Un pueblo, un libro*

(Prólogo a Cabaiguán 200. Cultura y tradición)

Senel Paz

Al arribar a sus doscientos años, Cabaiguán ve nacer un libro que habla de su cultura y de sus tradiciones, donde se reúnen elementos esenciales de esa trayectoria de dos siglos y fija para siempre esta valiosa información. El propio texto es un acontecimiento porque con él se reafirma para siempre la importancia de la memoria, del conocer y preservar los orígenes y las huellas que hicieron posible el presente y proyectan el futuro. Con este volumen, el pueblo completa una etapa y se abre a la siguiente, al próximo texto por vivir y escribir. Aquí se deja constancia de mucho de lo que hemos sido y hecho, y con ello escapamos de toda posibilidad de olvido y nos integramos, con acento propio, a los anales del país al que pertenecemos.
Ningún pueblo es tal si no existen libros que hablen de él, si no está reflejado en páginas que den cuenta de sus sobrenombres, su memoria cultural, los sucesos, los personajes y lugares identitarios, sus hábitos y costumbres, su impronta artística y literaria, tanto las relevantes como las que puedan parecer menores pero que,  junto a aquellas, integran el conjunto de lo vivido. Y Cabaiguán 200. Cultura y tradición nos contiene a todos, aun a quienes no estén expresamente mencionados, porque su protagonista es colectivo y total.
Debe mucho, por supuesto, a sus antecesores, y no es obra cerrada, sino que continuará enriqueciéndose y ajustándose con nuevas entregas acerca de nuestra cultura y tradiciones, y sobre todo con lo que vivamos a partir de su fecha de cierre. Otros, con amor, constancia y previsión, han conservado o rescatado informaciones, documentos y testimonios, tanto a título individual y familiar como a través de instituciones, y todo ese acumulado se refleja ahora aquí, con respeto y orden, y hace posible estas páginas. También puede existir porque los cabaiguanenses, con nuestro vivir, hemos acumulado una historia digna de contar y guardar. Es un libro de los que están ahora, de los que ya no están, y de los que están en otra parte cualquiera que esta sea, porque un pueblo es su gente, lo hecho por todos y cada uno, y hasta lo imaginado y soñado. Todo cuenta, lo público y lo privado, lo tangible y lo intangible, lo oficial y lo no oficial, lo conocido y lo desconocido. Por ello es obra abierta e incompleta, que admite revisión y agregados, que comienza pero no termina, por el hecho principal y glorioso de que el pueblo sigue viviendo y seguirá registrando sus hechos culturales, conservando la memoria para que siempre podamos saber de dónde vinimos, por dónde transitamos, qué impronta hemos dejado y hacia dónde hemos querido y logrado ir.
Un merecido reconocimiento a los miembros del Comité Municipal de la UNEAC que han escrito este libro, a la Dirección de Cultura y Arte, a las autoridades gubernamentales del municipio y de la provincia, y a Ediciones Luminaria que han propiciado esta publicación. A ellos no ha habido forma de desalentar en el propósito de dar vida a este volumen como texto impreso que se puede atesorar y pasar de mano en mano, para satisfacción del pueblo cabaiguanense y, en particular, con destino a los niños y jóvenes, a quienes hay que acercar y enamorar de su pueblo para que se reconozcan en el pasado y den continuidad a la historia. Así tendremos la certeza de que siempre, en cualquier parte, los que aquí nacimos o vivimos, seremos, además de cubanos o cubanas, cabaiguanenses.

 

 

No temas ser una voz
Ubaldo Pérez Hernández (Cabaiguán, 1954)

Miro,
todo se disipa,
la luna son los años.
Dónde habré muerto
como una dicha absolutoria
al asombro que asumen otras tardes.
Presido la inercia del viento y el prodigio,
la mejilla que me ciñe,
los caminos    la fiesta larga
como quien dobla esta hoja antigua,
trémula de un mustio ensueño.
Sombras aplacadas de otros dioses,
el mundo como un estandarte turbulento
que me reviste las ansias.
Escucho los sollozos pasados,
una señal de cualquier hombre
que ignora la penumbra,
la dinastía de todos los siglos.
Hace años, los ancestros
eran un camino sobre otros periplos,
cada tiempo naciendo de la tempestad.
Nuestras vidas se vuelven algo distintas,
las tardes son el resignado empleo de mis ojos.
El viento seco que dibuja las disecadas casas
podría ver sumergirse el extraño sabor
que nos persigue
y la textura de ciertas deidades.
No temas ser una voz más,
aún debajo de la tierra.

