Cortázar, necesario
Saúl Sosnowski
Por razones canónicas, o por pasajeras modas
académicas, hay textos que suscitan
análisis solemnes, distanciados o demasiado
próximos a esquemas individuales, y que se
adecuan a maniobras teóricas-ideológicas
(provisorias, por cierto) que portan su propia
versión de la verdad. Leídos en otra sintonía,
esos mismos textos pueden incitar al diálogo
abierto, franco e incondicional; máxime
cuando pertenecen a autores que apostaron
a otra lectura y a otra definición de la literatura
y de su mundo. Entre quienes tendieron
puentes, fomentaron su tránsito y formalizaron
la complicidad del lector, se encuentra
Cortázar.
El tono que reconoceríamos como su
marca, instaló en la práctica literaria la sutil
disculpa del primer Borges,1 y lo hizo ya no
por circunstancias fortuitas, sino conminando
a asumir la responsabilidad por todo
acto, por la lectura y por aquello que se desliza
desde los bordes del libro. Desde esta
perspectiva, y en diferentes instancias de su
posicionamiento ideológico, podemos leer,
entre otros, «Continuidad de los parques»
y «Las babas del diablo».2
Dada la generosidad del desafío y la
aventura que siempre se insinúa por el patio
de una casa, por el corredor de algún ministerio
o por el pasillo de un colectivo, por el
respaldo de un asiento o por la mano seductora
en un pasamanos, en la cubierta de un
barco o en el voluntario encierro de un departamento
parisino, no es casual el diálogo
deseante que nos apropia(mos) al ingresar
a la obra de Cortázar. El pacto que se vuelve
vigente al aceder a sus textos reviste un aire
de seductora intimidad, de apuesta a lo posible,
de confianza con señales de alerta, de fe
en el sentido mismo de esas dimensiones que
no se alcanzan a vislumbrar pero que siempre
están a la vuelta del deseo. Lo percibimos
en la seria liviandad humorística de sus cronopios
y famas y en la ocasional conducta de
Lucas; en el escándalo y el terror de cuentos
que van de «Casa tomada» a «No se culpe a
nadie», «Satarsa» y «Pesadillas»; en el inquietante
encuadre poético de la historia que
organizan «Reunión» y «Apocalipsis de Solentiname
»; en la búsqueda de algún sistema
para que algo o alguien diga «Las babas
del diablo»; en las inacabables disquisiciones
del Club de la Serpiente y en las apuestas
de todos sus perseguidores a hallar algo más
vivencial que la sumisión a lo cotidiano, algo
más que la alternativa entre la entrega y la
locura; no tan simplemente, y para siempre,
algo más.3
A quince años de su muerte, perdura la
semblanza del rebelde con causa que en su
momento frecuentó la tímida poesía y el raro
drama junto a la traducción y la docencia,
el culto de letras inglesas y francesas, la reflexión
sobre el existencialismo y el regocijo
ante el surrealismo, las páginas de Realidad
y el clima de Sur, las estampas peronistas y la
salida a lo que sólo bajo la dictadura de los 70
percibiría como exilio.4 Quizá más que con
cualquier otro intelectual latinoamericano de
nuestros días, en Cortázar se entrelazan cariño,
convicción y ternura, admiración por su
rectitud ética, por el compromiso y la solidaridad5
—palabras que rápidamente se han
teñido de nostalgia y cinismo en el desmembramiento
de las comunidades. Una lectura
de su variada dimensión literaria atraviesa
la inocente caricia cargada de erotismo, el
encuentro de los cuerpos y el amor en glíglico,
el sueño de revancha del boxeador caído
y la duda entre los piolines y la mancha en
el asfalto, la denuncia de los asesinos y de
la seguridad del burócrata, la exaltación del
individuo y la recuperación de lo abandonado
por un lejano error de la especie. Y a lo
largo de las décadas, de amores y travesías,
siempre la búsqueda de alternativas, de otro
modo de decir y de escribir; lo cual es también
otro modo de ser.
