Habeas Corpus

Mylene Fernández Pintado

 

 

 

 

 

 

Para ella, el mar era eso que se veía desde la oficina y que nunca miraba porque no formaba parte de su plan de trabajo. De ese trabajo que le permitía, siempre muy tarde, subir a un carro moderno y regresar a su casa bordeando un malecón que tenía como único atractivo ser una vía rápida, con pocos semáforos y casi nadie cruzando la avenida. Por eso, maldecía los frentes fríos que hacían saltar las olas y la obligaban a hacer otro recorrido, lleno de transeúntes, de carros, de baches, de almendrones, de guaguas.

El mar era el decorado de fondo de muchos de los lugares en los que sostenía encuentros de negocios y firmaba contratos con partners de ultramar con manía marinera en esta isla sin barcos. Una vez en el escenario que ellos elogiaban, ella estaba demasiado preocupada con las cláusulas del contrato, las modificaciones, las garantías, los cumplimientos, las acciones para dirimir las controversias, las rescisiones o modificaciones, y en mantener la sonrisa con la que llevaba a cabo todo esto.

El mar era una cinta en semicírculo, ubicada al final del cuadro que se abría ante su balcón cada día, tan puntual e incondicional que se había vuelto inexistente.

Era el escenario de amaneceres que no advertía porque las mañanas eran sistemáticos maratones de hormiga, en los que desayunaba leyendo documentos y haciendo anotaciones, se duchaba pensando en las primeras palabras que diría a sus jefes, colegas, subordinados o secretaria, se vestía calculando el efecto ejecutivo de cada pieza de ropa y se miraba al espejo como quien evalúa un cuadro pensando en cuánto podría valer en una subasta.

El de ocasos que no disfrutaba porque estaba trabajando en su oficina, con la vista fija en los papeles o el ordenador o el rostro de otros como ella. O porque estaba conduciendo hacia su casa, dividiendo su atención entre el vehículo y el balance de cómo habían sido las cosas.

El mar era solo salitre que devoraba los barrotes de la baranda, empañaba los cristales de las ventanas y la hacía perder tiempo y gastar dinero. Tenía que pintar las paredes del balcón todos los años, reparar los barrotes, bendecirlos con antioxidantes carísimos y cubrirlos con esmaltes onerosos y siempre difíciles de hallar. El mar la obligaba a hacer llamadas que no eran de trabajo, para buscar obreros que repararan los daños y luego, otros obreros que arreglaran eso que los primeros habían hecho mal. Y la confinaba en la casa a cuidar de ellos, a vigilar que hicieran su trabajo y no le estafaran su dinero, o le rompieran sus objetos, esos que no tendría tiempo para reparar o reponer porque estaba muy ocupada trabajando.

El mar era la droga de los vagos y los snobs, el lujo de los ricos, el consuelo de los pobres, la medicina de los enfermos, el camino de los impacientes y los curiosos, la tumba de los desesperados y los desafortunados. El mar era agua que no se bebía porque daba más sed. Sendero no caminable, móvil e incierto que se atravesaba de maneras complicadas y azarosas.

-Es un lindo día -le comentó su jefa, sonriendo e invitándola a seguir su mirada a través de ventanales inmensos que cubrían casi toda la pared de la oficina, hacia el mar de fondo, azulísimo.

El tamaño de las ventanas de las oficinas de la empresa era directamente proporcional a la importancia de sus ejecutivos. Eso hacía que también la porción de mar de que disfrutaba cada empleado fuera un indicador de su status, como el salario, el carro o el regalo de fin de año. Su ventana era la tercera en magnitud por lo que también los metros de aguamarina que le correspondían ocupaban el tercer lugar en la escala arquitectónica.

Nunca miraba por la ventana, tenía siempre las cortinas cerradas para que el sol que se reflejaba en tanta franja de azul, no le impidiese ver la pantalla del ordenador o los documentos impresos sobre los que fijaba la vista durante todo el día. Mantenía esa posición también después que la luz diurna era reemplazada por la de las farolas del malecón, porque estaba absorta en el trabajo y no le interesaba lo que sucedía fuera de su despacho.

