Alberto Acosta-Pérez: un libro póstumo que prometía

Marilyn Bobes

 

 

 

 

 

 

Acaba de salir de las prensas de la editorial Extramuros un libro póstumo del fallecido poeta Alberto Acosta-Pérez, pero esta vez no se trata del género lírico en el que figura como una de las más importantes voces de su promoción, sino de una muestra de su quehacer en la narrativa breve y que su editor, Virgilio López Lemus, tituló Tú serás reina.

Según nos aclara en su introducción López Lemus, Acosta- Pérez (1955-2012) avanzaba en la preparación de un volumen de cuentos. Ya en 2006 había obtenido el Premio Internacional de Narrativa Breve Alberto Lista, en Sevilla, España, con el texto «Pronóstico Reservado» que aparece recogido en este volumen y que es, sin duda, uno de los más logrados de los cuatro que se reúnen en él.

Asombra la habilidad y el oficio de este autor para expresar en prosa asuntos que pertenecen a ella mucho más que a la poesía y su manejo de un lenguaje que no teme explorar la «suciedad», dándonos al mismo tiempo una sensación profunda y de aguda configuración de unos personajes que viven en situaciones límites y no encuentran nunca una salida satisfactoria a los conflictos en los que se ven envueltos.

Las cuatro narraciones poseen una estructura novedosa y eficaz, utilizando mudas de persona gramatical, elipsis que funcionan como catalizadoras de sugerencias y amplios recorridos espaciales y temporales que mucho contribuyen al desarrollo interno de las tramas. Como expresa la nota de contracubierta el valor de estos relatos radica «en la agilidad con que se exponen las tramas, la expresión a veces cercana al llamado realismo sucio pero atenuada por un fuerte lirismo de la psiquis y expresiones vitales proyectadas en el aquí y el ahora cubano… ». Y aun cuando las narraciones se sitúen en la Cuba de hoy, es evidente que por los asuntos tratados adquieren una connotación universal.

Enajenación, sutil descubrimiento de la homosexualidad, emigración que no cumple con las expectativas del sujeto que parte o desacralización de las religiones que puede ser vista como la falta de fe de un mundo que no puede esperar por los dioses como entes que solucionen los problemas sociales e individuales. Me gustó especialmente «Orestes». En este cuento Acosta- Pérez crea todo un universo que va más allá de lo que se lee y que centra las complejidades del protagonista apelando a la intertextualidad de la vida y la obra del escritor y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini.

Alberto Acosta-Pérez se nos revela con estos cuentos como un narrador a considerar dentro del fértil panorama del género que tiene lugar en Cuba desde la década del noventa del siglo pasado. Basta con observar su precisión y limpidez con el lenguaje, sus interacciones y devenires entre lo culto y lo popular (que roza en ocasiones con la marginalidad), como es el caso de «Pronóstico Reservado», un texto que funciona como un puñetazo a la mojigatería y que, por su atrevimiento, se acerca a un autor como Pedro Juan Gutiérrez sin imitaciones burdas y con una altura filosófica que lo distingue y no lo deja caer en lo soez, a pesar de la dureza expresiva.

López Lemus confiesa haber hecho en los textos los cambios de lugar de párrafos y las correcciones que el propio autor marcó en un ejemplar de la revista que publicó por primera vez «Pronóstico Reservado». La labor de López Lemus en la edición del cuaderno merece ser resaltada, pues si no fuera por él tal vez no hubiéramos conocido a Albertico como el excelente narrador que demuestra ser.

Al libro lo acompaña un excelente análisis de la ensayista y profesora espirituana Yanetsi Pino que, como bien señala López Lemus, ahonda en los valores implícitos y explícitos de las narraciones.

Según parece, podemos esperar otra muestra del Alberto narrador con una novela, también póstuma e inédita, ganadora de uno de los premios que otorga la Fundación Alejo Carpentier con el título Casa de la serpiente y que Acosta-Pérez cambió finalmente por el de Juan Jacobo. Una biografía. Hasta su aparición, disfrutemos entonces de sus cuentos. De este libro que prometía y que se cumplió más allá del lamentable deceso de un escritor que no debe ser olvidado cuando se hable de poesía y de narrativa en los últimos cincuenta años de nuestra historia literaria.

