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Del discreto —y perverso— encanto de la nobleza… o del peligro de ciertas amistades
Mayerín Bello

Las amistades peligrosas (Les liaisons dangereuses) es uno de esos textos clásicos que garantizan el placer de la lectura, amén de otras utilidades culturales y vivenciales. Se publicó en 1782 y constituyó todo un éxito, de modo que ese mismo año se difundió en varias reediciones, que no cesarían de multiplicarse en los siglos venideros. El telón de fondo de la novela, de su gestación y de su argumento, es el Siglo de las Luces, del que emergería la plataforma de todos los proyectos de emancipación y de las utopías dominantes en las centurias siguientes. De esos propósitos, sin embargo, nada hay en Las amistades peligrosas, a no ser que se busque en su reverso una condena tácita de ese mundo tan cerrado, tan circunscrito a las normas de convivencia y a los espacios y aspiraciones de la nobleza y de sus acólitos, abatidos, poco después, por una Revolución que cambiaría el curso de la historia.
Del clima cultural del siglo xviii sí encontramos en el texto otras manifestaciones, como esa tensión tan característica entre racionalismo y sentimentalismo, entre el gusto por el análisis de todo problema arduo, incluidos los que conciernen al corazón, y la reivindicación del impulso pasional que abate toda prevención del intelecto. Esa tensión recorre de una punta a la otra un libro que es, entre otras cosas, una novela de amor.
Las amistades peligrosas está integrada por un conjunto de cartas intercambiadas por siete personajes, a los que podrían sumarse dos o tres interlocutores que solo son destinatarios. Estos siete personajes son: la marquesa de Merteuil, el Vizconde de Valmont, la Presidenta de Tourvel, la joven Cecilia Volanges, el Caballero Danceny, las señoras de Volanges y de Rosemond. Los cinco primeros constituyen imprescindibles piezas de este ajedrez donde, ironía del tablero, el jaque mate involucra tanto a las piezas negras como a las blancas. Dos son las principales intrigas que se tejen desde las primeras cartas: la marquesa de Merteuil quiere vengarse del abandono del conde de Gercourt, quien se propone desposar a la joven y pura señorita de Volanges, recién salida de un convento. Para ello la marquesa le pide ayuda a su ex amante y compinche, el Vizconde de Valmont. Pretende que este seduzca y le arrebate la virginidad a la jovencita y así burlar las aspiraciones del futuro marido. Valmont, sin embargo, no se siente tentado por la empresa pues le parece demasiado fácil, además —y esta es la segunda línea argumental— está empeñado en el sitio de otra fortaleza al parecer inexpugnable, la de la virtud de la Presidenta de Tourvel (llamada así por el cargo de su marido), de visita en la mansión provinciana de la señora de Rosemond, vieja tía de Valmont, donde también se hospeda el Vizconde. Valmont es todo un libertino, lo que quiere decir un hombre joven, de apariencia y maneras atractivas, mundanas y seductoras, inteligente y hábil para la intriga, tolerado y recibido en la alta sociedad, no solo por su encanto sino también, y quizás sobre todo, porque es temido. La virtud de la Tourvel, hondamente asumida como un principio de conducta —y no como mero tributo a la moral social— se defiende bien, porque además ha sido prevenida por la señora de Volanges, la madre de Cecilia, quien le pinta a Valmont con los tintes más oscuros. Estas premisas, ofrecidas en la primera parte de la novela (tiene cuatro), dan pie a todas las estrategias y los análisis que los dos personajes principales, Merteuil y Valmont, ponen en práctica para conseguir sus fines, perseverancia que no decae a lo largo del libro, y llevará a que las que parecían líneas argumentales paralelas se entrecrucen y trencen perfectamente hasta el momento del desenlace. Cual arañas de una especie tan espléndida como letal, esos dos caracteres dominantes irán tejiendo una tela tan mortífera que terminará enredando a todos en ella, incluidos los propios tejedores. Y esa dualidad a la que aludíamos, el contrapunto entre la pasión y la razón, que no se resuelve en una síntesis, es