¿MI MEJOR OBRA? La que estoy por escribir Conversación con Julio Travieso Serrano

Astrid Barnet

Cada una de sus obras motiva a una reflexión profunda repleta de un singular humanismo. Confiesa dividir sus libros «en aquellos que me cuestan mucho trabajo, esfuerzo e investigación, como por ejemplo, El polvo y el oro,1 el que demoré alrededor de diez años en lograr y en otros menos trabajosos que disfruto y me divierto escribiendo ». Libros, todos, que reflejan la pluma de un autor preocupado por su tiempo y por la perdurabilidad estética de la literatura. Narrador, profesor y traductor, Julio Travieso Serrano recibió la Orden por la Cultura Nacional (1988). Estudió en la Universidad de La Habana y en la Lomonosov (Moscú, Rusia). Máster por dicha universidad. Doctor por el Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de Rusia. Su primera novela, Para matar al lobo ha tenido, además de múltiples traducciones, cinco ediciones en Cuba y fue exhibida como película por la televisión cubana. Entre sus otras obras se encuentran: Cuando la noche muera (Premio Novela del Concurso UNEAC, 1981), Llueve sobre La Habana (editada en Cuba y España, y traducida al inglés, ruso, portugués y húngaro); el libro de cuentos A lo lejos volaba una gaviota (publicada en Cuba, México y en España), Yo soy El Enviado (publicada en Cuba y en México), y El polvo y el oro (Premio Mazatlán de Literatura, en México; finalista del Premio Rómulo Gallegos, en Venezuela y Premio de la Crítica Cubana). En el 2012 Gente Nueva publicó su novela El libro de Pegaso. Sus relatos y novelas han sido traducidos a quince idiomas. En editoriales españolas y mexicanas ha escrito estudios introductorios y prólogos para la edición de novelas y relatos de Carpentier, Bulgákov, Piñera, de Quincey, Turguéneiv y Papini, entre otros. Recibió la Medalla Combatiente de la Lucha Clandestina (1980). Obtuvo en dos ocasiones el Premio Razón de Ser, de la Fundación Alejo Carpentier, la Orden Estatal Pushkin (del Gobierno de Rusia, 2008) por el conjunto de su obra; la Medalla por la Contribución a la Literatura y la Cultura (del Gobierno de Bielorrusia, 2013). Ha sido jurado treinta veces de los concursos literarios cubanos más importantes. Su última traducción (para Lectorum de Ciudad de México y luego Arte y Literatura) fue El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov. En la próxima Feria del Libro, del 2016, la Editorial Arte y Literatura presentará una reedición de esta gran novela rusa.

 

 

La Narrativa para usted, ¿diálogo crítico con el lector? ¿Un espacio para la nostalgia? ¿Un camino hacia el disfrute de lo creativo, de lo sentimental, de lo íntimo?

Para mí, la narrativa es, sobre todo, una reflexión, una aventura y una búsqueda de placer estético. Pienso que estos presupuestos son importantes especialmente en momentos como los actuales en los que, en el mundo, estamos padeciendo una inundación de literatura chatarra, frívola, cuyo único propósito es entretener. Y no es que entretener sea malo, pero no se puede convertir en el fin de la literatura. Y esto no ocurre tan solo en la narrativa, sino también en el cine. La literatura debe partir de una reflexión y una invitación del autor para que el lector reflexione sobre temas y problemas importantes de la vida. Temas y problemas que pueden ser los cotidianos, los nuestros de cada día.

Cualquier tema puede ser trascendente. ¿Qué es El Quijote? La historia de un loco, de un loco, como los tantos que tenemos hoy en día por ahí. Sin embargo, Cervantes nos hace reflexionar al mostrarnos la manera muy especial en que ese loco ve y quiere cambiar el mundo, lo cual lo hace diferente de otros locos, y a nosotros nos lleva a reflexionar si el mundo puede ser cambiado o no y cómo.

No digo que todo autor se deba proponer, necesariamente, convertir su obra en un estudio, en un análisis, sociológico, político, ético, etcétera, aunque tales elementos siempre aparecen en la literatura. Para los tales estudios están los ensayos y los ensayistas.

