Propagación del mal
Abdón Ubidia
Bajo el sello de la Editorial Arte y Literatura, será presentada en la próxima Feria Internacional del Libro en Cuba el libro Amor y desamor en la mitad del mundo, una muestra del cuento ecuatoriano contemporáneo. Fue realizada y prologada por el reconocido escritor Raúl Vallejo, quien señala que esta selección, construida desde la temática general de amor, es diversa en edades de los escritores, en sus tendencias literarias, en su visión del mundo, trata de ofrecer un abanico de expresiones estéticas. Pero, al mismo tiempo, los lectores se encontrarán con esa mirada de entre siglos atravesada por el sentido posmoderno de la hibridez. El sentido de lo contemporáneo está dado por el tiempo de escritura de los textos: todos los cuentos, aun aquellos de los autores de mayor edad, fueron publicados entre el último cuarto del siglo que pasó hasta años recientes del presente. De este volumen, como un adelanto, ofrecemos a los lectores el relato de Abdón Ubidia “Propagación del mal”.
Abdón Ubidia (Quito, 1944) es autor de cuentos y novelas de carácter urbano como Ciudad de invierno (1979), Sueño de lobos (1986) y La madriguera (2004); Ha escrito también cuentos fantásticos: Divertinventos (1989), El palacio de los espejos (1996) y La escala humana (2008); libros de ensayos como El cuento popular (1977), Referentes (2000), Lectores, credo y confesiones (2006), Celebración de los libros (2007) y La aventura amorosa (2011); En 2012 le fue otorgado el Premio Nacional Eugenio Espejo, que es el más alto reconocimiento del Estado ecuatoriano a la obra de un autor.
—Tengo diecinueve años y no quiero morirme —dijo la muchacha.
El profesor examinó de nuevo la mano abierta. Miró en ella como en el mapa de un mundo imposible. Era una mano espléndida. La línea de la vida y la línea de la mente demarcaban un campo de Marte lívido y liso. Del otro lado, el monte de Venus, blando, rosáceo, se elevaba sensual.
—Morirse no es fácil —dijo el profesor.
Entonces la muchacha le refirió, por primera vez, luego de tantas sesiones en las que calló con la fuerza del gran secreto que era, la historia del forastero que le contagió su mal. Ese joven era un ser de la penumbra. Un ser de la tristeza. Sumido en el oscuro ron, de pie en el extremo de la barra, parecía abandonarse a un ritmo interior lejano y difícil, casi incompatible con el bullicio que hervía en El Seseribó, ese subterráneo de paredes de piedra y luces bajas que era el recinto de la discoteca.
Se dejaba observar así: medio ausente, de perfil contra el resplandor amarillo del bar, envuelto en el humo y en el aire enrarecido como en un aura propia. De rato en rato bailaba con alguna chicuela sin hablar una palabra. Decían cosas de él. De su soledad. De sus hábitos nocturnos. De su costumbre de irse, hacia el final de la noche, con una jovencita o un jovencito siempre distintos.
Y así, semana tras semana.
Una noche de esas se supo elegida. Había ido a la discoteca con el grupo de siempre. Ropas amplias y zapatos de marca. Y un cierto orgullo de existir. De pronto, el extraño vino. Y la raptó. No la sedujo su baile. Ni esa energía perversa, casi desesperada que derrochaba en él. La sedujo el miedo. En el fondo de esos ojos refulgía una llamada salvaje. Él era lo otro. Lo desconocido. Si entonces no lo supo, lo presintió. Ese hombre estaba herido de muerte. La muerte cantaba en sus ojos su canción engañosa. Así fue la primera vez.
La muchacha calló y el profesor, aturdido por aquello que en tantas sesiones no había podido adivinar, se incorporó en silencio. Fue hasta el armario pintado de verde. Y regresó con una piedra de obsidiana, un frasco de vidrio azul y dos amuletos de la buena fortuna.
—¿Él conocía su enfermedad? —preguntó.
—Sí —dijo ella.
El profesor no necesitó de más palabras para verlo en la imaginación como un ángel caído, ocupado en la sórdida empresa de buscarle un nuevo sentido a su vida de condenado a muerte: propagando su peste, ampliando el bando de los suyos, combatiendo su soledad de esa manera, como un vampiro moderno, como todos los vampiros de todas las épocas.
