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Cementerio
de elefantes
Ahmel Echevarría
Ahmel Echevarría (La Habana, 1974). Narrador, Ingeniero
Mecánico. Ha publicado los libros Inventario (cuentos, 2007,
Premio David), Esquirlas (noveleta, 2006, Premio Pinos
Nuevos), Días de entrenamiento (novela, 2012, Premio Franz
Kafka) y La noria (novela, 2013, Premio Ítalo Calvino).
Arrodillarse. Hincarse de rodillas luego de caminar centenares
de kilómetros bajo el sol o soportando la lluvia y el duro
invierno. Desbasta, desbasta el paso del tiempo. ¿Desbasta?
Daría las gracias a Dios si al menos tengo la sospecha de que no
he enloquecido. Tampoco estoy ebrio. ¿Solo desvarío? Tal vez
es cierto y estoy loco. Quizá debería darme un electroshock,
quizá debería ponerme como plan visitas regulares a uno de
los tantos locales de Alcohólicos Anónimos. Quizá. Con la borrachera
y la locura pierdo el sentido del ridículo, en esos días
soy capaz de decirle a cualquiera: «La personalidad se esculpe
con el paso del tiempo y según lo que en vida nos haya tocado
tragar y cagar. Los días de lluvia, también el invierno, desbastan…
». Supongo que a este desatino lo llaman metáfora. ¿Cómo
recordar entonces a Mónica, Mónica Sanders Samsonov o
Gunila? ¿Cómo evocarla?
En El Albatros, un profesor de literatura venido a menos nos
habló de Hemingway, Carver, Miller y de otros viejos zorros.
Dijo algo acerca de la elipsis, icebergs y sabe Dios qué más.
También nos habló de lo que se debía sugerir y nunca decir
en un cuento o una novela. T-Rex, Bob Esponja, El Mexicano,
el pintorcillo y yo lo mirábamos boquiabiertos. Es curiosa la
bohemia que se reúne en ese bar del puerto.
El profesor tenía los ojos encendidos, barbudo el rostro.
Su índice era largo, afilado. La forma de su nariz tenía el trazo
de las esculturas romanas. Más que hablar de literatura aquel
profesor parecía tramar un golpe de estado o una revolución
destinada al fracaso.
Bob, T-Rex, Lionel y yo nos habíamos ido a El Albatros
luego de haber estado trabajando todo el día para El Mexicano.
En una de las mesas estaba el profesor con el pintorcillo,
el hombre lo había invitado a su mesa y conversaban sobre
un tal Andy Warhol.
El pintorcillo nos vio tan pronto entramos al salón y nos
convidó a que lo acompañáramos. Nos presentó. Tan pronto
acabó el intercambio de saludos, el profesor le siguió hablando
al pintorcillo sobre la vez que se atrevió a ver Las muchachas
de Chelsea. El profesor hablaba de improvisación,
de diálogos como arroyos crecidos y caballos espantados, de
sexo con trama e intensidad en siete horas de delirio sin trama.
Sus ojos eran dos teas, enarcaba las cejas y se mesaba
la barba. El índice afilado y largo era la batuta. Los golpes de
puño sobre la mesa y el sonido de la uña al chocar el índice
contra la madera completaban una actuación que no solo
mantenía encandilado al pintorcillo. A la hora y media se nos
unió El Mexicano, y a la hora y media aquel hombre dejó de
hablar de sus experiencias con Warhol para saltar entonces
a los terrenos de la literatura y la vida. Al parecer estaba en
su mejor noche. Decidimos comprar más cerveza y ginebra.
—Solo Dios puede permitirse escribir con renglones torcidos
—dijo el profesor—. Solo Dios.
—Déjeme hacer una pequeña precisión: Dios escribe derecho,
pero con renglones torcidos —dijo El Mexicano—. Usted
me disculpa, profesor, pero tengo de sobra con la Biblia.
Si quiere una historia bonita vaya a la Biblia, si desea leer una
historia de rajados allí la hay. Si desea dolor y soledad, o plagas,
si lo que necesita es una historia de amor o un cuento de
ángeles y demonios váyase a la Biblia.
—Es un gran libro, el personaje principal de la historia
trasciende sus páginas, es un libro coral donde te desmenuzan
y ensalzan la vida y el devenir de un hombre, pero no es
una buena novela —dijo el profesor—. Ese libro te toma peligrosamente
de la mano y te aconseja nunca soltarte.
El Mexicano sonrió. El profesor se dio un trago.
—Profesor, no hay que temerle al Señor si te brinda su
mano. Solo hay que temer alejarse de Él. Así se resume el temor
a Dios… Cuando te alejas estás a nada de volverte un caballo
desbocado.
