Octavio Paz
(México D.F., 1914 - Coyoacán, 1998)
La búsqueda del presente 1
Comienzo con una palabra que todos los
hombres, desde que el hombre es hombre,
han proferido: gracias. Es una palabra que
tiene equivalentes en todas las lenguas. Y en
todas es rica la gama de significados. En las
lenguas romances va de lo espiritual a lo físico,
de la gracia que concede Dios a los hombres
para salvarlos del error y la muerte a la
gracia corporal de la muchacha que baila o
a la del felino que salta en la maleza. Gracia
es perdón, indulto, favor, beneficio, nombre,
inspiración, felicidad en el estilo de hablar o
de pintar, ademán que revela las buenas maneras
y, en fin, acto que expresa bondad de
alma. La gracia es gratuita, es un don; aquel
que lo recibe, el agraciado, si no es un mal
nacido, lo agradece: da las gracias. Es lo que
yo hago ahora con estas palabras de poco
peso. Espero que mi emoción compense su
levedad. Si cada una fuese una gota de agua,
ustedes podrían ver, a través de ellas, lo que
siento: gratitud, reconocimiento. Y también
una indefinible mezcla de temor, respeto y
sorpresa al verme ante ustedes, en este recinto
que es, simultáneamente, el hogar de
las letras suecas y la casa de la literatura universal.
Las lenguas son realidades más vastas
que las entidades políticas e históricas que
llamamos naciones. Un ejemplo de esto son
las lenguas europeas que hablamos en América.
La situación peculiar de nuestras literaturas
frente a las de Inglaterra, España,
Portugal y Francia depende precisamente de
este hecho básico: son literaturas escritas en
lenguas transplantadas. Las lenguas nacen y
crecen en un suelo; las alimenta una historia
común. Arrancadas de su suelo natal y de
su tradición propia, plantadas en un mundo
desconocido y por nombrar, las lenguas
europeas arraigaron en las tierras nuevas,
crecieron con las sociedades americanas y se transformaron. Son la misma planta y son
una planta distinta. Nuestras literaturas no
vivieron pasivamente las vicisitudes de las
lenguas transplantadas: participaron en el
proceso y lo apresuraron. Muy pronto dejaron
de ser meros reflejos transatlánticos; a
veces han sido la negación de las literaturas
europeas y otras, con más frecuencia,
su réplica. A despecho de estos vaivenes, la
relación nunca se ha roto. Mis clásicos son
los de mi lengua y me siento descendiente de
Lope y de Quevedo como cualquier escritor
español... pero no soy español. Creo que lo
mismo podrían decir la mayoría de los escritores
hispanoamericanos y también los de
los Estados Unidos, Brasil y Canadá frente a
la tradición inglesa, portuguesa y francesa.
Para entender más claramente la peculiar
posición de los escritores americanos, basta
con pensar en el diálogo que sostiene el
escritor japonés, chino o árabe con esta o
aquella literatura europea: es un diálogo a
través de lenguas y de civilizaciones distintas.
En cambio, nuestro diálogo se realiza
en el interior de la misma lengua. Somos y
no somos europeos. ¿Qué somos entonces?
Es difícil definir lo que somos pero nuestras
obras hablan por nosotros.
La gran novedad de este siglo, en materia
literaria, ha sido la aparición de las literaturas
de América. Primero surgió la angloamericana
y después, en la segunda mitad del siglo
XX, la de América Latina en sus dos grandes
ramas, la hispanoamericana y la brasileña.
Aunque son muy distintas, las tres literaturas
tienen un rasgo en común: la pugna, más
ideológica que literaria, entre las tendencias
cosmopolitas y las nativistas, el europeísmo
y el americanismo. ¿Qué ha quedado de esa
disputa? Las polémicas se disipan; quedan
las obras. Aparte de este parecido general,
las diferencias entre las tres son numerosas
y profundas. Una es de orden histórico más
que literario: el desarrollo de la literatura angloamericana
coincide con el ascenso histórico
de los Estados Unidos como potencia
mundial; el de la nuestra con las desventuras
y convulsiones políticas y sociales de nuestros
pueblos. Nueva prueba de los límites de
los determinismos sociales e históricos; los
crepúsculos de los imperios y las perturbaciones
de las sociedades coexisten a veces
con obras y momentos de esplendor en las
artes y las letras: Li-Po y Tu Fu fueron testigos
de la caída de los Tang, Velázquez fue el
pintor de Felipe IV, Séneca y Lucano fueron
contemporáneos y víctimas de Nerón.