la que conduce a la debacle, pero también la que vuelve tan seductora y placentera la lectura de esta novela. Tal contrapunto, sin dejar de involucrar al resto de los personajes, se explora a fondo en los participantes del atípico triángulo amoroso conformado por la Marquesa de Merteuil, el Conde de Valmont y la Presidenta de Tourvel. En los dos primeros, el cálculo, el raciocinio y el autocontrol son dominantes y ahogan la pasión, que no por reprimida deja de alentar; en la tercera, los muros de contención que opone su moral ante la ofensiva de Valmont se estremecen porque la autenticidad del sentimiento experimentado por esta mujer angelical, aunque contrario a las convenciones sociales, es de una fuerza y sobre todo de una pureza rarísimas en este universo. Plato fuerte, sin duda alguna, el que se nos sirve con esta novela, centrada en los minués que ejecutan las conductas y los propósitos de los personajes, y que prescinde de excursus filosóficos a los que es tan dado la novelística de la época. Sin ir más lejos, uno de los modelos al que parece remitirse la obra, La nueva Eloísa de Rousseau, es pródiga en esos sermones, pertinentes y hasta polémicos en su siglo, pero todo un atentado contra la vivacidad del argumento, vivacidad que constituye, por el contrario, uno de los atractivos del libro que se está comentando.
Otros aspectos que vinculan la obra con su contexto merecen recordación, como el que haya apelado Laclos a la novela epistolar. Fue toda una moda en el siglo xviii europeo como lo ratifican, en Inglaterra, Pamela de Samuel Richardson; en Francia, Las cartas persas de Montesquieu, con sus enredos de harén y su filosofía a discreción; la apenas citada Nueva Eloísa de Rousseau; y en Alemania, Los sufrimientos del joven Werther, ese desliz juvenil de Goethe, por solo citar los ejemplos más conocidos. Uno de los principales atractivos y méritos de la novela de Laclos es que aprovecha al máximo y renueva las posibilidades que le ofrece esta forma de composición. Así, a diferencia de La nueva Eloísa, donde se contrastan puntos de vista diferentes pero el estilo es bastante homogéneo; o del Werther de Goethe, en la que solo encontramos las cartas del joven, en Las amistades peligrosas, por el contrario, hay una verdadera polifonía pues las voces de los personajes son modo eficaz de su caracterización, mientras que los puntos de vista, así como los estilos epistolares, difieren sustancialmente. Contrástense, como ejemplos extremos, las cartas de Cecilia Volanges con las de la Marquesa de Merteuil, que oponen la inocencia de una joven de quince años ignorante del mundo, candor manifiesto en una escritura descuidada y elemental, y la artera y elegante prosa de la Marquesa, llena de modulaciones y de múltiples sentidos. Pero, incluso, los que parecen los estilos más congeniales, esto es, el del Vizconde y el de la Merteuil, pueden, en efecto, mostrarse afines cuando usan la ironía, o se arrebatan uno al otro las frases para suscribirlas o subvertirlas, pero saben también marcar su propio territorio. Porque, parece decirnos Laclos, no olviden que la bella, perversa, brillante y maquiavélica Marquesa es, asimismo, una auténtica mujer, mientras que la ostentación de la virilidad y la testosterona del Vizconde invade de continuo el texto. Agréguese, además, que cuando llegue la hora del desempate entre estos dos jugadores estrellas, Laclos dejará bien claro que la palma de la maldad, del cálculo y de la instrumentalización del otro es para ella, y, en consecuencia, no merecerá la «redención» de que goza Valmont por su acto postrero.
Las cartas, por otra parte, cumplen en este libro muchas funciones: impulsan la acción; son el terreno en que contienden dos bandos: los libertinos y sus presas; permiten el análisis de los caracteres; agilizan la trama y la ordenan al ofrecer resúmenes de lo sucedido, además de que las visiones encontradas que se dan sobre un mismo personaje permiten comprenderlo en una dimensión más compleja. En fin, la carta, en su literalidad más desnuda, puede expresar una cosa, mientras que la verdadera y dolosa intención se le revela al lector forzosamente cómplice.
