Para acercarnos al país de los Μiedos

Frank Castell

 

 

 

 

 

 

 

Después de leer el más reciente libro de Jorge Luis Peña Reyes (Puerto Padre, Las Tunas, 1977) y comprobar que desde la poesía se puede acceder a universos tan increíbles como la realidad, no me queda otra opción que escribir.

El país de los miedos, volumen que sale a la luz por la editorial Gente Nueva, confirma que estamos en presencia de uno de los escritores para niños y jóvenes más auténticos de Cuba. Lo más sorprendente de esta nueva propuesta es el enfoque que Jorge Luis ofrece en cada uno de los textos.

Ya es conocido el modo de asumir el discurso en su amplia y atractiva obra poética. Libros como Donde el jején puso el huevo y Vuelo crecido, evidencian la capacidad de este autor para sorprendernos con maneras bien interesantes de enfocar la literatura. Otros volúmenes salidos de las manos de Jorge Luis se mueven dentro de las aguas del cuento, La corona del rey y Las doce migajas.

Llegar hasta el gusto de niños y jóvenes presupone conocer bien de cerca cuáles son sus intereses. De modo que cada entrega es un ejercicio de investigación y madurez.

El país de los miedos explora con acierto parte de la tradición cubana en la que Jorge Luis se adentra en personajes locales y nacionales con los que padres y abuelos asustan a los niños. El romance «País» es la entrada:

En el país de los miedos
era tímida la gente,
si los fantasmas venían
eran siempre grandes huéspedes.

Una singular manera de mostrar el objetivo del poemario: cómo hacer que el lector vea a los personajes como seres palpables, seres que no representan motivo de espanto, sino todo lo contrario. Es uno de los aciertos de esta obra: construir un universo que le permitirá al niño encontrar nuevos significados. Una de las historias más empleadas para neutralizar a niños y niñas es la del viejo del saco. Sin embargo el autor construye una historia que cambia por completo el significado de la misma:

Yo soy el hombre del saco,
abuelo de mala fama;

Camino medio encorvado
por un hechizo que llaman
escoliosis persistente
¡que no se quita con magias!

Que el pánico se transforme en motivo de risa, que la risa nos enseñe que el miedo se puede vencer, he ahí una de las tantas ganancias de este libro. Quien se adentra en sus páginas descubre la ingeniosidad y el poder de seducción propios de la obra del autor de una docena de títulos merecedores de importantes premios en certámenes nacionales e internacionales. Y es que Jorge Luis sabe manejar el lenguaje y el secreto de las estrofas, el ritmo y la musicalidad que necesita un libro para abrirse paso.

Estructurado en dos partes, «Barrio de fantasmas» y «Queridos monstruos», el libro recoge en sus 38 páginas a brujas, jigües, ciguapas, espantapájaros, cagüeiros, entre otros, y juega desde el poema con ellos como es el caso de «Solicitud de trabajo», «Atención a la solicitud de trabajo por parte del Departamento de Reubicación» y «Réplica última», donde décima y romance recrean la comunicación entre una bruja que solicita trabajo y las exigencias que tiene que sortear:

Yo soy una bruja auténtica que prefiere escobas plásticas.

El país de los miedos está bien pensado. La mezcla de humor, lirismo, filosofía y dominio técnico de las estructuras poéticas, hacen de él un texto interesante que sobrepasa las fronteras de la edad. Los cementerios, prosa limpia y breve, demuestra el viaje inverso del autor hacia la infancia y sus cuestionamientos:

A propósito, ¿es lógico que le pongan guardias a los
muertos y cercas a los cementerios?
Tal vez sea porque, a pesar de toda la ciencia conocida,
el hombre moderno no está seguro de que los muertos
no salen.

La búsqueda de temas que motiven la creación es una constante en este autor de una docena de títulos. Sin embargo, no hay una pretensión de insertarse en las modas y la superficialidad tan presentes en la literatura para niños. Jorge Luis cree en el niño. Por eso escribe para responder preguntas incómodas que muchos padres no saben cómo enfrentar. La definición de qué es el miedo ofrece, a modo de cierre, una imagen hermosa cuando dice:

El miedo es un gato oscuro
que nos cruza por delante.