Desde mi punto de vista, sin reflexión la obra se puede convertir en una simple aventura. Así, por ejemplo, leyendo a Salgari corremos el peligro de vernos atrapados por la aventura de corsarios, piratas y gobernadores y no reflexionar, no pensar.

Y sin embargo, la aventura es necesaria. Borges decía: «literatura que aburre, literatura que fracasa». Antes que Borges, eso lo había dicho nada menos que Flaubert.

Y si hay algo que impide que la narrativa sea aburrida es una aventura. Ojo con la palabra aventura, que, para mí, no significa estarse dando estocadas y tiros, persiguiendo a alguien de principio a fin. Recordemos la definición de la palabra: «acaecimiento, suceso o lance extraño». La historia de Raskólnikov en Crimen y castigo, su asesinato de Aliovna e Elisabeta Ivanovna, su posterior indecisión de si se entrega o no, es una gran aventura. El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El siglo de las luces, están enmarcados dentro de una aventura, al igual que lo son las historias de Piotr Bezújov, de Andrey Bolkonsky y de la familia Rostov. También las buenas novelas policíacas son grandes aventuras.

Por eso, mi reflexión va acompañada de una aventura que mueve al lector a seguir una trama que lo atrape y que lo obligue a continuar leyendo.

Reflexión y aventura son dos elementos capitales, pero si la narración está mal escrita se provocará el rechazo del lector y su posible abandono del libro.

El privilegio de escribir, a veces, de una manera ininteligible y aburrida se les ha dado a los ensayistas y a los filósofos, cuyos libros han cambiado al mundo mucho más que las obras literarias. Pienso en Schopenhauer, en Kant y en tantos otros. Ya sé que hay lectores que me dirán que han disfrutado la prosa de esos autores. Mi respeto para ellos. También sé que hay ensayistas con un excelente manejo del lenguaje, comenzando por el creador del género, Montaigne. El narrador no tiene ese privilegio, debe escribir bien (verdad de Perogrullo), muy bien y provocar en el lector el placer estético.

Esos son los tres puntales de mi percepción de la narrativa, de mi poética.

¿Cómo llegó al mundo de las letras?

Comencé a escribir desde jovencito. En aquellos años me vi inmerso en la lucha contra la dictadura de Batista, en la cual participé activamente, como combatiente clandestino, al extremo de que fui detenido tres veces y torturado; en la última detención estuve en prisión (en el castillo del Príncipe) hasta el 1ro. de enero de 1959. En medio de aquella vorágine de la guerra civil no fue mucho el tiempo que tuve para la literatura. Lo mismo sucedió en 1959. Lo más que hice fue publicar en revistas estudiantiles que dirigí o codirigí. Sin embargo, toda aquella agitada vida mía, en la que no hubo bailes ni muchas fiestas, me sirvió como tema para mis primeros libros. Luego en 1960 estuve en el primer grupo de diez cubanos civiles que llegamos a estudiar en la URSS. Allí me encontré, entre otras cosas, con la gran literatura rusa (y con la mala del realismo socialista), me encontré con Bulgákov, prohibido en aquel entonces, que solo se podía leer a través del zamizdat, es decir, reproducciones caseras, a máquina de escribir, a mano, de una obra prohibida, que luego circulaban semiclandestinamente, como en el caso de El Maestro y Margarita, del Dr. Zhivago, del Réquiem, de Ajmátova, y de tantos otros libros de autores represaliados por el estalinismo. Cuando terminé mi carrera fui profesor de la Universidad de La Habana. Ser profesor es una tarea hermosa, pero muy dura, que roba mucho tiempo por la gran cantidad de libros que hay que leer para estar actualizado y no defraudar a tus estudiantes, por la inmensa cantidad de reuniones docentes y de otro tipo. Eres profesor, pero también eres estudiante porque siempre hay algo nuevo que aprender para luego trasmitirlo a otros. Yo al mismo tiempo que daba clases, comencé a escribir sistemáticamente, robándole horas al sueño, a la vida familiar y a posibles entretenimientos. Así fue que concluí mi primer libro de cuentos, Días de guerra, y lo envié a un concurso que se anunciaba, y parecía, muy importante, de la editorial Granma. Tuve la suerte de ganar, lo que me dio acceso a la publicación, aunque sin pagarme nada. A Días de guerra le siguieron los cuentos de Los corderos beben y luego vino mi primera novela Para matar al lobo. En aquellos años los estímulos materiales se batían en retirada y eran cada vez menos los lugares donde los escritores éramos recompensados monetariamente. Solo vine a cobrar derechos de autor diez años más tarde, por la tercera edición de mi novela Para matar al lobo. Se puede decir que, en aquellos años, escribíamos por amor al arte.