Otras diferencias son de orden literario y
se refieren más a las obras en particular que
al carácter de cada literatura. ¿Pero tienen
carácter las literaturas, poseen un conjunto
de rasgos comunes que las distingue unas de
otras?
No lo creo. Una literatura no se define por
un quimérico, inasible carácter. Es una sociedad
de obras únicas unidas por relaciones
de oposición y afinidad.
La primera y básica diferencia entre la literatura
latinoamericana y la angloamericana
reside en la diversidad de sus orígenes. Unos
y otros comenzamos por ser una proyección
europea. Ellos de una isla y nosotros de una
península. Dos regiones excéntricas por la
geografía, la historia y la cultura. Ellos vienen
de Inglaterra y la Reforma; nosotros de España,
Portugal y la Contrarreforma. Apenas
si debo mencionar, en el caso de los hispanoamericanos,
lo que distingue a España de
las otras naciones europeas y le otorga una
notable y original fisonomía histórica. España
no es menos excéntrica que Inglaterra
aunque lo es de manera distinta. La excentricidad
inglesa es insular y se caracteriza por
el aislamiento: una excentricidad por exclusión. La hispana es peninsular y consiste en la coexistencia de
diferentes civilizaciones y pasados: una excentricidad por inclusión.
En lo que sería la católica España, los visigodos profesaron
la herejía de Arriano, para no hablar de los siglos de
dominación de la civilización árabe, de la influencia del pensamiento
judío, de la Reconquista y de otras peculiaridades.
En América la excentricidad hispánica se reproduce y se
multiplica, sobre todo en países con antiguas y brillantes civilizaciones
como México y Perú. Los españoles encontraron
en México no sólo una geografía sino una historia. Esa historia
está viva todavía: no es un pasado sino un presente. El México
precolombino, con sus templos y sus dioses, es un montón
de ruinas pero el espíritu que animó ese mundo no ha muerto.
Nos habla en el lenguaje cifrado de los mitos, las leyendas,
las formas de convivencia, las artes populares, las costumbres.
Ser escritor mexicano significa oír lo que nos dice ese
presente, esa presencia.
Oírla, hablar con ella, descifrarla: decirla... Tal vez después
de esta breve digresión sea posible entrever la extraña relación
que, al mismo tiempo, nos une y separa de la tradición
europea.
La conciencia de la separación es una nota constante de
nuestra historia espiritual. A veces sentimos la separación
como una herida y entonces se transforma en escisión interna,
conciencia desgarrada que nos invita al examen de
nosotros mismos; otras aparece como un reto, espuela que
nos incita a la acción, a salir al encuentro de los otros y del
mundo. Cierto, el sentimiento de la separación es universal
y no es privativo de los hispanoamericanos. Nace en el momento
mismo de nuestro nacimiento: desprendidos del todo
caemos en un suelo extraño. Esta experiencia se convierte en
una llaga que nunca cicatriza. Es el fondo insondable de cada
hombre; todas nuestras empresas y acciones, todo lo que
hacemos y soñamos, son puentes para romper la separación
y unirnos al mundo y a nuestros semejantes. Desde esta
perspectiva, la vida de cada hombre y la historia colectiva de
los hombres pueden verse como tentativas destinadas a reconstruir
la situación original. Inacabada e inacabable cura
de la escisión. Pero no me propongo hacer otra descripción,
una más, de este sentimiento. Subrayo que entre nosotros se
manifiesta sobre todo en términos históricos. Así, se convierte
en conciencia de nuestra historia. ¿Cuándo y cómo aparece
este sentimiento y cómo se transforma en conciencia?
