El amnios se desbroza, se abre y parpadea
Reynaldo García Blanco

He terminado de leer Los poemas desnudos (Letras Cubanas, 2014), de Caridad Atencio. Lo he hecho con una especie de gozo y euforia contenida. Gozo de estar frente a un texto que como esas piezas de orfebres, cinceladas a mano y golpes de martillo sobre el yunque, nos regalan una pieza mágica. Euforia contenida, pues a veces no queda otra alternativa al terminar de leer un libro de poemas que asomarnos a la puerta que da a la calle y decirle al primer transeúnte: Hoy he entrado a las lunas calladas de una mujer. Asombro de la lírica tan ausente en los días que corren.
A la par de estas lecturas vienen a mí dos porciones del bien amado y dilecto Paul Valéry:
1) Poeta es aquel a quien la dificultad propia de los versos le da ideas y no aquel quien esta dificultad se las quita.
2) La «creación poética» es creación de la espera.
Caridad Atencio descubre que va a entrar en un estado de gracia y misterio. No tiene otras armas que las palabras para acompañarse a sí misma en un camino, en un viaje, en una iniciación que, como diría Philip Larkin en su poema La importancia del otro lugar, lo extraño cobra sentido. Desde el otro extremo de mi memoria Buda nos reclama que: No puedes transitar el camino hasta haberte convertido en la senda. Para entonces, desde ese temblor primigenio, la mujer, no la poeta, nos dice: «El gesto / el primer gesto / atronador / del pájaro» [p. 7].
Mucho de génesis, mucho de fervor inician estos textos desnudos de toda pirotecnia, de todo andamiaje, pues es una sensación única la que se intenta atrapar. Poesía mediante, Caridad Atencio se hace senda y la extrañeza comienza a cobrar sentido:
No digamos el fuego,
tendientes las mitades,
ya casi manantial,
venda pulida.
Agua verde
el acoso como espejo.
Y lo no material un bies formaba
—Lo contrario del trino—
y tomaban del aire
un gesto en contra.
Caridad Atencio, como Jorge Luis Borges en su poema «La dicha», sabe que «todo sucede por primera vez», y esa espera se convierte en madera, semilla, ditirambo, algarabía y árbol. Vuelvo a estas páginas que ya anuncian las resonancias que se escuchan en sus libros posteriores: «La entrega no es un vítor. / ¿El fervor erosiona? / El azar sobre el cuerpo / el cuerpo una visión que aspira a destejerse» [p. 43].
Los poemas desnudos es un libro raro, diferente, sobrecogedor en nuestra poética nacional. Un libro anunciador. Escrito en 1991-1992 y, para decirlo con un juego de palabras, gestado en estado de gestación. Los poemas desnudos comparten esa bella rareza dentro de la propia poética de la autora de Los viles aislamientos (1996), Umbrías (1999), La sucesión (2005), por citar al menos sus textos poéticos más cercanos.
Caridad Atencio también ha bregado con buen paso y acierto como ensayista en torno a la vida y obra de José Martí, donde se destacan títulos como: Recepción de Versos sencillos: poesía del metatexto (Casa Editora Abril, 2000); Génesis de la poesía de José Martí (Editorial Estatal a Distancia y Centro de Estudios Martianos, Costa Rica, 2005); La saga crítica de Ismaelillo (Editorial José Martí, 2008): Del agua refluyente: sobre los versos de la Edad de Oro (Ediciones Matanzas, 2011); y Los cuadernos de apuntes de José Martí o la legitimación de la escritura (Ediciones Unión, 2012).
Los invito entonces a encontrarse con Los poemas desnudos (Editorial Letras Cubanas, 2014), de Caridad Atencio. Será un modo de entrar despacio a estas lunas calladas. Tocar el vientre. Sentir el latido. La matria profunda tiembla. El líquido primigenio de la poesía borbotea. El amnios se desbroza, se abre y parpadea.
Objeto de atención
Yeney de Armas

La primera vez que escuché hablar de Alessandra Molina fue a través del amigo de un amigo. Me contaron sobre una lectura en la Torre de Letras, en la cual la poeta leía con voz queda, uno a uno, sus versos como historias (casi sueños). Ahora (unos años después) la conozco a través del poemario Algodón del sueño, cuchillo de los zapatos (Ediciones Unión, 2015).
Alessandra nos pone en la mano, desde el comienzo de este nuevo libro, una especie de saga. Poemas que pueden ser leídos como secuelas y a la vez ser cada uno, en sí mismo, historias independientes.
Justo en el inicio habla del viento, la tormenta y el aire que «entregaba a su antojo / las palabras / de aquellos que la habían adivinado» y termina con «el desmesurado ojo de la tierra». Para comenzar un segundo poema con igual elemento («dura poco la tregua / de la tierra escondida / por un manto de nieve») mientras que, para el tercero «arde la lluvia cuando cae en la nieve». De esta manera, Alessandra va desplazando su objeto de atención, haciendo que por el centro de su lírica pasen el yo/otro que en ocasiones viene a salvar al yo torturado, ese que se confunde con el p(r)o(bl)ema.
El agua, el lago, los hombres.
La casa, la familia, la infancia.
Lo maternal y lo pintoresco
ligados a un trasfondo de culpabilidad que traspasa lo personal para convertirse quizás en pecado original, en culpabilidad colectiva, el mal que está siempre ahí amenazando a lo inocente: «tan lejos fue en nosotros / la certeza del mal / -el mal y aquella gente- / que ni siquiera tenía que ser topado / como un dragón muy viejo / con un lomo de musgos / que resuman en el bosque / por donde van los niños / ideándole trampas / y alimentos».
Toda una atmósfera de fondo que en ocasiones toma fuerza y se posiciona como la esencia del poema mismo. Susurros de la tierra. Voces de la naturaleza. Cohesión armónica que en muchos casos no es solo un ambiente para que los personajes transiten sino que, por el contrario, el lugar evoca al yo: «también yo he estado allí / donde no hay nada quieto / nada perdurable».
El sufrimiento del yo casi nunca es mayor de quien enfrenta ese mundo nostálgico, esa tierra que (des)espera poder vencer la nieve, las estaciones, que sufre por «las colinas en sombras / los helechos torcidos por el fuego de inviernos». Naturaleza casi muerta (sino ya muerta del todo), para una guerra a la cual se han ido los más jóvenes.
Un bestiario que se imbrica de forma simbólica hasta perder las fronteras. ¿Dónde termina el sujeto lírico y dónde comienza la bestia? ¿Dónde lo salvaje y cuánto de soledad? El buitre, el toro, el cuervo que «hace ruidos de hombre». La naturaleza contenida, enjaulada en las paredes, en un libro sereno, calmo como un tsunami.
La nostalgia de quien extraña lo ido (¿la tierra natal?), la rareza de ser un extranjero o, viéndolo de otra manera, poemas del detalle, de idas a lo particular. Objetos como evocación/ justificación del algo más, de eso otro que rodea lo inalcanzable. La red de mariposas, la pipa, el búho como vuelta a la naturaleza, al bestiario particularizado.
Versos y estrofas que se funden como rizomas para conformar textos poéticos que, en su condición de juego textual, llegan para mostrar el oasis, el escape, el viaje en retroceso, el cambio con la caída del muro. Son la (des)estructuración y consolidación del discurso.
Un libro intimista que se refugia en la naturaleza. Se interna en la búsqueda primigenia del poeta, insertada en la dualidad del ser y del (bien)estar. Un libro que busca la reflexión, no solo del pensamiento (la idea), sino de quien se mira en un espejo y se ve a sí mismo como verso, metáfora, o como singular objeto de atención.
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