Cuando su jefa le indicó que mirara el mar, lo hizo mecánicamente. Tomó nota mental de que el mar era azul y que no había olas, que el cielo era también azul pero más claro y más grande, y que las pocas nubes eran solo blancos jirones casi transparentes, incendiados por los rayos del sol. Como casi todos los días a esta hora.

Mientras miraba el espectáculo que se presentaba antes sus ojos diariamente sin que ella reparara en él, escuchó a su interlocutora decirle que estaba despedida.

O sea, que la empresa se fusionaba con otras, sin aclarar si era algo positivo o negativo, por lo que ella no supo si debía sentirse ineficaz o eficiente.

La fusión, duplicaba, triplicaba, cuadruplicaba, multiplicaba muchos de los puestos, sobre todo los que implicaban a los altos directivos. Esto obligaba a racionalizar, reorganizar, virar al revés el organigrama, derrumbar la estructura y crear otra nueva en la que, se prescindía de sus servicios.

Ella fue absorbiendo la noticia, saturándose, atragantándose con ella, como si se ahogara en el agua que miraba, como si en vez de palabras, tragara litros de ese líquido salado y denso que empujaba, mantenía a flote o precipitaba la gente, la suerte y las naves. Que alimentaba o engullía barcos, personas y destinos.

La jefa no fue lacónica ni escondió datos. Le comentó todo con detalles, previsiones, cálculos futuros y recitó los nombres de los nuevos integrantes de la nueva empresa, felices poseedores de oficinas y ventanas con vista al mar no visto. Lo hizo sin ambigüedad ni culpa. Como si no fuera algo de lo que ella estaba excluida. O como si fuera algo con lo que ella no hubiera tenido nunca nada que ver. Su jefa era como ella, nunca miraba el mar. Su mirada iba más allá, al futuro y caminaba como Moisés sobre las aguas. Lo hacía para llegar a ese lado donde habita el éxito.

El futuro de la jefa era abarcador, tenía planificados los próximos cuatro siglos de su vida. También, algunos meses de la vida de sus antes subordinados y hoy ex empleados, gente que se quedaría sin trabajo a partir del próximo lunes.

La jefa le da algunas claves para el futuro, un mapa de carreteras para que ella guíe sus pasos en esa cinta que es la vida. Le regala una flash memory, una stick, como a ella le gusta decir, y enumera las bendiciones que contiene:

Lugares en los que ella, con su preparación, podría encontrar trabajo. Empresas o divisiones de empresas, personas a las que debe ver, ejecutivos a los que debe invocar. Direcciones, teléfonos fijos y celulares, fax, websites, links, requisitos exigidos para los puestos de trabajo, descripción de los contenidos, salarios aproximados, posibilidad de promociones a corto o mediano plazo.

Sigue enumerando las acciones caritativas descritas con optimismo, sin lástima, sin dudas, sin remordimientos. Le dejará el coche hasta que ella logre una nueva plaza y un nuevo coche. Y le dará un bonus, jugosísimo, para que viva desahogadamente hasta que tenga el nuevo empleo que ella encontrará siguiendo las instrucciones contenidas en la stick.

El bonus es en efectivo. Es un sobre abultadísimo. Lleno de fajos de billetes. Ella calcula que será el equivalente a su estipendio de muchos meses, más de dos años.

La entrega del sobre tiene dos matices. Es el único momento en el que parece que la jefa siente algún pesar por el hecho de que ella está despedida. El otro matiz podría tener la tarea de cancelar esta sensación. La jefa le prodiga una especie de beso abrazo definitivo. Le dice qué debe hacer para entregar el coche en caso de que ella, en su alto cargo, no se encuentre «available». Como si hubiera decidido no estarlo más para su ex empleada y este encuentro, el sobre y las coordenadas para el inicio de una nueva carrera, sellaran una suerte de adiós que ella no debía interrumpir con nuevos encuentros, llamadas, emails o peticiones.

