A buen recaudo lo sagrado1
Alex Fleites
Reina María no sabe lo que voy decir de ella. Piensa que debe
ser algo amable –porque siente que la quiero—y leve –porque
me cree incapaz de agregar oscuridades a la hora de comentar
un oficio inextricable como es el del poeta, y que por cuarenta
años ha sido el centro mismo de su vida.
Y lleva razón. Nos conocimos hace mucho tiempo, cuando
éramos tan jóvenes que confundíamos, con toda impunidad,
ética y estética, y por nada del mundo nos hubiéramos
hecho amigos de lo que por entonces se consideraba «un
mal poeta». Entre todas las actividades humanas, ejercíamos
el escamoteo, la repartición de parcelas en el apretado
Parnaso de la Isla, escribíamos febrilmente en las madrugadas,
mal comidos y peor vestidos, tratando de llenar con
palabras aquellos huecos negros, aquellas manquedades,
aquellas insatisfacciones que nos lanzaba a la cara la
agresiva realidad.
Quiero decir con esto que llevo varias décadas admirando
su trabajo literario, registrando cómo en cada
nuevo libro ella va dejando preguntas esenciales, jirones
de una sensibilidad que reacciona, sobre todo, ante la
pérdida. Si como dijo Abilio Estévez en uno de sus fabulosos
monólogos, «vivir es ir perdiendo cosas», crecer
es ganar conciencia de esas cosas que fueron quedando
en el camino. Y a Reina María la moviliza, sobre todo, la
exégesis del dolor, pues es una poeta más lúcida que intuitiva,
capaz de convertir, de un pase de efectiva poesía,
intrincados pensamientos en emoción.
Se pierde, ante todo, la Arcadia de la infancia. El
tiempo mítico, el reino de la posibilidad. Y junto con la
infancia, el barrio, el universo a escala reducida. Se descompone
la carne. Donde ayer hubo una mirada fulgurante,
ahora aparece un velo blanco. Ha sido saqueado el
cofre en que se guardaban los afectos; pierden significado
papeles amarillos donde alguien creyó poner a salvo
fórmulas secretas. Los números telefónicos han cambiado.
Y tampoco están del otro lado de la línea las personas
que una vez amamos. Y lo peor es que sabemos que no
hay sustitución posible.
Por eso Reina toma nerviosos apuntes, perpetra poemas
que ella misma llama de ocasión (¿cuáles poemas no
lo son?), en un intento de fijar, de oponer a la fugacidad la
conmovedora tenacidad de Sísifo. Se trata, como diría Omar
Pérez, de poner a buen recaudo lo sagrado.
La poesía es un fluido corporal, cuando más una secreción
del alma, pero nunca un género literario. Y como de parapetarse
en las palabras se trata, Reina asumió la literatura
como campo de acción, ya como autora de cuentos, novelas
y ensayos, ya como promotora en la Azotea o en la Torre de
Letras. El suyo es un emocionante testimonio de fidelidad a
una vocación, a un destino, a una fatalidad, en medio de un
mundo que se banaliza a toda velocidad, que se deteriora.
Cuando estoy a punto de perder los restos de la fe, voy a
las tertulias que Reina María organiza. Allí encuentro siempre talentosos creyentes, gente que se reconoce entre la multitud
sin rostro, seres que abogan por la posibilidad de la belleza.
Desde hace mucho tiempo tengo a Reina María entre mis
premios nacionales de literatura preferidos2. No ejerceré,
ahora que poseo la sabiduría de no saber, el odioso oficio de
comparar. Pero eso no me impide decir que no conozco en
nuestro ámbito una obra literaria más honda, original, conmovedora,
veraz, sincera y desgarrada que la suya. La poesía
de Reina María muta de tiempo en tiempo, abandona la eufonía,
se llena de nudos, renuncia a epatar, se salta las modas,
cada día se hace más esencial e imprescindible.
Sabemos que leer es, en esencia, un acto de apropiación,
de rescritura. En las muy contadas ocasiones que puedo acceder
a Internet noto con arrobo que, de tiempo en tiempo,
mi hija mayor cuelga en su página poemas de Reina María.
Van sin comentario alguno, sin presentación, como si el
mundo tuviera la obligación de conocer a esta muchacha
—para mí siempre va a ser una muchacha—, loca como los
pájaros, que se desvela por todo y por todos en su modesta
atalaya de Ánimas. El acto de Amanda, con esa saludable insolencia
que caracteriza a la juventud, parece decir, mientras
alza los hombros: «Y si no la conocen, que se jodan. Ellos son
quienes se la pierden».
1 Leído en la Biblioteca Rubén Martínez Villena, durante el programa El
autor y su obra dedicado a RMR.
2 Semanas después le fue conferido el Premio Nacional de Literatura.
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