El jonrón con bases llenas de Norberto Codina

Félix Julio Alfonso López

Para nadie es un secreto que Norberto Codina integraría por méritos propios el equipo Cuba en un imaginario Clásico Mundial de Escritores y Artistas Aficionados al Béisbol. Acompañarían a Norberto en esa novena intangible los recios bateadores Arturo Arango, Leonardo Padura y Omar Valiño, los no menos grandes Amado del Pino, Ulises Rodríguez Febles, Miguel Terry, Rafael Grillo y Víctor Fowler, con el utility de cuadro José Antonio Taboada y un trío de pitchers del calibre de Yamil Díaz, Carlos Esquivel y Raúl Hernández Ortega. Para director del conjunto se barajarían varios nombres, aunque no se me escapa que Martínez de Osaba, discípulo de Jorge Fuentes, sería uno de ellos. También me gustaría que Ismael Sené fungiera como scout de los equipos contrarios. Este conjunto de luminarias iría acompañado al certamen por una Charanga All Star organizada especialmente para dicho propósito, donde no podrían faltar los nombres de Pedrito Calvo, Cándido Fabré, José Luis Cortés, Tiburón Morales, Cesar Pedroso, el Dúo Buena Fe y Francis del Río.

Como parte de su preparación para tan magno evento, Norberto Codina hizo varios swines de calentamiento en su cajón de bateo, y el resultado fue un jonrón con las bases llenas, es decir, un libro entrañable en sus afectos, generoso por toda la información que prodiga, poliédrico por los numerosos territorios culturales que visita e infrecuente dentro del panorama literario insular, tan poco dado a penetrar en los conflictos y pasiones que tienen sede en los diamantes beisboleros: en una palabra, se trata de un texto vehemente, escrito desde su condición hibrida de poeta cubano-venezolano, dos patrias ilustremente peloteras, dedicado a explorar las profundas y perseverantes relaciones entre béisbol y cultura en la Isla y fuera de ella.

Tuve la dicha de presenciar el nacimiento de esta obra, cuando todavía era un ensayo que se llamaba «Cajón de sastre. Algunas claves personales y prestadas entre béisbol y cultura», recogido en el volumen Con las bases llenas… béisbol, historia y revolución, que se publicó con notable éxito de público y escasa crítica en el año 2008. En el último párrafo de aquel texto, Norberto parecía cerrar el asunto con un frase que rezaba: «Por aquello de que, lo único mejor que el béisbol, es hablar de béisbol, no quiero caer en esa tentación pues tal vez por la ley de las probabilidades los aburra, y les haga perder el tiempo. Por eso, como en el estribillo de una canción de mi infancia, “que se pare la bola”».

Sin embargo, los que conocemos Norberto sabíamos que aquello no era más que un ardid digno de su admirada Scherezada, para seguir «dándole a la bola en la costura», y lanzarse a fondo en una abarcadora exploración del imaginario pelotero de Cuba y otros países donde el béisbol es signo de identidad, y sus avatares literarios, musicales, lingüísticos, fotográficos, teatrales y cinematográficos. Como todo libro que se respete sobre béisbol, está estructurado en nueve ca- Félix Julio Alfonso López El jonrón con bases llenas de Norberto Codina pítulos, con un noveno inning que se extiende más allá de la polémica regla con nombre de poeta romántico alemán (Regla Schiller) y llega hasta la entrada no. 15, y que conste que no es el juego más largo de la historia, pues el desafío de mayor duración en la pelota profesional cubana fue protagonizado por los equipos de Cienfuegos y Marianao, el 2 de diciembre de 1943. Duró 20 innings y fue ganado por el club que representaba a La Perla del Sur, 6 carreras por 5.

En este libro el lector no encontrará profusas estadísticas ni análisis estratégicos de la ciencia saber métrica, quizás tampoco muchos nombres de peloteros, de tantos que pudieran mencionarse, pero se enterará de curiosidades, anécdotas, vivencias, testimonios y memorias diversas que mezclan la literatura y las artes en general con la pelota, por ejemplo, que el escritor Guillermo Cabrera Infante y el pintor Raúl Martínez eran amantes del béisbol, que el padre de Omara, Bartolomé Portuondo fue un gran pelotero negro de los años 1920, amigo de Sindo Garay y de José Luciano Franco y que Miguel Cabrera (el historiador del BNC, no el fenomenal tercera base venezolano de los Tigres de Detroit) utiliza las jugadas de los short stops como ejemplos estéticos en sus clases de danza. Podrá conocer que ese cubano de pura cepa que fue Félix B. Caignet, refiriéndose a su popularísima radionovela El derecho de nacer, la calificó como «El jonrón del año» y que Harold Bloom, uno de los gurúes contemporáneos de la crítica literaria mundial es fanático de los Yankees de Nueva York. También están las pasiones declaradas de Nat King Cole y Bob Dylan por la pelota de Grandes Ligas y al margen de estas rutilantes estrellas del espectáculo también hay lugar para la crónica de los peloteros de barrio y de placer, los héroes desconocidos de la manigua y el pitén con bola de trapo y guantes efímeros, o las cuatro esquinas con el famoso proverbio beisbolero de que «pisando y pisando es para el corredor».