Aunque sus libros desaparecen de las librerías y asume la literatura como un sacerdocio, su proyección merece mejor suerte. Quienes conocemos y esperamos cada una de sus publicaciones, estamos conscientes de que el factor promocional no le ha favorecido. No obstante, me atrevo a afirmar que el futuro le abrirá las puertas y concederá un lugar privilegiado en el panorama literario cubano.

Si me preguntan, ¿dónde está el país de los miedos? Puedo responder que está en nosotros, los niños que crecimos sin la magia de un libro como este, pero que nunca perdimos la fe en encontrarlo.

Gracias, Jorge Luis, por derribar el muro y contar con nuestros hijos hoy.

 

 

Offside Head o Examen… con la cabeza en otro lado

Vladimir E. Hechavarría

 

El simulacro no es lo que oculta la verdad.
Es la verdad la que oculta que no hay verdad.
El simulacro es verdadero.
Jean Baudrillard

 

 

Para discursar sobre el Premio David de Poesía 2012, Examen de los institutos civiles de Javier L. Mora (Ediciones Unión, 2013), deberíamos decantarnos entre las infinitesimales variantes que ofrece el defenestrado quasi-obsoleto ejercicio de la interpretación, por dos criterios fundamentales: a) el modernista- autoral —para evitar nomenclatura ambigua—, que intenta explicar el texto a través de la biografía de su creador, tradicional método según el cual la filmografía pophomage/ collage de Tarantino es producto del grado de cinefilia contumaz alcanzado por el director en su trabajo, rentando películas en Video Archives en Manhattan; o b) el postmodernista- textual, en el que siguiendo algunos conceptos de las teorías y la estética de la recepción que rezan la in-completitud del texto, la obra se abre aquí y ahora con una significación que solo es completada por el receptor de turno, una noción que en palabras de Barthes «devuelve su sitio al lector». Este es, por tanto, un libro que requiere no una lectura habitual, sino una combinación de procesos de exégesis y semiosis bien aplicados.

Conociendo a Javier L. Mora, el haber compartido estudios de Letras con él, también como amigo, podría nutrir este primer criterio de interpretación, el modernista-autoral, con curiosos y no menos simpáticos datos que sin dudas justificarán la poética caótica, híbrida, fragmentada y desjerarquizante que a primera vista propone una poesía que algunos adelantan en llamar experimental —no sé hasta qué punto es aceptable un término tan escandalosamente inclusivo en tiempos de dominancia perspectivista—. Su tesis de grado, una monografía sobre el grupo Diáspora( s), revelando la voluntad de ruptura de aquel con el canon poético cubano anterior y la descripción que allí hace de su «escritura del desastre», no hace más que facilitar el trabajo de comprensión ideo-temática, y también de elección formal, que en este cuaderno pone al descubierto la venia del deliberadamente transgresor escritor-Javier, que no poeta.

Siguiendo con la biografía, el conocimiento de sus estudios de Filosofía en Roma, su condición de viandante (confesado) del variopinto (y muchas veces agresivo) panorama santiaguero y de habitual visitador de cafés locales, así como el entendimiento de la irreverencia inherente a las generaciones nacidas entre 1980 y 1992, enriquecerían, como receptores, nuestra comprensión del aliento desmitificador del texto, la polifonía recreada allí, la multiplicidad de voces percibidas Offside Head o Examen… con la cabeza en otro lado reflejada en apropiaciones de mecanismos de escritura y discursos disímiles. El registro polifónico, mediado por construcciones atípicas, constante experimentación del lenguaje (eso sí) que enrarece algunas estructuras, parece posible gracias a la hipotética disposición de grabadoras en circunstancias aleatorias de la cotidianidad del sinsabor, pero dispuestas sin embargo en lugares muy específicos del argot barriotero, dando en lo que me permito llamar ciertos «trains of collective thougths», —no «inner monologue » / no «stream of consciousness»—; o mejor, trenes de registro vulgar que (en el texto) atentan contra una lectura aplicada, por ejemplo en «(EN OFF)» (p. 56).