La época le ofrece a Laclos otros recursos, como sucede con los tópicos asociados al ser y al obrar del libertino. La figura del Don Juan, desde los siglos anteriores, había sentado una sólida tradición en las tablas: ahí están, entre los más famosos, el de Tirso de Molina, el de Molière y el de Mozart, de próxima aparición. Pero la novelística contemporánea de Laclos lo pone también en circulación y le fija las pautas. Así había sucedido en la obra de Claude Prosper Jolyot de Crébillon, conocido como Crébillon hijo (porque hubo un padre, un serio y oficialista dramaturgo clásico). Este hijo díscolo escribió novelas consideradas licenciosas, que a buen ver eran sobre todo satíricas, donde expone y desarrolla toda una tipología del libertinaje. Laclos tenía, pues, un modelo, que Valmont encarna a la perfección y como tal es reconocido socialmente. Pero libertinaje es también el de la Marquesa de Merteuil, aunque lo practique en secreto, y por tanto, más efectivamente. A diferencia de Valmont, ella es tenida por una joven viuda, atenta a las normas de convivencia y una de las pocas que supo escapar sin correr gran peligro de las seducciones del Vizconde. Así pues, la variación femenina del libertinaje, que de objeto del deseo pasa a sujeto ejecutor de ofensivas encubiertas, pues lo que se le tolera al hombre es intolerable en la mujer, es otra de las singularidades de esta novela, como lo es, asimismo, que la inmoralidad desprejuiciada que anima a semejantes seres se torne conflictiva, pues la pugna entre razón y pasión ala que aludíamos no conoce treguas ni compromisos para estos dos seres, que hacen un dogma de su libertinaje. Fieles a su línea de conducta, se resisten a abrirle espacio a su costado emotivo y sentimental, lo que acrecienta su complejidad y conduce la trama a un desenlace inesperado.
Todo este disfrute prometido al lector de Las amistades peligrosas nace, también, de la posición privilegiada que tácitamente se le otorga. Somos mirones, voyeurs, con una visión completa y profunda de las movidas ejecutadas, pues penetramos en todas las intimidades, conscientes del peligro que tales relaciones comportan, curioso modo de hacernos cómplices y omniscientes. Esta omnisciencia, sin embargo, no ofrece muchas certezas a la hora de establecer una resultante moral, y tendremos que ser nosotros quienes establezcamos el saldo ético que deja toda la operación narrativa. No por gusto el excelente prólogo de Ernesto Pérez Chang a la reciente edición del libro se abre con una interrogante: «Choderlos de Laclos: ¿moralista o perverso?»
Por otra parte, las cosas se complican todavía más cuando a la polifonía que hemos tratado de ilustrar se suma la discordancia entre los dos prefacios que anteceden las cartas, esto es la «Advertencia del editor» y el «Prefacio del compilador» o del redactor. Lamentablemente, el primero de ellos no se incluye en la edición cubana que acaba de aparecer.1 Y aunque esa ausencia no atenta contra lo esencial de la obra, nos priva de un curioso paratexto que es, como el otro, obra de Laclos. He aquí el inicio de la «Advertencia del editor» de Las amistades peligrosas o Cartas recogidas en una sociedad y publicadas para advertencia de otras:
Creemos un deber advertir al Público que, no obstante el título de esta obra y lo que dice el Compilador en su Prefacio, no garantizamos la autenticidad de las cartas recogidas, y tenemos incluso serios motivos para pensar que el conjunto no sea otra cosa que una novela.
