LA LEIBILIDAD*
Gerald Prince (Alejandría, 1942)

Con frecuencia caracterizamos un texto (narrativo) en términos de su legibilidad [readibility]: decimos que es muy legible, o escasamente legible, o prácticamente ilegible, y comúnmente queremos decir que es más o menos fácil de descifrar y de entender, y que es más o menos interesante y agradable. Está claro que, del mismo modo que leer un texto es una función del texto y del lector, también lo es la legibilidad de ese texto; más en particular, del mismo modo que la lectura varía con el lector individual, también lo hace la legibilidad. Después de todo, un lector puede hallar más difícil que otro el extraer significado de una novela particular debido a que su conocimiento de diversos códigos y convenciones interpretativas es más limitado. De manera semejante, un lector puede hallar más aburrido que otro el leer cierto cuento porque está menos motivado psicológicamente para hacerlo. Por tanto, es prácticamente imposible medir la legibilidad de un texto dado. Sin embargo, quizás no es tan complicado o desesperado hacer un intento y evaluar al menos en parte, lo que yo llamo su leibilidad [legibility]: la leibilidad de x puede ser igualada con el grado de facilidad con que se entiende x, y esa facilidad puede ser computada en términos del número de las operaciones que toma entender, la complejidad de éstas, su diversidad, y su posibilidad misma, dado x. En otras palabras, para determinar cuán leíble es un texto dado, tendríamos que determinar cuántas preguntas se deben hacer para llegar a ciertas respuestas, cuán complicadas han de ser esas preguntas, cuán diferentes son unas de las otras, cómo pueden ser respondidas, e incluso si son respondibles de algún modo. Así, no nos interesaría si un lector dado comparte los supuestos de un texto dado, si conoce las convenciones y códigos que necesita cualquier lector para entender ese texto. Desde luego, si intentáramos definir la leibilidad narrativa de un texto narrativo, nos interesaría especialmente cuán satisfactoriamente se presta el texto a operaciones narrativamente pertinentes (directamente relacionadas con rasgos tales como la trama, la cronología de los sucesos, las unidades hermenéuticas, y así sucesivamente). Tómese en consideración lo siguiente:
(1) «Apportez-moi une bière», dijo el hombre.
(2) «Tráigame una cerveza», dijo el hombre.
(3) Había 110 grados a la sombra. «¡Muchacho! ¡Hoy, sin duda, hace frío!», dijo Joan sarcásticamente.
(4) Había 110 grados a la sombra. «¡Muchacho! ¡Hoy, sin duda, hace calor!», dijo Joan cordialmente
Según el anterior examen, (1) es más leíble que (2), puesto que se necesita el conocimiento de dos códigos lingüísticos para entenderlo; y (3) es menos leíble que (4), puesto que se requieren más operaciones para establecer qué quería decir Joan. De manera similar, podríamos decir que una historia como:
(5) John conoció a Joan; entonces, como resultado, John fue infeliz; antes de que John conociera a Joan, él había sido feliz.
es menos leíble narrativamente que una como
(6) John había sido feliz; entonces John conoció a Joan; entonces, como resultado, John fue infeliz
puesto que el orden cronólógico de sus sucesos es más difícil de alcanzar; y podríamos decir que una novela como La Bataille de Pharsale es menos leíble narrativamente que Eugène Grandet, porque no se presta tan fácilmente a la interpretación a lo largo de líneas proairéticas,** o que Gravity’s Rainbow es menos leíble narrativamente que Ragtime por razones similares.
