EL INSTINTO DE MARILYN BOBES

Pedro de la Hoz

Seis décadas de vida y no lo parecen. Marilyn Bobes (La Habana, 1955) sigue siendo para mí la muchacha de ojos claros y cabellera abundante que mostraba a los amigos poemas audaces y compartía lecturas, ansiedades y esperanzas en tiempos de iniciación. El tiempo ha coronado aquellos afanes. Marilyn despegó desde la poesía para convertirse en una de las narradoras de mayor calado en el panorama literario cubano del último medio siglo y también una de las más agudas voces del periodismo cultural en la isla. Los premios pueden ser un indicador: muy pocos escritores cuentan en su palmarés con el Casa de las Américas por partida doble. Pero, ya lo sabemos, no es lo más importante, sino el crecimiento de una obra consistente y su pegada en numerosos lectores dentro y fuera de Cuba. Esta conversación revela otro rasgo de la escritora: su transparencia.

 

 

¿De alguna manera tu entorno familiar influyó en tu condición de escritora?

Es una pregunta para la que no tengo una respuesta concluyente. Pero creo que sí. En mi casa siempre hubo libros. Había desde literatura chatarra como novelas de Corín Tellado y poesía de Hilarión Cabrisas, Juan de Dios Peza, Gustavo Sánchez Galarraga y José Ángel Buesa, hasta volúmenes de los que Umberto Eco clasificaría como de mid-cult, muchas biografías de Stefan Zweig o folleticos de Francoise Sagan, de moda en los años cincuenta, y otros autores hoy, para mí, menores. Todo eso pasó por mis manos en la infancia y primera adolescencia. Sin embargo se escuchaba también mucha música buena. Mi madre cantaba. Mi padre adoraba la filosofía, especialmente marxista. Luego mis hermanas y yo, en la pubertad, fuimos personas muy interesadas en la cultura, en general. Y leíamos buenas cosas. Íbamos a la Cinemateca. Amábamos a Wajda y a Tarkovski. Asistíamos a los conciertos de la Nueva Trova y a exposiciones de artes plásticas, sobre todo en la Casa de las Américas. Tú lo sabes muy bien porque nos conocimos en esa época y es justo decir que nuestra amistad enriqueció todo el universo cultural que nos mostraste tú y algunos otros amigos que después se fueron, pero que en aquella época fueron fundamentales en lo que pudiéramos llamar mi formación de escritora. Por otro lado éramos una familia con personalidades muy literarias, cada uno a su modo. Así que, finalmente, creo que sí. Que mi entorno familiar decidió mucho mi vocación para escribir.

¿Cuáles fueron tus primeros paradigmas literarios y tu relación con la vida cultural cubana en aquellos años, los setenta?

Mis paradigmas fueron muchos. Y no solo literarios. Pero si quieres algunos nombres puedo hablarte de Ernesto Cardenal, Juan Gelman, Roque Dalton. Los todavía inmensos César Vallejo y Antonio Machado. De Cuba: Roberto Fernández Retamar, Eliseo Diego y Fayad Jamís sin olvidar a Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Pablo Milanés y otros trovadores que, como recordarás, visitaban mi casa en tertulias interminables. Ya te cité a Wajda y a Tarkovski. También Nikita Mijalkov. Teóricos como Arnold Hauser y Galvano Della Volpe y narradores como Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti. Casi todos los del boom. Menos Carpentier, que en aquella época no me gustaba. Empecé a valorarlo mucho después. Lo mismo me pasó con Lezama. Virgilio Piñera, honestamente, nunca me ha gustado mucho, aunque no subestimo su obra monumental.

¿Cómo se fue armando tu primer libro, La aguja en el pajar? ¿Cómo te aventuraste en temas y perspectivas poco tratadas hasta entonces en la poesía cubana?

