Sigfredo Ariel
Sigfredo Ariel (Santa Clara, 1962). En 1987 Ediciones Unión publicó su primer libro de poemas, Algunos pocos conocidos. Bajo este sello aparecieron, además, Hotel Central, Born in Santa Clara y La luz, bróder, la luz. Otros títulos de su producción son: El enorme verano, Los peces & la vida tropical, Las primeras Itálicas, Manos de obra, Escrito en Playa Amarilla, Cielo imaginario, Objeto social, El arte perdido de la conversación y Ahora mismo un puente. De su más reciente poemario, Recreos para la burocracia, publicamos aquí una selección.

Recreos para la burocracia
Que nos sea dado redactar
nuevas legislaciones que impidan
a la gente aproximarse al objeto de su amor
sino a cambio de calvarios para surcar
no sólo el mar, también la tierra
de la isla hacia cualquier destino.
Que la hortaliza no llegue
con vida a la ciudad y que los frutos
degeneren sabor y curva en su dibujo
cuando arriben a recintos
donde los almacenaremos
con extrema lentitud.
Que no falte abono en los papeles
y en los noticiarios para que florezca
la mediocridad como la verdolaga
en ramas de playwood e invulnerables
extensiones de bagazo con las cuales
se fabrican las mesas de escritorio
nuestras mesas infinitas.
Que consigamos mantener
los campos abrigados por malezas
y sea imposible
en la cínica neblina
ver la hora de sembrar o recoger:
intervalos de los cuales habla
el cuadernillo del Predicador
con una candidez
que hemos puesto en ridículo
y de paso, en el pico del aura
al gran amor.
Que no escasee nunca energía
para que continuemos zapateando
sobre ciertas ilusiones, es decir
que continúe el guateque en el fragor
de una batalla triste.
Que todo sea difícil.
Que no se logre construir un edificio
que sea hermoso de los que a duras
penas destinamos a la gente natural:
a sus espaldas levantamos, al final
de la gran playa palacios para forasteros
que atarán sus yates en postes
rojo-blanco-azul sobre el agua caliente
nacional que permite contemplar
con toda nitidez el fondo
de nuestras maquinaciones.
Que padres y madres con sus hijos
se hagan en frágiles barcazas a la mar
que en sus hogares situaremos dependencias
de las dependencias
para encanto de la municipalidad
y los registros de la vida breve, todas
sus posesiones caerán
en nuestras manos incluso
aquellas que dejaron en el suelo
como banderas de áscares perdidos –unas
con rombos, círculos y rayas, otras
con flores mecidas por el viento
que bufa en los armarios
que no han cerrado nunca
ni una sola ni una sola
vez del todo
bien.
Aprendan de nosotros
con toda precipitación pues
existe alguna posibilidad
de que no seamos
precisamente
eternos.
Un misionero en el mercado agrícola
para Manuel Alfredo
Creemos sólo en las Sagradas
Escrituras dice en voz baja con dejo
de provincia y la mujer obesa
de la vianda atiende, el muchachón
de la cara tiznada queda un rato
con la boca medio abierta
y el viejo de los mangos de precio
horripilante presta atención
con las manos llenas
de billetes y tierra colorada.
Entonces la muchacha de los sobrecitos
de nailon con especias gira la cabeza
hacia el negro misionero que apenas pasa
de sus veinte años, vestido de uniforme
quizás barman o ayudante de fontanería
que habla con familiaridad
y términos pueriles de los Evangelios
como si fueran estos
los días iniciales
de la religión
del Cristo.
Amigos fuertes
He visto
que nuestros jóvenes aliados clavan púas
en su lengua y siembran en el sexo
aros de metal inoxidable
a favor de sus parejas
generosamente.
Con el tiempo
he advertido rasgos
de mi personalidad
que merecían tu abominación
en la conducta de algunos animales
que he criado.
Te aviso
que ya logro reprimir
al menos en los espacios públicos
arranques de hipersensibilidad
descritos en periódicos virtuales
con signo negativo
por sujetos que se hacen pasar
por hombres libres.
En tanto
buena parte de la población
inflama
sus brazos y sus piernas
en el trato constante
con hierros de gimnasio
el gran público alimenta
su anhelo de emociones
con chatarras de self service
y un consumo desmedido
de programas de televisión
yo me convierto
inesperadamente
en un valor moral:
no sabes
cuánto lucho cada día
por demoler en las cabezas
los campos de exterminio.
|