Acceso no autorizado: una novela culpable*

Iroel Sánchez

No es este el primer libro que leo donde un conflicto nacido en internet derrama sangre en el mundo real. Günter Grass termina su novela A paso de cangrejo con un duelo que nace de la traumática historia de su país en el siglo xx. En ella, dos personajes, herederos de los odios acumulados por judíos y nazis, se enfrentan en un foro digital y terminan en una cita mortal.
En Acceso no autorizado, de Belén Gopegui ―donde la tecnología es mucho más que un escenario― el conflicto no es menos sangriento pero sí más clasista. El ciberespacio, ese lugar en el que nos dicen que todo se diluye y terminamos siendo iguales, es desde donde miramos en esta obra la vida política española de los últimos treinta años.
Un abogado devenido hacker, un hacker transformado en semiesclavo de una empresa transnacional y una Vicepresidenta del gobierno español que al principio del libro aún cree en la socialdemocracia y en la posibilidad de gobernar, están en el centro de esta historia de corrupciones, amores imposibles, traiciones y heroísmos nada virtuales. Los ingredientes de algo que pudiéramos llamar thriller político-tecnológico son aquí la vía para recorrer los dilemas de una época, entre salas de prensa, despachos gubernamentales, lujosas residencias, y también locales oscuros y calles poco transitadas desde donde se penetran computadoras personales y servidores de grandes empresas con el suspense y la verosimilitud de la mejor novela de espías, que tiene, además, el rigor técnico e histórico de quien acostumbra a investigar a fondo antes de escribir.
Algunos han visto esta novela de Belén como «un misil» contra el Partido Socialista Obrero Español porque aquí está la traición a sus bases, la corrupción mafiosa de sus ejecutivos y el abandono del marxismo protagonizado por Felipe González, en un Congreso que pocos recuerdan y que en este libro se narra con detalle. Sin embargo, Acceso no autorizado es mucho más que eso. Es una reflexión amarga, conmovedora y lúcida sobre la debilidad de la lucha y la imposibilidad de alcanzar la justicia al margen de la militancia organizada. Si te cortan el audio, como le hacen a la Vicepresidenta que intenta convertir su destitución en denuncia, puedes ir más lejos con el streaming y los tweets pero solo la acción colectiva hará que ―como dijo Howard Zinn― los seres humanos organizados venzan a la tecnología organizada, es lo que parecen decirnos tantos fracasos y alguna escaramuza exitosa.
A la pregunta de si esta novela puede llamarse antisistema, la autora respondió: «si llamamos prosistema a muchas de las que se publican». Ella, que a fuerza de imaginación, oficio literario y rigor investigativo, ha obligado al sistema a publicar y difundir sus incómodas obras, insiste en que «ningún relato es inocente» y este libro es absolutamente culpable. Culpable de adelantarse a que se conociera el caso de Edward Snowden, porque uno de sus protagonistas se le parece bastante: no trabaja para la NSA sino organiza «una red de teléfonos sombra» para gangsters coludidos con los organismos de seguridad del gobierno hispano, e intenta salirse de un negocio que lo hala como un imán.
Morir por saber demasiado no ocurre solo a manos de la CIA y colarse en la computadora de la Vicepresidenta del gobierno español para salvar a un amigo y terminar intentando intervenir políticamente para que no se privaticen las cajas de ahorro y los servicios públicos puede costar la vida.
La autora de este libro ha dicho que «el problema no es internet sino la desigualdad social y económica», aunque los mercaderes de la cultura y la tecnología se empeñen en que olvidemos la causa última de todos los conflictos, más antigua que la misma literatura. Pocas descripciones hay más exactas del sistema gobernante en buena parte del mundo que la que hace «El Irlandés», quien encarna el poder real en Acceso no autorizado:

La democracia no era más que el recambio de los vendedores, según quién estuviera en el gobierno serían unos y no otros quienes podrían ofertar sus ruinas para obtener a cambio millones de euros del común. También recambio de compradores que adquirían a precio de saldo inmuebles e infraestructuras puestas en pie por la comunidad. Todos lo saben y se rasgan las vestiduras de cuatro a seis y después vuelven a lo suyo. Yo he mediado con todos, les he visto malversar lo que debía pertenecer al país entero y a las generaciones por venir.

