LOS CUENTOS FRÍOS CUMPLEN 60 AÑOS

David Leyva

 

 

En septiembre de 1956 Virgilio Piñera le escribe a José Rodríguez Feo: «Mi querido Pepe, Fin coronatus opus… Ahí va “tu” libro, entre otros libros que te debe la literatura cubana —a lo mejor universal. Yo te doy las gracias». Objetiva gratitud al amigo-mecenas quien había hecho realidad la publicación del libro Cuentos fríos por la prestigiosa editorial Losada de Argentina. A diferencia de otros cuentistas cubanos que mostraron su talento en publicaciones periódicas, Piñera no tuvo suerte con los redactores de periódicos de la década del cuarenta y el cincuenta del siglo XX en Cuba. Dorada época en que todavía la literatura y el periodismo, siguiendo la tradición del siglo XIX, compartían espacios diariamente. Los cuentos piñerianos mostraban un mundo «irreal», llevado al límite, que no tenía nada que ver con un automatizado lector, acostumbrado a un realismo más llano y verificable y a una concepción de la narrativa donde predominaba la descripción de ambientes y la riqueza sicológica de los personajes. Por tanto, los antecedentes de este libro fueron los modestos cuadernos El conflicto y Poesía y prosa costeados por grandes sacrificios económicos del autor en 1942 y 1944 respectivamente, y en los cuales ya aparecen el núcleo de narraciones que conforman el volumen de 1956.

Semejante a lo realizado en poesía (La isla en peso) y en teatro (Electra Garrigó) Piñera provocó otro golpe de efecto en la literatura nacional. «Son fríos estos cuentos porque se limitan a exponer los puros hechos»,1 dice en el prólogo de su libro. Es decir, si él había roto antes en contenido y forma con la tradición de hacer el verso y la obra teatral en Cuba, con estos cuentos —elogiados por Borges— fractura igualmente la tradición de narrar. Oraciones cortas, léxico preciso, adjetivación limitada, frases hechas populares alternadas con alusiones culteranas, amor por los espacios interiores con casi nulo detenimiento en los paisajes, soluciones increíbles de descuartizamiento, antropofagia, muertes, heridas y desapariciones sin sentimiento de dolor; y sobre todo, dos atributos primordiales como factor común: la sorpresa literaria con connotaciones existenciales (Kafka como modelo) y el tono rebajador, distanciado y humorístico en la manera de narrar (Rabelais y Voltaire de ejemplos notorios). El propio autor se autodefine magistralmente en su ensayo emblemático Piñera teatral: «Soy ese que hace más seria la seriedad a través del humor, del absurdo y de lo grotesco ».2 No suponer entonces, ni por un instante, que estamos ante un creador que busca la evasión imaginativa más pedestre, sino de un atento escritor que disecciona conflictos personales y colectivos, y que utiliza el capricho y el hiperbolismo para ser más directo el malestar y la sátira. Cuidado entonces los lectores y críticos que expresan: «estos cuentos no tienen nada que ver conmigo», «locuras y excentricidades de un frustrado». Lamentablemente, se quedan con el gesto deformador y no con la riqueza de los referentes, semejante al que ve una caricatura y no reconoce al retratado en la exageración de los rasgos. Pensemos, por ejemplo, en el cuento «La carne» —término, por cierto, que junto al adjetivo frío constituye una de los más reiterados en sus títulos emblemáticos: la novela La carne de René y su pieza teatral Aire frío—. Según el propio autor:

Por esa época faltaba la carne en La Habana. Entonces yo escribí el cuento «La carne». Pero no solo faltaba sino que de haber estado llenas las carnicerías, no tenía un centavo para comprarla. Y naturalmente, eso de no tener un centavo para comprar carne y comérsela es muy triste y sin duda existía un culpable o culpables de mi extremada miseria. Entonces protesté y mi protesta fue ese cuento.3

 

Este sustento real no solo quedó reflejado en el cuento, sino que sus huellas, aunque brevemente, perviven en sus obras de teatro Jesús, de 1948, y Aire frío, de 1959:

CLIENTE. Va a ser la guerra del fin del mundo.

JESÚS. ¿No le parece que tendremos que pelear?

CLIENTE. Somos un pueblo muy pequeño, pero de todos modos creo que nos echarán el guante... Dicen que van a utilizar hasta el último hombre.

JESÚS. (Cambiando de posición). Y hablando de lo nuestro: ¿ha visto que la carne brilla por su ausencia?

CLIENTE. (Pasando las páginas de la revista que lee). La carne y todo lo demás... Además, falta la fe; ya no hay fe.

LUZ MARINA. (A Ana). Mamá basta. (A Laura). ¿Qué dijo el radio?

