UN HERMOSO MANGO VAMPIRIZADO
(fragmento de Demonios, Premio Alejo Carpentier de novela 2016)

Alberto Garrandés
Demonios, la novela ganadora del premio Alejo Carpentier 2016, trenza varias historias eróticas sobre los vínculos de la vida y la escritura, en espacios y tiempos tan dispares como Tailandia, Afganistán, La Habana, Shanghai y la onírica ciudad de Kadath, donde gobierna Vathek, siniestro califa de la estirpe de los Abassidas. Juego de espejos, la ordenación de los hechos deviene laberinto.
Alberto Garrandés (La Habana, 1960) ha dado a conocer recientemente, en Ediciones Matanzas, El sueño de Endymion, una antología personal de sus ensayos, y, en Ediciones ICAIC, una exploración del cine de autor y las películas de culto bajo el título de Una vuelta de tuerca. La Editorial Ácana acaba de publicar la versión definitiva de su novela Capricho habanero.
1
Ven, entra… y disculpa mi desorden, dijo La Amputada. Movió, hábil, la silla de ruedas. Se apartó hacia un lado y le asestó al taxidermista una mirada de gozosa devoción. Es posible que mi caos sea peor que el tuyo, puntualizó él. El ambiente olía a vainilla. Cuando el fotógrafo me puso los ojos encima y dijo aquello, pensé que iba a matarme, dijo La Amputada. Él es inteligente, enseguida se dio cuenta de que estabas ahí porque tenías que estar, subrayó el taxidermista, quien de inmediato echó una ojeada en torno suyo y vio el gusto con que los adornos y los colores habían sido dispuestos. No te engañes, soy incapaz de hacer nada de esto, es mi mamá quien viene y se encarga de limpiar y arreglar, explicó ella. Vives en un espacio muy reducido, pero está bien así, afirmó el escritor. Si tú lo dices… en definitiva me dedico a muy pocas cosas, y vender churros me entretiene, por lo menos miro a la gente, me pongo a conversar y respiro el aire de la calle, indicó con una pizca de orgullo. Haces bien, advirtió él. ¿Tú crees?, preguntó. Absolutamente… además, eres decidida… no sabía que fueras a desnudarte, reconoció el taxidermista con admiración. Yo tampoco lo sabía hasta ese momento, rió La Amputada. Te veías… ¿sensual?, yo digo sensual, pero esa palabra no suena como la adecuada, o sea, esa no es la palabra, precisó el taxidermista. Gracias, ¿me llevas a la camita?, dijo ella de modo mecánico, pero con desenvoltura y simpatía. En realidad no le importaba el uso de una palabra u otra. El taxidermista buscó con los ojos la camita —estrecha, sencilla y sin bastidor—, miró a La Amputada y quedó sin saber qué decir. No vayas a ponerte nervioso ahora, volvió ella a reír. Entonces se aproximó y sintió el olor a piel limpia —algo de vainilla, sin duda— por encima de la tela de la bata. Vamos, ¡upa!, se decidió él. Y la cargó y la puso en el centro mismo del colchón, que más bien parecía una almohada grande para bebés. Detrás del colchón, en la pared, había una fotografía familiar enmarcada con tiras de esparadrapo. ¿Quiénes son?, preguntó ocioso el taxidermista. Una amiga y su hija… la del centro soy yo, claro, se alegró La Amputada. ¿Son chinas?, indagó él. No, hijas de chinos nacidos aquí… el abuelo sí: es de Shanghai, explicó ella. Un asunto literario, murmuró el taxidermista. Me han contado que el abuelo estuvo aquí dos años, y que un día apareció muerto… creo que venía huyendo de los japoneses, pero cuando un japonés te persigue, dicen que no descansa hasta partirte la vida… él era un hombre muy educado, según se comenta, e incluso había estudiado caligrafía y dibujo, ¿te imaginas?, dijo La Amputada. ¿Ves?, todo eso es muy literario —dijo el taxidermista en voz bien alta—. Oye… disculpa por tantas preguntas. El esparadrapo aún olía a quirófano, a asepsia, a tejido compuesto. ¡Estás disculpado!, aunque no es para tanto… mira: ahora voy a pedirte una cosa, ¡es sencillo!, algo que alguna mujer ya te habrá pedido por diversión, pero que para mí significa mucho porque es el tipo de ayuda que un amigo puede brindarme sin dejar de... ¿cómo lo digo?, a ver… para que me entiendas… tú me ayudas con eso, ¡ya te lo dije, es sencillo!, y de paso te excitarías, supongo, porque no por buena persona dejas de ser un morboso de primera, ¡jajaja!, explicó, festiva y medio siniestra, La Amputada. Había pronunciado las palabras con descaro, gracia y cierto misterio escrupuloso. Y el taxidermista estaba prestándole toda la atención del mundo.