En este sentido, y en el año en que conmemoramos
el primer centenario del nacimiento
de Borges, prefiero obviar la tan citada
circunstancia de haber sido Borges quien publicó
el primer cuento de Cortázar («Casa
tomada»), y su valiosa apreciación,6 para recuperar,
en cambio, «El escritor argentino y
la tradición». En el contexto de los debates
sobre nacionalismo y representación, sobre
el simulacro de verosimilitud del realismo
folklórico y la construcción de la nación, así
como sobre el lugar de Argentina ante las
tradiciones literarias y las guerras europeas,
surgía la pregunta: «¿Cuál es la tradición argentina?
». Dada la peculiaridad del país y la
de su propia herencia cultural, Borges proponía
una perdurable respuesta: «Creo que
nuestra tradición es toda la cultura occidental,
y creo también que tenemos derecho a
esta tradición, mayor que la que pueden tener
los habitantes de una u otra nación occidental
».7 Sugiere «que no debemos temer
y que debemos pensar que nuestro patrimonio
es el universo; ensayar todos los temas,
y no podemos concretarnos a lo argentino
para ser argentinos: porque o ser argentino es
una fatalidad y en ese caso lo seremos de
cualquier modo, o ser argentino es una mera
afectación, una máscara» (pp. 273-74) . En
sus consideraciones, Borges pasa rápidamente
de «occidente» a «universo» —otra
forma de nombrar la Biblioteca— y cifra
generosamente al escritor argentino como
heredero e innovador de las letras que ha
merecido recibir.
A la fórmula de Borges, Cortázar habría de
incorporar libremente cierta presencia oriental
a través de su fascinación con el mandala,
el satori y el salto desde y hacia el ser. Por otra
parte, ese ya antiguo debate —cuya sombra
aún se proyecta ocasionalmente por el
aparato cultural— también afloró en Cortázar;
primero, sistemáticamente en su reflexión
sobre las estrategias del cuento y, luego,
de modo anecdótico, cuando a raíz de la
publicación de Fantomas8 y sus posibles alcances
populares, vuelve a narrar la reacción
de los gauchos argentinos ante «La pata de
mono» de W. W. Jacobs en contraposición al
alimento que les prodigaban los folkloristas.9
El interés por esas precisiones de lo nacional
adquirirían, particularmente en y a
partir de los años 60, una dimensión continental.
Hoy, esta se ve desdibujada en la
cada vez más difusa nomenclatura de «lo
latino» - «lo hispano» en las tierras globalizadas
del norte, mientras que, ante la
creciente migración interna, perdura y se
acentúa, con claras expresiones racistas y
xenofóbicas, en el discurso nacionalista y regional.
Sin abundar en lo ya estudiado en otra
parte, cabe señalar que al cruzar el océano
y al participar de la promesa que significó la
Revolución Cubana, Cortázar se redefinió: sin
dejar de ser lo que siempre fue (esa fatalidad
de ser argentino), asumió su latinoamericanismo
y actuó conforme a sus exigencias
en diversos escenarios de la América violentada.
En años recientes, en que la construcción
de las identidades se ha vuelto un lugar
común de sectores académicos que pugnan
por instalar su discurso como alternativa a lo
que perciben como amenaza a la figura individual
y a los intereses agregados de múltiples
minorías, ese modo que tuvo Cortázar
de pensarse en función de la historia más
próxima y de comprometerse con ella, sugiere
algo más que la conducta sillonesca de
quienes por razones de edad, conveniencia o
cinismo, se perdieron la revolución.
Esta actitud también impone su propia
reflexión sobre el manejo de la lengua, ese
otro instrumento para poseer y definir la
realidad. Para Cortázar, cuidar la lengua era
recrearla, pasarla por el tamiz del cementerio
—así definió alguna vez al Diccionario
de la Real Academia Española— para darle
vida, ritmo de calle y de sentidos, regocijo
y sobria precisión, la generosa sabiduría de
una identidad que se reconoce en los caminos
compartidos. Hoy, cuando tantos latinoamericanos
en EE.UU. se entregan, rindiendo
idioma y definición de ser, al reconocimiento
de un público que paladea otros sonidos o
—lo que resulta más mezquino, si bien da
la medida de sus practicantes— a la escasa
nombradía de la academia (y ya no sólo a
la estadounidense sino también a las que
se quieren sus filiales), percibo en ese castellano
mantenido en las décadas parisinas
una moraleja que hubiera cosechado otro
epígrafe para Rayuela (a lo César Bruto, por
supuesto). Y aclaro que no hablo de opciones
vitales ni de integración a la cultura francesa,
como lo ha hecho magistralmente Héctor
Bianciotti, sino de la hipocresía de rebeldes
de sala de clase que para acceder a sus propios
orígenes apelan a prestigiados indios de
la India, a asiáticos que sí comprenden su
propia cultura, y así, al igual que en el siglo
XVI, siguen confundiendo la cartografía de
etnias, culturas y letras.