 

Conspiración frustrada para violar la noche
Rosa María García (Cabaiguán, 1949)

Una muchacha teje sombras,
trenzas de doble filo,
no logrará ser ella mientras dure
la cárcel de sus manos
—de aquí no sale nadie— se repite
y vuelve a destejer un manto de cocuyos.
Una mujer que zurce los balcones,
incógnita,
se va desmoronando,
solo quedan sus ojos sobre el agua.
Un hombre caracol besa la luna
y lo encuentran estático dormido
asfixiado de perlas.
Esta noche es de todos,
alguien quiso escalar por su cintura,
loco de sueños     pueril    a quién podría
confesarle un lucero,
con su pena de luz se desvanece.
Nadie pudo violar
su tiempo inexorable,
su canción de sirenas que termina en las rocas
y el día nos sorprende     última vez
con este desconcierto.
No tuvimos la audacia suficiente
de cruzar sus fronteras.

 

A favor de la roca
Alberto Sicilia (Cabaiguán, 1966)

Dando contra el muelle,
a favor de la roca,
frotándose nerviosa con el puente,
la ola es un animal de sangre verde,
una planta trepadora al borde del abismo.

La boca rumorea
y sus ramas abrazan
donde la espuma y el agua limpia giran
y se descubren.

La ola lleva sobre el sombrero del ahogado,
corbata de alga gris,
reloj de arena
y allá en el fondo,
desnuda,
la miro y el humo aparto,
el finísimo rocío de su cuerpo de ola.
Ella da contra mí,
contra el muelle,
contra todo.
Regresa de abismos menos grises,
de un país sin idioma
donde el pez de la suerte
cada día toca en otra puerta.

A favor de la roca,
la ola marginada sigue siendo
el fantasma del hombre,
de aquel a quien el mar escogió como
inquilino,
huésped indeseable de la tierra y el cielo.

Yo soy la ola dando contra el mundo,
ese pequeño espacio que me rodea,
me llena y desborda.
Soy el animal de boca pendenciera,
curvo de líquidas escamas.
Yo soy la planta que sube
y luego cae
sin amarras,
un alga de sudor.
Yo soy la ola vestida de poeta.
Soy tú cuando me odias,
cuando eres la ola salpicante e infiel;
vivo en el bamboleo final de tu agonía,
en el último roce de ti con la otra roca.
Si no viviera aquí sería un espejo,
podría parecerme a una enfática ola.
Si no viviera aquí no habría nacido,
sería nada o algo,
una ola quizás,
dando contra el muelle,
a favor de la roca.

 

 

Sentencia
Diana Rosa González (Cabaiguán, 1970)

Esta tierra de hombres sin pasos
es el ciclo de otras generaciones
que aún buscan a su creador.
Un arco no bastó
para implorar el perdón.
La tumba es locura para los perdidos
traidores de la luz.
Cae la razón de ser poeta y amante
y los versos se diluyen en gotas
sin nombres paradisíacos.
La vida es detenida
y las esperanzas de sobrevivir
son inciertas.
Aún queda un camino
inhabitable para algunos,
escucha.

 

 

Una forma de mirar en la ventana
Edel Morales (Cabaiguán, 1961)

Una forma de mirar en la ventana
el devenir de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de escuchar en el silencio
la vibración de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de tocar en lo impalpable
el espesor de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de olfatear en lo visible
la emanación de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de probar en lo inconcluso
el sabor de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Un matiz, un retoque, un aroma,
una huella, un estilo, una duración,
una forma de mirar en la ventana.

 

 

No todo en el bosque es orégano
Noelio Ramos (Cabaiguán, 1955)

No todo es puro y fértil.
Cierta vez hubo hombres con promesas de vinos,
una estrella anunció su vuelo.
No saberse la palabra ni contar con el tiempo;
disputarse un espacio, puede ser la clave.
No todo es Sur:
afuera el Norte resucita el pretexto,
llegan los discursos.
Nada está inmutable o salvado,
solo astros rompiendo el equilibrio.
Donde una vez hubo amor,
un tigre loco devora las pupilas.
No todo en el bosque es orégano:
allí donde habitaba la razón y un poco de luz,
el verde besa el párpado,
una orquídea recuesta su belleza
contra el muro sagrado de mi barrio.

 

 

Sombra de tu sombra
Sonia Díaz Corrales (Cabaiguán, 1964)

Para R.