2
Sumergido en un mar de desconfianza, llegué con algún retraso a la residencia del joven pintor. Mi mente continuaba amasando aquella turbia y severa recomendación que el escritor me había hecho mientras yo admiraba su máscara africana e intentaba, puerilmente, determinar la marca de la máquina de escribir. Era un cacharro macizo. Una Remington o una Underwood, con toda seguridad. Respiré hondo, toqué el timbre y aguardé. El edificio, de tres pisos, mantenía la elegancia de las construcciones hechas en los años del hierro y el cristal coloreado. Cuando sentí la voz del pintor, retrocedí y miré hacia arriba. Me arrojó un llavero de cobre y esmalte. Usa la llave plateada, la puerta abre a la derecha, dijo con precisión. Imaginé la máquina de escribir de aquel hombre visitado por fantasmas, cayendo desde el balcón del pintor. Y también imaginé que yo era un director de cine con una buena cámara, y que filmaba el choque de la máquina de escribir contra el pavimento. El destrozo ralentizado, la deformación, el ruido de las piezas desarmándose. Cuando subí, la puerta estaba abierta y me recibió el sonido inquieto de la ducha. Hola, grité y cerré la puerta. Ponte cómodo, te recomiendo el sofá, exclamó el pintor. Me senté, subí los pies (cosa que jamás hago) y quedé allí, tranquilo, disfrutando de la fragancia suave del apartamento. Me di cuenta de que el llavero reproducía la forma de una antigua moneda japonesa. ¡Listo!, volvió a exclamar el pintor. Pero su figura no aparecía. Me veía a mí mismo en un sitio embrujado, escuchando la voz de un espectro. Ven, estoy aquí, dijo lejano, sin esforzarse. Me levanté, me acerqué a una puerta entreabierta, asomé el rostro y vi una cocina silenciosa. Junto al refrigerador, un pasillo estrecho conducía a una región mejor iluminada, y por allí avancé hasta dar con una habitación que olía a flores. No, ahí no, sigue caminando, escuché otra vez al pintor. Al final del pasillo había otra puerta entreabierta. Empujé y entré. El suelo estaba lleno de trocitos de papel, lápices, piezas de plástico transparente y algunas revistas. Sentado en una esquina, sobre una colchoneta puesta en el piso, el pintor sonreía. Bienvenido, siéntate donde quieras, dijo. ¿Ahí, a tu lado?, pregunté. Ven, me animó con un brazo en alto.