 

 

Las maravillas pequeñas en Emily Dickinson

Erian Peña Pupo

 

Nadie imaginó que aquella mujer solterona, puritana, «silenciosa y seca como una rama que no recibe savia en su tronco», se convertiría en uno de los pilares fundamentales de la literatura norteamericana. Nadie imaginó que esa mujer caprichosa y llena de rarezas, que observaba asombrada el mundo a través del cristal de la ventana de su habitación de Amherst, Massachusetts, o entre los sembrados de una huerta reverdecida, sería junto a Poe, Emerson y Whitman, núcleo fundacional del corpus lírico estadounidense del siglo xix. Nadie -ni ella-, podría entonces imaginar tal destino; pues el cielo es diferente a como lo conjeturamos (IV, Rouge Gagne).

Emily Dickinson vivió en el anonimato poético, una especie de antropofagia creativa donde el poeta se alimenta en lo oscuro de sus miedos, sus pasiones, sus sueños; y en ese lento devorar se va matando a sí mismo, entre la timidez y el sobresalto, lenta e irremediablemente junto al paso de los días... Pues no hay persona más masoquista que un poeta: nadie teme a la muerte y a la soledad como el creador de versos, y quizá por ello, por ese miedo a encontrar la muerte o el dolor, insiste en buscarlos; aunque Emily, en su carta al mundo, solo pide que la juzguen con ternura.

Emily Dickinson publicó en vida solo cinco poemas, versos que sin su firma o autorización aparecieron en revistas de su pueblo natal. Al morir, dejó cerca de 800 poemas inéditos, sombras que persiguieron su monótona existencia repetida en imágenes poéticas, luces que llegan hasta nuestros días como el reflejo de la luna clara en un sureño campo de algodón: la claridad deja ver las motas blancas y el campo abierto al cielo, ilumina.

Ediciones La Luz, sello editorial de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín, en su colección Rosetta, nos entrega la voz de Emily Dickinson y los vacíos que la conforman y circundan, y que a la vez va poblando de versos y obsesiones, en una magnífica edición bilingüe bajo el título de Purple Traffic, traducida y prologada por el músico y narrador Rafael Ramírez, según la primera versión de 1890.

Purple Traffic es una rareza y exquisitez editorial para el lector cubano, le acerca a una autora necesaria y para muchos casi desconocida, que pocos leímos en libros pasados de mano en mano, traducciones españolas o argentinas. Ahora, excelentemente traducida por un cubano, tenemos todos al alcance un texto precioso en su estética y concepción, resaltado por el trabajo de diseño de Frank Alejandro Cuesta y la edición de Irela Casañas, con la guía certera de Luis Yuseff.

En esta selección, los versos de Emily se tornan sencillos y limpios, familiares e íntimos, casi minimalistas, melancólicos como un blues sureño de Bessie Smith o la manipulación de la foto en portada de Robert Michael Mapplethorpe: unas flores rojo vino descansan en un sobrio y elegante jarrón azul, y ninguno de los dos necesita ostentar más que su elegancia natural para mostrar belleza, en contraste con el equilibrio perfecto de la composición.

En la poesía de Emily el vacío se torna lenguaje: vacío que su traductor insiste en recordarnos más allá de los espacios, mayúsculas, guiones, comas y otros signos que transcriben la materia fantasma, eso casi inefable que Gastón Baquero llamó «lenguaje del balbuceo, un lenguaje de entredecir», y que para el poeta cubano «corresponde exactamente al lenguaje de las imágenes y las figuraciones de Emily».

Pero ese vacío rebasa el sustento que encierra en sus límites, los trasciende y aquilata, más allá de lo espacial y temporal de cada verso: «Pelear ante todos es valiente / aunque más bravío, lo sé, / es quien lleva en su pecho, / las armas del infortunio», escribe Emily (XVI).

Emily Dickinson era una escritora a la luz del silencio, pero del silencio que, de tanto acompañarse y repetirse, acaba siendo una fiesta, poblándose de los sonidos que forman los versos: musicales y rítmicas formas de la nada que componen su ambiente, su vida, su todo, su realidad: «las maravillas de las cosas pequeñas» de las que hablara Gastón Baquero y que en Emily son la esencia de la poesía.