Si la sombra de tu sombra atraviesa el mar
con qué horror va a quedarse mi silencio
con qué ligero temblor voy a vivir
la muerte o tu retorno.
El desierto se cubrirá de enigmas.
Todo el desierto dentro de los ojos.
Cuánto espacio ocupará entonces el aire o la luz
o el vuelo de los pájaros.
Si al menos la sombra de tu sombra
sombra de tus ojos
en el trance de morir mi beso se quedara
sin atravesar el mar de la distancia
y solo en el tiempo fuera lejos
por ver si allí una mujer danza su vals disparatado.
Allí donde el tiempo es un temblor
que vendría con tu voz de lejos.
La distancia espesará mis monstruos
y el desierto será morir
sucesivas muertes
muerta de algo semejante al sueño
donde tu sombra cruza el mar
y conmigo se queda la sombra de tu beso
beso para mí
en la sombra dorada
adormecedora del desierto.

 

 

El tedio de la isla
Isbel G. (Guayos, 1976)

Nada fue suficiente para el tedio. Le pusimos zanahorias y garrotes, ciegas revoluciones y consignas, pero nada fue comparable al tedio de la isla. Tuvimos la conquista y la promesa, la india sometida, la colonia, el guarapo y su verde satinado; pero nada, nada bastó, aún ladran los perros bajo la neblina y la gota gotea en la gotera: thic, thic, thic, goteando sobre el piso de la isla. Pero el tedio es marfileado, marmoleado, el tedio de la isla es la más dura sustancia. Para olvidar bebemos, pero persiste allí, en la resaca. Para olvidar hacemos el amor, pero el amor de la isla tiene matices tediopúrpura. Para escapar de sus centenarias redes destejemos sus hilos, pero la araña espera agazapada en el eterno corazón del país.

 

 

Imagen
Domingo Corvea (Cabaiguán, 1965)

Volveré a andar los caminos
y la flor de las cañadas.
A cargar con el anzuelo de peces
y fijar mi espalda en la grupa del abuelo.
A vivir de los brazos
y mojar la camisa con el rocío,
escuchando el mugido de los animales
debajo del anoncillo ancestral
de mi árbol genealógico.
Volveré a la primera infancia,
donde los hombres de segunda categoría
no podrán tocar
mi última esperanza.

 

 

1939
Oscar G. Otazo (Cabaiguán, 1977)

A William B. Yeats

Honre el tiempo a aquellos que han encontrado
en el mundo su fin o su principio.
Pero hay tanta terquedad que quien nos honra
duerme sin comprender que, por cumbre o encrucijada,
sufren las muchedumbres de postración e indigencia.

Ahora la muerte nos interpreta;
amén de tumba o perjurio, rompe en monumentos
que más tarde la tormenta va arrasando.
Y así el escándalo del oro al conjurarse las sombras
y dejar sobre los hombres sus ásperas linternas.

Claman por los santos que retornan;
todo se contrae en su celeridad de sufrimiento;
¿Y qué ha sido de quien hoy canta a los torrentes
y a la sangre del mármol que nos enferma?
¿Qué ha sido de quien hoy relumbra
bajo estos fuegos de mortandad imperiales?

Debo contemplar las muchedumbres que caen desde Dios
y se siembran en los espejos como tábanos.
Debo atormentarme con todo lo que sin ser, ha sido.
¿Pero tanta Creación nos trastorna, que no veremos caer el Gran Árbol?

El mar retorna entre orlas y rumores que nos vencen y congregan.
No entonces penumbra, creación o camposanto, te descubran:
así, con peor o mejor fortuna, se dispersan las catedrales
y no habrá magisterio al cual renuncie, cuando al fin comprenda
que envejeceré para los hombres y para este tiempo que es mi sombra.

 

 

He visto en tus ojos la muerte de algún dios
Kimany Ramos (Guayos, 1977)

He visto en tus ojos la muerte de algún dios,
y me callé junto a los días donde fue posible morir y soñar.
Como se fijaban los colores en las nubes,
busqué la melodía del duende,
la profundidad infantil de las palabras
que guardamos como pedazos de cristales
cuando arden temerosos los astros adulados por la frente.

He visto las olas desde el fondo,
reventar contra la quietud de la noche.
He visto el furioso sobresalto de las aguas
sin entender su desvarío.
He sentido el zumbar de los montes
bajo ese gesto, que apaga la luz y nos dice:
Un universo reposa en tu calma. Guarda las manos:
no hay espacio para más.

Hoy no haré otra cosa que no sean tus ojos,
donde pude encontrar el mundo
y he visto la muerte de algún dios.

 

(Tomado de la antología Once poetas a la sombra)