Ella tomó el sobre sin fingir gratitud. Asumió con naturalidad las posibilidades de intentarlo de nuevo luego de tanta dedicación terminada en este modo, la stick salvadora, el préstamo indefinido del carro y el adiós definitivo de la jefa. Al salir de la oficina se encontró con el pasillo desierto, flanqueado por puertas cerradas, tras las que los felices integrantes de la próxima plantilla festejaban y agradecían en silencio, protegidos de la envidia de los despedidos, quienes también se parapetaban en sus oficinas a salvo de la falsa conmiseración de los que aún conservaban su puesto.

Dejó el carro en el parqueo y comenzó a caminar por el malecón, desde el puerto hacia ese falso downtown, románticamente demodé, formado por rascacielos enanos pintados desganada y ocasionalmente luego que el mar lamiera una y otra vez los malos esmaltes de fachadas, pretiles, barandas, ventanas y puertas.

Caminó mirando el mar, como si la acera del malecón fuera una terraza y el muro, un balcón al que asomarse. Las rocas se agrupaban formando falsas calas en las que el mar se detenía y dibujaba diminutas piscinas naturales. A ratos de agua limpia; otras, mezcladas con suciedad, despojos y algas. Agua prisionera, se le ocurre pensar. Agua que trabaja, que va de un lado a otro, que choca con los arrecifes y se aleja para regresar y ser fustigada de nuevo.

La sorprendió que hubiera personas sentadas en el muro a esa hora. Por dos razones que suponían el tiempo en sus dos variantes. La de los relojes, que marcaban las once de la mañana, hora de trabajo, de estudios, de reuniones, de exámenes. La otra, la del sol que en esta ciudad parece ser eterno. Pero a estas personas no parecía importarles, seguro no tenían nada que hacer, ni sitios sombreados y con aire acondicionado donde guarecerse. En su caso, trabajar significaba refugio contra el sol y el mar, ese que todos los indolentes bebedores de rayos ultravioletas, insistían en contemplar.

Regresó al parqueo, repitiendo los mismos pasos en dirección contraria, desandó lo andado manteniendo la misma mirada al mar. Al agua que sirve de fondo de pantalla a la ciudad de los sesentones rascacielos coloreados y a las ancianas fortalezas amarillas. Agua que está al final de las casas, de la gente. Agua para mirar. Agua museable, acuario sin vidrios, plataforma líquida.

El parqueador la saludó efusivo y humilde. Le dieron ganas de preguntarle si él también estaba desempleado, pero nunca le había dirigido la palabra y no le pareció un buen momento para la primera vez. Ella le había siempre dado propinas cuando le limpiaba el carro, y respondido a sus gracias con un simple movimiento de cabeza. Si no, ¿cuál es la diferencia entre un trabajo y un favor?

Esta vez, el parqueador además de saludarla le dijo que era un día muy bueno para la playa. Ella le dijo que sí. Y luego pensó que seguro el parqueador se permitía esas familiaridades porque sabía que ella estaba fuera de la empresa. A lo mejor hasta pensaba que él era, en su modesto oficio de mira-lavacarros, más eficiente que ella, visto que no había sido despedido. Luego se acordó de que el parqueador no pertenecía a la empresa apenas desarmada sino a una cuyo nombre estaba escrito con letras amarillas en la espalda de su camisa roja y que ella nunca se había tomado el trabajo de leer.

Una vez en el carro, determinó algunas cosas. La primera, no regresar ahora a su casa. La segunda, apagar el celular, y evitar las llamadas de todos los que querían, morbosamente, saber de la empresa y su mal final o de ella y su mala suerte.

La tercera, colocarse físicamente fuera del radio de acción, compasión, regocijo o comentario malicioso de todos los que formaban su mundo.

Decidió ir a la playa a comprobar el diagnóstico del parqueador. A ver si el día era realmente bueno.

Iría a la playa para no encontrar a nadie conocido.

Para que le fuera imposible visitar gente o revisar papeles.

Para trazar estrategias, diseñar tácticas o perfeccionar cualquiera de esos planes A, B o C, que reservaba para momentos de crisis, en un ambiente que no viciara sus juicios ni conclusiones.

