En un lugar de La Mancha
Eduardo del Llano
Eduardo del Llano. Nació en Moscú, en 1962. Escritor y cineasta. Fundador y director del grupo de creación teatral NOS-Y-OTROS. De su obra literaria, podemos citar: Los doce apóstatas, Criminales, El beso y el plan, Los viajes de Nicanor, Tres, Sex Machine, Bonsai; así como los premios Calendario, Ítalo Calvino y el de Cuento de la Revista Revolución y Cultura, entre otros.

-Necesito un repasador para la niña —dijo Georgina, mirando a su hija como un inquisidor a un repaso.
—Puedo hablar con el profesor que le repasa a Carlitos —dijo Bertica—. Sale un poquito caro, pero es un hombre muy serio, sabe un mundo de Matemáticas, Español e Historia. Carlitos, no juegues con la pizza.
—Gracias —dijo Georgina—. Eso es lo que me hace falta, uno que domine bien la materia y no se ponga a inventar. Hay mucho descarado por ahí.
Las dos mujeres asintieron gravemente. Carlitos, furtivo, le sacó la lengua a la niña.
—Pero, ¿tú no tenías un repasador? —dijo Bertica—. Alguien me comentó que habías encontrado uno que tenía un método especial, algo como…
—Sí —admitió Georgina bajando la vista—, de Historia. Pero no… la niña no avanzaba. No me gustaba.
—¿Tocaba a Cristinita? —preguntó Bertica en voz baja y horrorizada.
—No, nada de eso —repuso la madre de Cristinita—. Qué va, si era muy respetuoso. Pero tenía… cómo te diré… métodos raros.
—¿Qué tan raros?
—Rarísimos. Era un médium.
—¿Y qué hacía? ¿Contactaba a los espíritus? Georgina mordió filosóficamente la última cuña de su pizza.
—Sí —admitió en un susurro—, a los espíritus de los personajes históricos. En lugar de responder una duda de la niña sobre, qué te digo, Martí, pues contactaba con el espíritu y era el propio Martí el que le aclaraba el tema a Cristinita.
Bertica, desconcertada, enarcó una ceja.
—Pero eso no suena mal.
—Claro que no, al principio me pareció buenísima idea, ¿quién mejor que el Apóstol para explicar los objetivos y el contenido antiimperialista de, cómo se llama ese texto que siempre sale… Nuestra América, o decir el tema de un poema de los Versos sencillos? Él debía saber lo que tenía en la cabeza al escribirlo, ¿verdad?
—¿Y qué pasó?
Georgina se limpió los dedos y los labios con una toallita perfumada.
—Dice Nicanor que hay un cuento de un escritor ruso americano, Asimov, acerca de un tipo que estudia a Shakespeare, consigue llegar hasta su época en una máquina del tiempo, y trae a su ídolo al presente. Para tener algo que hacer, Shakespeare se inscribe en un curso acerca de su propia obra, y…
—¿Y qué?
—Y suspende. ¿Te das cuenta? Lo que dicen los historiadores y los libros muchas veces no tiene que ver con lo que pensaban los personajes célebres. Pero claro, el papel aguanta todo lo que le pongan, y ellos no pueden defenderse. Bueno, Martí sí pudo.
—¿Se molestó?
—Molestarse es una cosa. Cuando se enteró de cuánto se había dicho y hecho en su nombre, ripió un libro de Historia de un compañerito de la niña, y se cagó en la madre de todos los historiadores y metodólogos de Educación. Dijo muchísimas malas palabras.
—Jamás lo pensaría una del Apóstol. Por tu vida —comentó Bertica, escandalizada—, un hombre tan fino, que escribió esos versos tan tiernos…
—Incluso dijo pinga —evocó Georgina—, y yo que creía que esa palabra no tenía significado obsceno en esa época. A lo mejor fue precisamente él quien empezó a utilizarla como…
Bertica le dio un pescozón inesperado a Carlitos, que rompió a llorar.
—¿Por qué le pegas? —preguntó la mamá de Cristinita.
—Para que recuerde que esa es una palabra fea y no se dice. Martí la decía y mira cómo acabó.
Georgina acarició la cabeza de la niña. La niña ahora le sacó la lengua a Carlitos.
—Pero ojalá hubiera sido ese el único problema —continuó Georgina—. Trajimos a Martínez Campos, el español, y luego quisimos traer a Maceo, pero el mulato se negó a usar el mismo cuerpo que el otro, y no hubo forma de convencerlo. Cosas como esa, resquemores entre famosos, se dieron muchísimo.
