Pasión por la historia
Conversación con Rolando Rodríguez
Elier Ramírez Cañedo
Rolando Rodríguez, Premio Nacional de
Ciencias Sociales y de Historia, será uno de los
intelectuales a quienes le estará dedicada la
próxima Feria Internacional del Libro cubana.
Será un homenaje muy merecido a quien,
desde los múltiples trabajos y obras que realizó
y sigue realizando, ha estado haciendo
contribuciones notables a nuestra cultura.
Recordemos además que se ha desempeñado
como Director del Departamento de
Filosofía de la Universidad de La Habana,
Presidente-fundador del Instituto Cubano
del Libro, Viceministro de Cultura, Coordinador
de la Secretaría del Consejo de Ministros,
y actualmente es Profesor Titular de historia
de Cuba de la Universidad de La Habana y
miembro de número de la Academia de Historia
de Cuba.
Quisimos por eso entrevistarlo ahora, interesados
por conocer y hacer conocer con
más detalle aspectos de su rica labor.
¿Cómo el abogado y funcionario llegó a
convertirse con el tiempo fundamentalmente
en historiador?
Desde que estudiaba primaria la historia
me apasionó. Era mi asignatura preferida.
Los episodios del 68 y el 95 eran para mí
narraciones fabulosas, de las que esperaba
cada domingo el siguiente capítulo, que Enrique
Núñez Rodríguez relatara en «Titanes
de la Epopeya» en la radio. Como sabes, en
el texto Historia de Cuba de Fernando Portuondo
—de quien entonces no sabía que un
día junto con Hortensia Pichardo seríamos
compañeros de claustro en la Escuela de
Historia, en la Universidad de La Habana—
había una letra de 12 puntos y otra de 8 o 10.
Los profesores decían en bachillerato: «la
letra chiquita no va». Pues, esa era la que
yo me leía sin falta. Cuando llegué a Derecho
—debí haber estudiado Filosofia y Letras, pero
no quería ser profesor, pues pensaba que
cuando más llegaría a serlo de bachillerato—
conocí a algunos de los protagonistas de la
Revolución del 30: Roa, Lorenzo Rodríguez
Fuentes, Pedro Vizcaíno y hasta gente de las
guerras de grupos, el MSR y de la UIR; me estremecía
la historia de la muerte de Guiteras,
la de Ramiro Valdés Daussá, recuerdo haber
escuchado la narración de lo sucedido en
Orfila, el asesinato de Jesús Menéndez. Hubiera
querido participar en los sucesos del 12
de agosto, castigar a los asesinos de ese y
otros tiempos, como Machado, Batista, Joaquín
Casillas. Todas las historias heroicas de
Cuba me atraían, quería conocer más y más,
y los porqué de aquella república maloliente
a pecados de todo tipo. Así que al final de
mi paso por Cultura, comencé a escribir una
novela sobre la Revolución del 30: mis campeones
eran Ramiro Valdés Daussá, Trejo,
Roa, Pío Álvarez, Toni Guiteras, Pablo de la
Torriente. De ellos, me contaba Lorenzo Rodríguez
Fuentes, el bibliotecario de Derecho,
y así, siete años después de haber llegado a la
Secretaría del Consejo de Ministros terminé
República Angelical. Mi camino estaba trazado,
porque entonces no quise escribir más
novelas, sino ensayos sobre el mismo tema.
¿Por qué después de escribir una novela
histórica como República Angelical, abandona
la ficción y se dedica a la ciencia histórica?
Escribí la novela porque me parecía que
era la única forma de entender el mundo
complejo de aquellos personajes: como gente
de izquierda se quedaba con los de derecha,
por pura amistad y viceversa. Pero cuando
comencé a escribir el ensayo de la Revolución
del 30, pensé que era necesario escribir
cien páginas para entender el machadato.
Pero luego pensé que debía escribir otras cien
para entender la república. Pero no bastó. Se
necesitaban cien páginas para entender la
colonia. Total, aquello terminó por lo menos
en quinientas páginas, dedicadas solo a la
colonia. Cuando el Comandante en Jefe me
pidió que buscara la verdad de lo sucedido en
la pelea entre Gómez y la Asamblea del Cerro,
tuve que ir a buscarla a los National Archives,
de Washington, y a la Biblioteca del Congreso,
en esa misma ciudad. Mas encontré
no solo los papeles de ese asunto, sino los de
la guerra hispano-cubano-estadounidense, y
extensos períodos de la ocupación de Cuba
y de los primeros años de la República. De
esa forma la colonia creció hasta las mil páginas.
Luego, llegó el período de la ocupación
estadounidense y decidí continuar con
la República. Pero en eso había tenido que
operarme del corazón y fui a España. A partir
de entonces, como tenía que ir a chequeos
médicos, me metí en el Archivo Nacional de
España; el del Instituto de Historia y Cultura
Militar, de Madrid; el de la Administración de
Alcalá de Henares; y el del Alcázar de Segovia.