Nótese que, al evaluar el grado de leibilidad de los textos, se deben tomar en cuenta muchos rasgos textuales; tantos, en realidad, que no intentaré ocuparme de todos ellos (¡ni podría lograrlo si lo intentara!). Así, no examinaré la influencia de los criterios materiales en la leibilidad, aunque es bien sabido que rasgos de un texto tales como el tamaño de los símbolos que lo constituyen, la forma de éstos o su espaciamiento desempeñan un papel en hacerlo más o menos leíble. Tampoco voy a discutir problemas de estilo, aunque también es bien sabido que rasgos tales como la longitud de las oraciones y la estructura de las oraciones afectan más o menos considerablemente nuestra capacidad para (¡e inclinación a!) leer un texto. Más bien me concentraré en ciertas características que me parecen particularmente importantes para los textos narrativos, aunque a menudo no tan exclusivamente.1
Cuanto más trabajo (por el número de componentes)2 requiere un texto para que se lo entienda, menos leíble es. En igualdad de todas las demás cosas, un texto ambiguo sería, entonces, menos leíble que uno no ambiguo, puesto que el procesamiento de la información que él toma, resultaría, sin duda, más complicado. De manera semejante, un texto que requiere mucha actualización de la información, un texto en el que poco de lo que se da permanece dado, es menos leíble que uno en el que lo dado es más estable. Imagínese, por ejemplo, una novela en la que el nombre del protagonista cambiara con mucha frecuencia (y sin ningún aviso); o en la que el mismo escenario fuera descrito de manera muy diferente en varios puntos; o en la que uno nunca pudiera estar seguro de si un suceso ha ocurrido o no, porque el texto enviara constantemente señales contradictorias. En general, si el texto se ajusta a lo que ya ha dicho (si es consecuente consigo mismo), es más leíble que si no lo hace. Además, este «principio de la consecuencia» se aplica no sólo al universo presentado por el texto, sino también al modo en que ese universo es presentado: un texto que alterna entre discurso narrativo y poesía lírica, por ejemplo, es más difícil de procesar que uno que adopta el discurso narrativo de principio a fin; y un texto escrito en varias lenguas diferentes es más difícil de interpretar que uno que usa una sola lengua.3 Cuanto más homogéneo es un texto, más leíble es.
Si la leibilidad disminuye cuando la información textual no es clara (textos ambiguos) o cuando no es consecuente (textos heterogéneos o contradictorios), también disminuye cuando la información textual no es suficiente o no es suficientemente explícita (textos elípticos, textos vagos) y cuando resulta incorrecta o irrelevante (textos engañosos). En igualdad de todas las demás cosas, una novela en la que no se ofrezca información decisiva para la comprensión de una situación o suceso particular será menos leíble que una en la que se suministre toda la información que se necesita. Una de las razones por las que algunos textos narrativos modernos (e incluso menos modernos) son difíciles de leer aunque adopten formas convencionales como las del cuento pornográfico o la novela policial, es que guardan un silencio inmoderado: las dificultades que se encuentran para entender exactamente lo que está pasando en Pierrot mon ami de Raymond Queneau se derivan, en parte, de que es un relato policial que nunca nombra al detective, ni el crimen cometido, ni al criminal; el carácter inquietante de algunas de las ficciones de Bataille —Histoire de l’oeil, Madame Edwarda, Le mort— resulta, hasta cierto punto, de los muchos huecos en el tejido de sucesos y situaciones presentado; y sabemos cuánta molestia ha ocasionado Armance, simplemente porque Stendhal no se preocupó de mencionar que su protagonista era sexualmente impotente. De manera semejante, si un texto suministra la información que es necesaria, pero lo hace mediante la implicación y la sugerencia, y no mediante formulaciones explícitas y directas, su leibilidad será afectada: reconstruir lo que está llevado a cero, recuperar lo que está borrado, llegar al significado por inferencia, requiere más operaciones. Dado (3), por ejemplo, y para entender lo que Joan quiso decir, tengo que pasar por una serie de preguntas y respuestas como:
(7) ¿Cuál era la temperatura? 110 grados.
(8) ¿Eso es mucho calor? Sí.
(9) ¿Qué dice Joan? Que hace mucho frío.