La sorprendió el aire relajado, blanco y azul del lobby del hotel. Gente que reposaba en tumbonas, ataviada con trajes de baño, sombreros y gafas de sol. Con libros, audífonos, copas o vasos. Leyendo, bebiendo, dormitando, sonriendo, conversando. O sin hacer ninguna de estas cosas. Simplemente, estando.

Entró en la tienda de artículos de playa donde las vendedoras, jóvenes, maquilladas y con highlights, conversaban y se miraban las uñas. Se pusieron en posición de alerta al verla escudriñar los objetos en venta con una mirada escéptica.

Ahí estaba, un traje de baño azul, eso que ella llamaba blue navy. No encontró chancletas playeras de su número y cuando preguntó a las vendedoras recibió, primero silencio y luego, un NO lacónico.

Buscó una toalla grande. La felpa no era muy gruesa pero estaba bien para cubrirse cuando saliera del agua si tenía frío. Escogió una azul llena de corales y conchas, como un fondo marino.

Al lado, descubrió un juego de accesorios de playa formado por una estera, una bolsa de plástico grande, con compartimientos para meter la ropa mojada, y un sombrero. Estaban rebajados y quedaban solo dos. Azules. Puso uno en la cesta y se dirigió a la caja.

Mientras la cajera controlaba el precio de los productos, se dedicó a examinar las cremas para el sol, decidiéndose por una con FPS 30, que contenía filtro mineral y aceite de caléndula, y garantizaba una hidratación intensa, resistencia al agua por ochenta minutos y protección UVA.

Cuando pagó, se dio cuenta de que su día de playa comenzaba de manera muy onerosa. Mientras chequeaba el cambio con una ojeada a los billetes y monedas, pensó en el sobre, cortesía de su ex jefa con complejo de culpa.

Nunca le habían robado un centavo en el vuelto de ninguna compra. Sostenía que una cosa era dejar propina si la trataban impecablemente, cosa que sucedía poco. Otra, que alguien creyese ser más listo y mejor dotado para la aritmética que ella. No era tacañería, se repetía cada vez que exigía comprobantes, rehacía cálculos como quien da lecciones a los cajeros y los obligaba a devolverle hasta la más insignificante de las monedas. No era tacañería sino amor propio.

Llegó a la zona de playa. En los últimos años, habían construido parqueos con bares en muchos de los accesos al mar. Le pareció una buena idea. El parqueador, cubierto con un sombrero de guano, la saludó sonriente desde su silla desvencijada en la que, a la vez que custodiaba los autos, leía. Terminará siendo un erudito —pensó ella mientras le reciprocaba el saludo.

Se dirigió al bar, hecho de bambúes, en el que la televisión atronaba y algunos extranjeros bebían, comían y conversaban. Compró una botella de agua mineral.

Se encaminó a la playa, imagen puntual de agendas y calendarios que le llegaban cada fin de año, poblados de fotografías de arenas blancas y mares azules siempre quietos, como posando eternamente para las cámaras o los ojos.

Se quitó los tacones, que la mantenían en pie como en el pedestal más alto, el reservado a los medallistas de oro. Los mismos con los que muchas mujeres no conseguían conducir y que ella había armonizado tan bien con el acelerador, los frenos y los cambios de velocidad. La arena comenzaba a calentarse.

Apuró el paso y se alejó de las sombrillas de los hoteles y bares, de las tumbonas, los extranjeros que bebían, las muchachas que los acompañaban, y los músicos que le ponían banda sonora.

Eligió un sitio en la orilla, sin mucha gente ni palmas protectoras. Protegida por la toalla inmensa y haciendo malabares con los brazos y las piernas, se cambió de ropa. Puso sus pertenencias dentro de la bolsa de plástico azul y la colocó sobre la estera, del mismo color.

Estar semidesnuda la hace pensar que es aún deseable, que los años pasados no lo han hecho arrasadoramente sobre su cuerpo. Luego pensó que seguro lucía mal con el traje de baño pero no era consciente de ello. Y al final concluyó que si ella se sentía deseable, era como si realmente lo fuera. Corrió hacia el agua y metió los pies. Estaba fría.