De manera que el libro que salió Cuba: la
forja de una nación, creció a tres tomos y mil
quinientas páginas.
¿Luego de adentrarse en la Revolución de
los años 30, por qué le atrajo el siglo XIX?
Era lógico. Ya te conté que pensaba escribir
cien páginas de la colonia, que se convirtieron
en los tres tomos de Cuba: la forja
de una nación. Me había enredado primero
en el machadato, pero debía explicar la república
surgida de la ocupación yanqui y para
entender esta narrar lo sucedido durante
la ocupación, pero para entender la ocupación
fue necesario que explicara la colonia.
Para mi sorpresa y que se entendiera qué
había ocurrido debía seguir un orden inverso,
de la República a la colonia. Ahora que llegué
a Machado y al gobierno de los 127 días iré
hacia adelante. Ya estoy en la trilogía macabra
de Caffery-Batista-Mendieta.
Su obra historiográfica es conocida por
numerosos lectores cubanos y extranjeros,
pero estoy seguro que a muchos les resultará
interesante conocer cómo es
su trabajo cotidiano de investigación,
hasta llegar a conformar sus
obras. ¿Podría contarnos un poco
al respecto?
Aunque parezca fácil, no
lo es. Lo primero es conocer
una época a través de sus textos, documentos
y testimonios —estos últimos, por
supuesto, si todavía puedes lograrlos. Buscar
los documentos es esencial, descifrar las
verdades y preparar las fichas de las fuentes:
hoy tengo miles de fichas y documentos,
junto con textos muy importantes. También
los testimonios de personajes, que fueron
protagonistas de las épocas más recientes
son esenciales. Dan detalles que enriquecen
la narración. Pero debo decirte que cuando
termino de fichar, considero que el libro está
prácticamente escrito.
¿Qué cualidades considera deben distinguir
a un historiador?
Te lo voy a sintetizar en palabras de alguien
que se convirtió en mi historiador
de cabecera en un período temprano. Digo
como John Reed: yo no soy imparcial, pero
digo siempre la verdad. Ese es mi lema. Por
supuesto, la memoria no debe faltar y también,
y sobre todo, un criterio. Soy marxista
y ese criterio me guía sin que me deje ganar
por el dogmatismo de algunos autores cubanos
o extranjeros. Pero la interpretación
materialista y dialéctica de la historia es la
única forma de acercarte lo más posible a la
verdad. Desde luego, ningún marxista verdadero
es dogmático, ni cree en los manuales.
¿Cuáles considera sus principales hallazgos
en las pesquisas históricas que ha realizado?
Eso no es fácil de decir, son incontables:
a veces comenzaba a escribir algo y estaba
seguro de que eran de una forma y al terminar
resultaban lo contrario de lo que había
supuesto. Esos son aportes a la historiografía.
Sin embargo, sigo creyendo
que el momento más
extraordinario de mis búsquedas,
fue algo que no
me propuse. Estaba registrando
cajas en el Archivo
del Instituto de Historia
y Cultura Militar de Madrid,
cuando abrí la caja
118 de «Papeles sobre
Cuba», cuando descubro
el informe de Ximénez de
Sandoval sobre el combate
de Dos Ríos, luego por las
fechas veo cartas de
Carmen Miyares,
María Mantilla
y Carmen
Mantilla a Martí, también fueron definitivas
las de José Maceo y Bartolomé Masó para
llegar a la conclusión de que las debía tener
Martí encima, cuando lo mataron pues eran
muy cercanas al 19 de mayo. También estaba
la necroscopia del doctor Valencia sobre el
cadáver del Héroe de Cuba. Tiempo después,
me sorprendió encontrar en la biblioteca de
la Universidad Central de Santa Clara, las Actas
del Gobierno de la Protesta de Baraguá.
Vi a Díaz Canel y le dije que cuidaran bien ese
archivo pues había allí un tesoro, que incluía
diarios de oficiales de Maceo, como Félix Figueredo,
que daban la medida de una traición
pues se había puesto de acuerdo con
Martínez Campos, para sacar a Maceo de
Cuba. Le decía que mientras Maceo estuviera
en Cuba la guerra no se acabaría. Díaz Canel
me dijo por qué yo no me encargaba del relato.
Pero eso significaba que debía detener
lo que estaba haciendo, mas me insistieron
y lo hice: me pasé un tiempo en Santa Clara
—mi ciudad natal— narrando qué sucedió en
la Protesta de Baraguá. Ahí tienes dos ejemplos.
¿Cómo concibe que debe ser escrita la
historia de Cuba y enseñarse en nuestras
escuelas?
