EL RETORNO
Elizabeth Díaz González

Empezó un día inesperadamente, debo decir que me cogió de sorpresa. Yo me molesté, pensé con una especie de lógica implacable que se estaba burlando de mí, haciendo derroche de un machismo astuto, esquivando una de las tareas hogareñas más sencillas, aunque sistemática, como es la de ir a buscar el pan, hay que ver la cantidad de excusas que un hombre puede inventar para no hacer alguno de esos quehaceres inocuos, pero ciertamente repetitivos hasta la desesperación, que entraña un hogar. Casi no pude creerlo cuando me dijo que no sabía dónde quedaba la bodega, a la que tantos años ha ido y que queda en la esquina. Yo escudriñé su rostro buscando alguna esquina burlona, pero en honor a la verdad me pareció muy sincera la expresión de su rostro. Era una especie de extravío con intranquilidad. Muy serena le expliqué la manera de ir tal si fuera un extranjero acabado de aterrizar. El pan llegó a la casa. Pero después siguieron una serie de sucesos cada vez más inexplicables. De su trabajo me llamaban para decirme que estaba desorientado, que no sabía dónde quedaba la puerta de salida y varias veces lo tuvieron que conducir hasta ella. Otra vez unos vecinos lo encontraron cerca de la casa sin saber cómo regresar. Lo atribuí a fatiga mental, cansancio intelectual, distracción, todo junto. Le propuse que se jubilara. Nos merecíamos tener más tiempo para nosotros, emplearnos quizás en lo que nos gustara, hacer las cosas que nunca tuvimos tiempo de hacer, disfrutar de la vida ahora que los hijos eran adultos y cada cual había cogido su rumbo.
Así lo hizo. Pero el resultado no fue el que yo esperaba. Al principio fuimos juntos varias veces al cine, entonces se quedaba dormido y roncaba, molestando a los que estaban cerca. Incluso una vez a la salida del cine tuve que halarlo con todas mis fuerzas hacia mí porque un auto se le abalanzaba y él caminaba hipnotizado. Hubo algunas fiestas familiares y de amigos, lo único que hacía era comer insaciablemente, no hablaba, él antes tan conversador, tan comunicativo. Ya no salía a la calle, solo si iba conmigo, pues olvidaba las direcciones y cómo regresar. En la casa no hacía nada, miraba la televisión aunque pronto dormitaba, y cuando le preguntaba qué había visto no podía responderme. Yo estaba muy preocupada, no sabía qué le estaba pasando, si era crisis de la edad, depresión por algún motivo, pero es que no había motivos excepto los normales que da la vida. Me rompía la cabeza pensando, espiando sus movimientos para descubrir algo, alguna razón para aquello. Todavía hubo más, empezó poco después con que no sabía dónde quedaba el cuarto, el baño, qué había en las gavetas del closet. Así que me apliqué en poner letreros por todas partes de la casa a la manera de un agente del tráfico hogareño. Aquí BAÑO, acá GAVETA DERECHA: CALZONCILLOS, acullá CUARTO PARA DORMIR. En mi ilusión pensaba en una desmemoria, en algún estrés pasajero, en un desgaste emocional. Me esforzaba en hacerle mapas del barrio -aunque no me quedaban muy bien-, le compré un libro de ejercicios de memoria, también lo obligaba a hacer crucigramas a los que él renunciaba agotado después de horas de esfuerzo, o le leía en voz alta poemas de Borges «cierva de un solo lado», y de Kavafis «te dices me marcharé, a otra tierra, otro mar», a los que respondía con humedad en los ojos, viajando a un reino de sueños sin pasaje de regreso. Así fue el modo en que comprendí, a través de la humedad de sus ojos, que algo extraordinario estaba ocurriendo.
Pero antes de la anagnórisis, de la total comprensión, pensé en lo único que podía pensar con mis raseros pedestres, más bien terrestres, pensé que me estaba engañando, que esa era una forma de irse alejando de mí, una especie de método cruel para irse con la otra. Llegaría un momento en que haría como si no me conociera, además no regresaría a la casa nunca más. Eran muchos los años que habíamos estado juntos, podía haberse cansado de mí. Otra podía haberlo obnubilado con espejitos de colores y tetas grandes mostradas en escotes generosos. Empecé a registrarle los bolsillos cuando estaba entretenido bañándose, las carpetas con papeles, hojita por hojita, para que no se me escapara nada, a olerlo para descubrir cualquier perfume extraño, a oír sus ya escasas conversaciones telefónicas, a escudriñar su rostro…, pero nada delataba la infidelidad, solo sus ojos eran cada vez más tristes sin embargo llenos de amor hacia mí, cómo no darme cuenta de esto.