«Algunos espíritus se creían más importantes de lo que fueron. No faltaron quienes llegaron a atribuirse hazañas que según la bibliografía no eran suyas. En casos así invariablemente optábamos por creer al libro, que en definitiva es lo que va a prueba, ¿te imaginas cómo les caía eso a los próceres? A otros la niña no los ha estudiado todavía, pero ¿quién le explicaba a Bolívar y al cura Hidalgo que al nivel de Cristinita no se da Historia de América? Ese Bolívar, por tu madre, lo que te cuente es poco. Quería colarse sin que nadie lo hubiera llamado. Un par de veces cambió de voz y todo para hacerse pasar por Maceo, pero siempre lo cogíamos por el acento.
«Otra cuestión con la que no contamos fue la del idioma. Trajimos a Julio César, el romano, pero hablaba latín. ¿Quién sabe latín hoy día? Llamamos a un cura, pero entretanto Julio César se aburrió y se fue. Luego, figúrate, hay un montón de personajes históricos que hablaban inglés, francés, alemán, ruso... Los padres de los niños hicimos una colecta para pagar a un traductor políglota, pero el tipo pedía un dineral. De todas maneras decidimos traerlo un día para probarlo, convocamos a Mahatma Gandhi, y no se entendían. Figúrate, el vocabulario y el acento cambian muchísimo. Cómo sería la cosa que Gandhi le lanzó un insulto racista al traductor».
—Qué mal carácter tienen los personajes célebres —sentenció Bertica, acariciando al desconcertado Carlitos
—No todos —dijo la mamá de Cristinita—, hay que ser justos. Miguel de Cervantes, por ejemplo, fue muy simpático. Con decirte —añadió bajando la voz— que hasta me invitó a salir.
—Mentira —evaluó Bertica, fascinada—, ¿y aceptaste?
—Muchacha, si Nicanor me coge en el brinco…
—Pero si tu marido siempre está de viaje o reunido.
—Es igual, ten en cuenta que Migue me lo propuso delante de todos los padres y los niños. Además, sería una cosa muy rara, Cervantes en el cuerpo del médium, y el médium estaba en candela, un tipo medio asqueroso. No, le dije que no. Eso sí, era un hombre muy interesante. Con decirte que me improvisó un soneto… Lo apunté y todo para que no se me olvidara. ¿Quieres oírlo?
—Claro —dijo Bertica sin convicción
—Empezaba… —evocó Georgina—. Ay, ¿cómo era? Lo tengo escrito en casa. Moza tú, espuma de tierra ignota / te desenvainas y muerto soy… No, si te desenvainas… Ay, ¿cómo era?
Cerró los ojos y recitó en silencio. Pasó un minuto.
—Parece bonito —dijo Bertica, inexpresiva—. Heriberto me hizo uno como ese cuando cumplimos diez años de casados.
—Miguel decía que lo suyo no era la poesía —observó Georgina—, pero es un detalle, ¿no?
Bertica le dio un pellizco a Carlitos.
—Y ahora, ¿qué hizo?
—Se embarró de tomate la camisa. Míralo. Luego es la mula quien tiene que lavar…
Le quitó la prenda al niño y la sustituyó por una camiseta deportiva con el número 9 en pecho y espalda.
—De todas maneras, me imagino que Cervantes le haya repasado Historia y Literatura a la niña —dijo luego—, si era tan complaciente…
—Demasiado —gruñó Georgina—. Pidió que Cristinita le leyera algunos apuntes de clase, y luego trató de ayudarla, sí. Como ya te dije, al principio pareció una buena idea, pero… ¿cómo te explico? Si los otros personajes renegaban del texto, Migue trató de adaptarse a él. Fue fatal. No inspira mucha confianza un escritor del siglo dieciséis que te dice cosas como «mis objetivos fueron satirizar el pragmatismo de la burguesía y mostrar las fuerzas económicas que determinaban la construcción superestructural predominante en la España imperial y monárquica». Sonaba como el libro, pero no como el tipo que escribió El Quijote.
Georgina quedó abstraída, grave, pestañeando. Bertica se encogió de hombros.
—Tú sabrás…
Cristinita preguntó tímidamente si Carlitos y ella podían ir a la esquina a comprar durofrío. Las madres se negaron a coro.
—Entonces —resumió Bertica—, ¿hablo con el repasador de Carlitos? Ese sí dice lo que va a la prueba.
—Sí —suspiró Georgina—, eso es lo que la niña necesita. |