AMORES CIMARRONES. Las mujeres de Artigas (fragmento)

Marcia Collazo Ibáñez

 

De la autora uruguaya Marcia Collazo Ibáñez, publicamos un fragmento de su novela Amores cimarrones. Las mujeres de Artigas, que verá la luz próximamente en la colección Orbis de la Editorial Arte y Literatura y será presentada en la próxima Feria Internacional del Libro. Amores cimarrones es una obra monumental que recrea gran parte de la historia de Uruguay, desde la fundación de Montevideo hasta el momento en que José Artigas se interna para siempre en Paraguay. La autora proporciona aquí al lector todos los datos que una investigación histórica rigurosa requiere, pero lo hace desde una perspectiva íntima, literaria y humana, a ratos cinematográfica. Marcia Collazo Ibáñez (Melo, Uruguay, 1959) es abogada y profesora de Historia y de Filosofía del Derecho. Ha publicado los poemarios A caballo de un signo (2005) y Alguien mueve los ruidos (2010), la novela La tierra alucinada. Memorias de una china cuartelera (2012), el libro de cuentos A bala, sable o desgracia (2014) y Seguirte el vuelo. Amores y desamores de la historia uruguaya (2015), además de numerosos ensayos filosóficos, históricos y jurídicos. Parte de su obra ha sido publicada en Argentina, España, Francia y Cuba. Ha recibido varios premios en su país, entre ellos el de la Cámara del Libro de Uruguay, y el Libro de Oro 2011 y 2012.

Ciudad de San Felipe y Santiago, agosto de 1772: el final del fuego

Juan Antonio Artigas, soldado de caballería en la compañía del capitán Martín José de Echauri, obtuvo también la anuencia de Zabala para convertirse en poblador.

Luis Azarola Gil: Los orígenes de Montevideo


Los detalles de la fundación de Montevideo son bastante conocidos por todos y a la vez no interesan demasiado a nadie; sin embargo, no suelen ser tan conocidos los sueños y desventuras de la gente, ni en nuestro propio tiempo ni mucho menos hace cien o doscientos o aún cuatro mil años. Hoy los grandes o más bien miserables sueños, por no decir locuras, pasan tan espléndidamente a nuestro costado como pasaban de largo entonces, a menos que logremos atraparlos así sea por un breve instante. Solo habría que decir, a favor de esa locura que tan santamente sacude a los hombres y a las mujeres cuando deciden echarse a vivir, o echarse a morir más tarde o más temprano, es que cuarenta y ocho años después de su arribo a la bahía de Montevideo, la mujer vieja que dormía al lado del hombre viejo soñó por última vez con aquel viaje en barco. Ratas, gritos y carne medio cruda, arcabuces y amores despechados, de todo había en aquel sueño. Le pareció que el que gritaba era el gobernador Bruno Mauricio de Zabala, cómo se le desordenaba el pelo aceitoso, cascada de bucles era, peluca impresionante que, según se decía, mandaba colgar en un plinto por las noches. La peluca tendría olor a perro o los perros olerían como las partes secretas del gobernador, pero fuera como fuere ellos venían también en oleadas, se metían en el agua para perseguir al barco, el gobernador también iba con los perros, por el otro lado aparecía la escuadra entera de los portugueses, fabuloso el desplegar de las velas, ella miraba todo desde el lanchón de mala muerte que la había traído de Buenos Aires y pensaba en sus ocho años de matrimonio, no desdichados pero sí intermitentes como los alfileres que los escolares clavan y desclavan sobre agónicas mariposas, en eso se le aparecieron los ojos de la madre sobre las olas, que no, le dijeron, que no. Así que cuando llegaron a la bahía de Montevideo y empezó la gente a abandonar el barco, ella se negó a bajar. —Mira Ignacia que no eres una niña, y debemos ir a ver los fuegos —dijo su marido, el soldado Juan Antonio Artigas, y meneaba la cabeza con el aire triste de un pájaro marino, difuminado ya en la cerrazón de la niebla. —¿De qué fuegos me hablas? ¿Qué me importa a mí de las órdenes de tu gran rey ni de poblar ninguna tierra? ¡He venido a dar aquí con mis cuatro hijas, como si dijéramos con los cuatro milagros de nuestro señor, para que tú te encargues de revolcarlos por el suelo! ¡Malditos sean tú y tu gobernador, y malditos todos los desgraciados imperios del mundo! El hombre, ya sin rostro, le seguía repitiendo lo mismo: —Debemos ir hacia los fuegos, Ignacia, para volver a ser tan jóvenes como solíamos serlo. Entonces se le colmó la paciencia a la vieja, a la moza, a la durmiente, a la loca quizás. No se sabe desde cuál de los dos mundos le dio por decirle aquello: —¡No somos viejos y no hay fuego por ningún lado! Cuando lleguemos a tierra, te abandonaré para siempre, ya lo verás, te juraré morirme sin ti.

