LA HISTORIA DE UN HOMBRE ADMIRABLE

Manuel Yepe
Acaba de ver la luz un libro de enorme valor para comprender las motivaciones de aquella juventud cubana que enfrentó y venció a la tiranía batistiana al final de la década de los años 50 del siglo xx, dejando en su intenso accionar a miles de héroes que, como el protagonista de esta obra, se inmolaron para hacer conciencia y realidad la revolución socialista en que estaban empeñados. Se trata de Enrique Hart Dávalos. Vitalidad inquieta y desbordante, de Héctor Rodríguez Llompart, publicado por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.
Aunque nuestros caminos se cruzaron muchas veces en la lucha contra la dictadura, mis relaciones personales con Enriquito fueron menos intensas con él que con Héctor, a quien me une una larga amistad nacida y crecida dentro del Movimiento 26 de Julio desde 1955.
Llompart relata en su obra los hechos y emociones de la vida de Enrique con un impresionante sentimiento que mueve a la adhesión. Es sorprendente la cantidad y calidad de la documentación, y la precisión de las evidencias, que logró acopiar Llompart para acercar al lector a la reconstrucción de hechos tan importantes como las peripecias en torno al «cuartel revolucionario» del Movimiento en el apartamento de Quinta y A en el Vedado o la explosión que acabó con la vida de Enriquito, el 21 de abril de 1958 en la ciudad de Matanzas, y los pormenores de la identificación de su cadáver.
Nos muestra abundantes testimonios que sustentan sus cualidades como dirigente revolucionario y cómo estos confirman la sorprendente compatibilidad con los rasgos esenciales de su personalidad excepcionalmente dinámica y su carácter jovial.
Uno de los testimoniantes describe a Enriquito como un joven siempre alegre, dispuesto y curioso. Relata que, en cierta ocasión, en que salieron a estudiar la conveniencia de establecer en un área determinada de la provincia de Matanzas un grupo guerrillero con adecuadas condiciones de ocultamiento, fuentes imprescindibles de agua y posibilidades de movilidad en distintas direcciones para el combate, por las frecuentes expresiones martianas que le oían a Enrique («Escalar montañas hermana hombres», solía repetir) asociaron su conducta con la de José Martí luego del desembarco en 1895, por Playitas, en Oriente.
Otro lo recuerda como una persona muy exigente, muy previsora y siempre atenta al control del cumplimiento de las tareas que orientaba. Por su calificación en cuestiones contables, su madurez y experiencia revolucionaria -pero sobre todo por su gran confiabilidad- era frecuente que le fueran asignadas tareas relacionadas con las finanzas del Movimiento y en el cumplimiento de tales responsabilidades se distinguía por su escrupulosidad en el manejo de los ingresos que obtenían a través de la venta de bonos y las donaciones.
Siempre fue un compañero austero. Era pulcro y sencillo en el vestir, nunca se le vio usar ropa ostentosa.
Un dirigente del Movimiento en la provincia de Las Villas que estuvo preso junto a Enriquito en la cárcel del Castillo del Príncipe, en La Habana, relata en el libro que a él le impresionaba la austeridad con que subsistía Enrique, lo poco que necesitaba para vivir, la modestia en su forma de ser, porque era un verdadero revolucionario: «Sabía acostumbrarse a todas las situaciones de estrechez en la vida clandestina y lo hacía con una naturalidad asombrosa».
Una dirigente del Movimiento en la provincia de Matanzas recuerda el extremo celo con que cuidaba el dinero que se recaudaba para la lucha, en aparente contradicción con la lástima que a ella le causaba ver los huecos que él tenía en las suelas de sus zapatos. No era capaz de coger un centavo para su persona. «Creo que con aquellos zapatos lo sorprendió la muerte», comentó.
Este nuevo libro, dedicado a Enrique Hart Dávalos, se insertará entre los imprescindibles para el estudio de los intríngulis de la guerra revolucionaria clandestina contra la tiranía de Batista que se libraba en el occidente de Cuba; mientras que a lo largo de toda la isla, el Ejercito Rebelde y las fuerzas clandestinas del Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular, todos bajo la guía del Comandante Fidel Castro, acercaban a la Patria al triunfo más importante de su historia.
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