Si con «El perseguidor», Cortázar pasó
del «yo» al «nosotros», con «Reunión»
anticipó lo que ya sería integral a su obra
crítica: la reflexión desde el lado no-doctrinario
de la simpatía a favor del socialismo.
Adoptó, asimismo, la defensa de los derechos
humanos que lo llevarían a participar en
el Tribunal Russell sobre Chile, a intervenir
en las múltiples mesas redondas generadas
por el clima de esos años y a escribir una serie
de textos posteriormente publicados en
sendos libros sobre Argentina y Nicaragua.10
Aunque algunos de sus lectores de la
primera hora se sorprendieron ante el viraje
político de Cortázar, ni su interés por los
derechos humanos ni su dedicación a enfrentar
desde la cultura a las dictaduras del
Cono Sur y a la Nicaragua de Somoza fueron
sorprendentes. La simiente de sus preocupaciones
y la ética que ha vertebrado su
obra se hallan aún en sus tempranos cuentos
«fantásticos». Por otra parte, si bien siempre
se negó a producir una literatura de tesis
o a responder a los requerimientos de una
literatura política por encargo, sí fue notorio
el cambio de perspectiva y énfasis en los ensayos
que escribiera en los años 40 y 50 ante
los publicados a partir de los 60.11
Sus primeros textos apuntaron a una
zona en la cual las categorías debían ser
matizadas, donde aún lo alternativo era el
predio de lo múltiple y simultáneo. Para acceder al mundo sugerido por sus textos, se
entra por la fisura, por el espacio que navega
entre las letras, por la duda sistemática, por el
interrogante que suspende toda certeza para
arrojar posibilidades y aperturas. Instalados
en su dimensión, cabía esperar que en cualquier
momento se pudiera oscilar entre la
caída y el impulso hacia otro salto; entre renunciar
a la escasa seguridad de un orden
que se iba desgajando y atravesar un puente
o una galería o un océano (o apenas salir/
se del puerto) para acariciar otro perfume,
paladear el sabor de otra piel, oír la música
de las esferas. Para Cortázar y para quienes
aceptan ser sus cómplices, la literatura
es riesgo, es enfrentamiento y búsqueda;
apuesta y modo de vida tan irrenunciables
como la fuerza de eros, como mirar a los
otros y reconocerse en la práctica solidaria
que ofrece cercanía, amistad, amor y, también
cuando la historia lo exige, la fuerza
necesaria para oponerse a la violencia.
Aún amparados por filiaciones literarias
y por la inquietante sombra de las tradiciones
que cifra Borges en estos (¿y todos?)
nuestros días —y que incluyen no sólo la exaltación
del individuo y su culto al coraje sino
también la responsabilidad de los hombres
ante la historia—, con Cortázar cambiamos
de geografía. Se cruzarán ocasionalmente
patios porteños, orillas y exotismos de lo
poco frecuentado, o sitios que son hijos de la
imaginación, pero en Cortázar también hallaremos
el descubrimiento de la gozosa cartografía
del deseo, el redescubrimiento del
eros combatiente. De forma apretada y muy
de cerca (como posiblemente corresponda
enunciarlo), se trata de conjugar el cuerpo
como lugar de encuentro, de otorgarle un
pródigo espacio y tiempo sobre-la-tierra frente
al represor cuerpo-a-tierra; se trata de
aceptar en y a partir de la intimidad del goce,
de la armonía, del yo-tú, que es desde la piel
más profunda que se inicia lo que llegará a
ser (o no) la liberación de todas las fuerzas y
de todo sistema.
Quizás en ese énfasis que Cortázar le adjudicó
a eros y al juego (al juego/fuego de
eros), también se encuentre el origen de la
independencia a la que jamás renunció, aún
en instancias en que tantos otros, plegados
a consignas, partidos y fórmulas, se lo exigían
desde los balcones del compromiso.