Un golpe de puño sobre la mesa interrumpió a El Mexicano:
—Avispas, enfermedades y plagas… castigos para domar
al caballo.
La mano regordeta de El Mexicano acarició el crucifijo de 24
quilates colgado de su cuello. Tosió y lo miró al rostro:
—La letra se aprende con sangre, profesor. Eso decía mi
abuela.
El profesor de literatura asintió. Nos miraba a todos.
Me serví un poco de cerveza en un vaso del que apenas
había bebido. De reojo miré a T-Rex —se había vuelto hacia
la barra—, Lionel tamborileaba el estribillo de una canción
que desgranaba la jukebox, el pintorcillo estaba cabizbajo, El
Mexicano todavía acariciaba el crucifijo y Bob, con la punta
del índice, hacía trazos descabellados en la mesa usando el
anillo de agua que dejó su botella de cerveza sobre la madera.
—Doc, ¿usted ha escrito alguna novela? —dijo Bob.
—¿Por qué haces preguntas tan estúpidas, tú? —con sus
manazas T Rex se rascó la calva.
El pintorcillo, en voz baja,
dijo: «Ismael, ¿has leído a
Henry Miller? Te gustará. Me
aprendí de memoria un par
de líneas que escribió ese tipo.
Más o menos dicen: La época exige
violencia, pero solo obtenemos
explosiones abortivas… La pasión se
consume en el escape, no nos proponemos
nada que pueda durar más de veinticuatro
horas».
Lionel Ritchie se dio un trago:
—Déjenlo hablar, por favor. Dejen que Bob suelte lo que
tiene dentro.
Miré al profesor. Me esquivó. Y vi que miraba sus antebrazos.
Para ser más exacto: el profesor miraba sus muñecas. En
cada muñeca tenía varias cicatrices.
¿Acaso era cierto que nuestra pasión se consumía en el
escape?
Durante toda la noche el profesor mezcló cerveza y ginebra.
Era un verdadero alambique. Bebería hasta caer rendido.
Pegar las rodillas en el suelo. Arrodillarse sin que te importe
el polvo, o sin prestarle atención a las colillas de cigarro,
a los escupitajos que resuman años de alcohol y nicotina y
sabe Dios qué más. O sin que te importe el charco de orine,
el asfalto húmedo por la fina llovizna, las verduras podridas,
las bolsas de desperdicios, los grumos de vómitos sucesivos
junto a los contenedores de basura en un callejón oscuro. O
sin prestarle atención a una mancha de sangre. Una mancha
de sangre en el bordillo de la acera —cerca del basurero—.
No es una metáfora decir: «Ella estaba en un callejón sin salida
». ¿Sin dar ningún rodeo Hemingway o Carver hubieran
dicho sin utilizar ninguna metáfora que la sangre era de una
chica? Cómo evocar a Mónica, Mónica Sanders Samsonov o
simplemente Gunila sin que la muerte sea parte de la historia.
Cada vez que lo intento a mi memoria llega un ruido, se siente
lejano y tal parece acercarse. Es el aullido de las sirenas.
Estábamos en El Albatros sentados a la mesa del profesor de
literatura, bebiendo historias, bromas y litros de cerveza con
ginebra cuando escuchamos la sirena. Fue T-Rex quien dijo:
«Alguien olvidó el pavo en el horno». Así es el ex soldado T
Thomas Washington Rex: alta dosis de colesterol y músculos
en sus casi dos metros de estatura, también esteroides, dulzura,
ingenuidad, platino y varias esquirlas de una mina que
estalló cerca de él.
No eran los bomberos sino los autos de la policía y los paramédicos.
Lo supimos luego de que uno de los músicos que
conocemos entró al bar y llegó a nuestra mesa. Era casi la
medianoche y el profesor estaba ya cuesta abajo. El músico
se acercó a El Mexicano. Le habló al oído. Lo vi tocarse el
crucifijo, decir algo en voz baja y luego dar un puñetazo en la
mesa. Alguien había hecho una llamada, dio una dirección,
pero La Caballería casi siempre aparece demasiado tarde.
En El Albatros, el profesor de literatura mencionó un cuento
de Hemingway y otro del tal Carver: Un gato bajo la lluvia y
¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?
¿De qué hablo cuando hablo de Gunila? Gunila, mi Gunila
bajo la lluvia. ¿Por qué no podemos proponernos nada que
dure más de veinticuatro horas? ¿Acaso es cierto que nos
consumimos en el escape?
—Oiga, Doc, ¿por qué no ha escrito una novela? Si cree
que no tiene nada bueno que decir piense en este bar y escriba
algo, o puede escribir un libro sobre nosotros o de su
vida —dijo Bob Esponja.