(10) Pero ¿acaso ella no sabe que hace mucho calor? Desde
luego, lo sabe.
(11) Entonces, ¿qué es lo que quiere decir? Ella está bromeando
y, en realidad, quiere decir que hace mucho calor.
Los textos irónicos, los textos alusivos y los textos sugerentes pueden ser considerados elípticos y son menos leíbles que sus contrarios.
La leibilidad de un texto también depende de cuán engañoso es ese texto, y el engaño textual puede asumir muchas formas. Dos sucesos en una obra narrativa pueden ser presentados como contiguos en el tiempo, por ejemplo, aunque no lo sean: alguna otra cosa ocurrió en el intervalo entre ambos que, por cualquier número de razones, el texto no juzgó conveniente mencionar en su momento. O, también, un narrador puede sugerir que cierto pedazo de información es particularmente importante para la comprensión de una situación dada, pero ese pedazo de información resulta totalmente carente de pertinencia. O, también, el narrador podría hacer formulaciones que se supone sean útiles y confirmen o instituyan un grado de coherencia entre varios sucesos, pero sus formulaciones no tienen ningún sentido. Piénsese en un narrador que escriba:
(12) Como señalamos anteriormente, John estaba muy
enamorado de Mary
cuando nunca se había señalado nada semejante. Y
(13) Como veremos más adelante, Joan se pasó viajando
los últimos años de su vida.
cuando nunca siquiera se vuelven a mencionar los viajes de Joan. De manera más general, el narrador puede suministrar toda clase de información que ha de ser descartada o reinterpretada cuando resulta claro que él dista de ser confiable: es un mentiroso, es estúpido, es insensible, no es realmente consciente de lo que está pasando. En resumen, un texto engañoso, al alentar falsas suposiciones y conclusiones, al conducir a preguntas erróneas y respuestas erróneas, sólo puede contribuir a hacer más difícil una lectura.
Obviamente, hay muchos otros factores que contribuyen a la ambigüedad textual, la heterogeneidad, la insuficiencia o el engaño —y, así, a una disminución de la leibilidad— y que son relativamente fáciles de aislar y describir. Si los sucesos en un texto narrativo fueran contiguos textualmente, pero no temporalmente, o el orden de su aparición en el texto no correspondiera al orden de su acontecer en el tiempo, se requerirían más operaciones para establecer la cronología a lo largo de la cual es desplegado el relato. No es ninguna casualidad que los cuentos para niños, los cuentos de hadas, los cuentos folclóricos y las parábolas sigan el orden cronológico de manera muy rigurosa; o que los textos narrativos modernos —en su negativa a constituir meros objetos para el consumo y la digestión— a menudo propicien disturbios importantes en la cronología de los sucesos que ellos presentan. Del mismo modo que el desorden cronológico, la inestabilidad espacial puede afectar la leibilidad: sucesos que son contiguos en el espacio del texto, pero no en el de lo narrado, frecuentes desplazamientos de la acción en el espacio (especialmente cuando no son indicados de manera explícita), pueden despistar y requerir frecuentes reajustes y readaptaciones. Considérese e imagínese que el escenario
(14) A las diez, John finalmente besó a Mary. Peter suspiró y Janet sonrió
para el beso resulta diferente del escenario del suspiro y la sonrisa. Desde luego, los disturbios en los esquemas espacial y temporal del texto narrativo pueden trascender el nivel de lo narrado: cada vez que no haya una distinción clara entre el aquí-y-ahora de la narración y el aquí-y-ahora de lo narrado —por ejemplo, cada vez que no sepamos si estamos en un nivel o en el otro, como en
(15) «Señalo esto ahora porque ahora me venció un acceso de profunda buena disposición» (Au moment voulu).
la leibilidad será perturbada seriamente.
