Poesía temprana
Ezra Pound
«La nueva poesía se aproxima antes a la escultura que a la música; se dirige más al ojo que al oído», declaró Ezra Pound hasta la saciedad, consciente de que el poeta, como vidente de individualidades, debía expresar sus percepciones por medio de metáforas donde las imágenes, como representaciones adecuadas de objetos físicos que despiertan en el lector una capacidad asociativa determinada, deben ser ante todo reveladoras, introduciendo nuevos matices de significado en el poema. La obra temprana de Pound, desde Personae (1909) hasta Hugh Selwyn Mauberley (1920), constituye un primer intento de articulación de estas intuiciones poéticas fundamentales; no obstante, solo alcanzarán la plenitud de su desarrollo técnico cuando el poeta se consagre a la ejecución de su obra maestra, Los Cantos (a partir de 1925). Ezra Pound (Hailey, Idaho, 1885 - Venecia, 1972) es una de las figuras más trascendentales de la poesía en lengua inglesa del siglo xx. Vivió en Europa desde 1908, donde fue uno de los fundadores del imaginismo. Sus inclinaciones profascistas y antinorteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial le costaron ser acusado de traición en 1945 y encarcelado hasta 1958 en Washington. La gestión de numerosos intelectuales permitió su liberación y posterior regreso a Italia, donde vivió hasta su muerte.
Máscaras
Aquellas historias de viejos
disfraces,
extraños mitos de almas que a sí
mismas se reconocieron
entre pueblos desconocidos y de
lengua hostil,
unas cuantas almas que no habían
olvidado
las vastas extensiones de sus tierras
surcadas por estrellas,
donde las nubes oscilaban en
ilimitados cursos,
almas que inclinadas ante sus
ancestros
entonaban las baladas de Camelot.
Viejos trovadores que olvidan a
medias sus canciones.
Viejos pintores que retornan otra
vez consumidos por la ceguera.
Viejos poetas que ignoran ráfagas
del corazón.
Viejos magos incapaces ya de
asombro.
Todos ellos con una extraña
melancolía en los ojos,
Murmurando silenciosamente
sobre el misterioso legado de esta
tierra.
Francesca
Saliste de la noche
y había flores en tus manos.
Ahora saldrás de una confusa
muchedumbre,
de un vago tumulto de voces que
hablan de ti.
Yo, que te había vislumbrado en lo
más primordial de las cosas,
Desearía que frescas olas fluyeran a
través de mi espíritu
para así, aun cuando el mundo se
desintegre entre muertas hojas
como una vaina de diente de león,
y aun cuando alguien lo barriera
lejos,
pudiera yo volver a encontrarte
nuevamente,
sola.
Zambullida
Deseo sumergirme en lo
desconocido,
apartarme de todos estos hábitos
que oprimen y sofocan.
Ardo, me consumo por lo nuevo,
nuevos amigos, nuevos rostros,
nuevos sitios.
Largar cuanto antes de mi rutina,
he ahí todo lo que quiero:
labrar el porvenir.
Y tú,
amor mío, la más bella, la más
apetecible.
¿No debo aborrecer por ti todos
estos muros, calles, piedras
y lodazales, las brumas y la neblina,
el tráfago aplastante?
Sí, tú deberías flotar sobre mí como
las aguas,
¡pero lejos de todo esto!
Colinas, pastizales, campiñas
y el sol.
¡Oh, con el sol es suficiente!
Fuera de aquí y abandonado,
¡perdido entre extraños!
Antigua sabiduría algo cósmica
Chuang-Tzu soñó.
Mas habiendo soñado que era un
pájaro, una abeja
y una mariposa,
mostrábase perplejo de tener que
luchar
por sentir como cualquier otra
cosa.
Ahí estaba, sin embargo, su
contento.
El retorno
Mirad, ya regresan; ved los
tambaleantes
movimientos, el paso cansado,
la marcha insegura, la continua
vacilación.
Mirad, ya regresan, uno por uno,
temerosos y somnolientos,
cual nieve indecisa
que murmura en el viento cayendo
a medias.
Estos eran los «alados y furiosos»,
invencibles.
Dioses de pies ligeros.
Y con ellos los lebreles dorados,
husmeando rastros en el aire.
¡Dale! ¡Dale!
Estos eran los veloces en el asalto,
los de fino olfato,
con el alma rebosante de sangre.
Mas vedlos ahora: pálidos y lentos
en la traílla.
Epitafios
Fu I
Fu I amaba las altas nubes sobre
la colina.
¡Ah! El alcohol lo consumió.
Li Po
Y Li Po también murió borracho.
Trató de abrazar la luna
en el río amarillo.
Erat hora
«Gracias, dijo, suceda lo que
suceda». Y luego,
volviéndose,
como un fugaz rayo de sol sobre
flores inquietas,
mecidas por el viento,
se alejó velozmente de mí. Suceda
lo que suceda
nadie arrebatará de mí aquella hora
luminosa.
Y hasta los dioses más altos no
podrán jactarse de nada mejor
que haber sido sus testigos.
Tomado de: Ezra Pound, Poesía temprana (selección, traducción y prólogo de Armando Roa Vial), Ediciones Las Dos Fridas, Santiago de Chile, 1998.
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