—¿Usted le ha visto la cara a la muerte? —dijo T-Rex—. Es
bien fea esa perra, pregúntele a Bob. Escriba sobre la muerte.
El profesor se encogió de hombros.
—Hijos de la Gran Chingada, se dan un trago y se rajan como
puras mujercitas —dijo El Mexicano; miraba fijamente a Bob.
Me volví hacia El Mexicano. Lo vi hacer un gesto de negación.
Se alisó el cabello.
—Es un decir —dijo Bob.
El profesor se dio un trago. Lo miré y me esquivó. Ocultó
las manos bajo la mesa.
Lionel Ritchie se levantó. Fue hasta la jukebox para cambiar
de disco. El ex soldado Lionel se las arreglaba muy bien
con su prótesis en la pierna.
—¿Tina Turner…? ¿No te has enterado de que ya pasaron
los 80’s? —dijo el pintorcillo cuando Lionel llegó a la mesa.
Lionel Ritchie sonrió:
—Era una época de grandes mitos. Eran de verdad, duros
como el concreto. No como ahora que son puro vapor y neón.
Inclinarse, apoyar las manos en el suelo. Arañar la tierra.
Hurgar allí y encontrar un montón de huesos. Como si fuéramos
elefantes. Rastros y huesos, los huesos de todos nuestros
muertos...
Definitivamente no soy uno de esos viejos zorros de los
que habló el profesor de literatura antes de irse cuesta abajo
cuando no pudo mantener el equilibrio en el borde de su
vaso. Si lo mío fuera el hip hop, el performance, el graffiti o
cualquier otra locura urbana tal vez todo fuera más sencillo
y bello, no daría rodeos para hablar de Gunila, Gunila o Mónica
Sanders Samsonov, no daría ningún rodeo para hablar de
aquella terrible noche.
Gunila… ¿De qué hablo cuando hablo de esta mujer que
trabajaba para El Mexicano? Mi gata y el Johnnie Walker eran
lo mejor que podía ofrecerme El Mexicano. Y además pagaba
bien cada trabajo que le hacía; no le temía a este tipo, temía
alejarme de este tipo. Me brindó su mano, y la tomé. Un toma
y daca. Pero puedes recibir un duro castigo si traicionas su
confianza. Es un pecado, y pecar es una obra de muerte. Eso
dice El Mexicano. La letra se aprende con sangre.
Yo, un ex soldado con un solo ojo, vestido con un viejo
impermeable y con más de un litro de alcohol en las venas,
solo puedo armar metáforas de muy baja estofa y dar demasiados
rodeos para hablar del último día de Gunila o Mónica,
Mónica Sanders Samsonov. Su último día en este paraíso y su
primero en el infierno. Al menos ese sería su itinerario si nos
guiamos por la tesis de El Mexicano.
Arrodillarse aunque estés muy fatigado. Alzar esos huesos.
Olerlos. Mirarlos muy de cerca. Palparlos en silencio tal
como hacen los elefantes cuando llegan a ese sitio donde
reposan los restos de otros elefantes —la otra manada, o la
verdadera sombra de la manada— aunque estén fatigados,
hambrientos. Gracias, Mónica Sanders Samsonov, o simplemente
gracias, Gunila, gracias por revelarme que hay todo un
saber acumulado en esos documentales del Animal Planet y
el National Geographic.
Tocar en silencio los huesos sin saber por qué lo hacemos.
Como los elefantes. En un documental del Animal Planet —lo
vimos Gunila y yo de principio a fin en mi apartamento— la
voz en off dijo que los científicos no saben por qué los elefantes
tienen esta rara costumbre para con sus muertos. Según
El Mexicano, Dios escribe derecho pero con renglones torcidos.
Si así escribe Él, ¿qué quedará para mí?
Aquella noche, en medio de su charla sobre literatura, el
profesor dijo: «Deberíamos prestarle más atención a los animales,
ellos tienen la respuesta».
El pintorcillo enarcó las cejas:
—Creo que está borracho.
El profesor había pasado buena parte de la noche en silencio.
Nos escuchaba, a veces reía. Pero cerca de la 11:00 p.m.
volvió a tomar la batuta. Tragó otro vaso de ginebra con cerveza.
Tenía los ojos inyectados de sangre, su rostro barbudo
pareció incendiarse —según El Mexicano el profesor renació
de sus cenizas.
Aquel dedo índice afilado y largo, el tabique como el de
las esculturas romanas y la barba me resultaban familiares.
Incluso los golpes en la mesa. Esos rasgos me recordaban a
alguien, pero no lograba recordar quién podía ser. Quizá era
un personaje de algún drama histórico, porque estaba convencido
de haberlo visto en la TV. Le pregunté a Lionel, Bob y
a El Mexicano si el profesor les resultaba familiar —incluso le
pregunté al pintorcillo a pesar de su juventud—. Casi al unísono
respondieron que no.