Nos parece, además, que el Autor, aun cuando estuviera preocupado por respetar la verosimilitud, ha atentado él mismo contra ella de una manera bastante torpe, al elegir la época en la que ha situado los acontecimientos que da a conocer. Muchos de los personajes presentados por él tienen costumbres tan depravadas que nos parece imposible aceptar que hayan podido vivir en nuestro siglo, en este siglo de la filosofía en el que las luces, tan difundidas por todos lados, han vuelto, como todos saben, tan honestos a todos los hombres y a todas las mujeres tan modestas y reservadas.2
En el «Prefacio del compilador», por el contrario, se reivindica la autenticidad de las cartas, se habla de cuáles fueron los propósitos seguidos en la compilación y se ofrece, en realidad, un antiprólogo: amén de rebajarse el valor de la obra, se desaconseja la lectura, sobre todo a los más jóvenes, por su peligrosidad moral. Por supuesto, nada más estimulante para incentivarla.
Afortunadamente, por lo que respecta a la gran mayoría de los lectores de hoy, nos sentimos a salvo de esas insidias indecorosas de las que habla el segundo prólogo, porque la liberalidad en materia sexual a que nos tiene acostumbrados nuestra época vuelve inocuos y añejos esos dictados morales consustanciales con antiguos regímenes. Esta cómoda postura puede convertirse, no obstante, en una engañosa pendiente: podríamos sentirnos tentados a leer y a juzgar con indulgencia esas escaramuzas y batallas campales que tienen por meta la consecución del placer y la satisfacción de sentimientos sublimes y/o perversos, y a justificar los desmanes con la máxima de que en el amor, como en la guerra, todo vale. No obstante —y no se trata de gazmoñería sino de lucidez ante la manipulación— no habría que perder de vista que caracteres como la Merteuil y Valmont, por lo arraigados que están en ellos la voluntad de dominio, el amor propio, y la falta de solidaridad, amén de otras disposiciones antes aludidas, podrían, a pesar de todo su encanto o precisamente por él, devenir armas todavía más letales si su desempeño se extendiera a otras esferas menos privadas, como la política, la economía y la ascensión social. Claro, se nos podría objetar, entonces ya no estaríamos en el universo de Laclos sino en el mundo moderno y posrevolucionario de Honorato de Balzac. El que Laclos nos muestra, por el contrario, está entonando un coral canto de cisne, cuyas plumas blancas e inmaculadas se entreveran magníficamente con el negro azabache de otras. Una rara avis, en fin, que nos reta a apreciarla en su perenne vitalidad.
1 Choderlos de Laclos: Las amistades peligrosas. Prólogo de Ernesto Pérez Chang. Editorial Arte y Literatura, 2013. La misma editorial la publicó por vez primera en 1969.
2 Les liaisons dangereuses. [Texte établi sur le manuscrit autographe]. Reproduction de l’édition de Paris, Garnier, 1985. Bibliothèque Nationale de France, Gallica. En: http://abu.cnam.fr (Traducción de M. Bello).
Poderosos poemas a Gastón Baquero
Rubén Ricardo Infante

En la literatura cubana hay poetas que son dueños o han conformado lo que definimos como poética (rasgos específicos de una tradición autoral) que son su obra (entendida esta como síntesis de un texto o la conjunción de varios) dejan un legado hacia la propia historia literaria. Podríamos mencionar a Dulce María Loynaz, Virgilio Piñera, José Lezama Lima o Gastón Baquero, como figuras que con su obra total irradian la fuerza hacia las nuevas generaciones. Este legado acendrado en buena parte de las generaciones posteriores, se manifiesta a través de la escritura de poemas con los mismos temas, la manera en que conciben el hecho poético o en homenajes hacia su obra o figura.
Con la experiencia de la antología La isla en versos. Cien poetas cubanos (Ediciones La Luz, 2011), donde se trataba el tema de la insularidad a partir de voces de los jóvenes escritores cubanos, el poeta y editor Luis Yuseff se percató de un hecho que no es aislado: el arsenal de textos que dialogan con la poética de un autor como Gastón Baquero. Después de comprobar esta apreciación inicial, la celebración del centenario del poeta sería momento preciso para tener lista una antología de poemas cubanos a Gastón Baquero, titulada: Poderosos pianos amarillos (Ediciones La Luz, 2013).
