Ángel Gaztelu: gradación laudatoria
Virgilio López Lemus
Para Enrique Saínz, hermano en la Palabra de la Poesía.
Ángel Gaztelu (1914-2003) se autodefine en su Gradual de laudes (1955): «Soy un árbol bajo el verde halago de la lluvia», y parece que recibimos al latino homo cum plantibus en la gracia tropical de la poesía. Insisto: tropical, habida cuenta de que este sacerdote de origen español se «aplatanó» en Cuba tanto como la estrofa llamada décima, que él cultivó de manera privilegiada. Su poesía misma admite el calificativo de cubana por sus contenidos. Para más, Gaztelu fue uno de los diez integrantes «clásicos» del llamado Grupo de la revista Orígenes, como se sabe, capitaneado por José Lezama Lima, quien era su más cercano amigo, y de quien el propio Gaztelu era confesor.
No se dirá que no ha habido en la historia de Cuba sacerdotes/poetas, pero habría que remontarse a los finales del siglo XVIII, para hallar una suerte de homólogo en fray José Rodríguez Ucres, el padre Capacho, quien diose al cultivo de la espinela jocosa, más propia a veces de un seglar bien mundano. No dejaban sus estrofas de tener sabor «criollo», cuando su humorismo se diferenciaban del coetáneo español, para lo cual se usaba más a la ya por entonces bicentenaria espinela. Fray Capacho tenía un pie puesto en Veracruz y el otro en La Habana, y entonaba sus estrofas desde la americanidad, con sentido de ligereza y de expresión desenfadada.
De manera que Gaztelu heredó de la tradición lírica cubana, la distintiva de la décima, que tuvo estrellato en el siglo XIX, y siguió siendo en el XX y el XXI una estrofa de valor identitario. En Gradual de laudes, su único libro de poemas, incluye ocho décimas independientes y diez en una «Glosa», que toman pie forzado a partir de otra espinela. El culto traductor de «Muy pía oración», de Pico de la Mirándola, escribió esta bella décima, llamada «Girasol»:
Girasol, patena al sol,
planeta al jardín caído,
que sigues tu no aprendido
claro rumbo tornasol.
Bien se alegra el caracol
si tú giras, giras, giras,
cuando al sol glorioso miras,
astrónomo teatral,
cuando es todo musical:
brisa, sol, cigarras, liras.
Barroco suave, entidad decimista no cantable para el punto cubano, sino solo acierto y gracia de la imagen que define al girasol. En las décimas de Gaztelu hay un no sé qué a lo Rubén Darío, en su elección floral y de fauna, entre la azucena, el nardo y la rosa, sinsonte, garzas, caracoles y un cisne. Flores y animales laberínticos, de cantos firmes y vuelo elegante, se enlazan para buscar definiciones que gustan al poeta, ni botánicas ni zootécnicas: «Rosa: alumna celestial, / concepto de la armonía»; en tanto la garza es «nieve: síntesis de espuma», el cisne también resulta «si no de marfil, de espumas». Y qué raro ver que el caracol se defina como un «instrumento variopinto». Con su «Glosa» hay una glorificación del jardín. Sembrar y cuidar, pareciera como un anticipo del ecologismo de finales del siglo XX, pero en Gaztelu todo termina en contemplación, por lo que alcanza a ser uno de los más destacados poetas contemplativos, pie cercano a lo místico, dentro de la poesía de Cuba.
La isla de romerillo y del dagame floridos en las pendientes de las colinas y montañas, ofrece ocasión de que Gaztelu escribiera sus «Canciones», donde volvemos a hallar el jardín tropical poblado de unas flora y fauna en sí mismas poéticas, y que el poeta solo tiene que evocar. Él canta a la isla por el jardín, rememorando un poco a los poetas edenistas del siglo XIX, pero también se aproxima a la visión florida de la Flora de Portocarrero, su colega de grupo generacional. El hombre-árbol de Gaztelu se corresponde con la mujer (Flora) del gran pintor, pues los dos aprecian a la naturaleza insular con un prisma muy semejante. Si bien esta observación la realizó primero Cintio Vitier, quien observó la relación entre pintor y poeta, lo que deseo resaltar ahora es el sentido doble del ecologismo y del barroco que se expresa en ambos. A contrapelo de una afirmación de Vitier en Lo cubano en la poesía (1958), en el jardín florido lleno de una fauna auténtica, diurna, de pronto oscurece, se admite la noche, y el resultado es un paso hacia el nocturno, muy visible en el poema «Nocturno de las espigas», donde el jardín es a la vez patio, y en su intimidad deja caer la noche. Es natural luego que desde jardín y patio, entornos domésticos, el poeta salte hacia un espacio más ancho: campo pleno. Del Diario de Cristóbal Colón al de José Martí, la naturaleza cruza la exaltación romántica, y luego se distiende, casi desaparece hasta que Eugenio Florit, en Trópico (1930), y de inmediato el Samuel Feijóo de la naturaleza en su propia piel, rescatan el bramido campestre, cuya densidad, cuyo olor, se asienta en la poesía de Gaztelu, poeta del jardín, del patio, de la intimidad y domesticación del campo.