Una multiplicidad de puntos de vista puede tener las mismas consecuencias, especialmente cuando los diferentes puntos de vista adoptados representan diferentes grados de autoridad y confiabilidad o, lo que es quizás más desconcertante, cuando es difícil o imposible relacionar con certeza un pasaje dado con un determinado punto de vista. De manera semejante, incluso si la contigüidad espacio-temporal y la contigüidad textual están en armonía, y si el mismo punto de vista es mantenido desde el principio hasta el fin, un texto narrativo que genera de manera paralela varias acciones en torno a varios centros diferentes (por ejemplo, presentando varios protagonistas, cada uno con su propia historia distinta) será menos leíble que un texto narrativo que explora una acción en torno a un único centro. Por último —y esto es, en parte, un corolario de mis formulaciones sobre las perturbaciones espaciales, temporales o del punto de vista—, cada vez que un texto invita a hacer una pregunta más o menos explícitamente, pero demora en suministrar la información necesaria para responderla, el procesamiento de los datos textuales se hace más difícil. Así, si un texto narrativo introduce un personaje sin dar pronto su nombre o si abre una secuencia de acciones, pero pospone el cierre de la misma, su leibilidad se ve disminuida.
Otros disturbios serios pueden ocurrir a lo largo de las líneas hermenéuticas: hay, por ejemplo, muchas referencias a un enigma, pero nunca se aclara en qué consiste; o hay un enigma y hay una solución, pero son la misma cosa; o incluso, hay una respuesta, pero nunca descubrimos cuál es la pregunta. A veces también ocurren serios disturbios en la armazón proairética. Las principales actividades narradas (el levantarse por la mañana, el afeitarse, el prepararse para una pelea, etc.) pueden ser presentadas solamente a través de una mera enumeración de sus partes componentes («el extendió sus brazos, agitó rápidamente los dedos de sus pies, y abrió y cerró su boca tres o cuatro veces, puso su mano izquierda sobre su rostro, etc.») y pueden no ser reconocibles inmediatamente como lo que son; o bien, las actividades contadas pueden ser tan heterogéneas que es muy difícil combinarlas en actividades mayores y hacer que se unan en secuencias significativas: puede que se suministre mucha información, pero ésta no es pertinente, porque no está relacionada con lo que la precede o la sigue textualmente.4
Pero quizás las perturbaciones más llamativas (y las más explotadas por los textos modernos en general y los textos narrativos modernos en particular) son las que tienen lugar en lo que podemos llamar el sistema referencial del texto. Ya he mencionado, al pasar, las dificultades ocasionadas por los textos narrativos que emplean muchos nombres diferentes para designar al mismo personaje, pero no aclaran que todos ellos se refieren a él. El fenómeno inverso puede ocasionar aún más problemas: imagínese un texto narrativo —o piénsese en The Sound and the Fury de Faulkner o La Cantatrice chauve de Ionesco— en la que dos, tres o diez diferentes personajes tengan todos el mismo nombre. El nombre de un personaje funciona como un resumen de sus atributos: la estabilidad de su nombre garantiza en parte la estabilidad del mundo presentado y nos permite organizar amplios segmentos de ese mundo en torno a él; si fuera puesto en duda o desapareciera, la estabilidad del texto narrativo como un todo estaría amenazada.
Tales problemas referenciales pueden extenderse más allá de los personajes y de sus nombres, con diferentes sustantivos que se refieren al mismo objeto y un mismo sustantivo que se refiere a diferentes objetos, aunque (¡o porque!) la coherencia y la no ambigüedad sean puestos en peligro. Si leo
(16) El libro azul era grueso.
y, un poco después y en el mismo contexto,
(17) El libro azul era hermoso.
Puedo concluir fácilmente que el mismo objeto es el asunto de ambas formulaciones, sobre todo porque el grosor y la belleza no son necesariamente contradictorios. Sin embargo, (16) y (17) pueden estar refiriéndose a dos diferentes objetos y el texto podría continuar con
(18) Los dos libros azules eran muy interesantes.
