Algodón del sueño, cuchillo de los zapatos

Alessandra Molina

«Poemas que comienzan en una nieve no fabulada y trazan un círculo por las estaciones hasta volver a la frontera entre invierno y primavera. En este viaje cobran relieve sueño y memoria -fotos o cuadros que ya son evocaciones, paisajes vulnerados por un silencioso dolor de historia, sin nombres, vistos, no mirados, contemplados con despojo ajeno a exhibicionismos del yo, torpezas urbanas o arcadismos provincianos; bosques esenciales que la memoria planta entre dos orillas, studium y punctum que no precisan de otra geografía que la del alma». Con estas palabras presenta Jorge Yglesias el más reciente título de Alexandra Molina, Algodón del sueño, cuchillo de los zapatos, poemario que verá la luz próximamente por Ediciones Unión. Alexandra Molina (La Habana, 1968) es autora de los poemarios Anfiteatro entre los pinos (1997), Usuras del lenguaje (1999), As de triunfo (2003) y Otras maneras de lo sin hueso (2007). Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana, actualmente reside en los Estados Unidos, donde cursa un doctorado en el Departamento de Lenguas Romances de la universidad de Missouri. De su obra poética ha dicho Enrique Saínz que «enriquece la poesía cubana de una manera diferente, manera muy suya de mirar y de relacionar los elementos obsesivos de la realidad, los recuerdos y las vivencias de la infancia», algo que sin duda el lector podrá apreciar también en este nuevo cuaderno.

 

Taberna
«Y todavía nos espera el lago»,
dijo alguien
en la taberna de la montaña,
tan caldeada
que cada hombre podía imaginarse
en una eternidad de forastero:
el extraño de sí
que libera sus muslos
de dos muslos de piedra.
El que vuelve del mundo por su cuerpo.
El que vuelve a su cuerpo.
En la mesa rodaba la moneda del lago.
Las aguas congeladas, el círculo de plata
alojado en el valle de los pinos
era azul allá arriba.
Apuntaron al lago y fue decir los lagos,
la franja de arrecife donde empiezan los
mares,
las ciudades con puerto,
la bahía,
la madera de bosque donde pega una
playa.
Unas horas más tarde dejaron la taberna,
la montaña,
pasaron sobre el lago sin saberlo.

 

 

Afuera
Cuando se dijo que el árbol
tenía que ser cortado
se colmó su silencio.
Por unos días más
su ancho y oscuro tronco,
tan enfermo y tan pleno
de aquella muerte esbelta,
siguió en pie.
Las hojas resplandecían
sobre el nimbo de sombra de sus dorsos,
sobre el corazón filoso
de la corteza, y en mitad de la tarde
era de nuevo la casa toda del patio,
la casa de la que él mismo se quedaría
ramas afuera,
ramas crecidas y perdidas
en la casa tan grande de la noche.
Cuando ya no existía
su ancho y oscuro tronco,
tan enfermo y tan lleno de aquella
muerte esbelta,
siguió en pie.
Del viento de tormenta y de las aguas,
del sesgo y el brillo meridianos
salían nuevamente
sus ramas silenciosas.

 

 

Niña que quedó atrás
Lo notó alguien y después
se siguió hablando de las manos tan
hermosas
que tenía esa niña.
Bien formadas, dedos largos,
y más largos y finos en el juego de tocar
con ellos
cada elogio. Sonreía la niña,
que lo que iba a recoger se deshacía sin
perderse,
y cerraba los puños suavemente.
Regresaba sus manos
de otras manos: yemas de luna rosa,
yemas tibias y secas y, en su fondo de
noche,
lo huesudo.
«Como las manos de su madre»,
que no estaba allí para probarlo
pues andaba muy lejos.
«Como las manos de su padre»,
que había seguido a la madre y poseía,
aunque a su modo de hombre,
la misma delicadeza.

 

 

Amigos de la infancia

No se sabe nada, ni el recuerdo queda
de las historias de la infancia.
Fernando Pessoa

 


En algún momento vamos a saber cuánto
no deseábamos encontrarnos con aquel
que fue un amigo de la infancia, ese afecto
como una fuga intensa del dominio
marcado por los padres. Cuando nos reconocemos,
de la misma sorpresa y alegría
asoma un malestar ciego, instintivo, que
solo goza del presente y del que nos sobreponemos
con los amagos de una recomenzada
amistad, con esa promesa. Pero
en el amigo de la infancia se tiene como en
nada o en nadie las sospechas de nuestra
vida. Da su rostro a una existencia que,
bien pensada, desconocemos. Da su conciencia
a nuestra inconsciencia y de seguro
vive allí donde nuestra memoria ya
no alcanza más. Él nos vio, eso lo sabemos,
en aquellos primeros años donde ser
y ser como cuerpo era un asunto de la
mirada. Ahora, en este acto de anagnórisis,
nos dejaríamos notar sin detenernos.
Intervalo de tiempo, transeúntes de
un destino, preferimos el brazo que se levanta
como saludo y, para hablar, algunas
palabras clave.

 

 

En zona de extranjeros
Había caído el Muro pero entre nosotros
ya nada iba a ocurrir. Las aguas de aquella
playa recóndita, aguas del amanecer,
estaban tranquilas como un plato. Teníamos
la voracidad que da el mar ya antes
de haberlo tocado, una voracidad cansada
de morder el aire, fatigada más que
aburrida, y que finalmente nos dejaría
secos por dentro, secos por fuera. Una voracidad
que había conocido el hambre y,
para ese entonces, muchos tipos de hambre.
Nos echamos a andar. Nos sentamos
entre banderillas que delimitaban la zona
de un hotel de extranjeros. Muy pronto
supimos que los extranjeros eran soviéticos.
Que eran rusos. El grupo pasó por
nuestro lado en dirección al agua. Los
miramos como si hubiesen estado forzados
a dar noticias. A devolvernos la
mirada. Vimos sus piernas anchas sobre
la arena suelta, sobre la arena firme. Los
muslos que avanzaban contra un azul
fundido de mar y cielo. La conversación
animadísima que llevaban y que continuaron
sin ningún aspaviento mientras
buscaban la profundidad. Parecían muy
acostumbrados a aquellos baños matutinos.
El agua rompía contra los torsos,
los brazos lucían entonces una fuerza de
piernas. Los hombres se mojaban la cara,
las mujeres se agachaban en seguida, como
si hubiesen andado hasta allí solo
para ocultar el busto. Atentos al grupo,
sorprendió la soledad y cercanía en que
había quedado una de ellas. Como si
fuese a abandonarlos, o como si hubiese
recordado o descubierto algo. Los ojos al
filo de aquella agua llena de estrellitas de
luz que subían y bajaban por sus piernas,
la atención suspendida, los brazos como
alas rotas. Vuelta ya completamente hacia
la orilla, hacia nosotros, la mirada perdida
en aquella memoria que parecía no
acabar de encontrar, en aquel hallazgo
que parecía carecer de memoria, vació el
hueco de su boca, hizo un buche, otro, y
volvió a pescar sobre la palma de la mano
la dentadura chorreante y ya limpia del
desayuno.

 

 

Lugar
También yo he estado allí
donde no hay nada quieto,
nada perdurable,
apenas ese sitio donde afirman los pies
y alguien que se descubre
en su frágil segundo, su resguardo.
Un secreto disperso,
arrojado a las aguas
y a la tierra.
Como el mundo que surge
a la sombra de un fruto
que ya en su día fuera
el hijo del follaje y de las sombras,
he agradecido la noción,
la palabra que invite a otra palabra,
que se atreva a nombrar,
a ser comienzo.