—¿Y cómo lo supiste? —preguntó.
—Antes de irse de la ciudad, me dejó una carta —repuso la muchacha.
El profesor calló. Por fin se animó a decir, receloso, la pregunta que bien pudo pasar por alto:
—¿Algún médico te diagnosticó el contagio?
—No. Ninguno. Pero yo lo sé.
El profesor también lo sabía. Y sabía que ella siempre lo había sabido, aun antes de leerlo en la carta. Pensó que en los malos tiempos es fácil confundir el amor con la muerte y refugiarse en cualquiera de ellos como en una cuna infantil.
Desnudó y recostó a la muchacha en la banca forrada de damasco amarillo e inició el rito de limpieza. Tendida boca arriba, los ojos entrecerrados, el cuerpo libre de toda marca maligna, ella se abandonó a los pausados conjuros dichos entre grandes bocanadas del humo de tabaco negro. Poco a poco el corazón empezó a aplacársele. Poco a poco el profesor empezó a sentirla suya. Dispuesta a creer en todo lo que le dijese. Tal era su necesidad de salvación y olvido. Y el profesor miró las formas de la muchacha. Y dejó de leer en su carne los otros signos secretos. Y recordó las veces en las que se asomó a tantos jóvenes cuerpos, abrasado de deseos y tormentos íntimos.
—Vístete niña —murmuró.
Entonces el profesor sintió que algo sagrado empezaba a tejerse entre él y la muchacha, algo que, por primera vez, en sus largos años de tratos con lo misterioso y oculto, empezaba a temer.
—¿Cree que esto me sirva de algo? —comentó la muchacha antes de irse.
—Todo depende de tu fe —repuso el profesor, rehusando el ademán de la mano que se disponía a abrir el bolso de lona para pagarle la sesión. Pero en la voz del profesor no había ninguna fe.
Fue hasta el armario y extrajo de una gaveta un talismán dorado, sujeto a una cadenita del mismo metal.
—¿Tampoco cuesta nada? —preguntó ella.
—Nada. Pero te pido que vuelvas —rezongó él, con la mirada perdida en el piso de duelas irregulares. Era la primera vez que no cobraba una consulta.
La vio irse por la mampara llena de dibujos zodiacales. Solo entonces reparó en toda la gente aquella que aguardaba en la antesala.
Todos los dolores del mundo concentrados, como siempre, en la antesala. Toda la angustia del mundo que buscaba en él una fe, una última y desesperada oportunidad contra la mala fortuna. Como todos los días.
Miró, por un segundo, la fila de gente que volvieron, hacia el suyo, los rostros agrisados por la luz que les golpeaba desde la mampara.
El profesor sintió un gran cansancio y una gran soledad en el corazón.
Sin embargo, durante aquella larga jornada trató de atender a sus clientes como si nada ocurriese en su interior.
Llevaba años en esa profesión. Empezarla había sido un accidente, un salto en el vacío, la única manera que encontró a su alcance para huir de la miseria y de la siniestra oficina que entonces lo asfixiaba. Pero lo que en principio fue pura y llana charlatanería, poco a poco se fue transformando en una religión personal en la que comenzó a creer casi sin darse cuenta. Y un día se encontró —todo muy serio y convencido— oficiando ritos que poco diferían de los de una misa negra. E invocando desde lo más profundo de su ser a las fuerzas ocultas y secretas que, según los antiguos libros, gobernaban el mundo y que, paradójicamente, hacia los finales del gran siglo de la ciencia y de la técnica, volvían a ponerse de moda.
Quizá la ciega entrega de los cientos de suplicantes que lo buscaban como a un último salvador, tuvo su parte; quizá el objetivo poder que ellos le otorgaban sobre sus destinos; quizá la necesidad de darle valor o ponerle importancia a lo que había pasado a ser la empresa de su vida, lo único que la justificaba o le daba algún sentido; sea lo que fuere, lo cierto era que el profesor había terminado por convencerse de sus dotes esotéricas, sobre todo en lo referido a la quiromancia y a sus poderes adivinatorios y curativos.
Y hubo un tiempo en el que se pensó como hombre feliz.