Entonces fue cuando se despertó. La vejez la esperaba ahí nomás, agazapada en la oscuridad de la pieza, ella bien lo sabía. Con todo, casi fue un consuelo volver a recibirla, abrió un ojo y empezó a recordarse, estaba en la ciudad de San Felipe y Santiago, o en San Felipe de Montevideo, como se le ocurriera denominarla a su memoria tan olorosa ya a carroña y a piedra atormentada como las mismas murallas que la rodeaban, corría el año mil setecientos setenta y dos y la lluvia caía sobre el techo de tejas, qué cruel la mansedumbre de lo inevitable. El mundo familiar seguía en pie, con los brazos extendidos hacia delante igual que un mendigo, buscándola con ese raro instinto de lo que no quiere soltarnos, afuera seguramente todo volvía a estirarse hacia la luz de un día más, inútil y cansino como todos los días, y los vecinos ya estarían levantándose, podía imaginar aquellos cuerpos engordados a fuerza de galleta y carne, moviéndose a lo oscuro, tanteando los candiles con dedos casi lúbricos y sacudiéndose los miedos, los deseos y los delirios que todas las noches suelen provocar. El nuevo gobernador José Joaquín de Viana, en cambio, se levantaba tarde, tenía la piel transparente como las hojas de papel de arroz y dormía sus dolores ahí nomás a la vuelta de la esquina, por qué se había acordado de este hombre justo ahora, sería porque él ya tenía la muerte pintada en la cara, lo mismo que ella. Meneó la cabeza la vieja y un gesto de desdén le trepó a los labios, qué locura haber aceptado por segunda vez el cargo en semejante estado de salud, se creería aquel hombre una especie de alquimista que había descubierto la fuente de la inmortalidad, de poco le servía arrastrarse a Buenos Aires para hacerse aquellos terribles tratamientos de bromuro y de aguas que solamente le dejaban el semblante más ceniciento y la mirada más torcida.

En el mismo momento en que la mujer vieja rumiaba así sus cuitas y sus reflexiones sobre este mundo y todos los mundos posibles, Lorenzo entraba subrepticiamente en la casa por el patio de atrás, a cuatro patas avanzaba el negro procurando no pisar ninguna rama suelta, lento era su andar de gato, revoleado el ojo en la media luz, se encomendó a San Benito para no ser sentido por ningún habitante de la casa y mucho menos por su imponente madre Encarnación. Si no andaba ya ocupada en sus quehaceres tempraneros de fogón y candil y en sus artes de pociones y yuyos, por lo menos debía estar levantándose. Lorenzo había salido horas antes en compañía de otros dos negros puntualmente fugados de sus casas, para dedicarse a cazar bichos en los alrededores de extramuros, negocio lucrativo era, entre los pajonales altos solía conseguirse liebres y gatos, comadrejas y zorros cuyas pieles cambiaba después en las pulperías por barrilitos de sebo, jabón de olor o pomada para el cabello, a veces también por aguardiente o naipes. Lo difícil era quitarse la catinga que le quedaba adherida a la piel y a las ropas, había que refregarla a fuerza de arena y agua de río hasta que le florecían manchas moradas en brazos y piernas y entonces no quedaba más remedio que revolcar el olor delator sobre los campos de ruda y de acedera, de manzanillas también, si se tenía la suerte de encontrarlas. Conocía de memoria los sitios por donde se burlaba la vigilancia de las murallas, los guardias ni miraban, se pasaban jugando al monte o a la generala y emborrachándose parejo y despacito, de lejos se sentía el murmullo pesado que anunciaba cada jugada, solo una luz mortecina bailoteaba en ocasiones hendiendo la oscuridad, indicando la posición exacta de los vigilantes. Sobre todo por el lado del portón de San Juan la cosa pintaba fácil si se atrevía uno a trepar la piedra resbalosa de musgo, tentando con los dedos los resquicios que anunciaban los agujeros, abiertos a la noche como bocas desdentadas, mientras se adivinaba allá debajo la cintura blanca de la espuma. Claro que aquello debía ser ocultado como secreto de corsarios, sellado con pacto de sangre como sus propios ancestros se lo han enseñado, pero cuidado, Lorenzo, al pasar bajo la ventana de los viejos pudiste escuchar la tos quebrada del ama Ignacia, cacareo de gallina parece, ya estaría despierta, ya reclamaría el brasero y el mate con aquel ruido de campanilla de cobre, o de nudillos en la madera si no. En eso se te erizaron los pelos de la nuca porque también pudiste sentir los pasos de tu propia madre que andaba trajinando en la cocina, ahogados pero a la vez patentes los rumores de sus zapatillas de cuero contra el terrón endurecido del piso, la lucecita lánguida iba y venía entre los bultos, entre las ollas ventrudas y negras como brujas encorvadas, entonces te tiraste al suelo, escurriste el cuerpo largo y flaco por la puerta del cuarto de los negros y te deslizaste en el catre justo antes de que se dejara oír el primer cañonazo del Fuerte anunciando el nuevo día.