3
No, señor, por aquí no vive nadie —le contestó Margarita al vendedor—. Estábamos haciendo un trabajo y todos se fueron ya, indicó mientras terminaba de ponerse los zapatos. Se había retrasado, embriagada por los hechos del día. Atardecía rápido, ya el resplandor extraño del salón no era sino una atmósfera de luminiscencia irregular. Tengo buenos mangos, dijo el vendedor. ¿Están bien maduros?, preguntó Margarita sin decidirse a abandonar el sofá. El vendedor enderezó su extraña mirada blanquecina,examinó el entorno a derecha e izquierda y destapó la cesta que traía. Estos mangos ya no existen, aseguró. Se aproximó a la mujer, puso la cesta bien cerca de ella y aguardó. No puedo creerlo, ¿son mangos filipinos?, dijo. Te dije que son mangos de los que ya no se ven, insistió el hombre. Las grietas de las paredes y el techo dejaban pasar la luz, pero el sol había bajado mucho ya y desde el agua ascendía un brillo mate. No tengo dinero aquí, tendremos que bajar, vivo en el solar de la entrada, explicó Margarita. El hombre puso una mano huesuda y firme encima de los mangos, escogió uno y se lo ofreció a la mujer. Pruébalo, dijo. ¿Ahora mismo?, dudó ella. La mano, además de huesuda, era nívea y traslúcida. Las uñas no ostentaban la limpieza deseable, pero habían sido cortadas y pulidas con esmero. Margarita agarró el mango, lo olió y mordió la punta con lentitud. ¿Te gusta?, preguntó el hombre. La mujer movió la cabeza, sin sacar la punta del mango de su boca. Cuando lo hizo fue para devolver la fragancia del mango a través de su propio aliento expulsado, y para escupir el trocito de cáscara (un óvalo perfecto) que le había arrancado a la punta. Miró al hombre y volvió a morder el mango, esta vez con cierta ambición. Usaba los labios. Exprimía la punta con los dientes, deslizándolos sobre la corteza, sin llegar a partirla. Se podía decir que aquel era un hermoso mango vampirizado.
4
¿Qué edad tienes?, preguntó el taxidermista. Se sentó a su lado, lleno de una condescendencia casi paternal. Dieciocho, dijo ella. ¿Estás segura de eso, no voy a meterme en problemas?, exclamó él. Prueba el muñón de la derecha, que es donde más me gusta, soltó ella inesperadamente. Su cara había cambiado. No te entiendo… ¿que pruebe el muñón?, ¿cómo?, vaciló. El muñón terminaba en una redondez irregular. Había una marca. O una cicatriz. O un pliegue en forma de boca, como un meato urinario. La Amputada lo alzó un poco más, con gravedad. Acarícialo con la lengua, le pidió. Él la miró y comprendió que aquella petición estaba siendo hecha con una vehemencia que tocaba ciertos límites. Se acercó a La Amputada, agarró el muñón, y la empujó suave por el pecho hasta incrustarla en la camita. Cuando se metió el muñón en la boca, sintió una suavidad a ratos rugosa, pero tibia y algo salada. Chupó el muñón, que era grueso, y recorrió buena parte de él con la lengua. Cuando el muñón entraba hondo y acariciaba su garganta, la saliva corría y se acumulaba en la ingle y después rodaba hacia la sábana. Déjame ver tu erección, dijo La Amputada. Sin abandonar el muñón, él le mostró el pene endurecido y ella le pidió que se desnudara. Y fue entonces cuando, al ver que la erección del taxidermista se mantenía firme, lo miró a los ojos e hizo su anunciada petición. Necesito que me afeites, dijo. Muy bien, aceptó él y se levantó resuelto, aplicado. No, todavía no, ven, dame eso, dijo ella y lisonjeó el pene lentamente. El taxidermista desocupó su boca. La dejaba hacer. Después regresó al muñón no sin antes voltear, con un solo movimiento, el cuerpo de La Amputada. ¿Te gusta así?, le preguntó al taxidermista. Vamos a hacer un sesenta y nueve, anunció él. Eres muy dulce, escritor, susurró ella poco antes de pedirle que acabara de quitarle la bata.
