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Dame la letra
Rogelio Riverón
But they will teach us that Eternity
Is the standing still of the Present Time…
Leviathan, IV, 46
De forma sencilla, pero sin lugar a dudas categórica, el director de La Letra del Escriba declaraba a inicios del siglo la intención de «construir un lector» con lo que entonces era un nuevo proyecto del Instituto Cubano del Libro. Pero no hay lectores inmutables. No hay ni siquiera lectores iguales a sí mismos, nos recuerda el poeta y filósofo Jorge Santiago Perednik, por lo que la lectura que hice ayer del poema «San Juan de Patmos ante la puerta latina» —una de mis manías— diferirá de la que haga, digamos, dentro de una semana, cuando algunas sensaciones que creí importantes se hayan evaporado, cuando haya escuchado —quizás en sueños— revueltos en un mismo paquete de sonido la corneta de un camión y el mugido de una res. Y si cada lector muere sucesivamente en cada lectura ¿cómo hacemos para construirlos, qué nos garantiza esos individuos dispuestos a inmolarse una vez y otra por las simples frases que podemos ofrecerles?
La tarea de construir un lector, al lado de otros dispuestos a lo mismo, es más compleja en el ámbito de las revistas, que son proyectos con tendencia a lo efímero y se juegan la existencia en una verdadera tensión en lo interno y sobre todo en su relación con el entorno. Dos tensiones que les eviten la inercia y les ofrezcan sentido en esa variedad de la que se hacen. A quince años de su aparición, La Letra del Escriba ha dado fe de un estilo, lo que parte, en mi opinión, del hecho de saber medir su alcance. Se trata de una revista breve —un tabloide de 16 páginas—, que ha sabido adecuar su contenido, de acuerdo con una gradación inteligente. Hecha como es común a base de secciones fijas, nos ofrece en esa especie de ventanas un panorama de la literatura que va de lo cubano a lo universal, estableciendo casi siempre un careo afable y sagaz. Teoría, opinión, versos, narrativa, adelantos de libros, noticias y convocatorias, dan cuerpo a una estrategia de actualización de sus lectores que hasta hoy no suele pecar de superficialidad.
Acérrimos gestores de revistas como José Lezama Lima y Octavio Paz nos recuerdan su importancia en el decidido reacomodo de fuerzas que tiene lugar en el campo literario. El mexicano es tajante cuando observa que sus revistas «se opusieron siempre al gusto del público», lo que, obviamente, no contiene un desprecio a priori por lectores supuestamente out of shape, sino que pone a la vista —como Borges en Sur— un empeño de renovación que en última instancia se enfila además contra el mercado. Con poca diferencia, supone la misma intención de «construir un lector», expuesta por el director de La Letra del Escriba hace quince años. En Cuba, con una tradición no menos significativa, el panorama parece por momentos inapetente. Nuestras revistas culturales no son enclaves de una estética determinada, pues su carácter es institucional. Ello quizás las haya vuelto, dicho con otra frase de Octavio Paz, eclécticas, reverenciosas, amantes de las jerarquías. Algunas habrían suprimido el elemento crítico, la mirada combativa, si bien cualquier generalización resulta absurda. Es probable que la inercia más visible esté de parte de aquellas que se adscriben a los Centros Provinciales del Libro y la Literatura, aunque dentro de ese conjunto hay también matices. Pero el hecho de dotar a cada provincia de modo uniforme con una publicación cultural porta desafíos que no siempre se identifican, y que tienen que ver con la importancia de lo territorial y con el sentido que, una vez establecida esta, se le quiera conceder. Pues ¿qué hace diferente, de un modo sosegado pero real, a Sic de Extramuros, toda vez que es un programa y no otra cosa lo que nos señala la necesidad de al menos una revista por provincia? ¿Es el contenido? ¿La manera de enfocarlo? ¿Es la interacción con el país, o con la Cultura? No me avergonzaría de que fuesen preguntas vanas, prescindibles para el buen desempeño de las revistas, pero me viene a la mente una respuesta quizás precaria: son los editores, esa suerte de Palinuro entrenado para llevar la nave más allá de los horizontes, o para desguazarla contra el arrecife. En nuestra práctica de revistas institucionales, inclusivas y demasiado estables quizás, sigue siendo el editor el responsable de que se pueda construir lectores a base de construir estilo, de moldear la personalidad de una publicación con la conciencia de que el terreno en que se actúa no es una planicie estable, buena para cualquier tipo de representación, sino un medio energizado por conceptos en conflicto, lo notemos o no.
Asentada en una institución de carácter básicamente editorial como lo es el Instituto Cubano del Libro, La Letra del Escriba se pensó con un sentido de divulgación que, mientras le dibujara un camino, la sometiera a ciertas exigencias: la constante circulación de textos, en un escenario donde las publicaciones periódicas se han acostumbrado a andar desfasadas; el registro de una parte del pensamiento actual sobre lo literario y la difusión de libros, eventos y autores, al menos a escala nacional. Creo que no nos ha defraudado, aunque, para mayor honra de ambas partes, nos ha reafirmado en la condición de lectores insubordinados, inconformes, promiscuos y maliciosos.
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