La respuesta a esta doble pregunta puede consistir en una
teoría o en un testimonio personal. Prefiero lo segundo: hay
muchas teorías y ninguna del todo confiable.
El sentimiento de separación se confunde con mis recuerdos
más antiguos y confusos: con el primer llanto, con el
primer miedo. Como todos los niños, construí puentes imaginarios
y afectivos que me unían al mundo y a los otros. Vivía
en un pueblo de las afueras de la ciudad de México, en una
vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación
llena de libros. Primeros juegos, primeros aprendizajes.
El jardín se convirtió en el centro del mundo y la biblioteca en
caverna encantada.
Leía y jugaba con mis primos y mis compañeros de escuela.
Había una higuera, templo vegetal, cuatro pinos, tres
fresnos, un huele-de-noche, un granado, herbazales, plantas
espinosas que producían rozaduras moradas. Muros de adobe.
El tiempo era elástico; el espacio, giratorio. Mejor dicho:
todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora mismo;
el espacio, a su vez, se transformaba sin cesar: allá era aquí;
todo era aquí: un valle, una montaña, un país lejano, el patio
de los vecinos. Los libros de estampas, particularmente los
de historia, hojeados con avidez, nos proveían de imágenes:
desiertos y selvas, palacios y cabañas, guerreros y princesas,
mendigos y monarcas. Naufragamos con Simbad y con Robinson,
nos batimos con d’Artagnan, tomamos Valencia con
el Cid. ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en
la isla de Calipso! En verano la higuera mecía todas sus ramas
verdes como si fuesen las velas de una carabela o de un barco
pirata; desde su alto mástil, batido por el viento, descubrí islas
y continentes, tierras que apenas pisadas se desvanecían.
El mundo era ilimitado y, no obstante, siempre al alcance
de la mano; el tiempo era una sustancia maleable y un presente
sin fisuras.
¿Cuando se rompió el encanto? No de golpe: poco a poco.
Nos cuesta trabajo aceptar que el amigo nos traiciona, que la
mujer querida nos engaña, que la idea libertaria es la máscara
del tirano. Lo que se llama «caer en la cuenta» es un proceso
lento y sinuoso porque nosotros mismos somos cómplices
de nuestros errores y engaños. Sin embargo, puedo recordar
con cierta claridad un incidente que, aunque pronto olvidado,
fue la primera señal. Tendría unos seis años y una de mis
primas, un poco mayor que yo, me enseñó una revista norteamericana
con una fotografía de soldados desfilando por
una gran avenida, probablemente de Nueva York. «Vuelven
de la guerra», me dijo. Esas pocas palabras me turbaron
como si anunciasen el fin del mundo o el segundo advenimiento
de Cristo. Sabía, vagamente, que allá lejos, unos años
antes, había terminado una guerra y que los soldados desfilaban
para celebrar su victoria; para mí aquella guerra había
pasado en otro tiempo, no ahora ni aquí. La foto me desmentía.
Me sentí, literalmente, desalojado del presente.
Desde entonces el tiempo comenzó a fracturarse más y
más. Y el espacio, los espacios. La experiencia se repitió una y
otra vez. Una noticia cualquiera, una frase anodina, el titular
de un diario, una canción de moda: pruebas de la existencia
del mundo de afuera y revelaciones de mi irrealidad. Sentí
que el mundo se escindía: yo no estaba en el presente. Mi
ahora se disgregó: el verdadero tiempo estaba en otra parte.
Mi tiempo, el tiempo del jardín, la higuera, los juegos con los
amigos, el sopor bajo el sol de las tres de la tarde entre las
yerbas, el higo entreabierto —negro y rojizo como un ascua
pero un ascua dulce y fresca— era un tiempo ficticio. A pesar
del testimonio de mis sentidos, el tiempo de allá, el de los
otros, era el verdadero, el tiempo del presente real. Acepté
lo inaceptable: fui adulto. Así comenzó mi expulsión del presente. v
Decir que hemos sido expulsados del presente puede parecer
una paradoja. No: es una experiencia que todos hemos
sentido alguna vez; algunos la hemos vivido primero como
una condena y después transformada en conciencia y acción.