En el libro nos enteramos que asistían al estadio de pelota el novelista venezolano Rómulo Gallegos, exiliado en Cuba en los años 40 y también el presidente auténtico Carlos Prío y su némesis, el dictador Fulgencio Batista. Justamente el Gran Estadio del Cerro fue el escenario escogido por la FEU para protagonizar sendas acciones de protesta contra el régimen de facto, el 26 de noviembre de 1952 y el 4 de diciembre de 1955, con constancia gráfica y televisiva de la brutalidad policial y la gallardía de los estudiantes, defendidos con entereza por el árbitro cubano por antonomasia: Amado Maestri. Del mismo modo, Norberto nos recuerda que el canciller Raúl Roa fue fans de la pelota, del Almendares primero y de los Industriales después, y ahí están sus crónicas memorables sobre Ruperto Mayabeque y el Alacrán de Cobalto.

Hay en estas páginas homenajes más que merecidos a figuras inmarcesibles del Olimpo pelotero insular, como Adolfo Luque, Martín Dihigo, Willy Miranda, Conrado Marrero y Orestes Miñoso, estos últimos felizmente vivos todavía con 101 y 90 años respectivamente. En el caso de Minnie Miñoso, en espera de que se repare la injusticia histórica de su ingreso al Salón de la Fama de Cooperstown, y también al Salón de la Fama del Béisbol Cubano, que confiamos sea restablecido y continuado en los próximos meses.

Asistimos con Norberto Codina a ver la película de Roberto Ortiz, dirigida por Ramón Peón con guión de Eladio Secades, En tres y dos, el filme de Rolando Díaz con guión de Eliseo Alberto, dos solitarias golondrinas en el páramo del cine cubano sobre deportes, hasta la llegada hace poco del excelente documental Fuera de Liga de Ian Padrón y de la elíptica cinta Penumbras, dirigida por Charlie Medina basada en una obra de teatro de Amado del Pino. También nos ofrece un exhaustivo recorrido por el cine estadounidense dedicado al béisbol, sublime en no pocas películas e incomparablemente más nutrido en su catálogo que el nuestro. Tampoco falta la música, con el fantasma de Helio Orovio danzando sobre sus páginas, «en el cielo de Santiago de Las Vegas con diamantinas negras», desde La Aragón, Benny Moré, Pacho Alonso y Pello el Afrokán, asiduos animadores de desafíos de béisbol hasta ese simpático y desconocido Himno a Gibara, tan municipal y orgulloso de su club de pelota.

En el extra inning, hay pasajes para todos los gustos, aunque recomiendo especialmente por su originalidad y novedad, la recopilación de fraseologismos beisboleros, el texto de Orlando Alomá sobre Orestes Miñoso, la hilarante crónica de Ricardo Riverón Rojas, el desconocido texto de José Antonio Portuondo de los años 30 y la entrevista que en el centenario de Conrado Marrero publicó La Gaceta de Cuba y que tuve la oportunidad de presentar en la UNEAC, ocasión en que narré la anécdota de cómo la Virgen de la Caridad le había sanado milagrosamente el brazo de lanzar al Guajiro de Laberinto.

Por último, quiero terminar esta invitación a la lectura del espléndido libro de Norberto Codina, recordando que cerca de este lugar se encuentra la Acera del Louvre, lugar mítico de la bohemia habanera del siglo XIX y sitio obligado de aquellos jóvenes cultos que practicaron béisbol, eran modernos y nacionalistas y se fueron a la manigua a luchar por Cuba libre: sus nombres fueron Carlos Maciá, Alfredo Arango, Ramón Hernández, Aquiles Martínez y muchos otros.

Sus amigos eran los escritores que publicaban en las revistas de moda como La Habana Elegante y El Fígaro: Enrique Hernández Miyares, Ignacio Sarachaga, Julián del Casal, Fray Candil, El Conde Kostia y Manuel Serafín Pichardo. Hago votos porque aquella antigua amistad entre literatos, músicos, artistas y peloteros reaparezca y se renueve permanentemente, como evidencia de una secreta comunión espiritual que nos hace sentir parte de ese misterio mayor que llamamos Cuba.