Verdaderamente el profesor había renacido de sus cenizas,
intentaba hablarnos de literatura y de la vida, pero tal
parecía referirse a un golpe de estado o a una revolución
destinada al fracaso. A pesar de todo, aquella parecía ser su
noche y le presté atención.
—La muerte... Me preguntaron si le vi la cara a la muerte.
Es cierto que duele perder a alguien. ¿Pero qué pasa en
la selva o en el desierto con los animales más débiles? Son
devorados y nadie sufre —dijo.
Lo miré, pero esta vez no me esquivó, tampoco escondió
las cicatrices de sus muñecas ocultando los brazos debajo de
la mesa. Me señaló con el índice:
—La Naturaleza corta por lo sano, así de sencillo, como
mear y sacudir.
Limpió la comisura de los labios.
—Disculpen… Creo que eché a perder una buena metáfora.
Era una metáfora médica —el profesor volvió a sonreír—.
O no… no todos los animalejos sirven como ejemplo, tal vez
haya que excluir del grupo a los elefantes, creo que están muy
jodidos, tan jodidos como nosotros. ¿Alguna vez escucharon
algo sobre los cementerios de elefantes?
—Este cabrón enloqueció del todo —me dijo al oído El
Mexicano.
T-Rex y Bob Esponja se miraron, Lionel se cruzó de brazos.
—Cabrones, en la Biblia no hay nada de esta historia de los
elefantes, al menos que yo recuerde —dijo el profesor.
—¿Entonces no tiene sentido llorar por alguien? —dijo T-Rex.
—Llorar es una buena válvula de escape, además de la
risa el llanto nos separa de las bestias, créanme y cáguense
en mi metáfora médica.
Lo miramos. Terminó otro vaso de ginebra y cerveza. Era
un duro bebedor el profesor de literatura.
Como viejos zorros, el tal Carver y Hemingway hubieran
dado una pista para que supiéramos de quién era la mancha
de sangre en el bordillo de la acera. Se las hubieran ingeniado,
con mucho estilo, para contar que a pesar del tamaño
de la herida en el cuello de Gunila había muy poca sangre en
el piso, le habían rasgado la falda y tenía moretones en los
brazos y muslos. ¿La habían dejado tirada en el callejón? El
ruido, cómo hablar del ruido. Sirenas, el zumbido del motor
de los autos de la policía y la ambulancia, códigos y órdenes
que una voz metálica dictaba desde las radios de los autos,
trazas de una conversación entre los policías y los paramédicos.
Cómo olvidarlo.
Uno de los músicos que conocemos se acercó a El Mexicano,
le habló al oído. Y El Mexicano dio un puñetazo en la mesa.
Le preguntamos qué había pasado. T-Rex, Bob, el pintorcillo,
Lionel y yo vimos cómo bajó la cabeza.
El músico le dio unas palmadas en el hombro a El Mexicano,
entonces miramos a su rostro queriendo encontrar una
respuesta.
Fue Bob quien se levantó y tomó del brazo al músico:
—¿Qué cojones pasó?
Cómo hablar de aquel episodio, cómo contarlo. Era casi la
media noche cuando El Mexicano se levantó de la silla:
—Gunila está en el callejón.
El Mexicano dijo «Está muerta, cabrón» cuando le pedí
que fuera más claro.
Dejamos en la mesa las cervezas, la ginebra y al profesor;
nuestros vasos a medio beber, el profesor de literatura dormido
—un hilo de baba y alcohol salían de su boca; le corrían
por la barba y se despeñaba sobre la camisa.
Fue El Mexicano quien pagó la cuenta.
En el callejón estaba la policía y los paramédicos. Sabían
que era muy tarde, pero La Caballería debía hacer lo suyo.
Alzar esos huesos para olerlos, mirarlos muy de cerca.
Palpar los huesos tal como hacen los elefantes: sin que importe
el paso del tiempo. Aunque estemos fatigados, o borrachos,
hambrientos y solos, aunque de antemano nos creamos
derrotados.
Querida Gunila:
Un tuerto vestido con un viejo impermeable y más de un
litro de alcohol hirviendo en las venas no puede hacer más
—si cuando cierra el ojo sano ve un cuerpo blanquísimo en un
callejón, abandonado entre bolsas de basura y enormes ratas.
Querida Mónica:
No puedo hacer más, solo recordar estúpidas metáforas y
el nombre de escritores alcohólicos y suicidas, tomar un baño
caliente, luego un vaso de agua y varios calmantes.
Querida Gunila o Mónica Sanders Samsonov:
No volvimos a ver al profesor. No volvimos a escuchar
ningún comentario sobre él en El Albatros.
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