La búsqueda del presente no es la búsqueda del edén terrestre
ni de la eternidad sin fechas: es la búsqueda de la realidad
real. Para nosotros, hispanoamericanos, ese presente
real no estaba en nuestros países: era el tiempo que vivían
los otros, los ingleses, los franceses, los alemanes. El tiempo
de Nueva York, París, Londres. Había que salir en su busca y
traerlo a nuestras tierras. Esos años fueron también los de mi
descubrimiento de la literatura. Comencé a escribir poemas.
No sabía qué me llevaba a escribirlos: estaba movido por una
necesidad interior difícilmente definible. Apenas ahora he
comprendido que entre lo que he llamado mi expulsión del
presente y escribir poemas había una relación secreta. La
poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un
poema; lo aparta de la sucesión y lo convierte en presente
fijo. Pero en aquella época yo escribía sin preguntarme por
qué lo hacía. Buscaba la puerta de entrada al presente; quería
ser de mi tiempo y de mi siglo. Un poco después esta obsesión
se volvió idea fija: quise ser un poeta moderno. Comenzó
mi búsqueda de la modernidad.
¿Qué es la modernidad? Ante todo, es un término equívoco:
hay tantas modernidades como sociedades. Cada una
tiene la suya. Su significado es incierto y arbitrario, como el
del período que la precede, la Edad Media. Si somos modernos
frente al medioevo, ¿seremos acaso la Edad Media de una
futura modernidad? Un nombre que cambia con el tiempo,
¿es un verdadero nombre? La modernidad es una palabra en
busca de su significado: ¿es una idea, un espejismo o un momento
de la historia? ¿Somos hijos de la modernidad o ella es
nuestra creación? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Poco importa:
la seguimos, la perseguimos. Para mí, en aquellos años,
la modernidad se confundía con el presente o, más bien, lo
producía: el presente era su flor extrema y última. Mi caso
no es único ni excepcional: todos los poetas de nuestra época
desde el periodo simbolista, fascinados por esa figura a
un tiempo magnética y elusiva, han corrido tras ella. El primero
fue Baudelaire. El primero también que logró tocarla
y así descubrir que no es sino tiempo que se deshace entre
las manos. No referiré mis aventuras en la persecución de la
modernidad: son las de casi todos los poetas de nuestro siglo.
La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha
sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años
se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la «postmodernidad
». ¿Pero qué es la post-modernidad sino una
modernidad aún más moderna?
Para nosotros, latinoamericanos, la búsqueda de la modernidad
poética tiene un paralelo histórico en las repetidas
y diversas tentativas de modernización de nuestras naciones.
Es una tendencia que nace a fines del siglo XVIII y que abarca
a la misma España. Los Estados Unidos nacieron con la
modernidad y ya para 1830, como lo vio Tocqueville, eran la
matriz del futuro; nosotros nacimos en el momento en que
España y Portugal se apartaban de la modernidad. De ahí
que a veces se hablase de «europeizar» a nuestros países:
lo moderno estaba afuera y teníamos que importarlo. En la
historia de México el proceso comienza un poco antes de las
guerras de Independencia; más tarde se convierte en un gran
debate ideológico y político que divide y apasiona a los mexicanos
durante el siglo XIX. Un episodio puso en entredicho no
tanto la legitimidad del proyecto reformador como la manera
en que se había intentado realizarlo: la Revolución mexicana.
A diferencia de las otras revoluciones del siglo XX, la de
México no fue tanto la expresión de una ideología más o
menos utópica como la explosión de una realidad histórica
y psíquica oprimida. No fue la obra de un grupo de ideólogos
decididos a implantar unos principios derivados de una
teoría política; fue un sacudimiento popular que mostró a
la luz lo que estaba escondido. Por esto mismo fue, tanto o
más que una revolución, una revelación. México buscaba al
presente afuera y lo encontró adentro, enterrado pero vivo.