La aguja en el pajar se fue armando en la medida que logré superar mi fracaso cuando el poeta Roberto Branly me llevó a leer mis primeros poemas en un taller de la entonces Brigada Hermanos Saíz. Allí te conocí a ti y a Andrés Reynaldo. Ustedes dos contribuyeron mucho a que yo aprendiera a escribir poesía con cierto oficio. La compañía de ustedes, las lecturas que intercambiábamos, los poetas que traían a mi casa. Todo aquel ambiente de «vivir en trance poético». Porque creo que nosotros vivíamos la poesía y la cultura en general. Hubo un antecedente que fue la mención que obtuve en el Premio 13 de Marzo, de 1977. Allí tuve el aliento de Mirta Aguirre por mi libro Alguien está escribiendo su ternura. Ese cuaderno fue el embrión de La aguja en el pajar. Tú dices que me aventuré «en temas y perspectivas poco tratadas». Pero yo creo que no fue tanto así. Le debo mucho a lo que se escribía por esa época en América Latina. Quizás no tanto en Cuba, donde predominaba el panfleto. Yo siempre he tenido que involucrarme íntima y emocionalmente con lo que escribo. La Revolución siempre ha sido y es todavía para mí algo más que una consigna. Y eso, creo, lo entendían los poetas latinoamericanos muy bien. Eran revolucionarios desde el punto de vista político pero también desde otra perspectiva más existencial. Yo no era muy consciente de lo que me proponía. Siempre el instinto ha sido mi forma de expresarme. Y, sobre todo, a él, a mi instinto se debe todo lo que de original pueda aflorar en mi literatura.

De la poesía a la narrativa: ¿vocación, estímulos? ¿Acaso confirmaciones luego de conquistar premios en concursos de relatos en México y Perú?

Algo de todo eso hay. Siempre me interesó narrar, pero me costaba más trabajo que escribir poesía. La prosa para mí se daba mejor en el periodismo que en la ficción. Cuando dejé de trabajar en Prensa Latina, en 1989, comencé a hacer intentos serios con la ficción. Pero debo confesarte que fue una urgencia económica la que me hizo aspirar al Premio Latinoamericano de Cuentos Edmundo Valadés en 1993. Tuve la suerte de ganarlo. Y después vino el Magda Portales en Perú. Esos dos relatos con los que gané los concursos eran los dos primeros que escribía. Me sentí estimulada y más convencida de que podía ser mejor narradora que poeta. Eso no todos lo creen. Pero yo sí. Y te confieso que cada día me interesa menos la poesía. Ya apenas leo poemas. Algunos dicen que es un género de juventud, lo cual desmienten ejemplos notables como el de Borges y muchísimos otros. Pero yo prefiero la prosa. Me siguen gustando los poetas que leí en mi juventud. Los de ahora, francamente, en muy pocas ocasiones me dicen algo. Soy una poeta (o poetisa, como se prefiera) muy nostálgica. Añoro la época en que ese género era una puerta al mundo afectivo, emocional, al estremecimiento. Raramente en los poetas contemporáneos hay ese «algo» que hubo en los sesenta y en los setenta del siglo pasado. Y no estoy hablando solamente de la poesía cubana. Lo veo como algo universal. Parafraseando a Martí: «no sé qué pasa que lo afectivo falta».

La crítica señaló a los cuentos de Alguien tiene que llorar como muestra de un cambio en la producción y la percepción de la escritura femenina en Cuba, una perspectiva y una sintaxis narrativas. ¿Lo crees así? ¿Qué relación guarda ese suceso editorial con la publicación en 1996 de Estatuas de sal, antología de textos narrativos de escritoras cubanas, que compartiste con Mirta Yáñez?

Ya te dije. Yo soy toda instinto. Evalúo lo que hacen los otros a través de mi modesta crítica literaria: reseñas que apuntan al impresionismo periodístico. Pero teorizar sobre mi propio trabajo es muy difícil para mí. Soy mujer. Y escribo como la mujer que soy. Siempre, desde mis primeros poemas, los problemas de género me preocuparon y me siguen preocupando, aunque pienso que la sociedad ha avanzado mucho en el tema de la discriminación de la mujer. El trabajo con Mirta en Estatuas de sal fue algo que hice con agrado porque en la época en que ella me invitó a colaborar en su proyecto las escritoras sufríamos un ninguneo, especialmente en la narrativa, contra el cual era necesario presentar credenciales. Estatuas de sal fue fundamental para un reconocimiento que cada día es mayor. Siempre he dicho que hay una visión femenina del mundo que se diferencia de la masculina. No sé si es sintáctica o sociocultural. Tal vez las dos cosas. Pero, como te dije, no soy una teórica. Funciono, fundamentalmente, por mis impresiones que, a veces, son muy racionales. Como yo.

Al publicarse Mujer perjura no faltaron quienes la leyeron a la caza de confesiones autobiográficas. Pero alguna vez dijiste que «la escritura no es un método terapéutico ni un testimonio, sino una forma de conocimiento, una reflexión sobre la existencia». ¿Cómo quisieras que el lector o la lectora leyese Mujer perjura?