La literatura que escribí en los sesenta era esencialmente testimonial, aunque hubo relatos que se salían de tal línea, y, por momentos, se adentraban en lo fantástico y en lo absurdo. Testimonial quería decir narrar los hechos en los que había participado, por ejemplo, la lucha clandestina, la tortura en un cuerpo represivo o las actividades revolucionarias de los primeros años de la Revolución. No fui el primero ni el único en transitar por ese tipo de literatura. Otros jóvenes de mi generación hicieron lo mismo. Ese fue el caso de Jesús Díaz, Eduardo Heras, David Buzzi, Noel Navarro, Norberto Fuentes, entre otros. La obra y la vida de cada uno de ellos han seguido cursos diversos, algunos partieron a otras tierras, algunos se quedaron, algunos subieron a lo alto y quizá allá se reúnan, suponiendo que haya reuniones en la mansión de San Pedro.

Tiempo después la crítica bautizó a esa manera nuestra de escribir como literatura de la violencia. Para mí ha quedado muy atrás. No fue más que la expresión de un determinado momento histórico de transformaciones violentas. Literaturas semejantes han tenido casi todas las revoluciones serias; así la rusa, con Babel, Pilniak, Fedin, Ivanov; la mexicana con Azuela, Luis Guzmán, Campobello. En aquellos años hubo también otras maneras de escribir, otras corrientes, tan serias e importantes como la de la violencia. Hubo grandes debates alrededor de cómo debía ser nuestra literatura, debates que comenzaron a ser cortados a partir de 1967- 1968, pero esa es ya otra historia.

De sus obras publicadas, ¿cuál es la que le ha hecho más feliz?

Todos los libros que escribimos nos hacen felices cuando se concluyen. ¿Cuál de ellos nos satisface más? No siempre el que más éxito ha tenido, no es el más leído.

Como se dice más arriba, he escrito obras que me han costado sudor y enormes esfuerzos y otras que he creado sin grandes complicaciones, casi divirtiéndome. Este es el caso de una novela que elaboré en menos de dos años, El libro de Pegaso. Entre las novelas del sudor y el esfuerzo están El polvo y el oro, Yo soy el Enviado, y la que acabo de comenzar que me hará sudar a mares.

Sin duda, El polvo y el oro es mi novela más conocida y apreciada en Cuba, si me atengo a lo que me dicen los lectores que hablan conmigo y los libreros. Por desgracia, no tenemos un medidor público de las preferencias de los lectores, no sabemos lo que esté quiere exactamente; no lo sabe el mismo lector, ni lo sabe el escritor, lo cual me parece algo peligroso.

El polvo y el oro es más conocida, pero la más traducida es Llueve sobre La Habana, una novela por la que tengo especial cariño. Calidades aparte, el asunto es que El polvo... tiene 550 páginas (en su edición española de Galaxia Gutenberg) y Llueve... 320. En estos tiempos, las editoriales extranjeras quieren libros no voluminosos que no encarezcan el costo de producción y para editar obras grandes lo piensan dos veces. Así son las cosas y lo tomas o lo dejas.

Más allá de lo anterior, El polvo... es la novela que más ha recompensado mis diez largos años de trabajo. A veces me digo que hay que estar loco para dedicarle diez años a un libro. Ganó, sorpresivamente para mí, el prestigioso premio mexicano Mazatlán de literatura que han recibido autores como Carlos Fuentes, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Ángeles Mastretta, entre otros. Tengo la satisfacción de que, en los más de cuarenta años que lleva instituido ese premio, solo lo hayan recibido tres escritores no mexicanos, uno de ellos yo. Luego estuvo entre los tres finalistas del Rómulo Gallegos y hasta el momento ya ha tenido diez ediciones. El próximo año serán doce pues se editará aquí en Cuba, por la editorial Sed de Belleza, y en España. Debo confesar que, a veces me ¿duele? que me hablen y hablen de El polvo y el oro y dejen en un segundo plano a una excelente obra como Yo soy el Enviado, que me costó tanto esfuerzos como El polvo... y que en su edición de Random House Mondadori en México tuvo una excelente acogida.

