Maneras de leer
Raúl Flores Iriarte
Un escritor probablemente sólo tiene una docena de días realmente importantes en su vida. Una equis cantidad de horas repartidas a lo largo de su existencia escritural que pueden decidir por completo la calidad de su futuro. Uno de estos momentos bien puede ser el hecho de ser ganador del premio de cuento La Gaceta de Cuba, y después ser incluido en las páginas de Maneras de narrar (Ediciones Unión, 2012), que agrupa los relatos ganadores de ese concurso desde el año 1993 hasta el 2009.
Desde las pequeñas angustias de un hombre pequeño que lee Acero de Eduardo Heras León, inmerso en un mundo de líderes sindicales y obreros destacados, mientras a su alrededor el mundo verdadero se compone de un inodoro roto, colas y precolas interminables para coger magras raciones de pollo por pescado, puestas de sol y mujeres conversando en los balcones sobre la impensable caída del socialismo («Dorado mundo», de Francisco López Sacha), hasta las aventuras de algún funcionario de casa de cultura, inmerso en un mundo sacado de las páginas de «El maestro y Margarita (Nieve prosaica)», de Herbert Toranzo), homenaje y redención, diestros brochazos en medio del lienzo ficcional, donde el diablo se viste de español y se nombra Lucio Fernández, tal vez en deferencia y referencia a otro Lucio Fernández, personaje de otro de los cuentos de esta antología («Los muertos», de Alejandro Robles), para nada español, sino mendigo o loco o borracho que se dedica a vender los nombres de los muertos para que puedan pernoctar en la funeraria otros muertos, los que se van contra los que se quedan, la muerte contra la vida, escritura contra ficción, ¿a qué más?
Francisco López Sacha escribe en la narración que abre esta antología: «En realidad, los cuentos no son malos, tienen tensión, suspenso y equilibrio». Lo mismo pudiera decirse sobre los textos presentes en Maneras de narrar. Dos siglos de literatura cubana resumidos en los finales del siglo 20 y el principio del 21, repartidos a lo largo de quinientas veinte páginas. Buen acompañante para este volumen es la antología que recoge los poemas ganadores del premio de poesía La Gaceta de Cuba; para citar las palabras de Herbert Toranzo en «Nieve prosaica» (relato que cierra Maneras de narrar): «Que cosa tan rara es la poesía, lenguaje de otro mundo con las palabras de este».
Si la ensayista Haydée Arango, responsable de esta compilación, escribe en el prólogo: «No ignoro el riesgo que significa estudiar de conjunto, como si se tratase de una antología del cuento cubano actual, los treinta y dos cuentos hasta ahora premiados por La Gaceta». Yo, por mi parte, no creo que exista tal riesgo. Este concurso se ha erigido en estos últimos años como un who’s who de la literatura cubana. Desde las primeras convocatorias en las que había más de seiscientas narraciones compitiendo por un premio que entrañaba ayuda monetaria y publicación (tan necesaria en aquellos años especiales del Período) hasta estos años en los que siempre hay más de cien textos compitiendo por el privilegio de ser publicados en las páginas de lo que ha pasado a ser una de las mejores publicaciones periódicas del país (y por la ayuda monetaria), por La Gaceta de Cuba han desfilado la mayoría de los escritores cubanos que tienen algo que decir. Diferentes edades, diferentes formas de escritura.
Con doce textos adicionados, esta reedición es una prolongación de la antología original, que solo llegaba hasta el año 2005 (y aquella antología original podría verse como una continuación o spin-off de la antología Dorado mundo, que recogía a los ganadores, menciones y finalistas del concurso de cuento de 1993). En palabras de Haydée, en la nota a la segunda edición: «Maneras de narrar ha sido una compilación con amplia demanda de público dentro y fuera de Cuba». Esperemos que en una sucesiva reedición, además de incluir los premios de años posteriores al 2009, se amplíe la selección para incluir los cuentos finalistas y/o merecedores de menciones, algunos de ellos tan antologables como los mismos premios.
Dentro de este libro podemos hallar el relato original en que se basó la película Fábula, perteneciente a Alberto Garrandés, los cuentos «Los heraldos negros» de Alberto Guerra y «No hay regreso para el Johnny» de David Mitrani, que recrean con diferentes miradas una historia en común (también convertida en guión y llevada al cine), cazadores de dragones, novísimos, postnovísimos y los temas recurrentes en toda antología que se respete de literatura cubana: balseros, buzos, jineteras y guerra de Angola. Todo dosificado y mezclado con boleristas fracasados, zafras y delegados, retratos homoéroticos, muros de lamentaciones, blúmeres rosas, situaciones violentas, corazones partidos, fiebres y escafandras, agujeros negros, trenes y moscas, bellezas americanas, discípulos y maestros, cumbres borrascosas, escaleras de servicio, un ensayo sobre la obra de Alberto G, tigres según se miren y pájaros en la llovizna. En fin, composiciones, a menudo con introducción, nudo y desenlace.
Muchos de los autores incluidos en esta antología ya han publicado alguna que otra obra de su autoría, y no son desconocidos para el público lector. Han ganado otros premios. Pero supongo que muchos de ellos aún recuerdan ese momento, ese minuto dentro de una equis cantidad de horas en el que se pudo decidir la calidad de su futuro escritural, independientemente de malas o buenas lecturas de un jurado cualquiera.
Ahora esos autores están aquí, en este libro.
Mirémoslos de cerca.
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