Este libro es también culpable de adelantarse al estallido del 15M y seguir vivo tres años después, porque ―como la buena literatura― no busca complacer los estereotipos que ha construido el mercado editorial, sino que nos habla de la condición humana y su relación con un sistema llamado capitalismo y lo hace con la poesía, dominio del idioma y la altura estética de quien es considerada por muchos como la mejor escritora española de su generación. Quizás por ello, el diario El País ―ese órgano oficial del capitalismo en idioma español― se posicionó rápidamente con respecto al libro: «esta novela no va», escribieron allí. ¿Cómo va a ir? Si ataca, con efectividad demoledora, todo lo que El País representa.
No obstante, todavía hay espacios donde se puede decir lo que le duele a El País:
Blanca Berasetegui (El cultural, suplemento literario del diario El mundo): «Belén Gopegui empezó a escribir Acceso no autorizado hace cuatro años. La interrumpió, escribió luego Deseo de ser punk y hace solo unos meses la retomó convencida de que “convenía dotar a la novela de una textura real”. Y eso lo ha conseguido. Todos los lectores sabemos qué vicepresidenta, qué ministro y qué militante del PSOE hay detrás de unos nombres ficticios. Acceso no autorizado es un durísimo relato de lo que pudo ser y no ha sido, o mejor: “lo que no pudo ser y fue en la novela”. En todo caso, la cruel, inteligente y poética historia de una desilusión».
Alex Gil (Qué leer): «Corren tiempos agitados e inciertos. Los políticos han dejado de representar a sus electores para jugar al juego que les marca el capital y que ha acabado con el mundo en ruinas. Las nuevas tecnologías se han instalado para quedarse y vivimos continuamente conectados. Empieza a moverse algo, empieza a haber un rumor y, si hay algún escritor que por estos lares sea capaz de captar ese pulso de nuestra sociedad, esa es Belén Gopegui».
David Becerra (Rebelión): «Belén Gopegui ha cumplido, con Acceso no autorizado, también con la literatura. Ha estado a la altura de lo que el género narrativo exige. Porque, como ella misma dijo en una ocasión, es un requisito imprescindible seguir manteniendo la forma literaria para que la función política de la novela no pierda su eficacia: “…siempre pagando peajes, disimulando, poniendo un poco de complejidad formal o un poco de ironía o un poco de sentimentalismo para que el caballo [de Troya] tenga pinta de caballo o para que el capitalista piense que será más alto el beneficio obtenido que la cantidad de sabotaje que la novela o la película puedan contener”».
Marx, hablando de Charles Dickens, Charlotte Brontë y Elizabethh Gaskell dijo que eran «una espléndida cofradía de escritores de ficción ingleses, cuyas páginas elocuentes y vivas trajeron al mundo más alegatos sociales y políticos que todos los políticos, publicistas y moralistas profesionales juntos». La literatura de Belén Gopegui busca también ese rol movilizador y aunque sabe esconderlo muy bien en sus libros, como el «caballo de troya ante la ciudad enemiga» o el virus que busca penetrar y destruir desde dentro un sistema informático, tiene el valor de no ocultarlo en sus declaraciones públicas, como jamás ha renegado de su solidaridad con la Revolución cubana.
Gracias, Belén, por ser tan culpable, por escribir tan bien y por hacernos disfrutar tanto sin olvidar en qué mundo vivimos. Y sobre todo, gracias por, muy marxistamente, ayudar a transformarlo.

 

 

Normales los sobrevivientes: fugaz y sustantivo1

Ihoeldis M. Rodríguez

El ámbito literario cubano presenció, en febrero pasado, el reencuentro de Francisco Garzón Céspedes (Camagüey, 1947) con el sistema editorial de la Isla en cuanto a la ficción. La pasada Feria Internacional del Libro de La Habana fue el escenario propicio para poner fin a una ausencia que ya duraba más de dos décadas.
Reconocido escritor, dramaturgo, teórico de la oralidad y creador de la narración oral escénica, Garzón Céspedes ocupa por derecho propio un lugar de honor en la ya casi centenaria historia de la minificción cubana. No solo porque su libro Amor donde sorprenden gaviotas (Letras Cubanas, 1980) contribuyó al despertar experimentado por nuestra ficción breve en la década que recién se inauguraba, sino por la dedicación que el autor ha puesto desde entonces en el desarrollo de este género literario a nivel mundial, desde su labor como editor, antologador y organizador de concursos.
Con la publicación de su libro Normales los sobrevivientes / Cuentos para dos mordiscos, Ediciones Matanzasbrinda ahora al lector cubano una buena posibilidad de acceder a valores literarios como la invención o rescate de subgéneros, la experimentación en las fronteras de la (hiper)brevedad narrativa, o el acertado manejo de los recursos narrativos más reconocibles del género.
Se trata de un compendio de 13 colecciones, en su mayoría ya publicadas por el autor en otros volúmenes. Una edición que destaca ya desde el excelente diseño de cubierta e interiores a cargo de Johann Trujillo, y en la que no deja de sorprender la cortedad de la tirada, pues aunque esta excede en 100 ejemplares la «cuota» de 500, típica de las llamadas ediciones territoriales, con una buena promoción este libro podría venderse como pan caliente.
Y es que más allá de su valor intrínseco para estudiosos y lectores interesados en la minificción, Normales los sobrevivientes es un libro accesible para el gran público: reto a la imaginación a la vez que ingenioso y relajante de principio a fin, es un verdadero festín de microficciones que defiende la diversión de leer en tanto el autor se divierte contando.
El libro se articula sobre la base de las ocurrencias y el ascendente poético del autor. El consabido interés de Garzón Céspedes por la hiperbrevedad propicia que las imágenes poéticas, los golpes de ingenio y la experimentación metaliteraria ganen protagonismo sobre la secuencialidad inmanente a la narrativa. Como ejemplo puede citarse el siguiente texto:

Antitabaquismo
Fumó el cigarrillo para eliminarlo.