Luego se acordó de la primera regla de los baños de mar, el contacto inicial hace pensar que la temperatura no es cálida, pero bastan un par de brazadas para sentirse a gusto. Coraje, se dijo. Y ahí se dio cuenta de que hacía muchos años que vivía a base de coraje, casi los mismos transcurridos desde la última vez que había estado en la playa.

Caminó dentro del agua, que al principio rodeó sus pies y luego escaló los tobillos, las rodillas, los muslos, la ingle, como el íter de un amante primoroso.

No tenía amantes. Carecía de tiempo y paciencia para sentarse a escuchar tonterías, creérselas y luego descubrir que además de tontas, eran falsas. No se relacionaba con nadie fuera de la oficina y no salía con colegas de trabajo porque era poco ético desde el punto de vista corporativo, desacreditaba la empresa y a ella la colocaba en el papel de fulanita casquivana y poco confiable. Sonrió pensando que la abstinencia y su celo por preservar el crédito de su puesto no le habían servido para nada.

Se dedicó una mirada hacia la parte que aún no lamía el agua. No tenía celulitis ni barriga. Comía poco para trabajar mucho. El estrés y la disciplina a la que sometía su cabeza mantenían en forma su cuerpo.

Quizás ahora tendría tiempo para encontrar a alguien. Decidió buscarlo con el mismo ímpetu de un trabajo. Para hallar el trabajo tenía una flash memory con las coordenadas. Para el alguien, no tenía nada y lo peor, estaba out of training. No recordaba las pautas elementales del coqueteo. Había pasado mucho tiempo practicando las de hacerse respetar, no dejarse estafar, impresionar por su ejecutividad e iniciativas profesionales y mantener la distancia sin dejar de ser amable.

Tomó entonces una segunda decisión. Le dedicaría más tiempo a la búsqueda de alguien que a la del trabajo.

Se preguntó si tener amantes era costoso en estos tiempos apurados y materialistas. No era joven, no podía aspirar a un pretendiente que la llevara a restaurantes y le regalara flores y bombones. Buscar alguien así reduciría el radio de acción a un par de ancianos inertes con buenas intenciones.

Habría otras variantes, como la de pagar entre dos. Esa podía abrir más el terreno de caza. Pero tampoco era muy prometedor. Los hombres maduros con dinero querían jovencitas pobres, estaban dispuestos a pagar eso que no se puede comprar: el tiempo.

La tercera variante, en la que ella pagaba todo, escarranchaba las opciones. Hombres que le gustaran y a los que ella les gustara. Luego de tantos años esquivando trampas y zancadillas, y defendiéndose de hipócritas, retorcidos y mal intencionados que envidiaban su carrera y codiciaban su cargo, se sentía en perfecta forma para detectar esos seudo Romeos, en pos de señoras necesitadas de caricias que abrieran generosamente el portamonedas.

Decidió que invertiría tiempo y dinero en su vida. En su vida sentimental.

Cuando el agua llegó a su cintura sintió el frío y lo conjuró como cuando era adolescente, lanzándose a nadar, metiendo la cabeza, el cuerpo, todo de golpe, como un susto que asusta al temor. Terapia de choque.

Sintió de nuevo el flechazo del frío cuando regresó a la superficie. Dio unas brazadas a derecha e izquierda, una y otra vez, sin detenerse. Se extrañó de tener tanta energía luego de muchos años sin hacer ejercicios. Se había inscrito en un par de gimnasios pero al final desistió. No tenía tiempo.

Se llenó la boca de agua salada y la mantuvo unos instantes, como aquellos famosos buches de flúor para evitar las caries en la escuela primaria, controlados por los profesores y enfermeras. Estaban siempre los chistosos del aula, que hacían muecas para hacerte reír y que botaras el líquido antes del tiempo previsto. O peor aún, que te lo tragaras. Se acordó de Iván, el más payaso del grupo. Que provocaba carcajadas a casi todos sin dejar de hacer su buche hasta el final. Le vinieron ganas de reír como si tuviera de nuevo a Iván y sus muecas delante. Escupió. Era bueno el sabor del agua salada. Se rió.