Cuando publiqué Fiebre de invierno todo el mundo (o casi) pensó que era una autobiografía. No negaré que en todo lo que escribo hay muchas experiencias personales. Pero todas están desfiguradas por la imaginación. En Mujer perjura quise jugar con el lector y me propuse hacer eso que ahora llaman autoficción, que no es más que hacer pasar por real la tergiversación de acontecimientos cercanos a la realidad. No me importa que piensen que Iluminada Peña cest moi, como quise hacer creer en el capítulo que cierra el libro que mencionas. Es más, me gusta que me identifiquen con mis protagonistas. Eso proporciona a las novelas un toque de verosimilitud al que mucho ayuda la primera persona, que utilizo porque me siento muy cómoda con ella. De todos modos, me gustaría que cada uno leyera Mujer perjura como le plazca. Lo importante es que se sientan identificados con la historia que ella cuenta y reflexionen sobre los conflictos y situaciones que en ella se relatan.

¿Fiebre de invierno fue una meta en tu narrativa o acaso un nuevo punto de partida?

Ni meta ni punto de partida. Fue un texto que necesitaba escribir. Quizás por esas razones terapéuticas que alguna vez negué a la escritura. Es verdad que esta, la escritura, es sobre todo una forma de conocimiento, pero ahora pienso que de vez en cuando ella nos salva de una realidad dura de enfrentar. La escribí en pleno período especial, cuando las generaciones que sucedieron a la mía perdían algunos valores que siempre pensé esenciales. El pragmatismo y el «vale todo» de la posmodernidad eran situaciones nuevas para mí y acaso no sabía (ni sé aún) adaptarme a ellas. En el fondo soy una sentimental que se refugia en la ética como única vía para el mejoramiento humano.

¿De dónde viene tu gusto por hacer literatura sobre la literatura? Obviamente me refiero a tus libros de poemas Revi(c)itaciones y homenajes e Impresiones y comentarios, y al más reciente volumen de narraciones Los signos conjeturales.

Siempre he pensado que las metarrealidades que crean los libros tienden puentes con el mundo del receptor. Mis lecturas han sido parte de lo que vivo porque en ellas encuentro preguntas y respuestas para entender el mundo. Hacer literatura sobre la literatura es también hacerla sobre la realidad. Cada persona tiene una historia que puede convertirse en una novela. Y en cada novela puede haber algo que se conecta con la vida de una persona. Lo mismo sucede con muchos versos y hasta poemas completos que nos hacen decir: «esto hubiera podido escribirlo yo». Buscar esas asociaciones es uno de mis placeres favoritos. Desde muy joven. Con la madurez, las experiencias límites disminuyen y uno busca en otros autores esa adrenalina que solo la juventud rezuma. Al menos así sucede conmigo. Hacer literatura de la literatura me proporciona un placer muy grande y es una manera de reivindicar la lectura como un lugar privilegiado de nuestra espiritualidad. La imagen nos está quitando la posibilidad de dialogar con nuestra imaginación. Es por eso tan importante preservar nuestro patrimonio literario. Y no solo hablo del nacional, sino también del universal. De todos modos, si alguien lee con atención los libros que mencionas, se dará cuenta de que la literatura es solo un pretexto para expresar mi mundo interior que es, al fin, lo más importante para mí.

Esta entrevista no puede terminar sin una referencia al periodismo. ¿Qué te ha aportado ese ejercicio?

Todo. Al periodismo le debo mi pasión por escribir, la capacidad que pueda tener para estar asida a la realidad. Me hizo perderle el miedo a la página en blanco, conocer, aunque sea por breves minutos, a ídolos de mi panteón personal cuando los entrevisté o compartí con ellos en una conferencia de prensa. Vivir atenta a lo que sucede en el mundo y en mi país, aun cuando estoy muy inconforme con el periodismo que hacemos todavía en Cuba. Siempre he dicho, y lo sostengo, que un buen periodista es tan buen escritor como un buen narrador. Quizás lo malo de esta profesión es su carácter efímero. Por eso aconsejo a los buenos profesionales que reúnan sus trabajos en libros. Es una manera de perdurar y de calibrar la importancia que tuvo en su momento lo que muchos utilizaron para envolver pescado, como diría ese gran periodista que fue Gastón Baquero.