5
El Poeta empezó a comprender, al inicio de manera oscura y luego con bastante claridad, que el becado de Bangkok y el estudiante/ escritor reproducían, en sus andanzas por aquel mundo de la ciudad de Kadath —volátil y lleno de portentos—, una aventura que él ya había leído en alguna parte. El cuento del taxidermista estaba dedicado a un huidizo escritor de cierta importancia que años atrás, cuando todavía ninguno de ellos existía, había publicado unas historias muy raras. Y se dio cuenta de que él, mientras disecaba peces, aves y ranas, soñaba con la realidad de esa secreta y a la vez pública devoción. Y vio, nítido, el perplejo titubeo del becado de Bangkok ante la puerta, llena de inscripciones y palabras remotas, de la Torre del Crepúsculo. El estudiante/escritor, más decidido (quizás a causa de su ignorancia sobre esos pormenores), empujó la puerta. Allí mismo estaba la tortuosa escalera que los llevaría al mirador. ¿Por fin vamos a subir?, dudó el becado. Me han contado que allá arriba hay un mirador muy cómodo, con una balaustrada… ¡podremos ver toda la ciudad y descubrir qué forma tiene!, dijo el estudiante/escritor. El becado sonrió. Ha sido un honor hacer este viaje contigo, pronunció con emoción. Yo sólo podría decir lo mismo, tu compañía me ha complacido mucho, reconoció el otro. Pase lo que pase, siempre estaremos juntos, ¿verdad?, preguntó el becado. La ilusión lo desbordaba. El estudiante/escritor lo abrazó. No te preocupes, estaremos juntos, aseguró. Y si tenemos suerte, hallaremos al Califa, dijo el becado. Debemos subir ya, antes de que la luna alumbre demasiado, advirtió el estudiante/ escritor. El becado se abrazó a él con una ternura dócil y delicada. Vamos, murmuró con decisión.
6
Margarita vio que la mano del hombre se afianzaba en la suya. Era una mano muy extraña, como si su materialidad se debiese al hecho de que alguna vez había sido de vidrio. Si aprietas el mango por debajo, la pulpa subirá hasta tu boca, indicó él sin dejar de sonreír. Ya ni me acordaba de eso, dijo ella. Y apretó el mango con las puntas de los dedos en varias zonas, y cuando volvió a morder y arrastrar los dientes por la cáscara, sintió la llegada del jugo a su lengua. ¿Ves?, dijo el hombre, estremecido. Qué maravilla, reconoció ella. Este lugar tiene la tristeza de lo que se entrega sin remedio a la muerte, observó el vendedor. Aquí vivían personas, dijo Margarita. Lo sé, sonrió el hombre. ¿Qué te pasa en los ojos?, preguntó ella. Soy ciego, contestó el vendedor. ¿Ciego?, ¿y cómo puedes vender mangos e ir por ahí?, ¿no te da miedo?, exclamó Margarita. El hombre movió con lentitud la cabeza. Sentía satisfacción, pero la expresaba con comedimiento. Me alegra que te haya gustado el mango, dijo. Es una delicia, admitió Margarita. Entonces te he proporcionado algo de felicidad, concluyó él. Ella arqueó las cejas al oír la frase, y se sacó la punta del mango de la boca. El vendedor hizo unos veloces e imperceptibles movimientos. Debo irme ya, Margarita, se despidió. Ella estaba segura de que no le había dicho su nombre, pero no le daba importancia a ese detalle. Gracias por el mango, exclamó poco antes de sentir que el sueño la rendía. Soy un pez de aguas profundas, ciego y luminoso, murmuró el hombre como si cantara en voz baja. Y entonces frunció su magro cuerpo y se sumergió en los légamos que bañaban el salón.
