José Ramón Sánchez
JOSÉ RAMÓN SÁNCHEZ (Guantánamo, 1972) autor de
Aislada noche (2005), Marabú (2012) y El derrumbe (2012).
Editor de la revista La Noria.
ESPINAS DE MARABÚ
Hay que volverse poeta
Me fajé con un muchacho y en la pelea
perdió
la última falange de un dedo
meñique.
Era rubio y fuerte. No quería
que yo tocara el piano. Ni esperó
para pelear que terminaran las clases.
Me tiró una patada a los cojones.
Le cogí la pierna y lo lancé
contra un montón de sillas y de
mesas.
Las sillas y las mesas cayeron con él
y el borde de una mesa le cortó el
dedo.
Se sujetó la mano ensangrentada
y llorando decía: ¡Fuiste tú, fuiste tú!
Desde entonces no he podido mirar
de frente.
Nunca ha vuelto
Mi infancia son recuerdos
de un parque entre edificios
y veinte compañeros
para jugar pelota.
A veces nos peleábamos
y entre los matorrales
hacíamos la guerra.
En agosto iba a Oriente.
Inadvertido perdí estas cosas.
Nada especial sentí
en el último paseo
nocturno, zigzagueante,
buscando la salida.
Muchos años después regresaría.
No hablé con nadie.
Alguien se había tirado del piso 12.
Tranquilo visité mi antigua escuela.
Estaba el árbol grande
pero no fui a tocarlo.
La salida
Cuando volvió de La Habana era un
niño
listo a sufrir como un hombre.
La noche fue un ciego espacio
de tierra para cambiar
saludos por la reunión.
(Nos rodeaban animales
y el flujo cercano de un río.
Las palabras se perdieron en la
oscuridad
pero conservo el contacto con la
tierra húmeda).
De aquella noche nunca ha vuelto.
|
Harry Chulo
Fui plomero candente
en épocas de migración.
Con seis metros de alambre
subí al trono batiendo
la dura vagina de la escasez,
garantizando agua
a una mujer y su hija,
pues mi instrumento
consagró al hogar,
les dio placer a todos.
Contra el muro
Tiro la pelota contra el muro de
palabras
hasta incorporar el mundo a él,
hasta incorporarme a la pelota
y yo ser ella
contra un muro sin palabras.
Autorretrato
No es un rostro perfecto.
Lo sé. Y aunque lo pulo
día a día en el espejo
no mejora. Entiéndase:
pulir con la mirada
no con la mano ni otros
instrumentos. La mirada
ni siquiera lo imagina
distinto. Se contenta
con ver que no es peor
que otros que cruza
diariamente. Ni siquiera
es un rostro con carácter.
Le falta barba y color.
Le sobra máscara: muecas
con que quiere ahuyentar
falsos peligros. Es un rostro
perfecto. Lo sé. Se agota
en las palabras y fluye
rápido a la destrucción:
metamorfosis que no da
sitio al azar. Es un rostro
molesto. Hierve y de inmediato
los otros buscan en el suyo
las heridas. Lo sé.
|