Recordó las tardes en las que los llevaban a la piscina del Camilo y la felicidad de la noche antes, en la que metía la trusa azul con caballitos de mar y una toalla de listas naranjas en su maleta de la escuela. También, la decepción de las tantas veces en las que al llegar encontraron la piscina vacía. La piscina del Camilo era de agua de mar, como las de algunos hoteles y penthouses del Vedado, y eso las hacía muy especiales.

Se siente bien, como si otros sentidos que no tenía, hubieran regresado a ella o nacido de nuevo. Percibe, intensos, el olor de la sal, los peces, la crema para el sol y la tela del bañador.

El borde de la piscina del Camilo y todos en trusa, los varones mirando los cuerpos de las niñas, el resto de los días cubiertos por los uniformes. Las altas y delgadas, que se encorvaban avergonzadas de ser más grandes que algunos varones. Las pequeñitas, erguidas y creciéndose ante la naturaleza que las había diseñado diminutas. Las gorditas, tratando de esconder los michelines. Las flacas que se abochornaban de sus huesos tan al descubierto. Las lindas del aula, que disfrutaban esas horas de bañadores como si estuvieran en una pasarela. Las deportivas y las vivarachas, para las que lo importante era pasarlo bien. Contentas, descontentas, nadadoras y torpes, evitando a los varones enclenques, gorditos fláccidos, pequeñajos, desgarbados, con las piernas flacas y las costillas afuera; y a la misma vez provocándolos en una algarabía salpicada de agua salada cada tarde de miércoles en la que no llovía y funcionaba la piscina con el agua del mar, el mismo que se veía del otro lado de los muros del Camilo como si fuera otra piscina, que nunca estaba seca.

Poco a poco, siente que algo dentro de ella se extiende, como si ella misma se acostara en su interior. O como si alguien que no tiene prisas, paseara lentamente por los corredores de su cuerpo y se regodeara en el laberinto de su cabeza. Un turista o un vagabundo de su organismo, que es ella.

Repasa las vacaciones de infancia en la playa. El primer baño a las nueve de la mañana, el agua muy quieta y la arena apenas hollada. Llegar corriendo a la orilla y entrar salpicando a los demás. Decir qué fría y acostumbrarse enseguida. Y luego no querer salir. Pedir siempre un ratico más, prometer que esta es la última zambullida.

Esperar con ansiedad el baño de la tarde porque su madre era muy estricta con eso de dejar pasar tres horas luego del almuerzo para que hiciera bien la digestión porque de lo contrario podía darle una embolia. Hacer algo, cualquier cosa durante la espera, para que pasara el tiempo que de todas formas resultaba aburrido. Preguntar la hora mil veces a los adultos, contar los minutos que faltan, rezar para que se apuren esos minutos.

luego, correr de nuevo al mar, más movido y más cálido. Saltar, flotar y mirar las nubes, sumergirse, tratar de aguantar la respiración y abrir los ojos bajo el agua. Salir a la superficie. Del azul de abajo al de arriba. Moverse al compás de las olas, enfrentarlas, atravesarlas, bailar con ellas como en el Vals de las olas de Juventino Rosas, el músico mexicano que compuso un vals mexicano en vez de austríaco. Claro, un vals de las olas no puede componerse en Austria. No hay mar en Austria. Aunque el vals de Juventino no tenía nada que ver con el mar, sino con un río,1 así que al final resulta que sí pudo haberse escrito en Austria. O en cualquier sitio sin mar ni olas.

Trata de recordar los países que no tienen mar. Estaban marcados en un mapamundi que colgaba de un clavo y cubría la pizarra en las clases de geografía de la primaria. La maestra los señalaba con un puntero largo de madera. Explicaba, que Europa y África son los continentes con más países sin salida al mar y Oceanía, el único en el que no los hay. Insistía y regañaba a los alumnos, que no miraban el mundo chato y lejano sino los almendros tridimensionales que rodeaban la escuela y los tentaban a través de ventanas enormes. Suiza tampoco tiene mar, sino un montón de lagos. Ni la República Checa, Hungría, Eslovaquia o Macedonia. Tampoco Bolivia, Paraguay, Bielorrusia, Chad, Níger, La República centroafricana…

Esos son los huérfanos. Luego están los que tienen mar sin playa o playa sin arena, o sin sol. O con todo eso pero feo o frío.