Esa es la pregunta más difícil que me has
hecho. En el último congreso de historia dije
que la historia debe estar llena de carne y
sangre, de músculos y huesos. La historia no
puede ser sosa. El día que vea a un alumno
dormirse en clase o abandonar un libro mío
por aburrido, dejaré de dar clases o de escribir.
Creo que debes contar la historia con
toda la energía que ella guarda, contar sus
contradicciones, no mentir, no hablar de soles
perfectos y sin manchas. En la vida no los
hay. Con suerte puedes sacar a
Martí y Fidel y ya. Su elegancia,
su ética, su generosidad
sin límites, permiten
colocarlos en lo más alto
de la historia de Cuba y,
por qué no, universal.
¿Qué problemas y
retos posee aún nuestra
historiografía?
Los profesores
suelen aplanar la historia.
No se atreven a
contar la verdad. Es como
un dibujo que vi hace poco
en el que aparecía una
muchacha a caballo
—creo que Candelaria Figueredo—, entrando en Bayamo
con la bandera de Narciso López. Hay
que hacer una historia viva, con verdades y
contradicciones. No existe una historia plana.
Los héroes no son de papel crepé ni están
estañados. Viven y mueren. Matan y son asesinados.
En la historia hay héroes y traidores,
y a estos hay que colgarlos en la pizarra
con todas sus letras aunque duela saberlo.
¿Qué importancia le confiere a la Historia
y al trabajo del Historiador en la Cuba actual?
Fidel lo dijo: para amar algo hay que conocerlo.
Para amar la historia hay que conocerla.
Me asombra escuchar que los muchachos
no quieren estudiar historia porque la consideran
aburrida. Los aburridos son los profesores,
sobre todo si dicen mentiras, los que la
cuadriculan, los que la esquematizan. La historia
no son muñequitos de buenos y malos.
Eso es mejor dejárselo a Elpidio Valdés.
Usted ha buscado acercarse lo más posible
a la verdad histórica y no ha vacilado en
desmitificar determinadas figuras históricas,
acontecimientos y hasta demostrar que algunos
documentos dados por verdaderos
eran en realidad apócrifos. ¿Cómo explicaría
tales posiciones?
Ya te dije cuál es mi lema: no soy imparcial,
pero debo decir siempre la verdad. Lo
siento pero Julio Sanguily fue un traidor que
se vendió a los españoles en varias ocasiones,
le cogió una botella en los ferrocarriles a Polavieja,
le cogió trescientos pesos mensuales
a Dupuy de Lome, le cogió a Juan Gualberto
Gómez los ocho mil pesos que Martí ordenó
devolver a los bandidos, le estafó dinero a los
tabaqueros, al extremo de que Martí no quería
que fuera a Cayo Hueso, empeñó el revólver
y el machete y, por eso, no podía alzarse
el 24 de febrero. Claro que no fue lo único,
pues —peor aún— vendió a Calleja Isasi la
conspiración del 24 de febrero. Le cogió dinero
a Wood por servicios de espionaje. Otro
fue el alumno infiel, Gonzalo de Quesada,
que salía corriendo de las sesiones secretas
de la constituyente de 1901 para informarle
a Wood lo discutido. Puedo demostrar que el
famoso documento de Brickenridge es falso,
lo escribieron los autonomistas de Sancti
Spíritus. ¿Podía acaso callarme ante estos
infames y estos documentos falsos, cuando
tengo pruebas de que unos fueron traidores
y otro fue un invento? Y que conste, solo he
querido hablar de algunos casos.
Se aproxima la Feria Internacional de Libro
de La Habana 2014, que estará dedicada
a la escritora Nersys Felipe Herrera, Premio
Nacional de Literatura 2011, y a usted. ¿Nos
da un adelanto de cuales obras suyas podrán
encontrar los lectores en la FILH?
Ahora viene Machado, en tres tomos y
el gobierno de Grau-Guiteras. Este último
es un personaje que amo. No creo que haya
muchos tan valientes como él en la historia
de Cuba; podría ponerlo junto a Martí, Maceo,
Mella y Fidel Castro. Habrá otro libro: Los
vientos huracanados de la historia, donde
sale mi bibliografía y también una autobiografia
sencilla para que los lectores me sitúen.
De todos modos, estoy deseoso de ver
publicado el libro del gobierno de los 127 días,
pues sale claro el papel heroico de Guiteras.
Pocos héroes de nuestro pueblo tienen tanto
coraje como Toni. Trato de reflejar cómo
cambió la historia de Cuba y, si no se hubiera
dejado matar —algo que explico en el próximo
libro sobre el gobierno de Mendieta—,
hubiera hecho la revolución. Creo que por
eso Fidel le tiene tanto aprecio a su figura y
creo que se lo merece.
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