7
Me interesa el body art, dijo el pintor. Arrugué el ceño. ¿Sabes a qué me refiero?, se apresuró a añadir. Abrí mucho los ojos y me pegué a él. ¿Luzco como alguien que no sabe lo que es el body art?, sonreí. El pintor podía ser negligente, o distraído. Disculpa, dijo. Eres bastante moreno, dije. Me apremiaba modificar un poco el ambiente. Tengo la mulatez cerca, por mi abuelo…tú sí eres muy blanco, dijo sin dejar de mirarme. Entonces se inclinó y me desabotonó la camisa hasta descubrir la tetilla derecha, erizada como un diminuto volcán. Comprobado: eres bien blanco, me dijo divertido. Estaba nervioso, sin duda. Qué coqueto eres, le dije. ¿Me dejas tocarla?, murmuró. Su voz se entrecortaba y me di cuenta de que su cuerpo estaba temblando. Mostraba excitación, pero tenía miedo. Así tendría la pinga: una pura y rígida ansiedad. Es una tetilla muy rosada, dije y le mostré. Metió el dedo índice de la mano derecha en su boca, lo sacó lleno de una saliva resbaladiza y empezó a frotar con mucho cuidado. Al cabo de unos segundos se decidió a lamerla. Pero sin chupar. Y ahora qué hacemos, dije rodando por el abismo. Advirtió mi erección. La palpó, indeciso. Yo hice lo mismo con la suya. Debajo del calzoncillo, su pene parecía un juguete engrosado, en forma de submarino. No era largo. Grosor estupendo. Aroma a escorpión. Me interesa el body art, tu piel se presta para eso, comentó. Extraje mi pene. ¿Te parece bien?, le pregunté. Descúbrelo, me pidió. Hazlo tú, dije. Cuando iba a tocarme le agarré la mano. No, con la boca, precisé. Se inclinó y prensó con los labios el extremo de mi prepucio, lo haló un poco y después lo mordió con una especie de pulcritud sosegada. Seguía con aquel nerviosismo audaz y repetía una y otra vez lo del body art. Nos quitamos la ropa. Su erección había menguado y estaba por desaparecer. Acuéstate, ordenó. Hubo unos minutos de forcejeos terribles y eyaculé desordenadamente. No sabes qué es lo que quieres, le dije. Me limpié con un pañuelo. Sonreí, alcé las cejas. Era demasiado joven, supongo. Abrió un armario y sacó un pote de acrílico negro y un pincel. Ni lo pienses, soy yo quien va a pintarrajearte todo, le advertí. Y a continuación empecé a pasar el pincel por su glande, totalmente descubierto, de color tierra mamey. Por mi interior, signos al azar, como partículas, viajaban y se apretujaban. Parecían hormigas correteando por mi pelvis. Mi escritura en el pene del pintor prosperaba a medida que su rigidez iba manifestándose de nuevo. En el reino adonde iré, llevar estos signos será una señal de virginidad e inocencia, murmuré. El texto, ideogramas entre rúnicos y japoneses, nacía en el prepucio y ya iba por el abdomen, alejándose cada vez más del ombligo. Escribir en círculos es una forma de invocar a La Pitia, que de pronto aparece como una vecina cualquiera y encuentra la puerta abierta y se mete en tu casa, incapaz de vencer su curiosidad, y llega al cuarto y saluda como si nada. La Pitia puede preguntar entonces por tus Tres Deseos. Y en ese instante uno se acobarda, porque pedir Tres Deseos es muy peligroso, y más si sabes que La Pitia te escucha y mide cada una de tus palabras. Así que me detuve cuando llegué al borde de la tetilla izquierda. Te llevas ahí un poema dionisíaco, dedicado a las potencias que amparan la vida y la hacen sucumbir frente a las tentaciones, dije. Acababa de elaborar una frase demasiado literaria y casi de inmediato me arrepentí de haberla pronunciado. Se palpó el hombro. Sonreía con fascinación. Uff, ¡no me había dado cuenta de que estoy lleno de tu semen!, se asombró. Pareces un puto, dije. Ahora veremos quién es el puto, dijo y puso una expresión distinta, la expresión de su Mr. Hyde. Era una máscara crucial, congruente con el furor de su nueva erección. Se acercó y se pegó a mí. Era un chico cálido y bueno, a pesar de todo. Vírate, dijo. Yo, en realidad, no quería hacerlo. ¿Virarme? Mi hambre no pasaba por allí. Y, sin embargo, necesitaba, de cierto modo, experimentar el daño y la sumisión. No por deseo, repito, sino por ambición de saber. ¿No estás oyéndome?, vírate ya, insistió, transformado, en voz más alta, con ferocidad, decidido a sacarme de mis pensamientos. Se había puesto un condón y estaba llenándolo de gel. Y me viré. De bruces contra la colchoneta. |