Si en la poesía de la naturaleza en Feijóo, hay un Dios escondido tras el paisaje, o el paisaje es su faz, en Gaztelu hay un tránsito hacia la adoración, de manera que la presencia de lo divino se halla en el meridiano de la búsqueda humana del jardín celestial, donde la belleza total es «la canción de la viña encendida de pámpanos / y gozos maduros», que proviene de «la canción que cantas cuando apacientas / las estrellas y las llamas por su nombre». En la «Oración y meditación de la noche», uno de los más hermosos poemas cubanos de poesía religiosa de fe cristiana, el cántico pareciera inclinarse a la mirada de un fray Luis de León, en este caso con un entorno tropical que difiere de la veneración por la «descansada vida» del príncipe lírico español. Hay que ver más el valor sálmico del libro de Gaztelu, en esa mirada suya entre contemplativa y de adoración, sobre todo en los textos que reúne en el grupo de «Poemas sacros».
Yo creo que otro de los méritos creativos de Gaztelu, es saber asimilar el posible influjo de un poeta tan atrayente, de poética tan poderosa, como José Lezama Lima. Entre ambos creadores hay afinidades de miradas hacia la naturaleza. Y también es apreciable en los arabescos formales de sus respectivas creaciones literarias. Así como Lezama usó a la décima en su espiral barroca, no siempre o casi nunca de fidelidad espineliana, Gaztelu resulta formalmente mucho más fiel al molde usual del siglo XVII.
Dígase que es un notable sonetista. Su soneto también tiene la impronta laudatoria, bien lejano en su concepción de aquellos lezamianos «Sonetos a la Virgen». Virgiliano a veces, horaciano otras, su cuidado formal es extremo, pareciera un neoclásico, si no fuera por el trasfondo barroco que lo sustenta. Su personalidad lírica puede asociarse a Eliseo Diego; en la valía del soneto, a Justo Rodríguez Santos; en la intensión cristiana, a cierta zona de la poesía de Fina García Marruz. Pero Gaztelu, con un solo libro de poemas, impuso su sello de hermosa madurez creativa, pues su romance no es lorquiano, como el de tantos poetas en su época, su estilo del verso libre se aproxima más a la cadencia del versículo y a una métrica que tiene cerca el hexámetro y el propio ritmo clásico latino, y en sus «Canciones», no hay neopopularismo (al modo de Lorca, Alberti, Dámaso Alonso…), ni siquiera un interés por figurar redondillas o cuartetas como en los Versos sencillos de José Martí, tentación que pudo haberlo inclinado al pastiche, como en definitiva hizo cuando realizó versiones de poetas varios, que son en definitiva verdaderas creaciones de su estro. Su conocimiento de la métrica tradicional hispánica lo llevó a experimentar con la seguidilla compuesta, y hasta con cierta variante de jarcha en el poema «Homenaje a Gil Vicente». A veces parece coquetear con el alejandrino, o al menos con el verso tetradecasílabo, en sus combinaciones silábicas de 9-5 y 8-6, o con el llamado alejandrino francés en las combinaciones de 8-4, predominantes.
Gaztelu demostró ser un profundo conocedor de las técnicas de su profesión poética, de manera que no despreció las formas clásicas de la lengua española, tuvo cerca el ritmo del zéjel o del villancico, y empleó de manera brillante el estribillo:
Vengo del río, buen amigo,
vengo del río.
Yo me iba a cazar, buen amigo,
orillas del río:
levanté una garza blanca,
buen amigo,
lirios sus plumas nevadas
trenzaba en el aire lirios
de finos de plata vuelos
sobre el río.
Las coplas de series encadenadas tienen la peculiaridad de repetir no el último, sino el penúltimo de los versos en esta formulación: abcb:cded:efgf… «Canción» es un poema construido en octosílabos con cuarteta clásica (abab). Su manejo formal es prístino, y como si cosechara vinos nuevos en odres viejos, que conceden calidad y valía al producto poemático, queda bien ejemplificado en «Siesta», romance más próximo al sentido de la «retirada vida» de fray Luis, que a la romancesca del siglo XX, tan influenciada por García Lorca. Dice Gaztelu: «Luego la flauta del sueño / moduló su miel más honda: / el alma salió a los campos / por el sendero de notas…»
No obstante mi insistencia en alejar a Ángel Gaztelu de Federico García Lorca y de José Martí, tengo que conceder que «Romance y elegía» tiene la impronta de ambos: «La niña murió de amor. / Hilos de plata sus dedos, / se hundieron como raíces, / buscando su flor de fuego. […] La luna que aparecía / por los vecinos oteros / le puso un cojín de plata / para su frente de cielo».