En las palabras de presentación, Virgilio López Lemus hace un recorrido por la obra de Baquero, testimonio también de una lectura detenida de todos sus libros y la reseña de una amistad que cultivó con el poeta. Afirma además que la gratificación esencial, el más alto premio que Gastón Baquero obtuvo en su vida fue la alta elaboración de su poesía, que lo distingue como uno de los poetas capitales de la lírica en lengua española, y de la cubana en particular, en el siglo xx.
Refiere que el propio Baquero ya aborrecía que lo identificaran como el autor de «Palabras escritas en la arena por un inocente», hecho que suele suceder en la poesía cubana, donde podemos referir el caso de Gertrudis Gómez de Avellaneda con «Al partir», Lina de Feria con el poemario Casa que no existía, Reina María Rodríguez con Otras cartas a Milena, y así pudiéramos ir mencionando nombres y obras que los persiguen en un acto de relación profunda, del cual muchas veces no logran desprenderse. Pero en el caso de Baquero, este pesar se expresaba en que dentro de su obra, como advierte López Lemus, «hay textos tan antológicos como el mencionado, que pierden a veces su grado valorativo ante la crítica, por el acierto y fama del valioso palimpsesto de la arena».
Estas palabras de presentación a Poderosos… tenían que ser, además de referativas sobre la obra de Baquero, un testimonio íntimo y personal; es por ello que Lemus hace memoria en dos o tres elementos que lo unen al poeta. Recuerda que fue en el año 1994, en Madrid, cuando pudo intimar un poco más con él, la oportunidad era única y la aprovechó: conversaron sobre la poesía, y en particular sobre la cubana. En la capital española, ciudad donde se refugió al salir de Cuba, Baquero había vivido o sobrevivido muchos años de desterrado. Fue ya en las postrimerías de su vida que se inició un proceso de real reconocimiento y valoración de su obra. Hasta algunos poetas catalanes vieron en él a uno de los antecedentes básicos de lo que por entonces llamaban la «poesía culturalista», caracterizada por un alto grado intelectivo y fuertes referencias literarias.
En su prólogo, Virgilio López Lemus reconoce a Baquero como uno de los cuatro grandes poetas que legó el Grupo Orígenes, junto a José Lezama Lima, Virgilio Piñera y Eliseo Diego. Al referirse a los premios que no obtuvo Baquero, como el Premio Nacional de Literatura, López Lemus afirma: «él mereció también ese premio, pero los premios, premios son, y a veces no solo son injustos, sino excluyentes, y algunas de las firmas literarias mayores se van sin ellos. La década de 1990 resultó ser la de su legítima resurrección, y tanto en España como en Cuba, o en los Estados Unidos, la poesía de Baquero fue mejor leída, sobre todo con mayor cantidad e intensidad, y se descubrió que sin él, sin mencionar su nombre y obra, no hay historia de la literatura cubana, ni hay panorama de la poesía de la lengua española realmente respetables. Su nombre se agrandó frente a la legítima calidad de lo logrado».
Quizás lo más importante de Poderosos pianos amarillos es que el coro es bien nutrido. Son valiosos poemas cubanos a Gastón Baquero, escritos por autores diversos en sus estilos pero que lo reconocen como una referencia. Entre esos autores resaltan nombres como Eugenio Florit Fina García Marruz, Luis Marré y Domingo Alfonso; junto a poetas nacidos en la primera década de la Revolución y otros de las distintas promociones posteriores, incluyendo a las más jóvenes. Es precisamente entre los jóvenes, nacidos después de 1959, que Gastón Baquero parece haber dejado su mayor impronta. En una lectura detenida de la mayoría de los textos, predominan dos líneas: la del homenaje desde dentro, bajo el influjo baqueriano; y la del canto de celebración, que no implica una deuda estética con el poeta homenajeado.
Con este libro, Ediciones La Luz rinde homenaje a una de las voces esenciales de nuestra poesía, no solo en el siglo xx.
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