De hecho, toda la visión del sujeto lírico en Examen… parece estar basada en el menosprecio/ auto-reconocimiento del ciudadano promedio, «hombre de circunstancias aferrado a la escasa duración que posee en el tramo que va de la muerte a la muerte» (p. 50), el subalterno social, a través de un intento de la puesta en evidencia, de enunciamiento del observador-participante espurio, de también falseado tour de force en la escritura performática. Se intenta construir la realidad automatizada, formateada, no revelarla; así el texto se declara muchas veces conocedor de la construcción de noticieros y prensa, enraizado ya en las llamadas narrativas o escrituras del presente, y para ello aplica también construccionismo. La lógica de la diégesis (que la hay) muchas veces utiliza la máscara, en lo fonológico-social, de la dislalia cultural; y en lo semiótico-sistémico, del self-less-ness (ausencia del yo) al diluirse en infinitud de voces y por supuesto de la autoconciencia del texto como conjunto ironizante, incluso de sí mismo, su (im)potencial valía.

De igual forma el bilingüismo presente en no pocos momentos adquiere un matiz a medio camino entre lo irónico y lo sarcástico, reflejado especialmente en «La medida prestada» (p. 17), de gratuidad epatante, dirán algunos, donde los discursos de Lezama y Dante, en sus respectivas lenguas maternas, le suceden al poema que en sí mismo representa la imagen de la Libreta de Abastecimiento, si ese es el nombre adecuado.

Esta es la parte de Examen… donde un segundo texto se abre para el lector autónomo, el que evita comparacionismos plutarquianos que nada tienen que ver, ya no exclusivamente con la crítica, sino con las dinámicas de consumo cultural de este mismo instante, a riesgo de usar el intertexto de Vidas paralelas de manera inicua para demostrar un punto. Lo que quiero decir es que en esta segunda lectura, los datos autobiográficos, e incluso el conocimiento de la realidad circundante de la Cuba actual, el (mal) hábito de paralaje de modus vivendi y de regímenes políticos, no son en ningún momento datos o actividades imprescindibles para acceder al significado último de Examen… Este es más un libro sobre la suspensión momentánea de las fuerzas vitales y la supervivencia o no de las ideas, que sobre circunstancias espacio-temporales o político-económicas.

Este libro, que puede leerse como un cuaderno de poesías dividido en tres momentos, un happening-texto, una colección de viñetas narratológicamente incómodas con tendencia a lo «políticamente incorrecto » o una experiencia performática de ayer puesta en el papel de hoy, es, más específicamente, huyendo de la etiqueta definitiva, el correlato o la corriente subterránea en la vida de individuos cansados, o debiera decir «habituados» de/a ver fracasar las promesas tanto de los regímenes coloniales ahora modernizados como de proyectos de políticas económicas postliberales o postindependientes. Es el (sub)producto de un sistema en que ciertos aspectos se han salido de control, pero donde la lógica del mismo implica la asimilación de algunos elementos no deseados como parte de una clasificación de materia y de un orden implícito de ciertas dosis de caos social —producto de cierto caos educacional—. A fin de cuentas, un texto disfrazado con el rótulo «poesía» en mayúsculas y redondas, colocado con una tipografía subida de puntos, encima del perfil de premios de la colección de Unión; en verdad: una guerrita florida meticulosamente diseñada.

Advierto: un ejercicio filológico empeñado en rastrear ciertas (obvias) características de la literatura postmoderna, hubiese sido (es en todo momento) un verdadero ejercicio fútil, un auténtico spoiler, uno redundante e incongruente además; pues este cuaderno es netamente el anuncio terrible de la apoteosis ubicua, aceptada a priori, de un mundo ya derrumbado en el que un sujet ideal prefiere patear a un lado los escombros antes que levantar un pedazo de bloque que casi le golpea la cabeza: un sujeto poético modo survival. En este mundo caótico, la literatura es también caótica: Bouvard y Pécuchet, los eternos copistas de Flaubert, lo entendieron así; quizás por eso el significado real de la no-conclusión de aquella obra haya que atribuirlo a una perversidad deliberada del maestro de la palabra exacta. El paralelismo con la obra negra no es gratuito, Examen…, de Javier L. Mora, habla de la futilidad del conocimiento humano, su eterno y ridículo absurdo ante lo inconmensurable, discorde con nuestra capacidad de entendimiento muchas veces; por tanto habla, a su vez, de la inconmensurabilidad de la mediocridad, de su inmanencia más bien, de cómo se multiplica y nos hace a nosotros mismos cuestionarnos la civilidad, o el miedo a la pusilanimidad de ejercerla. A fin de cuentas ¿cuán distinto es «civilar» a «crear»? ¿Qué es el arte? Un objeto de agrado, de placer, ¡claro!, algo bello. ¿Qué es, pues, lo bello?