Nuestro amor quizás no tenía nada de extraordinario, pero para nosotros era único, un estado de felicidad dentro de las calamidades diarias, algo que nos elevaba y nos hacía mejores, una conspiración de dos, un mundo compartido. Las dos cosas que más nos unían eran el sexo y las conversaciones. Alguien me dijo una vez que sobre una cama se construía un mundo, cuánta razón tenía. Qué misterio el de la penetración que anuda dos cuerpos y el contacto erizado de dos pieles. El juego danzario de los miembros en su ansiedad por fundirse con el otro. Es una suprarrealidad. Vivíamos en esa otra dimensión después de veinticinco años juntos, de manera natural, sin forzarlo, por el acomodo de nuestros dos cuerpos siempre deseosos del otro a pesar de que íbamos descubriendo laxitudes, arrugas, opacidades, cansancios… Era el disfrute de lo conocido. Y qué decir de nuestras conversaciones, una comunidad de ideales y creencias, donde las miradas y los silencios tenían tanto significado como nuestras palabras de un mismo diccionario. Claro que discutíamos, nos molestábamos, podíamos ser egoístas en ocasiones, podíamos priorizar los gustos personales, las aficiones. Podíamos a veces defraudar al otro. Vivir tiempo separados. Porque no éramos perfectos. Pero al final, el amor vencía.
Por eso empezó a ser tan doloroso el cambio de la persona que era mi otro yo y sin quien casi no concebía el vivir. Cuando puse los letreros hubo un momento inicial de euforia, de sensación de victoria. Pero pronto los letreros se le hicieron invisibles, vagaba por la casa buscando una salida, parecía que estuviera en un laberinto únicamente perceptible para él. Por aquel tiempo empezó a olvidar que había almorzado o comido, a olvidar las rutinas del baño o de lavarse los dientes. Y yo insistía bañándolo con mis manos, cepillando sus dientes, peinando sus cabellos, afeitándolo, vistiéndolo y abrochándole los zapatos. Para que no olvidara. Para que no me olvidara.
Recurrí entonces a la ciencia, a la medicina. Tuve que convencerlo para que fuera al médico. Con una especie de resignación me complació, conociendo que de nada iba a servir, era obvio, él sabía lo que estaba pasando. Fueron varios test psicológicos, resonancias magnéticas y múltiples cosas más. Todo fue muy confuso, en las resonancias había difuminaciones; en los test, bien complicados, pues siempre lo acompañaba cuando se los hacían y no hubiera podido responder ni la mitad, resultó un tanto incoherente y fabulador, algo que había sido toda su vida. Traté de explicarles esto a los médicos pero me miraron como si yo fuera transparente. Al final, uno de los médicos me abrazó y me dijo que tenía que ser fuerte.
Lo que siguió fue mi espíritu maternal desarrollado en toda su plenitud. Era mi niño, mi bebé, si bien no podía cargarlo todo se lo hacía. Le daba la comida, le cantaba las canciones que yo sabía que a él le gustaban para que se durmiera o para que sonriera, a veces lloraba y yo me callaba de inmediato. Le hacía cosquillas en la cabeza, le cambiaba los culeros cuando empezó con incontinencia, después le echaba talco o cremitas para los colorados. Lo perfumaba. Y le decía que lo quería mucho, siempre.
Lo peor fue cuando dejó de caminar y más tarde cuando dejó de hablar. Nada fue de repente. Sus pasos se fueron haciendo cada vez más inseguros, poco a poco, de la misma forma en como empezó a hacer frases cortas, después monosílabos, luego adoptó un idioma extraño que nunca logré descifrar. Más bien leía el lenguaje de sus ojos para saber qué quería. Así si me decía: «Lo de ma agu na», yo sabía que quería agua, si me decía: «Vere mi tara cha», yo interpretaba que había que cambiarlo de posición en el sillón de ruedas. Pero hubo un momento en que no lo entendí más. Empecé a comprender que ese idioma no era conocido, daba la impresión de ser algo aprendido en la infancia o a través del tejido del útero materno en otro lugar. Su cuerpo involucionaba mientras parecía que su espíritu pugnaba por separarse de él. A veces se quedaba mirándome fijo, ya yo no podía descifrar sus códigos, eran ajenos a mí, de otra galaxia. La mayor parte del tiempo lo pasaba acostado, pues yo era incapaz físicamente de levantarlo y no siempre había alguien que pudiera ayudarme. Entonces me acostaba a su lado largas horas, cuando se hacía de noche veíamos las estrellas por la ventana y su cara se alumbraba de luz estelar, yo percibía en esos momentos una especie de felicidad mezclada con tristeza. Secretamente él sabía que se estaba preparando para regresar al lugar de donde había partido una vez.