Además de la dimensión justiciera de las
verdaderas revoluciones y de las luchas que
vindican los derechos humanos, éstas portan
una carga erótica y múltiple propia de
toda liberación. No es casual la conjunción
definitoria de los años 60, en que a la vindicación
política, se sumó —como parte del
clima pero sin que fuera posible su integración—
la tríada sexo-rock-droga. Lo masivo
puede ser irreductible cuando se trata
de movimientos de liberación política; no es
menos el recorte al diseño más acotado de
los cuerpos, de ese yo-tú, cuando se hallan
en otro escenario.
«Historizando» diríamos que Cortázar
fue un hombre de los años 60 que aceptó su
temprana versión de los 40 y 50, así como
luego respondió a la ferocidad de los 70 para
aportar desde allí a las promesas de los 80
y a una comprensión más lúcida de estas
épocas. Historizando lo vemos desde este
final de siglo no sólo como compañero de
ruta —así lo tildaron algunos desde sus propias
distancias olvidando el valor de tal compañía—
sino como forjador —el término no
es excesivo— de las letras que interpretan
nuestros compartidos tiempos.
Los clásicos no son solamente los libros
en los cuales un pueblo lee e interpreta sus
designios (matizando la versión de Borges)
sino también los que en la más humana cotidianeidad
de la historia literaria son comprendidos
como divisorias de agua. Ya que
no nos es dada la profecía y, por lo tanto, ignoramos
cómo se leerá al cumplirse el centenario
de su publicación, aceptemos que
para nuestros días la importancia de Rayuela
es suficiente para marcar un antes y un
después en la literatura latinoamericana. Por
la dinámica y por el espíritu de las jornadas
que acompañaron su publicación, Rayuela
no está sola (aún el solitario juego de a uno
se goza más cuando viene
acompañado);
integra un núcleo
selecto de novelas
que despreocupadamente
aguarda
su superación,
desplazamiento,
reemplazo
—modos sustantivos
para
designar las esperanzadas
escaramuzas
de algunos
canónigos de claustro.
Sin sentimentalismo
ni ciega exaltación
de una época, el
hecho es que
fueron días
de experimentación
y
de ruptura
(también en
lo literario)
y que a escasos
años
de haber ocurrido, han sido reconocidos
como transformadores de la historia. Y sí,
con cierta nostalgia cabe recordar días en
que el énfasis en la primera persona del best
seller de un kilómetro cuadrado de metrópoli
no merecía el interés de todos los lectores,
en que lo minimalista no era lo opuesto a lo
épico y en que la historia no era develar los
amoríos de caudillos decimonónicos. Quizás
entonces se vivieron días menos egoístas por
sentir que la palabra y quienes la enunciaban
eran responsables de algo más aparte de su
lugar en una página diaria y el comentario de
los suplementos; quizá porque la promesa de
otras alternativas estaba en la calle o porque
los lectores habíamos hallado voces e interlocutores
que supieron abrir la puerta para
ir a jugar y para anticipar qué otros órdenes
yacían tras el «gran des/orden». Quizá
también porque nos enseñaron que no todos
los viajes son el viaje; que el suyo no era
una metáfora actualizada del intelectual en
busca de las musas europeas para regresar
iluminado a sus tierras. Esta ronda —voluntaria,
como en el caso de Cortázar, o producto
de exilios en tantos otros— anunciaba
un modo más abarcador y generoso de ver
el mundo. Como toda salida al mundo, esta
ha sido propicia para dialogar con otras voces
y otras culturas —y más aún: para oír la
propia voz— para que, enriquecida por otras
culturas y otras visiones, volviera a enunciar
nuevos matices y suma de lo propio. Siempre
fue posible narrar el universo hablando de la
villa, pero fue igualmente necesario salir de
la villa para conocer su lugar en el mundo y
desde allí iniciar el conocimiento de los orígenes
y de sus posibles futuros.
