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Salida de emergencia
Raúl Flores Iriarte
Línea de fuga, punto de escape, puente hacia otras escrituras más allá de este terreno ancestral y enquistado que damos en llamar literatura nacional, donde todo se halla debidamente institucionalizado y organizado. Suerte de literatura menor en medio de territorio hostil que nos atañe a todos por igual. Si nos acercamos al grado cero de la escritura, ¿Qué podremos dejar para después?
Tal vez, una especie de novella con sopa de coles y té amargo en donde los protagonistas avanzan en una suerte de laberinto kafkiano con una mochila llena de libros (Stendhal, Cortázar, Bolaño, Borges) y, mientras tanto, intentan establecer en las paredes ciegas un plan de acciones a base de criptogramas cirílicos con citas de Fiodor Dostoievski, Mijail Bulgakov y Julio Cortázar, a todas estas matizando la realidad con diez tragos de ron, entonando afónicamente los acordes de Power to the people, de John Lennon.
Después, tal vez solo nos quede clavar los ojos al cielo, perdón, en el cielo, y preguntarnos que nos habrá querido decir Yonnier Torres con este ejercicio de escritura iconoclasta, totalmente irreverente, grotesco a veces, enfermizo en medio de su vigorosa salud, que fuera responsable de ganar el premio cienfueguero Fernandina de Jagua y se presenta publicado por la editorial Mecenas, en el año 2012.
Yonnier toma prestados los nombres de películas de Quentin Tarantino para la mayoría de sus capítulos, pero Clavar los ojos al cielo le debe por igual al cine negro de los años 40, al imaginario apocalíptico de Terry Gilliam, a la anomia e indefensión de los personajes en los filmes más neuróticos de Woody Allen y, aunque tal vez no alcance nominaciones para los Globos de Oro o premios de la Crítica, el autor edifica con éxito una noveleta evidentemente cinematográfica, delirante, psicodélica; una catedral de imágenes e imaginación. Para no dejar lugar a dudas, se encarga de poner en portada a la mismísima Uma Thurman, en una imagen prestada de Pulp fiction.
Con un guiño elocuente a la pandilla de asaltantes de Reservoir Dogs, Yonnier nos muestra un mundo alucinante e impregnado de referentes pop. Un homenaje, pero no una copia. Esta novela se ofrece como un entretenimiento que puede dar para pensar y, de paso, hasta ofrece contar algunos chismes sobre el ministro de Cultura.
El dinamismo en los diálogos, y la rapidez de la acción se ve complementado por temáticas tomadas del absurdo, la fantasía y el policíaco. Marcos y La Rusa vagan por una ciudad a veces desierta, a veces dormida, sin tener una idea definida sobre cual pudiera ser su misión, pero sabiendo a medias que deben hacer algo. Desestabilizar al gobierno o, en el mejor de los casos, derrocarlo.
Estos seres recuerdan en momentos al Kafka ese que vivía en un castillo inmerso entre procesos y ficciones de Estado. Otras veces recuerdan al Maestro y la Margarita. Pero la mayor parte de las veces solo se recuerdan a sí mismos, o tal vez ni eso, y entonces eligen pasar desapercibidos como todo personaje que se respete. Pueblan el libro de acciones supuestamente subversivas y no hallan la vía de atentar contra el poder verdadero, la ficción de Estado, la falacia.
Seres que sobreviven en esta isla aislada en sí misma, con la eterna maldición del agua por los cuatro costados, tomando como guía referencial la imagen de un país que deja de ser país para transformarse en papel y tinta, en un simple pedazo de carne, en la página de un libro, en una gota de agua más dentro de este océano gigantesco donde estamos todos y no está ninguno.
El poder real se halla en el autor de este libro, y en su escritura que declina patrones arborescentes para insertarnos en el rizoma del rizoma. Lo que está allí es lo que no se cuenta, pero se alcanza a ver por una rendija entre palabras. El gobierno del que se habla en esta noveleta bien podría ser una metáfora de algo más allá de un realismo fantasioso, situado en terrenos literarios apenas visibles a la vista humana. El Gran Hermano, el acabóse, transmutado en símil e irreverencia.