La búsqueda de la modernidad nos llevó a descubrir nuestra
antigüedad, el rostro oculto de la nación. Inesperada lección
histórica que no sé si todos han aprendido: entre tradición y
modernidad hay un puente. Aisladas, las tradiciones se petrifican
y las modernidades se volatilizan; en conjunción, una
anima a la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad.
La búsqueda de la modernidad poética fue una verdadera
quête, en el sentido alegórico y caballeresco que tenía esa
palabra en el siglo XII. No rescaté ningún Grial, aunque recorrí
varias waste lands, visité castillos de espejos y acampé entre
tribus fantasmales. Pero descubrí a la tradición moderna.
Porque la modernidad no es una escuela poética sino un linaje,
una familia esparcida en varios continentes y que durante
dos siglos ha sobrevivido a muchas vicisitudes y desdichas: la
indiferencia pública, la soledad y los tribunales de las ortodoxias
religiosas, políticas, académicas y sexuales. Ser una
tradición y no una doctrina le ha permitido, simultáneamente,
permanecer y cambiar. También le ha dado diversidad:
cada aventura poética es distinta y cada poeta ha plantado
un árbol diferente en este prodigioso bosque parlante. Si las
obras son diversas y los caminos distintos, ¿qué une a todos
estos poetas? No una estética sino la búsqueda. Mi búsqueda
no fue quimérica, aunque la idea de modernidad sea un espejismo,
un haz de reflejos. Un día descubrí que no avanzaba
sino que volvía al punto de partida: la búsqueda de la modernidad
era un descenso a los orígenes. La modernidad me
condujo a mi comienzo, a mi antigüedad. La ruptura se volvió
reconciliación. Supe así que el poeta es un latido en el río de
las generaciones.
La idea de modernidad es un subproducto de la concepción
de la historia como un proceso sucesivo, lineal e irrepetible.
Aunque sus orígenes están en el judeocristianismo, es
una ruptura con la doctrina cristiana. El cristianismo desplazó
al tiempo cíclico de los paganos: la historia no se repite, tuvo
un principio y tendrá un fin; el tiempo sucesivo fue el tiempo
profano de la historia, teatro de las acciones de los hombres
caídos, pero sometido al tiempo sagrado, sin principio ni fin.
Después del Juicio Final, lo mismo en el cielo que en el infierno,
no habrá futuro. En la Eternidad no sucede nada porque
todo es. Triunfo del ser sobre el devenir. El tiempo nuevo, el
nuestro, es lineal como el cristiano pero abierto al infinito y
sin referencia a la Eternidad. Nuestro tiempo es el de la historia
profana. Tiempo irreversible y perpetuamente inacabado,
en marcha no hacia su fin sino hacia el porvenir. El sol de la
historia se llama futuro y el nombre del movimiento hacia el
futuro es Progreso.
Para el cristiano, el mundo —o como antes se decía: el
siglo, la vida terrenal— es un lugar de prueba: las almas se
pierden o se salvan en este mundo. Para la nueva concepción,
el sujeto histórico no es el alma individual sino el género
humano, a veces concebido como un todo y otras a través de
un grupo escogido que le representa: las naciones adelantadas
de Occidente, el proletariado, la raza blanca o cualquier
otro ente. La tradición filosófica pagana y cristiana había
exaltado al Ser, plenitud henchida, perfección que no cambia
nunca; nosotros adoramos al Cambio, motor del progreso y
modelo de nuestras sociedades. El Cambio tiene dos modos
privilegiados de manifestación: la evolución y la revolución,
el trote y el salto. La modernidad es la punta del movimiento
histórico, la encarnación de la evolución o de la revolución,
las dos caras del progreso. Por último, el progreso se realiza
gracias a la doble acción de la ciencia y de la técnica, aplicadas
al dominio de la naturaleza y a la utilización de sus inmensos
recursos. [...]
1Fragmento del discurso pronunciado por Octavio Paz en
Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1990.
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