La casa estaba cada vez más sola. Mis pasos sonaban con un eco tristón. Las amistades se fueron perdiendo, al principio venían y preguntaban mucho, preguntas que no podía y no quería responder. Siempre se iban con una mueca de disgusto y amargura en la cara. Después llamaban por teléfono, pero el timbre del teléfono se fue diluyendo hasta que no sonó más, excepto las pocas llamadas de los hijos que estaban en el extranjero. Para decir que la situación estaba mala y no podían mandar dinero. Del trabajo donde había dejado treinta y cinco años de su vida mandaban tarjetas en el día de su cumpleaños. Pero él ya no podía leerlas. Una vez mandaron un ramo de flores, eso me alegró de verdad, pero flores al fin se marchitaron al pasar de los días. A veces se me enrarecía el aire y mi pecho se apretaba, sentía un extrañamiento como si estuviera en una obra de teatro y yo no fuera yo, sino una marioneta manejada por hilos invisibles en un teatro desierto, me preguntaba por qué a mí, a él, le estaba pasando esto. Era un cansancio que aplastaba toda mi humanidad, y la lástima crecía hasta ocupar el lugar del amor.
No sé cuándo me di cuenta, hubo un largo tiempo en que viví junto a él sin percatarme de lo que en realidad era. Tuvo que empezar a transformarse, es decir, a empezar su viaje de retorno para que yo, de forma paulatina, muy lentamente, resistiéndome incluso a ver lo que mis ojos me mostraban, lo que mis sentidos todos me gritaban, aceptara de una vez que mi amor, el de toda mi vida, mi compañero de tantas alegrías e infortunios, era un extraterrestre. Sé que esta confesión podrá hacer reír a unos cuantos, otros con indiferencia dirán que estoy loca o busco algún tipo de notoriedad, pero esta confesión parte en primer lugar del dolor y, después, de la aceptación de lo que no puede ser evitado, de la aceptación de los misterios que un universo encierra por encima de nuestra incomprensión e ignorancia. Hubo una noche, tarde ya, yo estaba en el balcón de la casa, en que vi sobre la línea del horizonte del malecón aparecer tres puntos luminosos, en formación de triángulo, aparecieron de la nada y se suspendieron oscilando durante breves minutos, quizás no llegó al minuto, entonces se fueron como de marcha atrás hasta desaparecer en la oscuridad. Acaso aún no era la hora de recogerlo. No solo yo lo vi, otros también lo vieron, pues al día siguiente llamé al Instituto de Geofísica y me dijeron que varias personas habían llamado, claro está, no tenían explicación, pero era un fenómeno atmosférico pues naves ni pensarlo.
Un día me cogió la mano y no me la soltaba, casi hasta hacerme daño. Eso lo repitió varias veces. Yo sabía que hubiera deseado llevarme con él, o agarrarse a mí para no cumplir un destino no trazado por él mismo, quizás pensaba con ingenuidad que agarrándome se quedaría fijo en la tierra, en este suelo. Otra vez me lanzó una bofetada que yo esquivé hábilmente, claro que trataba de crear la desunión, desamarrarme de él para que me fuera menos amargo. En esos momentos gritaba: Noooooo…, pero no lo oían, no tenían en cuenta su voluntad y su aflicción.
Se fue consumiendo suavemente, dejó de oír, de moverse, hasta que llegó el momento en que cerró los ojos y no los abrió más, tampoco sonrió más. Entendí que me estaba preparando para lo inevitable, su partida era inminente. Pero me había ido previniendo de manera gradual, gota a gota, con la sabiduría que confiere una inteligencia superior.
Ahora se alista para el viaje final, donde dejará su cuerpo ya consumido, seco como una fruta seca, y se liberará hacia las estrellas, hacia el planeta donde yo sé que será feliz otra vez, con sus iguales, y yo estaré aquí alegrándome por él, en el acto de mayor generosidad de que he sido capaz durante todo el tiempo que ha durado nuestro amor. No lo veré más, solo en la imaginación y el recuerdo, hasta que mi muerte nos separe. |