¿Mi mejor obra? La que está por escribir.

En fecha reciente, ¿ha escrito algún otro libro?

Acabo de terminar El cuaderno de los disparates con el cual me he reído mucho. No hay cosa más absurda que un autor que se ríe a medida que va escribiendo.

Se basa en las reflexiones y propuestas de un loco, de esos tantos locos que andan sueltos, que reflexiona sobre los males actuales en el mundo. Considera que vivimos estresados, reprimidos mentalmente, traumatizados, a causa de los mecanismos de la sociedad actual. Propone disparatados proyectos, que pide convertir en leyes, con las cuales reinará la felicidad entre todos los humanos, algo, como todos sabemos, imposible por el momento.

Sus observaciones sobre la crítica literaria actual.

Es hablar de lo mismo. Ha habido innumerables simposios sobre ese tema. Cuando se organiza alguno, con la mejor intención, por parte de la UNEAC y otras instituciones, siempre se aborda lo mismo, pero nada se soluciona. No quiero ser enfático, pero lo que sucede es que no existe crítica literaria en nuestro país; no existe un ejercicio sistemático de ella, como tampoco apreciación, conocimiento e información sobre la literatura cubana en la Isla, no hablemos de la publicada en el extranjero. Existen, por aquí y por allá, a veces, opiniones, comentarios sobre alguna obra, generalmente escritos por amigos con el fin de ensalzar. Nada de dejar las cosas en claro, llamarle al pan pan y de señalar que tal libro no sirve y punto. Ese otro problema, tenemos horror a que nos critiquen y nos guardamos de criticar para no buscarnos pleitos. Hay que reconocer que en la prensa digital, en tabloides y revistas de la cultura, se publican algunos comentarios y reseñas de lo publicado, pero eso es insuficiente pues no es más que una gota en el mar. Tales publicaciones tienen, por múltiples razones, muy escasa difusión y no llegan al gran público. En los medios que llegan a la población, la televisión y la gran prensa plana, hay una absoluta falta de espacios, no ya para el análisis y la valoración de obras literarias, sino incluso para mínimas reseñas informativas. Las poquísimas veces que se dan son hechas por los propios escritores que están tomando el papel del crítico profesional, un señor que no existe en Cuba, que debiera vivir y asumir, como en todas partes del mundo, su papel de orientador de la opinión pública, sin temor a que un día un escritor supuestamente ofendido y lastimado lo rete a duelo o quiera darle con un bate Todo esto tiene su precio. Lo está pagando el lector que no tiene quien le ayude a orientarse en la selección de un libro, se siente desorientado y termina por no leer nada. Al final, lo está pagando la cultura cubana..

¿Algunas de sus obras se derivan de su participación real durante el período de lucha insurreccional contra el gobierno de Fulgencio Batista (1952-1958)?

Sí, como ya dije, mis primeros libros, enmarcados dentro de la literatura de la violencia, no son más que la plasmación de mis experiencias personales y de aquellas que conocí directamente. Ese es el caso de Días de guerra y de Para matar al lobo, donde se narra la historia de un estudiante que participa en la lucha clandestina, es detenido, torturado, y muere. Perfectamente pude haber sido yo.

¿Cuál es el tema que le falta por escribir y cuál el que nunca escribiría?

Muchos, lo que me falta es el tiempo. En la cabeza guardo varios proyectos. Me gustaría escribir un par de ensayos, unas memorias, y un par de novelas, entre ellas una que tomo de un cuento de mi libro A lo lejos volaba una gaviota, que también se publicó en Nueva York con el título de Dinero para La Habana. Es la historia de un hombre de unos cincuenta y tantos años que, luego de treinta años, se encuentra, en pleno Período Especial, con la mujer a quien amó toda la vida, pero que no lo amó a él. En esta ocasión, ella sí lo acepta. Entonces, juntos pasan por momentos muy difíciles. Es una hermosa historia de amor. No tengo ningún tema en especial del cual no escribiría. El más simple tema puede dar una gran historia literaria..