De manera semejante, si leo
(19) John salió del restaurante.
unas pocas líneas después de que se mencionó un restaurante, bien puedo creer que se está haciendo referencia al mismo restaurante y puedo estar equivocado. Además, supóngase que en un pasaje descriptivo leo
(20) La silla era cómoda.
(21) El asiento era bonito
y
(22) La silla de brazos era pequeña.
Las tres afirmaciones podrían referirse al mismo objeto. Y supóngase que leo
(23) La anciana y la joven estaban trabajando duro y, aunque estaba cansada, la madre estaba cantando.
Podría resultar que «la madre» no designara a la anciana, sino a la joven. Por último, ciertos usos pronominales pueden ser las fuentes de diversas ambigüedades o incoherencias. Considérese, por ejemplo,
24) John puso un hermoso melocotón en una suntuosa fuente, colocó la fuente en la repisa de la sala de estar y pensó que Jim lo apreciaría.
donde el «lo» podría referirse —resulta concebible— al melocotón, a la posición de la fuente o a la acción de John; o piénsese en novelas simultaneístas como Le Sursis de Sartre, en la que idénticos pronombres que aparecen en oraciones contiguas o incluso en la misma oración se refieren a diferentes objetos:
(25) «Mi Führer, mi Führer, usted habla y yo quedo petrificado, no pienso más, no quiero nada más, soy solamente vuestra voz, yo lo esperaría a la salida, le dispararía al corazón, pero soy ante todo el portavoz de los alemanes y es por los alemanes por quienes he hablado, al declarar que ya no estoy dispuesto a seguir siendo un espectador inactivo y tranquilo mientras este loco de Praga se cree que puede, yo seré ese mártir, no me iré a Suiza, ahora no quiero hacer nada que no sea sufrir ese martirio, juro que seré ese mártir, lo juro, lo juro, lo juro…».
Del mismo modo en que hay muchos factores textuales que disminuyen la leibilidad, hay, a la inversa, muchos factores que la aumentan haciendo al texto homogéneo, no ambiguo y fácil de interpretar. He examinado ya cómo los signos metanarrativos no engañosos presentan un programa parcial de descodificación y, hasta cierto punto, realizan por nosotros una parte de nuestra lectura al determinar explícitamente las connotaciones de un pasaje dado, las dimensiones simbólicas de un suceso, el significado de una expresión extranjera. Además, en muchos textos narrativos, un comentario que no es metanarrativo puede ser textualmente prominente y funcionar como una guía importante para la lectura. Podría ser suministrado directamente por un narrador que explica las motivaciones de un personaje, que desenreda una situación muy enredada, que establece el valor moral de un acto, o que elimina diversas ambigüedades; o podría presentarse en el curso de la meditación de un personaje, o durante un diálogo, o en una serie de cartas, y así sucesivamente.5 Junto con las explicaciones, las justificaciones textuales le dan coherencia a lo que de otro modo podría parecer incoherente: se puede mostrar que lo que pudiera ser percibido como una ruptura repentina y fundamental en un patrón dado es parte de ese patrón; que lo que pudiera ser visto como una digresión no pertinente no constituye una digresión en absoluto; y lo que se pudiera considerar como una violación de las normas seguidas por el texto puede ser justificado en términos
de un conjunto de leyes o de otro. Diversos elementos organizacionales también pueden ayudar a garantizar cierto grado de leibilidad. Algunos signos metanarrativos subrayan las articulaciones proairética y hermenéutica del texto; las referencias anafóricas y epifóricas añaden homogeneidad y contribuyen a suavizar las transiciones; las intrusiones del narrador nos recuerdan lo que ha tenido lugar, anuncian lo que tendrá lugar, y orientan así nuestras preguntas o confirman nuestras respuestas; y las distinciones tajantes entre personajes, escenarios espacio-temporales y acciones apuntan a un modelo no complicado para el procesamiento y almacenamiento de la información. Hablando de manera más general, la redundancia textual —en los niveles de la arquitectura y del contenido, en la estructura profunda o la estructura de superficie— es el más importante ingrediente de la coherencia