Términos definitorios como «fantástico
», «realista», «material», «espiritual»,
fijan límites en su mismo encuadre y, por lo
tanto, acusan su propia insuficiencia para
dar cuenta de todo aquello que excede los
casilleros —en su momento lo descubrieron,
y practicaron, los seguidores de la clasificación
de Todorov en torno a la literatura
fantástica y, más recientemente, quienes fijan
la novela histórica. Del otro lado del afán
clasificatorio cuya meta es, precisamente,
definir una medida de comodidad didáctica,
todo tiene nombre y, ocasionalmente, hasta
el que merece. Todo, y especialmente los
juegos, como tantas veces nos lo recordara
Cortázar, responde a reglas; es por ello que
para quien las reconoce, éstas mismas incitan
a su abandono y transformación aunque
más no sea para establecer otras versiones
de esos mismos modos de pasar y
gozar y entender y volver sobre
la vida. Hay, además, una
constante en el impulso
por salir de lo normativo.
No es una simple
reacción contra
el certificado de
buena conducta
y las convenciones;
tampoco
un gesto
anárquico o de
rechazo gratuito.
Proviene, creo, de
una relación que,
siquiera tácitamente,
articula
conocimiento
y poder; saber
y desarrollo
humano. No
me refiero,
por cierto, a
las fórmulas
de organismos
preocupados
por la
inequidad y la marginación—aunque ello
también les incumbe y subyace a ciertos
enunciados en la obra de Cortázar— sino a esa
sensación de estafa más profunda que está
en la búsqueda de Johnny Carter, de Persio
y de Medrano, de Horacio Oliveira y de
quienes redactan el libro para Manuel insertando
la documentación periodística a la
voluntad literaria, por citar solamente a los
personajes más notorios. Si en los comienzos
fue una percepción ontológica que se
hizo eco en sus ya citadas reflexiones sobre
el existencialismo y el surrealismo, a ello
se sumó posteriormente el reconocimiento
de la historia que se estaba desarrollando en
Latinoamérica. Ambas instancias, sin embargo,
bajo el dominio de una ética participativa
y comprometida con el tránsito del
hombre por la tierra y por la historia. En lo
más explícitamente literario se manifestó,
por ejemplo, a través de ya tempranos epígrafes
como los que rigen Rayuela; en lo político,
por gestos como la donación de los
derechos de autor a las familias de presos
políticos, en la interpretación del exilio como
estrategia para recuperar valores y aprender
a ser menos insulares al enfrentar el legado
de nuestras compartidas dictaduras, en las
agotadoras jornadas de solidaridad que sostuvo
hasta sus últimos días. Y ello sin abandonar
su conocido interés en los juegos, en
la variante plástica de la felicidad que conoció
Julio Silva,12 en la música —del jazz y lo
clásico al tango y a su memorable Trottoirs
de Buenos Aires13—, todo aquello que hacía a
sus otros segmentos de vida, mientras también
releía a Rodolfo Walsh y a Felisberto en
clave de supervivencia y de simpatía y escribía
cuentos, poemas, sueños.14
Soy conciente de lo difícil que me resulta
escribir de Cortázar, persona y textos, sin
poner en juego algo más que el ejercicio de la
crítica. El distanciamiento y el sentido de extrañeza
pueden ser productivos, y hasta obligatorios,
cuando, en aras de una presunta
objetividad, el compromiso y la pasión son
relegados fuera de la disciplina académica.
En este caso me permito creer que no siem- Continúa en la página 15
1 «Si las páginas de este libro consienten algún verso
feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo
usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren;
es trivial y fortuita la circunstancia de que seas
tú el lector de estos ejercicidos , y yo su redactor».
«A quien leyere», Fervor de Buenos Aires, en Obras
completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 15.
2 «Las babas del diablo», Las armas secretas,
Buenos Aires, Sudamericana, 1959, pp. 77-98;
«Continuidad de los parques», Final del juego, Buenos
Aires, Sudamericana, 1964, pp. 9-11.
pre es, ni debe ser, así y que el juicio de valor
y la puesta en escena del deseo y del cuerpo
también tienen (deben tener) su lugar en el
sistema. No pienso en «estados de alma»
pero sí en lo que suscita la reflexión sobre
una figura que ha marcado nuestros tiempos
y que, además, anticipó algunos de los
recortes de prensa hoy multiplicados cibernéticamente.