Se pregunta si la gente viene mucho a la playa, cómo hacen los que no tienen carro o los que no tienen dinero para irse de vacaciones. Luego se pregunta porqué si ella tiene todo eso, no viene nunca.

Se responde que ella tiene todo eso porque ha renunciado a todo lo demás. Al descaro del agua salada, el pelo mojado, la piel oscura, el cuerpo descubierto y los pies desnudos.

Se demanda si ha valido la pena. Se confiesa honestamente que hasta la mañana de hoy, le parecía que sí. Pero, que ha bastado la escena del despido para que lo ponga en duda. Seguramente no le habría hecho nada mal venir a la playa por las tardes en vez de quedarse trabajando como un esquirol, compitiendo con los demás, intentando ser la primera, la más eficiente, la imprescindible. De todas formas, no lo había logrado.

Lamentó que hubiera tenido que suceder todo esto para que ella se decidiera a darse un chapuzón en el agua, una zambullida de unos minutos que se convertía en un baño largo, en un masaje para el cuerpo, en una medicina para su cabeza, en una bendición para su alma.

El mar y su eterno movimiento, mar que trabaja sin descanso, que nunca se detiene, que va y viene, que se acerca y se aleja, que corre en la superficie y bajo ella. Inmenso. Poderoso, acogedor y temible.

El agua la zarandea juguetona. Ella se deja llevar, no hace esfuerzos. Hoy el mar no trabaja, está de vacaciones en la playa. ¿Quién será el jefe del mar? ¿Dios? Sea quien sea, nunca lo despedirá, el mar forma las tres cuartas partes del planeta. ¿O es el agua? Se imagina una oficina que es el mundo pero plano, como lo representaban los antiguos, y un jefe con los rasgos que los griegos usaban para encarnar a Zeus, que despide el mar. Entonces el mar se va dando un portazo ¿y qué queda?

Mira la vida fuera del agua, ajena y distante la gente que camina, se sienta o se acuesta en la arena, que no está en medio del azul acuoso y salado.

Los ve, acostados o sentados en las tumbonas, las toallas, las esteras. Beben, ríen, conversan, leen, toman el sol, juegan con sus hijos, hacen castillos de arena o caminan mojándose los pies en la espuma blanca de la orilla.

Se siente como quien llega a una isla desierta y una vez allí, empuja hacia el océano la barca que lo condujo y decreta el no retorno.

Mira a los que se acercan a su montaña de objetos azules, que brilla como si fuera un metal precioso, agraciado por el astro rey. Parecen dos bañistas como el resto y se inclinan con la naturalidad de quien recoge sus propias pertenencias. Dos bañistas que sustraen grácilmente su sombrero, su bolsa, su estera, y el portafolio que contiene las llaves del carro, la laptop, el celular, todas sus tarjetas, la carta que da por terminado su contrato y el bonus de su jefa. Dos pícaros que acaban de robarse casi todo lo que ella era.

Los ve caminar, primero lentamente para no despertar sospechas entre los demás bañistas o los policías; simulando ser un par de buenos tipos que disfrutan una linda jornada de playa para luego apurar el paso, deseosos de regresar a casa.

Los ladrones se alejan, felices. Ella los sigue con la vista, los observa hasta que se vuelven pequeños. Cada vez más.

Ya no son visibles. Vuelve sus ojos al sol, a las nubes glotonas, a la arena, al silencio. Al mar que la rodea y se extiende hasta más allá de lo que se divisa, como una acuarela de verdes y añiles. Como una nave que toca a la misma vez todos los puertos. Como un país que contiene a los demás. Como un planeta marino. O un cielo en la tierra. Como el más intenso de los deseos. Empecinadamente azul.

Montagnola, 2015.

 

 

1 Antes de llamarse Vals de las olas, se tituló Junto al manantial. [Nota de la autora].