textual. Ella puede consistir en la repetición (según patrones) de rasgos fonológicos y grafológicos (como en la rima y la aliteración) o de rasgos semánticos (como en la sinonimia, la cuasisinonimia, la antonimia, la hiponimia y la paráfrasis); puede manifestarse a través de definiciones frecuentes de los términos empleados o de resúmenes periódicos del material presentado; puede resultar del empleo sostenido de ciertas figuras retóricas; y así sucesivamente. La redundancia puede tener una naturaleza más estrictamente narrativa. A veces, en una novela dada la subtrama es paralela a la trama de esa novela; con la técnica de la mise en abyme, ella puede incluso reproducirla enteramente en pequeña escala. De manera semejante, varias unidades de la trama se repiten (el héroe realiza una tarea difícil, después otra, y después otra: viola varias prohibiciones; pone fin a una serie de carencias) o varios personajes realizan acciones idénticas o similares. O, también, el nombre de un lugar subraya su significado simbólico, el nombre de un personaje capta sus cualidades esenciales, el escenario de sus acciones acentúa sus sentimientos más profundos, y así sucesivamente. Por último, si la distancia entre las preguntas planteadas o sugeridas por un texto y las respuestas suministradas por ese texto es relativamente pequeña, la leibilidad tenderá a ser relativamente alta. Por ejemplo, si se menciona un personaje, se lo presenta inmediatamente; si se da una orden, se la cumple prontamente; si se abre una secuencia de acciones, se la cierra rápidamente. En resumen, repito, en un texto, todo elemento que facilite el procesamiento y almacenamiento de información, contribuye a la leibilidad de ese texto.
Nótese que un texto puede ser muy leíble, pero no legible, y viceversa. Cuando examiné la noción de legibilidad, afirmé que, comúnmente, un texto es considerado legible no sólo porque sea fácil de descodificar y entender, sino también porque es interesante y placentero. Ahora bien, un texto puede ser tan leíble que se vuelve ilegible. Demasiada homogeneidad, demasiada redundancia, demasiada explicitez, pueden tener por resultado una falta de interés y una falta de placer. Un texto que se compone de una oración repetida mil veces, puede ser muy aburrido; y un texto narrativo en el que hay muy poca acción y muy poco cambio, en el que la mayoría de lo dado permanece dado, en el que hay pocas sorpresas, pocos misterios y pocos pasajes problemáticos, puede volverse tedioso muy pronto.6 A la inversa, un texto que abunda en ambigüedades o que favorece la discontinuidad y que, por lo tanto, no es muy leíble, puede ser muy estimulante por esa misma razón. De hecho, la mayoría de los textos narrativos que se consideran legibles —si no la mayoría de los textos narrativos en general— tienden a lograr un balance entre demasiada leibilidad y demasiado poca leibilidad. En el relato policial clásico, por ejemplo, la complejidad de las líneas hermenéuticas es contrarrestada a menudo por la abundancia del comentario metanarrativo, la coherencia de las caracterizaciones, la fuerza de la articulación proairética. La distancia entre la pregunta fundamental y su respuesta, entre el enigma y su solución, puede ser grande, pero es compensada por la simplicidad (relativa) de los otros problemas planteados. De manera semejante, en la llamada novela de aventuras, las dificultades que pueden surgir.
Nótese que —como lo anterior más que sugiere— decir que un texto es más leíble que otro no significa necesariamente que es mejor (o peor). La leibilidad puede ser apreciada en mayor o menor medida por diferentes pueblos, en diferentes culturas, para diferentes propósitos. Lo mismo se puede afirmar sobre la legibilidad; porque no hay ninguna razón que obligue a sostener que el interés que una obra provoca y el placer que ella proporciona constituyen medidas cabales de su valor. En realidad, los escritores de vanguardia han perseguido resueltamente lo ilegible (o lo mínimamente legible) no sólo tratando de deshacer el sentido en vez de hacerlo, sino también poniendo en tela de juicio la idea misma de que un texto debe ser placentero, interesante y entretenido.
