Desde el Puente Brooklyn
Sergio Cevedo
SERGIO CEVEDO (La Habana, 1956). Narrador y profesor del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha publicado, entre otros textos, La noche de un día difícil y Anglóstica. Ha recibido reconocimientos como el Premio David de Cuento, el de Narrativa de El Caimán Barbudo, el Internacional de Cuento Fernando González. En la Feria Internacional del Libro de La Habana será presentado su libro La gran ola de Kanagawa, con el que obtuvo el Premio Alejo Carpentier de Cuento 2015. De esta obra publicamos ahora su relato «Desde el Puente de Brooklyn».
Antes de descolgar, Marla se lo imagina: ah, otra vez mi divina madre. Y lo proclama en un susurro aunque nadie la escuche ni nadie pueda replicarle. Como no sea Susoledad, la llama así, Susoledad, de qué otro modo iba a llamarle.
El cable en rizos del teléfono se desborda de la mesita, se traba cerca de la cama y pende en arco suspendido entre las superficies de ambos muebles. Como el Puente de Brooklyn, Marla examina en la pantalla algunas tomas suprimidas en la edición de la película:
Bella y escultural mujer, absorta, boquiabierta en medio de unos torpes ángulos. Después protesta y se exacerba: «Cómo iban a olvidarla, a obviarla, a desbancarla a ella, nada menos que a ella del metraje por culpa de su loca hija».
Desde el apartamento colindante llegan la voz de una mujer y también la de un niño. La mujer grita que haga la tarea y el niño mami, ya la hice. Enséñamela, muéstramela, la quiero ver, la quiero ver, quiero verla enseguida.
Marla encoge las piernas: enséñamela, muéstramela, la quiero ver, la quiero ver, quiero verla enseguida. De inmediato precisa, intenta precisar cuánto tiempo acumula sin acceder a tener sexo. Susoledad la mira con cejas interrogativas. Sin acostarse, sin templar, recalca Marla todavía. Dicho de esa manera, el drama adquiere todo su carácter.
Un segundo después advierte que Susoledad parece más dispuesta a abrirse, de hecho le cuesta comenzar. Siempre ha ocurrido de ese modo: desde el mismo principio, desde el primer advenimiento, desde el perfil inaugural de sus inexploradas perspectivas.
Tú te crees que mi madre es una tipa llena de pudores y que no mata ni una mosca. Imagínate tú, todo el mundo lo piensa. Y muy decente, decentísima: rozando la perversidad como en los cuentos infantiles.
Susoledad experimenta un leve acceso de ecolalia: «como en los cuentos infantiles», y evoca a algunos de los personajes más ilustres del género. Aquel candor, esa confianza con los que Blancanieves fue capaz de soplarle un gran mordisco a su manzana o con qué desvergüenza aun cuando no exenta de carácter comunal, Ricitos de Oro se zampaba la sopa del osezno bebé después de meter bien la cuchareta (en un sentido literal) dentro de los pozuelos de mamá y papá osos.
¿No te has fijado que, en los cuentos, los viejos cuentos infantiles, aparecen millares de madrastras y apenas si una que otra madre?
Y es que sin duda las madrastras nos brindan muchas más ventajas de las que se pudieran señalar.
Tan solo intentan perpetuarse, colgar sus propios ADN en posiciones más propicias, mucho más ventajosas en la escala social; e incluso en caso de concupiscencia una madrastra, por ejemplo, no pudiera ser presentada ante una corte para juzgarla por incesto.
Aun cuando hubiese conseguido adelantarse una respuesta, Susoledad siente interés en preguntárselo:
¿Cómo es que sabes tanto de eso? Tengo un enamorado policía.
En cuanto al universo de las matronas putativas, Susoledad reconsidera una «nota curiosa», lectura hecha en un sitio web. Un tribunal de profesores de Derecho de la Georg August Universitát Góttingen levantó proceso jurídico a las madrastras de los cuentos de los hermanos Grimm según el corpus de leyes en vigor. La de La Cenicienta fue declarada absuelta por falta de pruebas y la de Blancanieves terminó con solo un par de meses de trabajo comunitario. Teniendo en cuenta el interés que se manifestó a lo largo y ancho de la red, el estudio quiso abarcar un poco más y entonces resultó que la madre biológica, la progenitora mitocondrial de Hansel y Gretel (al menos los del texto primigenio) debió enfrentar una sentencia mucho más rigurosa.