Sin embargo, las mayores novedades que trae Normales los sobrevivientes para afianzarse como un libro sustantivo dentro de su género, son tres estrategias narrativas ideadas por su autor, o que al menos lo tienen como uno de sus representantes destacados. Son ellas la estrategia del «pie forzado», la de la fugacidad, y la hibridación entre narrativa breve y narración oral escénica.
En cuanto a la primera, tiene como seña de identidad partir de un «pie forzado», dado por el título de la colección, el concepto central que deben compartir todos los textos, o la estructura invariable que seguirá el texto en su desarrollo. Destacan Cuentos de tráfico y Cuentos geométricos, dos excelentes muestras de la economía de recursos tan apreciada en minificción.

Parricidio
Los triángulos, para ser, descuartizaron el cuadrado.

La idea de fugacidad narrativa tiene en Garzón Céspedes uno de sus máximos valedores, y Normales los sobrevivientes es buena muestra de ello. En Cuentos de tráfico y Cuentos inconmensurables lananoficción alcanza cotas que ya rozan con lo subliminal, evidenciando que el autor es dueño de una precisión milimétrica, quirúrgica, al trabajar con el lenguaje.

Aleteo
La lengua cortada aleteó.

La vasta experiencia teórica y práctica de Garzón Céspedes como narrador oral escénico y escritor para niños, constituye otra de sus armas para descollar en el poblado mundo de la minificción. Las huellas de lo teatral y la oralidad emanan desde la propia génesis de los textos que componen Cuentos del amigo y Cuentos raros. En esta última colecciónse pone en primer plano el concepto de «cuento de nunca acabar», tan usado en los cuentos para niños y rescatado para la minificción por el autor.
Otras colecciones incluidas en el libro basan su efectividad narrativa en el uso de recursos típicos de la ficción breve, como la economía de recursos; la inversión de lógica para conseguir un final sorpresivo; el binomio formado por intertextualidad y metaliteratura; y la asunción de formas no literarias o propias de géneros fronterizos al minicuento.

Poco a poco
El hombre y la hiena se miran. Largamente. La hiena, poco a poco, le contagia su risa.

Por su parte, los Cuentos de la colección «Estocolmo» son un conjunto de reelaboracionessobre textos preexistentes (mayormente los filmes Casablanca y Millenium). Lo interesante de estas piezas narrativas, amén de mostrar un cierto influjo esteticista, podría ser su veta metaliteraria, concretamente sobre la posibilidad de regeneración infinita de todo texto.
Las búsquedas formales de Garzón Céspedes aquí plasmadas, alcanzan su expresión más radical y, por tanto, más riesgosa, en Cuentos para conseguir empleo, una especie de manual de consejos en clave de ficción, aunque esta última se ve reducida al mínimo, solo dada por el formato de título + texto y el empleo del tiempo pretérito y la tercera persona. Ciertamente, esta colección podría llegar a percibirse como discontinuidad o «cuerpo extraño» dentro del volumen.
Una mirada de conjunto a Normales los sobrevivientes provoca la sensación de que varias de las colecciones que lo integran pudieron ser más cortas, para no hacer obvio o repetitivo el mecanismo o estrategia detrás de los textos (Cuentos de hombre y altura); para no resultar tautológicas en sí mismas (Cuentos para conseguir empleo y Cuentos de la colección «Estocolmo»); o para prevenir un curioso efecto de «saturación de ingenio» (Cuentos geométricos).
Y a su vez, esto hubiera dejado espacio a alguna otra de las muchas colecciones generadas por Garzón Céspedes y no incluidas aquí. Sin embargo, el hecho de que la selección sea esta y no otra, no le quita encanto o trascendencia a Normales los sobrevivientes, un libro importante para la minificción nacional porque viene a refrescar el ambiente de esta, un tanto viciado todavía por la preeminencia del minicuento en su acepción más arcaica, la de «un cuento muy corto».
Por eso sorprende que no se programara su presentación en la pasada Feria Internacional del Libro de La Habana (aunque sí en la de Matanzas) y que la promoción durante y después de esta no haya remarcado debidamente el suceso cultural que es tener de vuelta a Francisco Garzón Céspedes en las librerías cubanas, con un libro que servirá sin dudas para que el lector cubano (re)descubra el inagotable caudal creativo que exhibe su autor.

1 Publicado primero en: Ediciones Comoartes, Colección Cuadernos de las Gaviotas, no. 118, Madrid–México D.F., septiembre de 2014.