Desde el rincón de su vejez arracimada, recubierta de paños y rencores y rezos, la mujer escuchó también el cañonazo, era la señal para que se abrieran los portones de la ciudad y se cerraran las estrellas, ya estarían aguardando al otro lado los hombres y las mujeres, con sus burros y canastos, todos hundidos hasta las rodillas en el barro, de ojo lento y paciencia casi rota, todos atravesados por la lluvia mansa que no cesaba de caer. Al rato se dejó sentir el paso de las primeras mulas y el arrastrar de carretas, cadencioso y chirriante, de quienes entraban por el portón de San Pedro con sus mercancías, alguien gritaba a lo lejos como si anunciara una desgracia en el cielo o en el agua, y aquí en la cama sus viejos dolores volvían a martirizarla. Deseó un mate amargo y un cigarro de chala y se preguntó si el hombre acostado a su lado se habría muerto.

Lo miró. El capitán Juan Antonio Artigas dormía con la boca abierta, la nariz colorada y el pelo revuelto y ceniciento, mirándolo la mujer se acordó del sueño y quiso saber si la juventud sería capaz de rondar todavía debajo de tanta decrepitud, a veces le había parecido verla asomarse en algún vuelo ingrávido de un gesto, o en una luz aparecida como por milagro entre las arrugas.

—Artigas —dijo en un murmullo, sin esperar respuesta—. ¿Has escuchado las barbaridades que te dije? Artigas, ¿me has hablado de veras en el sueño?

Ignacia Xaviera Carrasco siempre había sospechado, con una especie de convicción supersticiosa, que los que duermen juntos pueden compartir el misterioso territorio de las revelaciones de la vida y de la muerte, ese gesto mínimo de la eternidad venida quién sabe de dónde, y en todo caso los sueños no mienten, más bien asustan o consuelan o traicionan, pero sobre todo enseñan, la mejor prueba de ello era que su misma madre se le había aparecido, y ya se sabe que las madres, sobre todo cuando han sido tan empecinadas como la suya, vuelven a cada rato para señalarnos de qué precisa manera pudimos haber torcido o enderezado nuestros destinos.

No terminó de escucharse el cañonazo que anunciaba la apertura de los portones, cuando ya se dejó oír, puntualmente y como quebrando el aire, la campana de la iglesia llamando a misa de alba. Encarnación levantó la cabeza, terminó de avivar las llamas del fogón de la cocina y miró la lluvia que caía mansamente contra las primeras luces del amanecer, pensó de inmediato en el ama y en la rabia que estaría sintiendo por no poder ir a confesarse, si la conocería ella. Macanas, se dijo, el tiempo está también viejo y enfermo como mis amos, entonces a qué tanto afán por irse a misa, si esa iglesia es un rancho miserable que se llueve por todos lados, y encima la mitad de la concurrencia se queda siempre afuera, pero paciencia, que más trabajo dan las ansias de la gente que los llantos del cielo, el cielo no ha de tener la culpa de lo que pasa acá abajo. Suspiró la negra, tomó su gran canasto de mimbre y recordó tal vez algún color amarillo y largo venido de un susurro de llanuras agrietadas, se echó un manto de lana parda en la cabeza y salió rumbo a la iglesia no sin antes ordenar que se mantuviera bien vigilada al ama, por si las dudas. A la salida de misa pasaría por el mercado en busca de alguna media res chorreante de muñones y carnes desflecadas. Se paró frente al rancho santo y se persignó, por pura costumbre de mantener las paces con ese Dios tan horrorosamente torturado y sangrante, qué lástima le daba, por lo menos podían haberlo bajado de esa cruz, se dijo, larga es la crueldad de los cristianos, aun en la devoción más desinteresada. Echó luego una mirada curiosa hacia la concurrencia, ya se amontonaban por los alrededores los hombres de a pie y de a caballo, las sirvientas y feriantes que iban a la plaza mayor, algún comerciante barrigón con las llaves de su tienda a la cintura, todos hacían alto por allí con sus caras rojas de frío o sudorosas de calor tempranero, con sus cestos de cuero a los pies, las gallinas atadas por las patas y aquel olor a chiquero y a bosta humeante que subía de los cuerpos apiñados. Las mujeres devotas, las vecinas de solar conocido y casa poblada ya habrían ocupado sitio dentro, con los pies enfundados en gruesas medias negras y colocados sobre edredones, para ellas y solamente para ellas estaban reservados los asientos, y cómo se aburrían aunque intentaran disimularlo, los ojos fugitivos daban vueltas espiando a las demás debajo de la mantilla, procurando adivinarles los pecados, Encarnación pensó que aquello de no tener nada que hacer debía ser muy malo, como si el alma se le llenara a uno de olor a muerto, claro que eso solamente les pasa a las que son demasiado bien nacidas.