Algunos policías, asegura Susoledad, son personas inteligentes, instruidas.
Sí, Dupin y Maigret, el inspector Matthai y gente así. A Luis Alberto, qué decirte. Solo le gusta el dominó y oír a Álvaro Torres. Y, bueno, hacer historias, contar chismes: qué chismoso es, mi Dios.
Susoledad camina al otro extremo de la alcoba, hacia el antiguo mueble de la cómoda, que funge entonces como mesa de trabajo. Sobre él aparecen las formas de una vieja computadora de escritorio. Han removido uno de los paneles laterales y así el equipo exterioriza parte de sus secretos:
cintas de cables de color
placas cubiertas con relieves y dibujos
geométricos
soldaduras de estaño, ristras de chips,
de microchips
pequeñas piezas de teflón y/o de
cloruro de polivinilo
núcleos plateados con aletas
disipadoras de energía
diminutos cilindros de texturas
brillantes
tres minúsculos fans
y ciempiés de memorias...
Vuelve a sonar el timbre del teléfono. Marla vacila en atender y, cuando lo hace, espera por la voz, no vaya a ser la de su madre. Claro, puedes venir, le oye decir Susoledad a poco de iniciarse la conversación y piensa que en lo sucesivo debe escoger mejor a sus criaturas: hombres muy infelices y sin agallas para suicidarse, niños adictos a www.ludopatientropia. com o señoras mayores con un pasado de princesas.
Creo que estoy enamorada, observa Marla en cuanto cuelga. Tengo que estar enamorada, ¿qué otras opciones hay?
¿De Vidocq, de Adrián Monck...? Marla deniega con un gesto. Pues entonces, ¿de quién? Qué importa quién, de quién: debo de estar enamorada y eso ya es suficiente.
Al margen de sus cometidos, el asunto a Susoledad le importa un bledo. Pero prefiere conducirse de manera profesional así que intenta que su voz no suene tanto a cortesía, a circunstancias, a fill in the blank. Hace siglos, milenios, que prescindió del entusiasmo, de las maneras obsequiosas y los impulsos solidarios, aunque, en virtud de algún espíritu, de algunos lustros a esta parte se ha vuelto algo propensa a los manuales de autoayuda, a promover el uso del condón y a la lengua de Shakespeare.
Bueno, si tú lo dices, dice a su vez Susoledad. La contingencia pedagógica en el apartamento colindante parece haber llegado a término: seguro el niño la mostró, se la enseñó, la convenció, la complació, la contentó: todo un monstruo de niño.
Mi madre se casó catorce veces, explica Marla mientras borra al presumible niño sátiro de sus despliegues imaginativos. Catorce veces por la ley con sus correspondientes específicos y con todos los ritos, todas las ceremonias. No llevo bien la cuenta, agrega, pero, si no me falla la memoria, mi madre debe andar por los setenta, digamos que setenta y tres, y su último esposo, pues por los dieciocho o diecinueve: dime qué te parece. Pero a Susoledad no le parece nada extraordinario. Un somero repaso y asoman sin esfuerzo parejas tales como las de Rembrandt y Gertie Direx o Dalcari Revilo y Sumeodesdenor. Por otra parte, ha mantenido relaciones con personal de todas las edades y de todos los sexos y de todas las razas, de todas las filosofías, clases, niveles económicos, políticos y culturales. Incluso hasta con siete especies extinguidas.
Quieres decir, ¿con animales?
Ellos también son metabólicos.
Marla recuerda que Susoledad nunca dejó de sugerirle la adquisición de un falderillo, de una mascota, una alimaña de carácter doméstico. Algo que se dejara acariciar y agitara la cola o devolviera ronroneos. Pero Vitraque se murió atragantado con un hueso. Onorisandro se marchó maullando en forma intempestiva, Coralina y Nautilus perecieron boqueando entre las heces y resequedades del fondo de un globo de vidrio y hasta la cachazuda jicotea, que no alcanzó a gozar de nombre propio, se escurrió por un desagüe en cuanto pudo.