Un estudio del texto narrativo que tome en cuenta la lectura nos permite explicar por qué una novela o cuento dado puede ser interpretado, y a menudo lo es, de varias maneras: la dimensión proairética, al igual que la temática, o la simbólica, depende no sólo de los datos textuales, sino también de su lector. También nos proporciona un modo de comparar textos en términos de leibilidad: hay textos complejos y simples del mismo modo que hay oraciones complejas y simples; hay textos que son muy leíbles a lo largo de un eje (el proairético, por ejemplo), pero no de otro; hay textos que, a medida que se despliegan, se vuelven más leíbles y otros que se vuelven menos leíbles. Además, la descripción de un texto dado en términos de su leibilidad, al especificar cómo el mismo se adapta a algunas convenciones de lectura —no a todas—, cómo se presta a ciertas estrategias interpretativas mientras que frustra otras, ilumina el juego de su inteligibilidad, su especificidad, su diferencia. Además, un examen de la legibilidad puede tener importancia histórica y antropológica: al dilucidar las condiciones para la comunicabilidad textual, las premisas en cuyos términos se puede descifrar un texto, puede ayudarnos a entender diversas épocas y diversas culturas con arreglo a lo que éstas consideren más leíble o no leíble del todo. Por último, tomar en cuenta los lectores y la lectura es necesario para una descripción de por lo menos algunos de los factores contextualmente ligados que contribuyen a la narratividad.
Traducción del inglés: Desiderio Navarro
* «Legibility», unidad del capítulo IV, «Reading Narrative», en: G.
P., Narratology: The Form and Functioning of Narrative, Berlín, Mouton,
1982, pp. 132-143.
** Prince, siguiendo a Barthes, distingue «un código hermenéutico,
en cuyos términos ciertas partes de un texto dado funcionan como un
enigma que ha de ser resuelto y otras como una solución a ese enigma,
o el comienzo de una solución, o una falsa solución; un código proairético,
gracias al cual agrupamos ciertas acciones narrativas en una secuencia,
otras en una secuencia diferente, etc.; un código simbólico, con
arreglo al cual percibimos las dimensiones simbólicas de diversos pasajes ». (Ibídem, pp. 106-107). [N. del T.]
1 Sobre la leibilidad y la legibilidad de los textos, véanse: Roland Barthes, S/Z; Jonathan Culler, Structuralist Poetics; Philippe Hamon, «Un Discours contraint », Poétique, nº 16, 1973; pp. 441-445, y «Note sur le texte lisible», en Missions et démarches de la critique. Mélanges offerts au Professeur J. A. Vier, Rennes, 1973, pp. 827-842; Tzvetan Todorov, «Une complication de texte: Les Illuminations», Poétique, nº 34, 1978, pp. 241-253, y «La Lecture comme construction », Poétique, nº 24, 1975, pp. 417-425.
2 Estoy dejando a un lado el factor de la longitud, aunque no carece de importancia.
3 A un texto que se adapta a la realidad familiar al lector —una novela llena de personajes y situaciones manidos, digamos— también se lo halla más fácil de entender.
4 Esos disturbios informacionales desempeñan un importante papel en la estrategia de muchos textos absurdos.
5 Sobre el comentario (confiable y no confiable), véase: Wayne Boothe, The Rhetoric of Fiction, segunda parte.
6 En una cultura que aprecia lo nuevo, un texto no es muy leíble en una segunda lectura a memos que sea relativamente complejo y permita que se hagan nuevas preguntas (¡o a menos que lo hayamos olvidado!).
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