Pero los años habían pasado.
Y con ellos había venido también el cansancio y el vacío.
Desde hacía mucho tiempo que la vida se repetía igual a sí misma. Como si las puertas del futuro se le hubiesen cerrado de pronto.
Como si el presente fuese un laberinto circular sin futuro posible.
El profesor se sentía como un viejo sacerdote que hubiera perdido la gracia de su Dios.
O como un médico que ya no le encontraba ningún sentido a su ciencia.
El profesor había perdido la fe.
Y vislumbrar el futuro o conjurar un infortunio eran cuestiones de fe.
No podría curar a la muchacha. Sus invocaciones no lograrían aplacar, en ese cuerpo joven, la marcha de ese nuevo mal que había aparecido en el mundo y que no tenía cura.
No era un nuevo mal. Era el nuevo rostro de la vieja peste.
El profesor tomó su libreta de frases célebres, como las llamaba un poco ingenuamente, y escribió:
«Mientras exista la muerte, existirán las pestes. El problema no es la peste, el problema es la muerte». La leería, luego, en la emisora.
El cuerpo desnudo de la muchacha, sus rincones tersos, esa pura carne prohibida, no cesaban de atormentarle por dentro como un revoltijo hecho de oscuros deseos, comprensibles e incomprensibles deseos, sí, pero además de sentimientos encontrados en los que se contaban la fascinación y el miedo, y, por sobre todo, la ternura y la compasión.
En cuanto se fue el último de los clientes, el profesor se acurrucó en el desvencijado sillón que estaba junto a la estrecha ventana. Empezaba a anochecer y las luminarias de las calles brillaban en hileras zigzagueantes: violetas, azuladas, amarillas, intensas; y las luces de las casas titilaban entre los recuadros negros de los edificios de oficinas. Sobre la loma del hotel, la misma niebla infaltable, manchada con un vago resplandor, ocultaba a medias los edificios residenciales. Era el paisaje familiar que el profesor veía antes de marcharse para su casa. Lo miraba casi sin mirarlo, dejando correr lentamente los ojos vacíos por entre los recovecos y apretujamientos de la ciudad, hasta cuando no le quedaba más remedio que dejarse llevar por el mismo desmayado impulso que le hacía volver, a su casa, a su mujer, a sus hijos, al simulacro de siempre.
Luego de la comida venía el sueño cada vez más breve. Luego, la costumbre de levantarse a las dos y media de la madrugada para llegar a tiempo a la emisora y hacer la propaganda de su consultorio y contestar las cartas de sus oyentes: una legión de insomnes que esperaban sus respuestas como aves de la noche en busca de una presa oscura.
Fue a la antesala y se sentó en una de las sillas forradas de plástico. Y miró, desde el otro lado, los dibujos zodiacales de la mampara.
Exhausto y triste, parecía uno más de sus propios clientes.
Solo que más allá de la mampara, en la soledad contundente de su consultorio, él no tenía a nadie que pudiese ayudarlo.
Se levantó, empujó, como siempre, con esa combinación cansada de la mano y el pie izquierdos, la puerta de vidrios cuadrados, y fue hasta su viejo sillón, frente a la ventana.
Sumido en sus presagios, decidió tratar de adivinar su propio futuro. Y el papel que cumpliría en él la muchacha enferma.
Procedió como siempre, aunque ahora no necesitaba auscultar su mano ni mirar en ningún naipe los trazos frágiles, precarios, de lo que, a pesar de estar escrito en tantas partes, aún no llegaba a ser.
Pero ¿estaba escrito? El profesor hizo un esfuerzo supremo para recuperar su confianza de otros tiempos. ¿A qué infinita soledad estaría condenado si ya no pudiera descubrir los signos misteriosos del futuro que se agazapaban en los entresijos más oscuros del mundo?
Cerró los ojos. Y empezó a buscar en su mente.