Mi madre, en cambio, puntualiza, tiene tremenda mano para todo: animales y plantas y qué decirte para los maridos. Tanto en su época circense como de bailarina, de topmodel, de actriz, y luego de señora, de señora de clase, y hasta ahora mismo en estos tiempos de pura y absoluta decadencia. Sé que conserva todavía su colección de mariposas: cada ejemplar atravesado de parte a parte por el alfiler corresponde al suplicio de algún incauto o vago amante, cada insecto vistoso a uno de sus amores de categoría. Pero no creas que la envidio, que la reprocho o la critico. Lo decidí hace treinta años sobre el Puente de Brooklyn mientras le hacían aquellas tomas para la película: nunca me iba a casar, nunca me iba a comprometer.
Susoledad conoce apenas a la madre de Marla: claro que todos los trasiegos de su curriculum matrimonial. Y la recuerda en todo caso quizás un tanto veleidosa, algo, un tanto anecdótica. Por lo demás y en un azar, ha tenido ocasión de enfrentar la película, que no ha clasificado ni como comercial aunque tampoco es manifiesto iconoclasta o vanguardista. Cinta desaprobada por la crítica, el cine independiente y los circuitos del gran público, resulta abominable hasta para los ancianitos cochambrosos que en los cines de barrio se masturban como un modo instintivo de no rendirse ante Tanatos echando mano a lo poquito de Eros que les resta.
Bueno, no siempre tienes que casarte o comprometerte. Puedes amar como una forma de amenguar el estrés. Pero a propósito de ello: ¿a quién le has dicho que viniese cuando te hallabas al teléfono?
Creo que ya te hablé de Luis Alberto. Para ser policía, es de lo más entretenido. Aunque, vamos, por Dios, no me mires así. No hay sexo, desde luego, y no pudiera, claro, haberlo.
¿Por qué no pruebas con otro hombre, con un hombre cualquiera, un hombre del montón y sin espíritu de cuerpo?
Me entretienen bastante sus visitas.
Quien dice un hombre, una mujer.
Conmigo tengo suficiente.
Susoledad se encoge de hombros y Marla vuelve una vez más sobre el amigo de la ley y el orden. Todo un hombre providencial. Trae a casa, asegura, noticias que tú sabes, de esas que brillan por su ausencia en los periódicos, la radio, la televisión, y hasta historias morbosas sobre mis vecinos. Por otra parte, Luis Alberto, continúa explicando Marla, se condujo la mayor parte de las veces como un jefe tiránico. Pero ahora, al borde del retiro, es a él a quien tiranizan. Yo insisto en que se lo merece y descubro su veta masoquista, es decir, lo que él llama su vocación.
¿De modo que deseas seguir siendo investigador, así le digo, así le provoco, de la Brigada de Homicidios? Le he transmitido, por supuesto, todo el asunto mío. Creo que es preferible que lo sepa por mí y no por el primer imbécil que aparezca.
Susoledad deja entrever una faz reflexiva: ¿Contribuir a superar las frustraciones y el tedio de las gentes seguía constituyendo su razón de ser, el meollo funcional y a la vez ontológico que argumentaba su existencia o acaso había llegado el tiempo de tomarse un respiro, to take a break, disfrutar de un minuto de descanso?
Pero lo tuyo en todo caso, recuerda a Marla, voz dulcísima aunque no exenta de malicia, fue un intento suicida.
Sí, claro, eso se dijo.
O mejor: unas ganas enormes y tremendas de llamar la atención
Son las dos caras más o menos de la misma moneda. El azar me ayudó: no me rompí ninguna vértebra, fui famosa por unos meses, conseguí emanciparme y me pagaron tanta plata que me duró casi hasta hoy.
Desde el apartamento colindante se percibe una voz entrecortadamente masculina. Sus obscenos reclamos electrizan el aire, desafían las paredes y caen como chorros de testosterona en cada glándula de Marla.
Me gusta mucho el tipo ese, quiero decir, el de allá al lado. Viene todas las tardes y se marcha temprano. Luis Alberto confirma que se trata de uno de los clientes de mi vecina. Se parece al marido de mi madre. Al último, al decimocuarto.