Y si me muero en pecado, se decía en aquellos mismos momentos Ignacia en la oscuridad de la pieza, debo ir a confesarme, entonces se arrastró hasta el armario y sacó el mantón de lana negro, el mismo que había tejido en incontables días de silencios preñados de preguntas hondas como campanadas. La detuvo un último relampagueo de duda, este sí peligroso, este sí secreto, alimentado durante largas horas de enfermedad cavilosa, una confesión susurrada contra el cuero raído, oloroso a muerte y a condena, que malamente la separaba del cura, ¿sería una confesión de verdad? ¿Era capaz de escucharla aquel sacerdote de cara de mula y aliento de caballo, que se ponía a tomar vino agrio y hasta se dormía mientras ella susurraba sus cuitas? Es claro que no, se dijo con un ademán de rabia y de fatiga, así que se volvió a la cama, y no sabía si renegaba de su propia herejía o de la sensatez, el miedo y aquella impúdica ignorancia que por casi medio siglo la habían mantenido atada a su cuadrado de tierra, a su pedazo de mar y de cielo tan demasiado chicos en comparación con el mundo de océanos y gentes que jamás conocería. Semejantes pensamientos serán un pecado, se preguntó, decidió que sin ninguna duda lo eran, pero así y todo no iba a arrepentirse de ellos y menos a decírselos a nadie. Echó un suspiro largo y volvió a desear un mate amargo, esta vez bien cargado de caña.

En eso un golpe seco la hizo erguirse en la cama, la puerta de calle acababa de ser abierta y después se había cerrado con una especie de estampido, eso indicaba que soplaba fuerte allá afuera, la vida de la casa comenzaba a hacerse sentir y a ella se le escapaban los últimos restos de delirio, así que volvió a inclinarse sobre el oído del marido antes de que aquellas imágenes de pasión y violencia se perdieran del todo:

—No es que no te haya querido, Artigas. Pero era tan joven en el sueño… Demasiado joven como para que ya no pueda volver. ¿Me escuchas, Artigas? Soy yo, soy tu Ignacia, la Ignacia Xaviera Carrasco de entonces.

Un soldado bravucón e insolente

La mujer vieja ya sabe que el tiempo no deja de dar vueltas, que las memorias se emperran unas veces y otras se evaden como el humo de la leña mojada, y por eso ella es vieja y es joven a la vez, sobre todo de noche, cuando nadie le ve los pensamientos. El tiempo tira de ella hacia atrás, y la devuelve a sus primeros recuerdos, orillados de blanquecinos rastros de palabras y voces, de frases que alguien decía mientras afuera se escuchaban ruidos, de rostros que aparecen y desaparecen como luces de faros en la noche. Si me voy a morir, se dice, mejor será morirme recordando, que es una buena forma de quedarse, nadie se muere sin memoria, ni el río ni la roca, ni siquiera los perros, y los hombres menos, así que se echó a buscar los pedacitos de su vida que le espejeaban ahí nomás al alcance de los ojos, en círculos de espuma, como si una mano cómplice hubiera echado una piedra al agua.

El día que pisaron la orilla de la tierra nueva el marido le dijo, Ignacia, no pareces una mujer, sino un soldado desarrapado, bravucón e insolente, de los que duran poco en una guerra.

Ella se miró las manos y el vestido, con el aire de asombro de quien recién se descubre a sí mismo, después se tapó la boca para disimular una sonrisa, podría haberse echado a llorar esa tarde con todo lo que venía arrastrando pecho adentro pero no, no lloró ni se enojó ni nada, se sintió en cambio desnudada por los ojos y las palabras tibiamente acusadoras de su hombre, y sin embargo la cosa no era para menos, hacía tres días que no dormía con los aprontes del viaje, estaba empapada, llevaba el moño suelto y no había logrado quitar de su vestido negro las señales del vómito que la había doblado en dos por la mitad de la travesía.