Pienso en ese latinoamericanismo solidario
con el que Cortázar y otros intelectuales
de sus tiempos europeos apostaron a un
sentido de justicia globalizada varios lustros
antes de que el juez español Garzón devolviera
la esperanza de que serán sometidos
a ella quienes la violaron impunemente durante
el ejercicio del terror de estado. Pienso
en el rechazo del nacionalismo literario pedestre
con que se impugnó lo que no dejaba
de ser insultante para los sectores menos
ilustrados en las tradiciones culturales metropolitanas.
Pienso en quienes no necesitaron
ser brasileños, chilenos, uruguayos,
bolivianos o paraguayos, para constituir en
1974-1975 el Tribunal Russell II para investigar
la situación imperante en esos países,
como tampoco fue ni es necesario ser argentino
para ejercer la justicia por crímenes
contra la humanidad. No hay en esta actitud
rechazo de hogar, ni de nación, ni de fidelidad
a lenguas y culturas fundacionales; sí
hay un compromiso mayor con el ser humano,
con lo endeble de su existencia y con
la promesa de sus logros, con aquello que
unifica a través de las diferencias y el culto a
la diversidad y a la heterogeneidad cultural.
Quizá por ello Cortázar apostó tanto a la niñez
y a los juegos, a momentos en que todo
es posible, en que nada es inevitable. Quizá
porque él mismo fue un nexo entre culturas,
como lo demuestran sus estudios de Keats
y de Poe,15 para sólo citar dos autores que
lo ocuparon durante años, o las traducciones
de André Gide y Marguerite Yourcenar,
entre otros, y muy especialmente, como lo
confirmó su parisina vida latinoamericana (y
sí, argentina) siempre ávida de universo y de
calor humano. Quizá porque, como también
lo supo el autor de «El jardín de senderos
que se bifurcan», siempre escribió en clave
de origen, de nosotros, de lector cómplice
en una aventura que ni empieza ni acaba en
una jornada de cosmopista ni en la escritura
compartida.
Última (por hoy) compartida alusión: al
igual que con Borges, la obra de Cortázar
sigue creciendo con la edición de libros que
se mantuvieron inéditos. Cada uno de ellos16
apunta a una búsqueda constante de límites
literarios y, en otro sentido, a más que ello.
La anunciada publicación de su correspondencia
seguramente será motivo de curiosidad
e interés. Sospecho, sin embargo, que
su lectura hará aún más difícil disociar texto
y textura porque en esas cartas veremos lo
que gracias a su literatura hemos sabido ya
por mucho tiempo. Cortázar ha sido algo
poco frecuente en la historia de las letras
americanas: necesario.
Publicado en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius [Universidad
Nacional de La Plata, Argentina], IV, 7
(2000), pp. 187-96.
1 «Si las páginas de este libro consienten algún verso
feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo
usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren;
es trivial y fortuita la circunstancia de que seas
tú el lector de estos ejercicidos , y yo su redactor».
«A quien leyere», Fervor de Buenos Aires, en Obras
completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 15.
2 «Las babas del diablo», Las armas secretas,
Buenos Aires, Sudamericana, 1959, pp. 77-98;
«Continuidad de los parques», Final del juego, Buenos
Aires, Sudamericana, 1964, pp. 9-11.
3 La secuencia de referencias corresponde a Historias de cronopios y
de famas, Buenos Aires, Minotauro, 1962; Un tal Lucas, Madrid, Alfaguara,
1979; «Casa tomada», Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1951,
pp. 9-18; «No se culpe a nadie», Final del juego, pp. 13-8; «Satarsa» y
«Pesadillas», Deshoras, México, Nueva Imagen, 1983, pp. 51-69 y 99-
118; «Reunión», Todos los fuegos el fuego, Buenos Aires, Sudamericana,
1966, pp. 67-86; «Apocalipsis de Solentiname», Alguien que anda por
ahí, México, Hermes, 1977, pp. 79-89; Rayuela, Buenos Aires, Sudamericana,
1963.
4 Para una bibliografía completa de sus primeras publicaciones, cf. mi
Julio Cortázar: una búsqueda mítica, Buenos Aires, Noé, 1973.