En la pantalla del equipo se siguen proyectando escenas suprimidas en la edición de la película:
El director ordena: bésense. La mujer, bella y corpulenta, abofetea a una esmirriada e infeliz muchachilla reclamándole disciplina y luego la besa en la boca, con reciedumbre, hasta la asfixia.
Al percibir el interés de Susoledad, Marla señala a la pantalla y asegura: Ese clip en concreto alcanzó precios espectaculares. Quiero decir, en su momento; pero ahora incluso, me imagino, debe valer todavía algo. De hacer caso de Luis Alberto, su importancia radica en que bajo las técnicas de identificación, esas que existen hoy por hoy, podía instrumentarse como «prueba circunstancial» en caso de plantearse algún litigio; yo en cambio pienso en su interés como performance, en su valor simbólico y artístico.
¿Una eres tú y la otra es tu madre?; ¿quiero decir, las que se besan?, trata de definir Susoledad.
Marla se encoge de hombros: bueno, no sé, ya no sé bien. De eso hace más de treinta años. De todas formas, continúa, siempre se hallaban a la mano una trouppe de stunts, dobles que no pertenecían a ningún sindicato: lo rutinario, lo normal dentro de los proyectos para cualquier studio por aquellas épocas.
Susoledad descorre un parietal del cráneo de Marla y así el cerebro exterioriza unos cuantos secretos:
una masa encefálica dos hemisferios y un cuerpo calloso cisuras de Rolando y Silvio córtex: materia gris, materia blanca glándula pineal axones y dendritas cerebelo tronco y/o bulbo raquídeo...
Después se ocupa en examinar su propio estado de ánimo: sentirse, el colmo, solitaria. Así que corta por lo sano: tengo que retirarme, irme ahora mismo, coño, se me está haciendo tarde.
Desde el apartamento colindante llegan ruidos y estrépitos. Furtivos ecos y fragores; frases siempre inconexas, gritos y resonancias. El inequívoco estallido de un objeto de vidrio o de cerámica que se deshace contra una pared.
Quédate, por favor, suplica Marla, también me gusta un poco el niño, el niño que hace las tareas. Se me parece mucho a otro de los maridos de mi madre. Pero Susoledad lo cree un ardid, un simple intento para retenerla. Echa un breve vistazo a su agenda electrónica: demasiadas solicitudes, demasiada demanda, ¿algún tiempo pasado fue mejor? Se despide cantando el himno de los solitarios y de paso practica su pronunciación: «all the lonely people, where do they come from?».
Una vez que Susoledad se marcha, Marla vuelve a escuchar el tune impenitente que ha pretendido desoír. En vez de hacerlo por el celular, prefiere recibirlo por el fijo. El cable entre la cama y la mesita: un colgante del Puente de Brooklyn.
Hola, dice la voz.
En la pantalla de la vieja PC una mujer escultural sonríe a los hombres de las cámaras y, a varios pasos, Marla misma, muy joven y muy poco agraciada, se inclina sobre la baranda.
Se inclina más, se inclina más.
Sáquenle tomas a la niña, sáquenle todo el footage, cambia de plan el director luego de secretear a uno de sus utilities, aspirante a un lugar más perceptible en el reparto.
Un joven alto y muy apuesto, mano en close-up y gran anillo en su anular, se acerca a la muchacha en equilibrio defectuoso sobre la baranda y la propulsa hacia el vacío con un discreto aun cuando enérgico empuje de su dedo índice. Una Mari teenager se precipita hacia el East River desde aquella pasmosa altura ejecutando inverosímiles y deslucidas volteretas.
Desde el apartamento colindante llega un susurro placentero y unos sollozos: de niño, de hombre, de mujer. Marla toma el teléfono que, entre relevos y descansos, lleva un buen par de horas repicando. Acomoda el manófono a la boca, al oído, pero todo su porte deja entrever una indisposición a hablar. Apretados los labios, los dientes de la prótesis crujen a punto de pulverizarse en un tozudo tranque de mandíbulas.
Hola, insiste una voz versallesca de anciana y por detrás otra muy joven: moderna, zafia y masculina.
Estás tan loca como tu hija. Olvídalo, nunca te va a contestar.
Ninguna de las dos mujeres pronuncia la más mínima palabra. Se quedan escuchando a cada extremo de la línea:
cosquilleos electrónicos sonidos ambientales jadeos y respiraciones…
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