¿Un soldado? Era posible, sí, el vestido tenía unas trencillas pretenciosas cosidas en los puños por las manos de su madre, que podían haber pasado por grados militares, y era verdad que había sido un soldado en casi todo, menos en aquello de colgarse el arcabuz del hombro, masticar tabaco y orinar de pie en cualquier lado. Sin embargo, pensó desde el túnel de tiempo que la separaba de aquel recuerdo, no he durado poco, estos huesos viejos pueden atestiguarlo, y aún podría haber agregado que no fue fácil empresa decidirse a abandonar la segura aldea de Buenos Aires, su ritmo inacabablemente idéntico, su olor a río barroso y a retamas resecas de polvo, para venir a desgraciarse en esa bahía de Montevideo, con cuatro hijas pequeñas y toda la desolación del mar y de los vientos alrededor, pero esto último no lo dijo y tal vez no le importó demasiado.

Lo de bravucona e insolente, recién ahora, casi medio siglo después, la dejaba pensando.

Si fuera cierto aquello de que la primera impresión es la que cuenta, ella se habría largado de la bahía en menos de lo que canta un gallo, aunque la persiguieran todos los demonios del infierno. Cierto que era blanca y altiva esa bahía, como suelen serlo los sueños cuando la carne es joven, y estaba además bien situada, cualquier inadvertido podía darse cuenta, tan grande le pareció su hermosura que comprendió enseguida el porqué de las ambiciones lusitanas, una proa de tierra y roca, tan rodeada de cielo y de mar por todos lados que daba vértigos mirarla. Es como si aquí uno fuera el rey del mundo, le dijo a su hermana Martina poniéndose a espaldas del viento, le gritó casi para que la oyera y el viento se le llevó la voz caracoleando, oyes lo que te digo hermana, dan ganas de ponerse a hacer cosas locas acá, como si te hubieras bebido un veneno, ganas de gritar y bailar o de tirarse al suelo, de salir a pelearle la tierra al lusitano, cueste lo que cueste, pero esto último ni se te ocurra repetirlo, le advirtió de pronto, que ya bastante tenemos con la locura y la porfía de esos hombres nuestros.

Sobrevivir ahí no iba a ser pan comido, no, ellos no eran ni gaviotas ni lobos de mar, qué soberbio haberlo sido para burlar de un solo vuelo o de una sola dentellada tanta miseria recubierta de títulos y designios, no eran siquiera soldados bien pertrechados y armados, sino simples y miserables vecinos de un pueblucho llamado Buenos Aires. Encima, cuando llegaron parecían un montón de perros mojados, cansados y desconfiados venían y con esa pena pálida que provoca la sospecha de peores desventuras, la cosa no es como para ponerse a admirar el paisaje o a soñar con heroísmos, más bien habría que pegar la vuelta mientras sea posible o por lo menos ponerse a rezar el padrenuestro, que con el rezo se embota el entendimiento y se duermen las malas ansias, eso les dijo a los demás con rabia y ellos la miraron con ojos de pescado, habrán pensado que estaba loca, no se le ocurre otra cosa a la gente cuando viene alguno a inquietarle de semejante modo las ideas. En el fondo todos sabían que tenía razón, y en ese instante un solo pensamiento les martilleaba la cabeza, fuego, cama, comida. Ella también pensaba en la comida, cómo no, y marchaba rodeada de sus hijas y se secaba las lágrimas con los dedos, era aquello como caminar sobre brasas, la aldea bonaerense de casas bajas se había quedado atrás, con sus fondos de naranjos y limoneros y las escapadas a la hora de la siesta rumbo a las chacras del Riachuelo. Casi a diario siguió llorando a Buenos Aires en los primeros tiempos, con un dolor oscuro entreverado con el resentimiento. Amaba y odiaba a la ciudad que la echó a este mundo, que la acunó entre sus humedades aplastantes y sus perfumes hondos, casi impúdicos, y que no fue capaz de alargar su mano de piedra y barro para detenerla, y ya que me ha dejado ir, no merece siquiera mi tristeza, se dijo al fin, pero esto fue después, al comienzo estuvo toda esa desmesura de la bahía recién estrenada, y la blancura abrumadora de la luz, y el miedo y aquella sensación de alerta permanente que le erizaba el lomo lo mismo que a un animal salvaje, y el río como mar que se estiraba hacia el océano, y sobre todo el viento, que se clavaba sin pausa en la carne, así fue el primer día y así seguiría siendo, hasta que uno se hartara de ese viento y de ese miedo, o se olvidara.