Por momentos, Gaztelu se aviene con el sentido lezamiano de «cetrería de metáforas», cuando en medio de uno de sus sonetos encontramos esta definición de palma, o de «Palmera»: «Sobre columna blanca, verde estrella», donde la imagen irradia color, paisaje apresado por en endecasílabo que insiste: «torre verde trenzada en armonía», o «Palmera: vegetal arquitectura», procedimiento definidor semejante al que ya ejemplifiqué con su «Girasol» en décima. En los sonetos, Gaztelu repite sus logros brillantes de sus décimas plenas de flora y fauna cubanas. Y el jardín vuelve a ser sitio donde tan bien se está, patio doméstico, atrio eclesial, jardín de las delicias que bien puede terminar en portal. La cercanía tal vez involuntaria con Eliseo Diego, es apreciable. En cuanto a esta forma literaria, el poeta prefiere el díptico al tríptico, visible en «Tiempos de jardín» y en «El canto», donde trabaja con policromía, un poco al modo de «Mi museo ideal», de Julián del Casal.
Al revisar el versos libre de Gaztelu, ya advertí su inclinación al versículo (algunas veces con versos entre once y dieciocho sílabas), pero me gustaría subrayar que siendo él un poeta meticuloso de las formas clásicas, en los poemas de tal sustento métrico logra algunos de sus mejores poemas: «Tardes de pueblo», «Suite ecuestre» o el ya citado «Nocturno de las espigas», y el que prefiero: «Soy como un árbol». Por mucha experimentación formal o de léxico que el poeta desee sostener, sin ritmo el poema puede ser algo así como una sinfonía sin música. Me place citar estos bellos versos, que muestran la capacidad rítmica del poeta: «flechando el indeciso temblor de los abismos», «con llamas y metales de concreto planeta» (bello alejandrino), «cada gota en cada grano su clara pasión engarza», «esta es la clara noche de las espigas y las estrellas». El uso adecuado del adjetivo, que para Alejo Carpentier era «la arruga del idioma», favorece ese ritmo visible en la sola unidad versal. «Suite ecuestre» es ejemplo de poema sin monotonía, de flechazos de imágenes características de este poeta, logros tropológicos de novedad post vanguardista:
Grande es el oficio, jinete, que se impone a tu mano
para guiar el paso del caballo y su cuádruple danza;
parece toda práctica orquestal insuficiente
para encausar los números de su ardiente escultura.
La poesía de signo religioso en Cuba, tiene en Gaztelu un momento apical. Sus sonetos del «Trébol mariano» merecerían ser centro de los poemas de fe de la poesía cubana, e hispanoamericana, del siglo XX. Es una conjunción entre naturaleza y fe, entre el alma y el mundo material, entre el espíritu de ascendencia eclesial y su entorno de aves y plantas, rica manera de Gaztelu de advertir el sentido místico de la vida desde la serenidad de un fray Luis de León, pero a partir del siglo en que el sacerdote hispanocubano vivió y soñó.
La graciosa e inspirada observación del poeta sobre la naturaleza, le hace sentir «como un árbol», en una de las mejores interiorizaciones del jardín en la literatura cubana, en concordancia incluso con la particular mirada de Dulce María Loynaz. En Orígenes se halla ese entramado lírico cercano al mundo natural. En la poética de José Lezama Lima la naturaleza ocupa un lugar de privilegio, más allá del aserto pascaliano de que la verdadera naturaleza se ha perdido. De forma diferente a como brilló Natura entre los románticos del siglo XIX, Gaztelu ha de tener cercanías con el mayor cantor de la naturaleza cubana de toda la historia nacional, el grande de Cuba Samuel Feijóo. Estos versos bien pudo haberlos suscrito Feijóo: «buscan en la tierra mis raíces hondas fuentes naturales, / para que el otro, el verde que siempre busca el cielo / pueda a su tiempo cuajar la viva flor en fruto cierto». Y este casi ecologista versos formidable: «Soy como un árbol bajo el verde halago de la lluvia», comparable a la belleza arbórea que descubrió el ruso Esenin, cercano a la comunión (de comunión se trata, y cristiana) entre el ser humano y su complemento natural en el planeta.
¿Alguien le preguntó a Gaztelu por qué también él quiso quedarse en un solo libro, como los diferentes Juan Marinello, María Villar Buceta, et al.? No cabe duda, al leer completo Gradual de laudes, que él tenía talento y don poéticos para mucho más. A veces la carencia de vanidades, el no ser nada pretenciosos, puede hacer daño a los poetas. En ocasiones, cierta dosis de vanitas vanitatis hace brotar las perlas de que los creadores son capaces. Tal vez si Gaztelu necesitó una inyección de ambiciones. Con solo un libro, su nombre no puede ser ignorado en el desarrollo de la poesía cubana del siglo XX. Y si ignorado fuera, ello será un subproducto de la ignorancia. El padre Ángel Gaztelu puede opacárseme un poco entre los cuatro pilares origenistas: Lezama-Baquero-Diego-Piñera, pero siempre que paso cerca de su parroquia del Espíritu Santo, en la Habana Vieja, siento que por allí se halla todavía el ángel de la jiribilla, el angelito sin flechas y sin carcaj que va cantando un romance, una décima, una oda de Gaztelu, y, mientras canta, La Habana profunda, La Habana secreta, se levanta con un halo permanente de ciudad para la poesía.
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