5 Un notable ejemplo de esas reacciones en el número que le dedicara
Casa de las Américas poco después de su muerte, así como el número
de homenaje de La Maga, 5 (noviembre 1994), al cumplirse 10 años de
la muerte de Cortázar. También, y ya desde el título, el libro de Saúl Yurkievich,
Julio Cortázar: al calor de tu sombra, Buenos Aires, Legasa, 1987.
Otro tipo de lectura —que en algunos casos informa más sobre el modo
de leer de la academia estadounidense que sobre el estudiado— en Carlos
J. Alonso, ed., Julio Cortázar. New Readings, New York, Cambridge
University Press, 1998.
6 En el prólogo a los Cuentos de Cortázar, Borges recuerda haber editado
«Casa tomada» y agrega: «El estilo no parece cuidado, pero cada
palabra ha sido elegida. Nadie puede contar el argumento de un texto de
Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado
orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se
ha perdido». Jorge Luis Borges, Biblioteca personal: Prólogos, Madrid,
Alianza, 1988, p. 10.
7 Discusión, en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 272.
8 Fantomas contra los vampiros multinacionales, «Una utopía realizable
narrada por Julio Cortázar» (México, Excelsior, 1975), incorpora
las declaraciones del Tribunal Russell II. La edición popular publicada en
Buenos Aires por GenteSur incorpora la «Carta abierta de Julio Cortázar
a Pablo Neruda» e «Historia del águila imperial», de Sergio Ramírez.
9 En «Algunos aspectos del cuento», publicado inicialmente en Casa
de las Américas, 15-16 (1962-1963, pp. 3-14), que cita en mi entrevista
con él publicada en Hispamérica, V, 13 (1976), pp. 55-6.
10 Nicaragua tan violentamente dulce y Argentina: años de alambradas
culturales, fueron compilados por Saúl Yurkievich y publicados en
Barcelona y Buenos Aires por Muchnik, 1984.
11 La edición de los 3 tomos de su Obra crítica (Buenos Aires, Alfaguara,
1994) lo hace aún más evidente: Teoría del túnel. Notas para una ubicación
del surrealismo y el existencialismo, escrito en 1947, ocupa el primer
tomo, a cargo de Saúl Yurkievich. En el segundo tomo, Jaime Alazraki prologa
los ensayos previos a la publicación de Rayuela (1963), que incluyen,
entre otros, textos sobre Rimbaud, Keats, Artaud, Marechal, Paz, Victoria
Ocampo y los frecuentemente citados «Notas sobre la novela contemporánea
», «Para una poética» y «Algunos aspectos del cuento». En el
tercer tomo, a mi cargo, es notoria la densidad política de sus preocupaciones
a través de las páginas de «Situación del intelectual latinoamericano
», «El intelectual y la política en Hispanoamérica», «América
Latina: exilio y literatura», «La literatura latinoamericana a la luz de la
historia contemporánea» y «Nuevo elogio de la locura», junto a lecturas
de Arlt y Felisberto.
12 Me refiero a Silvalandia, de Julio Silva y Julio Cortázar (México, Ediciones
Culturales GDA, 1975) y a la inserción de «Un julio habla de otro»,
en Territorios, México, Siglo XXI, 1978, pp. 68-72.
13 Tangos de Edgardo Cantón y Cortázar, cantados por Juan Cedrón y
grabados en París en 1980. En 1995 (Buenos Aires, Espasa-Calpe), se publicó
Veredas de Buenos Aires y otros poemas, seleccionados y prologados
por Mario Benedetti.
14 Cf. Salvo el crespúsculo, Madrid, Alfaguara, 1984; Negro el diez, edición
facsimilar al cuidado de Aurora Bernárdez, París, 1994, y Cuaderno
de Zihuatanejo. El libro de los sueños, Madrid, Alfaguara, 1997.
15 En 1956, la Universidad de Puerto Rico publicó en 2 tomos Obras
en prosa de Edgar Allan Poe, traducidos y anotados por Cortázar y con
un detenido estudio preliminar (pp. xi-xcvii). Imagen de John Keats fue
publicado por Alfaguara, Buenos Aires, en 1996.
16 Cf. los ejercicios teatrales Nada a Pehuajó y Adiós Robinson (México,
Katún, 1984), la novela El examen (Buenos Aires, Sudamericana, 1986) y
Divertimento (Buenos Aires, Alfaguara, 1996).
|