Kant nos dice: «...lo bello es lo que agrada en el juicio solo (y no, por consiguiente, por medio de la sensación, ni según un concepto del entendimiento). De aquí se sigue naturalmente que puede agradar sin ningún interés». La cita de Retrato del artista… en el texto (p. 47) no es más que un contrasentido entre tanto observar, calificar y reprobar la realidad del artista una y otra vez. Es lo que le hace a Dédalus el decano del colegio jesuita; Javier se lo hace a sí mismo, no así al texto, donde ya solo el lenguaje actúa, performa, abandona al presunto autor.

Según la paradigmática Crítica del juicio este no es pues un libro bello; el arte dejó de serlo desde que Duchamp trasladó el urinario a la galería, Piero Manzoni comercializó por primera vez su merda d’artista, John Waters decidió rodar Pink Flamingos o luego de que Jimi Hendrix tocara su Fender con los dientes. No quiero decir, a través de semejantes ejemplos, que sea este un texto abyecto en sentido estricto, aunque sí impresentable. Por la distribución de determinados contenidos escamoteados, dentro de una estética que, como escribiera Lyotard, «propone lo impresentable en la presentación misma» (la irreverencia de la forma), Examen… fuerza la mímesis, la disfraza, la triplica, sacude el modus tradicional de la poesía, de su voz, para hacer sentir lo que por su potencialidad perversa(mente social), por ser intolerable o inconcebible en el canon coyuntural poético, es omitido de las producciones ortodoxas, u ortodoxamente «liristas». Se sigue entonces que este sea un libro inmediato, de los que se necesitan con real urgencia en la literatura joven de Cuba, con antecedentes en alguna parte de la actual poesía postmoderna europea; aunque algunos deben saber que el filólogo Javier, estudioso apasionado, traductor impecable del italiano, prefiere conocer cada rincón de nuestra literatura, poetas olvidados por demás. Un dato: ama a Nogueras.

Hace algún tiempo hablé del transgresor escritor-Javier (amante de la poesía visual, deconstruyendo los diferentes «media») y echaba a un lado al poeta; ese era el previsible punto de giro. El poeta-Javier ensaya con el texto, ensaya tanto en el sentido epidíctico del término como en el coloquial-sistémico, prueba, se adiestra, entrena con la realidad y el proceso de escritura se convierte en un acto demasiado riguroso para ser llamado lúdico, aunque el resultado sea puro ludismo. Lo que no quiere decir que este no sea un libro divertido, es de hecho hilarante en muchos pasajes: en una cola del dentista, el sujet se da al «discurseo» sobre tecnología médica; el avistamiento de un apretado barrio en Carretera del Morro «asfixiando la piedra contra el muro […]/ —Porca miseria —dijo el pavo./ —Porca miseria —dijo el pato.// Ciertas lesiones circulares son realmente difíciles/ de obturar». (p. 13); hablando sobre la tradición poética criolla; o la espuria bibliografía, son algunos momentos que prueban un sentido del humor desenfadado, de regodeos mordaces reposados, naturales. La autorreflexión, la iteración revisionista y la alegoría no pueden conducir a otra cosa que no sea al perspectivismo, plagado de risas para mejor —los constantes hipérbaton no pueden evitarlo—, que muchas veces adquieren un matiz ensordecedor por la constante confusión de registros que convierten la palabra textual en un coro pesimista, taimado —y quizá obturado—, con un espíritu de cofradía raigal, el sentir de una generación.

Es difícil entender una cultura (¿social?) tantas veces menoscabada, sitiada, desfasada y que a pesar de todo «se muerde la cola sin mutilarse» (p. 40): Javier la escinde, la examina después de cualquier dolor, no siente mucho; termina por tecno-poetizarla, el tiempo insustancial convertido en acontecimiento, desbordado el lenguaje —se deslinda—, como desbordada la realidad por la tecno(cultura)logía, fenómenos demasiado cambiantes para ser atrapados en el formato libro.

Las setenta páginas de Examen…, porque naturalmente hay que decirlo de algún modo, te dejan la cabeza más que en outside, en offside, que es del inglés más fino para en el football decretar que un jugador —Javier L. Mora— está tomando ventaja de su posición, delante de todos los demás, por estar FUERA DE(L) JUEGO —o en el lado contrario—, siendo el juego el de siempre: un simulacro lírico, muchas veces demasiado estirado, de la realidad.