¿Ha experimentado en el género poesía?

Me gusta la buena poesía, en especial la de Pessoa y Machado. He escrito algo íntimo para mí, pero de baja calidad. Soy el primero que se critica. Por tanto, nunca publicaré poesía.

¿Cómo observa a nuestra joven generación literaria?

Como a toda nueva generación, con las inquietudes normales de los autores noveles, el natural deseo de ocupar un lugar bajo el sol, por lo general (no siempre) negando, cuando no «asesinando», a las generaciones que le precedieron, experimentando, y la mayoría pensando que serán los Borges, García Márquez, Carpentier y, especialmente, los Lezama, del futuro. Eso me parece muy bien. Entre ellos hay buenos y malos, como en todas partes. La vida y el tiempo se encargarán de poner las cosas en su lugar. Quizá dentro de veinte o treinta años tengamos un Virgilio, un Carpentier, quizá solo tengamos mediocridad. Quién sabe. Por supuesto, me gustaría que fuera la primera variante.

Hay que ayudarlos, sobre todo en lo que se refiere a publicar, pero no estarlos guiando, ni aconsejando todo el tiempo. Un buen consejo vale, dos, tres, muchos, aburren y se convierten en monsergas.

¿Cómo quisiera que le recordasen?

Como un escritor que gastó diez años para tratar de escribir una buena novela y que lo volvería a hacer. Como alguien que cree en el talento, pero también en el trabajo sistemático como factor de un buen libro. No estaría mal si hay amor en el recuerdo.

Sus observaciones sobre la narrativa latinoamericana actual.

Habría que hacerle esa pregunta a mi amigo, el profesor Emmanuel Tornés, especialista en el tema. A riesgo de equivocarme, no creo que esté pasando por su mejor momento. Del boom para acá, y ya llevamos unos cuantos años, no han surgido grandes figuras de talla mundial. ¿Dónde están los Neruda, los Vallejo, los Paz, los Carpentier, Asturias, Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, etcétera, actuales? Cierto que hemos tenido a un José Emilio Pacheco, a un Bolaño, que tenemos a un Roca, a Giardinelli, pero estamos muy lejos de aquellas grandes producciones.

Tengo la impresión de que América Latina pasa por un proceso -que no es solo de esta región, sino mundial- en el cual la literatura se está banalizando, se está produciendo mucha literatura chatarra, se nos está imponiendo el mecanismo de las grandes editoriales transnacionales con su meta específica de producir libros de rápido consumo, sin importar la calidad.

¿Cuáles son sus autores preferidos?

Autores no, libros. Si estuviera en la última biblioteca del mundo y, al declararse un incendio, solo pudiera salvar diez libros de autores europeos, rescataría: El Quijote, El asno de oro, El Decamerón, la tragedia Macbeth, Los Buddenbrook, las poesías de Antonio Machado y las de Pessoa, El castillo, El Maestro y Margarita, Huckleberry Finn, Crónicas marcianas. Si fueran de América Latina continental, los libros serían: El Aleph, Yo el Supremo, El matadero, Rayuela, Muerte sin fin, La guerra del fin del mundo, Cien años de soledad, Canto general, Pedro Páramo, Las lanzas coloradas, La muerte de Artemio Cruz. Si cubanos, Versos sencillos, Bustos y rimas, Los pasos perdidos, El siglo de las luces, Pedro Blanco, Sóngoro cosongo, Generales y doctores, Las honradas, Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña, y El que vino a salvarme.

 

1 «La magia y la sensualidad de Cuba, pero también su historia, desmesurada y llena de dolor, no habían encontrado hasta ahora la novela que les hiciese justicia. El polvo y el oro es esa gran novela sobre Cuba que nos desvela su secreto, esa hipnótica conjunción de goce de los sentidos y violencia que es la Isla. Julio Travieso Serrano nos la ofrece a través de una saga familiar, fundada por un español, que cubre seis generaciones, desde los tiempos coloniales de la esclavitud hasta los de la revolución castrista. Es una historia marcada por la ambición, la santería, el erotismo y la muerte: la historia de Cuba […]». Ediciones Galaxia Gutenberg, Barcelona, España, 1999.