LAURA. Que desde mañana faltará la carne en La Habana.

LUZ MARINA. Querrán subir los precios. (Pausa). Me da lo mismo, para lo que me importa la carne...

En el cuento piñeriano un pueblo recibe la noticia de que no habrá más carne para todos, y a partir de este referente verificable con la historia establece el artista la gran exageración: el señor Ansaldo ante esta situación extrema decide bajarse los pantalones hasta la rodillas, cortarse de su nalga izquierda un hermoso filete, limpiarlo, adobarlo y finalmente freírlo en la gran sartén de las tortillas del domingo. La ligereza del narrador ante estos hechos resulta en extremo chocante, lo que provoca la cercanía inaudita entre el humor y la angustia. Recuerda bastante este suceso a la narración de la vieja criada de Cunegunda en el Cándido de Voltaire. Por aquel tiempo ella formaba parte del harén de un agá de jenízaros que defendían la ciudad de Azof de los rusos, estos últimos vencen y finalmente solo queda por la resistencia, el harén con veinte jenízaros guardianes:

Los veinte jenízaros habían jurado no entregarse. El hambre a que fueron llevados les obligó a comerse a los dos eunucos, por no violar su juramento. Al cabo de unos días, resolvieron comerse a las mujeres. Teníamos un imán muy piadoso y caritativo, el cual les echó un magnífico sermón con el que persuadió de que no debían matarnos. «Cortad —les dijo— solo una nalga a cada una, con la cual os regalaréis; si es menester, haréis lo mismo dentro de unos días; el cielo os agradecerá tan caritativa acción, y seréis socorridos». Era muy elocuente; los persuadió. Nos hicieron aquella horrible operación.4

No hay dudas de que el hambre es una de las piedras de apoyo principales de estos Cuentos fríos, la mayoría de ellos escritos bien temprano en la mañana, posiblemente con solo un sorbo de café, papel y lápiz en una tabla sobre un sillón, antes de que despertaran todos en el pequeño apartamento de una numerosa familia ubicada en la calle Gervasio de la Habana Vieja. Cuentos como «La cena» y «Proyecto para un sueño» parten de esta penosa coyuntura de no contar con dinero para comprar alimentos. Las biografías, aunque cuentan con pocos cultivadores en nuestro país, son vitales para entender la obra de un determinado artista. Piñera, aunque incompleta, tiene la dicha de una autobiografía que espero algún día sea publicada y con su jocosidad característica nos cuenta el trasfondo real de estas narraciones:

De todos mis enemigos el más encarnizado ha sido el Hambre. No es que sea un comilón y hasta podría decir que comer no me apasiona. Pero me gusta vivir. Y en todo momento el Hambre se ha propuesto matarme. Tal avieso designio dio por resultado que en el curso de mi vida me viera en la necesidad de sostener encarnizados combates con ella. Recuerdo uno particularmente sangriento: estábamos en el machadato. Año de 1932. Vivía en Camagüey, en un barrio llamado La Zambrana. En dicho año tenía exactamente veinte años. De acuerdo con la desnutrición imperante en mi familia, apenas si mi cuerpo pesaba unas ochenta libras; para colmo, me daban unos ataques: unos decían que yo era epiléptico; otros afirmaban que se trataba de un hindú que se había apoderado de mi espíritu... Los dejaba hablar, pero estaba convencido de que era el Hambre la autora de mis ataques. En una ocasión nos pasamos cuatro días sin probar bocado (sic). Nuestra reserva de plátanos en fermentación para hacer vinagre(papá pretendía hacer un vinagre que compitiera con el de la marca Heinz) había llegado a su fin. De paso diré que comer plátano fermentado equivale a la ingestión de bebida alcohólica. Uno se adormece y tiene dulces sueños, con lo cual queda probado que la vida tiene siempre un recurso salvador. Pues como los plátanos se habían acabado y no teníamos a mano el recurso heroico de la carne de caballo o la rata de la Comuna de París, apelamos al procedimiento clásico de echarnos en nuestras respectivas camas. He aquí toda una huelga de hambre que nadie se ha propuesto. En la tarde del cuarto día, apenas sin fuerzas, con la cabeza que me daba vueltas y con la voluntad reducida a su mínima expresión, arremetí contra el Hambre saliendo a la calle, tocando a la puerta de una vecina y pidiéndole alimentos. Media hora más tarde, mi familia y yo estábamos a salvo.5

Esta confesión de la epilepsia fue retomada por Rodríguez Feo para explicar la recurrencia del descuartizamiento y la sensación de que se van separando las diferentes partes de nuestro cuerpo sin conllevar esto un fallecimiento en los cuentos «La caída» y «Las partes»:

[...] el autor me confesó que estos dos cuentos breves describen una experiencia física. Hace tiempo padecía unos ataques durante los cuales se sentía caer en un abismo. Al recobrar el conocimiento tenía la sensación de que sus miembros iban reintegrándose poco a poco al cuerpo. «La caída» describe esta horrible sensación de vértigo que muchos hemos experimentado durante el sueño. En «Las partes» está simbolizada esa pérdida y recuperación de los miembros que acompañaba su enfermedad.6

Mientras Antón Arrufat analiza el fenómeno en Piñera, a través de una real disconformidad con el propio cuerpo del escritor:

En la etapa en que escribió sus cuentos «La carne», «Las partes», «La caída»,etapa que se expresa totalmente en La carne de René y en el cuento «La cara», está inmerso en la preocupación por su cuerpo, y por extensión, por el cuerpo de los otros. O quizá, y más exactamente, la preocupación por el cuerpo de los otros genera la preocupación por el suyo propio. [...] La carne es lo primordial en esta etapa de su obra y de su existencia. Es claro que no estaba de acuerdo con su cuerpo. Más tarde llamará a este desacuerdo un real «divorcio». Divorcio que no implica por supuesto matrimonio previo. Esto es indudable: se considera un hombre feo, de boca sin atractivo, flaco, de mentón hundido y frente prominente, y había comenzado a perder el cabello, lo que consideraba hermoso eran sus ojos y sus manos, de los que hacía gala. Si para cualquiera considerarse feo, tener una relación desacordada con su cuerpo, constituye una desdicha, lo es más para un homosexual. El homosexual padece el mito de la belleza y vive en perenne conquista del cuerpo. En el comercio sexual del mundo, su cuerpo se hallaba en desventaja. Se encontraba preso en una situación realmente paradójica: tener un cuerpo y estar inconforme con él. Dada su mentalidad de artista reactivo, esto será transformado en la escritura de mutilaciones, antropofagias, dobles.7

Lo importante estriba en que el lector de los Cuentos fríos no rechace estos caprichos imaginativos sino que perciba que al igual que ocurre con la serie de aguafuertes de Goya ellos representan otra manera de realismo, de crítica social y existencial. Un amigo de Piñera, Ricardo Vigón que lamentablemente murió sin cumplir su sueño de director de cine, dijo en una de sus últimas críticas en el periódico Revolución al elogiar la estética de Frank Tashlin en la película Papá soy yo: «Lo grotesco es un género más que difícil. Hay que estar repleto de sensibilidad y de inteligencia para lograrlo».8 Por lo que distanciándonos sensiblemente de estas narraciones y recordando el medio social en que fueron realizadas, apreciaremos y encontraremos los mejores dividendos como lectores y como críticos. De ahí la lucidez de Rodríguez Feo cuando plantea:

¡Cuánto de absurdo y grotesco tiene nuestra historia republicana! Las cosas que ocurrieron desde el gobierno de Machado (que es el momento en que se forma intelectualmente Piñera), hasta la revolución del primero de enero, no podrían presentarse en un esquema racional. La historia íntima de ese acontecer pertenece más bien al mundo de la demencia. Lo que se robó, lo que se despilfarró, lo que se destruyó, lo que se sacrificó, integraría un capítulo de la historia que asombraría al historiador más al tanto de las locuras del hombre. Dentro de ese cuadro histórico hay que ir buscando la explicación de muchos de los hechos literarios que todavía parecen eludir el ojo crítico de los estudiosos. Hay que situar a nuestros artistas en su medio social y económico para explicarnos sus reacciones ante esta sociedad corrompida. Quizás el crimen más imperdonable que han cometido muchos fue hacer una literatura a espaldas del drama nacional.9

Aunque la cuentística de Piñera ya cuenta con varias ediciones en nuestro país, creo que sería oportuno volver a publicar en futuras celebraciones la edición facsimilar de los Cuentos fríos con el prólogo del autor y la cubierta escogida por la editorial Losada de 1956. Será este un digno homenaje para un libro que cambió los derroteros del cuento en Cuba, a través de la maestría de sus narraciones breves y largas, conflictos desconcertantes y personalidad de estilo.

1 Historia de la Literatura Cubana, t. III, p. 330.
2 Rine Leal, «Piñera todo teatral», Teatro completo, p. XVI.
3 Virgilio Piñera en persona, p. 182.
4 Voltaire, Cándido, p. 43.
5 Virgilio Piñera en persona, pp. 49-50.
6 José Rodríguez Feo, «Hablando de Piñera», Notas críticas, pp. 47-48.
7 Antón Arrufat, Virgilio Piñera entre él y yo, pp. 108-109.
8 El regreso de Ricardo Vigón, p. 150.
9 «Hablando de Piñera», Notas críticas, p. 45.