Después, solo queda la eterna maldición de la literatura. La necesidad de escribir. El temor a la página en blanco. La imposibilidad.
El terror. Yonnier Torres se ha convertido en un autor digno de ser tomado en cuenta. Con seis libros a su favor, se ha insertado a la fuerza en ese campo minado que damos en llamar literatura cubana. Esperemos que siga con buen rumbo por ese sendero, por esa línea de fuga, o punto de escape. Mientras tanto, esforcémonos en clavar los ojos al cielo, perdón, en el cielo, y veamos si somos capaces de encontrar una salida de emergencia, una acción auténtica que nos entretenga y nos dé algo que hacer para estas noches de hastío.
Los oscuros salmos de Frank Castell
Carlos L. Zamora

Desde hace ya varios años, el nombre de Frank Castell (Las Tunas, 1976) se menciona con regularidad entre los sobresalientes de las nuevas hornadas poéticas del país. Dotado de una voz peculiar, su poesía, y en especial sus décimas, han visto la luz en editoriales locales y nacionales y alcanzaron mayor relevancia con el título Corazón de Barco (Letras Cubanas, 2006) por el que se le reconoce comúnmente.
La aparición de Salmos oscuros, poemario publicado por la editorial Oriente en el 2013, viene a confirmar la valía de este autor, anclado en territorio portopadrense pero cimentada su obra con la savia de la buena poesía heredada. En este, donde la rima y la métrica son las excepciones, parecen visibles las influencias castellanas e iberoamericanas, si bien se evidencian otras lecturas menos ortodoxas (¿norteamericanas, árabes?), sobre todo en los poemas más breves.
Quizás la angustia existencial determina el tono de estos salmos. Testimonios de la impotencia del poeta ante un mundo que le resulta hostil, [que] es una pústula cuando despierto, constituyen los versos de este libro. Aun cuando Castell los ha organizado en tres secciones, parecen arrancados de cuajo de una sola herida y, dictados a la eternidad desde ese instante amargo, conformar un largo discurso, una suerte de letanía (¿salmodia?) de quebrantos, imposible de desoír.
Aunque no aludidos, gravitan sobre el sujeto lírico los mecanismos sociales que impiden su protagonismo:
la vida suele ser una ruleta
que siempre nos excluye de la foto.
El motivo se reitera al punto de convertirse en eje estructural del libro. La invisibilidad del poeta, su insignificancia ante referentes que le superan en dimensión: la vida, la historia, la patria, Dios, el cielo, el mar… Acaso el fantasma terrible, pero sobreviviente, del albatros baudeleriano, que sigue teniendo casa, entre los poetas de hoy, a pesar de los nuevos (¿?) escenarios.
Salmos oscuros es un manifiesto de inconformidad; con un lenguaje ríspido, querellante, que elude el amaneramiento, la gracia de la figura, hasta rozar el prosaismo y la antipoesía y no obstante, dotado de una energía y un ritmo contagiosos.
En algún momento, parece enunciarse una poética que justifica el libro:
la suerte de escribir el fuego,
o atravesar los límites
me dejan solo
entre el absurdo y Dios.
En medio del dolor, sin embargo, el poeta reconoce que no renuncia, [que se juega] a diario la vida escribiendo,… [que quiere] habitar su fe,… romper la sombra que [le] asfixia. Hay una declaración de principios que le sitúa frente a los molinos de siempre.
Bajo estos Salmos oscuros un poeta llamado Frank Castell desconfía de la eternidad y anuncia, a pecho descubierto, sus razones. Puede no compartirlas el lector, pero difícilmente podrá desconocerlas. La pasión (la rabia) y la sinceridad con la que se han escrito estas páginas son un crédito memorable.
He leído este libro con el dolor y la ilusión del náufrago y me ha producido una rara complacencia.
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