mojado, brillante, negrura que se abre, lenta lenta lenta...

¿Quién? ¿Quién es...? O. no puede decir, no alcanza.

Antes, mucho antes, la he visto sola, (¿la he previsto?) sin esa alteridad, echada cuan larga, blanca y ancha es, en el suelo..., cuando se disponía a cruzar bajo una fina raya blanquecina que alguien, seguramente alguien..., interesado o no, marcó sobre el suelo de cemento.

—Efun... ¡Fenómeno!

Según O., arreglo mis maletas pues yo también he de partir. Una maleta dentro de una maleta dentro de otra maleta... dice. Sin más explicación.

Que eran las 12 y 7 minutos, por Radio Reloj.

Que dada mi morosidad y los muchos matorrales y caminos de tierra que había entre el lugar (¿pero cuál...?) y el aeropuerto, fue preciso encontrar compañía para mí, al menos en el último de los intentos.

Que esa compañía fue Arélida Alarcón, mi vecina, y su nieta de 2 años, negada (cerrada como una mula joven) a seguir adelante.

En el escalón de entrada a una casa, según O., se apoltronó la nieta con su faldita rosada y su paradora rodeada de un alambre. Una miniaturita (¿matrioska?), ojos de gato.

—No no y no...

El aeropuerto... (y M., supongo) cada vez más lejano.

Cada vez.

FORMA DE LA NADA

Joel James Figarola (¿sombrero?, botas, guayabera), en la máxima claridad del día y quizás de sí mismo, me ha indicado una manera de poder descargarse.

Se trata de un movimiento. No torsión, movimiento armónico de los pies, (implicados los tobillos y en parte las rodillas, sólo en parte), que llegan a curvarse de extraña manera para que pueda conseguirse, la posición clave, ideal.

Sucede en la loma de la calle Enramadas. En la misma acera hace las indicaciones mientras dábamos tiempo, esperábamos... Me ha hecho la indicación no, como podía esperarse, con su propio cuerpo. Los pies que veo emprender el extraño ejercicio son los míos. Pies de niña y no estos míos que alguien llamara «pies de palma».

Debo suponer que yo, acostada o recostada en la acera que está a cubierto por las paredes de las casas (el sol es fuerte, está en su cenit), consigo que mis pies (los veo alzarse levemente, los veo curvarse hasta un punto imposible, al sesgo, y luego enderezarse lentamente lentamente), consigo que ejecuten la acción, dibujen con exactitud el movimiento... ¡mis pies de palma!, mientras estamos a la espera, en Enramadas. Plena calle.

El cuerpo al fin soltará su carga. Sabrá...

Pero luego no consigo saber dónde está Joel James. Dónde. Y me parece que no logro entender cómo ha sido posible pasar de modo imperceptible de esa sólida forma... a la nada. Si estábamos esperando... él, ¿dónde se metió?, ¿qué se hizo? Nadie me ha podido explicar. No vi en él apuro ni ansiedad ni desasosiego ni temor. Serenidad total, incluso suavidad, afecto... pero sin pasión.

Así es como seguramente han de venir las almas de la muerte, según sea.

María Victoria James, en su casa, adonde llego no a preguntar por Joel James, su padre, sino a ojos vistas a compartir, a retomar el curso de nuestro viejo cariño..., va a colar un café.

Sentada en la sala, la mirada puesta en la calle, loma empinada, pero yendo aún más allá, a la montaña, al monte, a los caminos..., recuerdo lo fundamental: toda la ardua explicación de Joel James y el sentido final, aligerarse, limpiarse, depurar... todo, lo aprendió (aprehendió) según me dijo, en el Blen blen blen de Chano Pozo.