Primero fue la aproximación cautelosa hacia el enigma. Sus adivinaciones eran fundamentalmente eso; una escritura transparente que había que descifrar sin otro apoyo que unas pocas claves generales y la pura intuición. Lo demás era el desarrollo imaginario de lo que podía ser la vida de quien ansiaba escuchar una palabra dirigida a él, y solo a él. Así, un poco avanzando a tientas, guiándose por los espasmos casi invisibles de un cuerpo o un rostro que reaccionaban de un modo u otro ante el embate de alguna de las palabras del profesor (el gesto de dolor o de espanto de un corazón alcanzado en lo profundo); guiándose también por lo que él admitía que era su conocimiento humano y sus virtudes telepáticas —capaces de capturar, al vuelo, el comienzo de una furtiva emoción, de un furtivo pensamiento—, el profesor lograba construir o reconstruir una vida imaginaria que era como la vida imaginaria de aquel que ansiaba saber más de ella, porque la necesitaba así, cargada de dirección y de sentido, como un camino abierto, por fin, en pleno caos.
Lo demás era completar ese cuadro mágico con las mismas ridículas vergüenzas y los mismos grandes miedos de todo el mundo: pequeñeces relacionadas con el sexo o con el miedo de morirse.
Ese era, en esencia, el método de sus adivinaciones.
Solo que esta vez, el profesor comprobó que no servía para adivinar su propio destino.
En el silencio de su gabinete, en la penumbra que ya se había adueñado de los rincones, el profesor suspiró:
—Ven, muerte.
Se sorprendió de sus propias palabras. De espaldas a la ventana, giró la cabeza hacia uno y otro lado como buscando en las sombras más negras, alguna señal extraña. El gabinete, a esa hora de la noche, era un pozo de tiniebla, excepto por la mampara cuyos vidrios reflejan las vagas constelaciones del alumbrado de la ciudad.
—Ven muerte —repitió.
Su voz resonó clara en el silencio de la habitación. Y el fragor de la ciudad pareció adormecerse. Se acomodó en la silla. Y esta crujió con un agobio de clavos viejos y trabazones exhaustas. La hizo sonar así para ahogar los sonidos de su propia respiración.
—Ven muerte —dijo por tercera vez.
Entonces la presintió. Sobre la banca amarilla, miró que se adensaban, como grumos, las sombras que el resplandor de la calle no lograba disipar.
—Pues he venido —dijo la muerte.
—Te he llamado muchas veces —dijo el profesor.
—He venido pero no has querido verme.
—Tal vez —respondió el profesor.
Hubo un silencio.
—¿Quieres morirte? —preguntó ella.
—Más bien es el desgano de vivir.
—Si quieres morirte, no tienes más que pedírmelo.
—No estoy seguro. Por eso te he llamado. Ahora tengo una oportunidad.
—Con esa muchacha. Pero no sabes si está infectada o no.
—Pero sé que no me importa. Ahora tuve el deseo de hundirme en ella. De perderme en ella.
—Lo que pasa es que te estás poniendo viejo. Y ya no distingues el deseo del miedo.
—Pero ya no tengo miedo. La prueba es que te converso como a una vieja conocida.
—¿Crees que no lo he sido? Recuerda un poco, recuerda.
—Pues sí. Pero antes te odiaba. Era una mezcla de miedo y asco. Ya no.
—Entonces ¿qué esperas? Vente conmigo. Puedo parar tu corazón en este momento.
—Prefiero que me digas si la muchacha está contagiada o no. Dime. ¿Te la vas a llevar?
—No te lo diré. Es tu riesgo. Tu apuesta. De todos modos, engatusarás a la muchacha, valiéndote, como siempre, de tus malas artes.
—Solo que ahora pensaré que te has vestido con su carne. Y no me importará.
—Es tu apuesta.
Con esas palabras, la muerte hizo un gesto de despedida y se disgregó en las sombras del gabinete.
El profesor se levantó. Encendió la luz. Tomó su portafolio. Apagó luego el interruptor. Puso los candados de siempre. Y empezó a bajar los escalones de madera. Se detuvo en el descanso. Sacó su libreta de siempre, y anotó en ella otras de sus frases célebres: «Hay dos alivios para el vacío del corazón: el sexo o la muerte». Leyó la frase varias veces. La diría, también, en la madrugada, en la emisora. Pensó que había otros alivios, pero si los enumeraba dañaría el impacto de su frase. Bajó dos escalones, se detuvo otra vez y anotó: «Hay otro alivio: escribir frases».
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