LA HETERODOXIA DE FREI BETTO
Leonardo Padura
Nuestro amigo Frei Betto cree en el dogma, incluso lo profesa y, sin embargo, tiene la virtud de no ser un dogmático. Y creo que no lo es en ninguno de los territorios de sus muy diversas labores, que abarcan esferas como la eclesiástica, la social, la política, la cultural, la humana y la creadora. Pero como conocemos más al Betto teólogo, ensayista, polemista, y menos al Betto creador, la publicación en Cuba de su novela Minas del oro (Editorial Arte y Literatura, 2015) nos abre una puerta para entrar en ese universo peculiar del empeño globalizador de Betto y constatar su heterodoxia literaria —cuya práctica se hace evidente en esta novela.
De más estaría decir que habría muchas formas de contar la historia de Brasil, un intento que podría resultar tan vasto o inabarcable como el mismo territorio físico de un país en el que todas las dimensiones parecen disfrutar del privilegio de la desproporción. Sus ríos, sus montañas, sus selvas, sus praderas… con sus gentes, sus músicas, sus lenguas, sus culturas conocidas (algunas de ellas hoy desaparecidas o en vías de perderse) o todavía por revelar.
Siendo un pensador, resulta cuando menos curioso que Betto haya escogido el arte de la novela para realizar tan ambicioso y abarcador intento. Y si ejecutó esa decantación trascendente y visceral, creo que fue precisamente por la heterodoxia que define a esta forma de escritura: la novela es el reino de la libertad literaria, de las formas y de los contenidos, del lenguaje y de las perspectivas, y fue precisamente desde esa libertad que el intelectual Betto pudo entrever la posibilidad de asomarse al horizonte de ese sertón inabarcable y tormentoso que es la historia de Brasil.
Ahora bien, siendo Betto un mineiro, fruto orgulloso de Belo Horizonte, es mucho menos casual que para lanzarse en esta aventura histórica y literaria, el escritor haya escogido, como parte del todo, la crónica crispada y ejemplar de su territorio natal, el fabuloso y fabulable estado de Minas Gerais, uno de esos rincones de la tierra bendecidos o maldecidos —nunca se sabe bien— por las enormes riquezas que puso en él la mano de Dios o las convulsiones geológicas y naturales —que tampoco se puede ser dogmático en temas como este.
Y dentro de la enormidad de esa historia particular, el albedrío novelístico del escritor tomó como centro posible de la saga a una familia que parece condenada no a cien, sino a cuatrocientos años de soledad y vagancia: la estirpe de los Arienim, tras cuyas peripecias, fortunas e infortunios nos movemos a lo largo del libro y a lo ancho de la historia de Minas Gerais y, con ella, de Brasil... e incluso más allá.
Un cartucho de cuero en cuyo interior hay un extraño mapa que parece conducir a las
mayores riquezas de la tierra es el vínculo irrompible que ata y guía a esta familia desde los días genésicos en que su fundador, Fulgencio Arienim, recibe el paquete de manos de un marino herido de muerte por una prostituta. La búsqueda de ese filón salvador, en el que se empeñan unos Arienim y del cual se desentienden otros, recorre varias generaciones de la familia, mientras a su alrededor se teje el manto envolvente de una historia exagerada, como exageradas fueron las riquezas extraídas a las entrañas de la tierra mineira.
Porque si los Arienim y sus tribulaciones son la espina dorsal de la estructura dramática del relato novelesco, la búsqueda, extracción y posesión del oro y las piedras preciosas de Minas Gerais es el motor de la historia mayor que, entre saltos y paradas, nos cuenta Minas del oro.
A lo largo de un recorrido paradigmático de lo que significó el proceso de conquista, colonización y expoliación material que sufrió el territorio hoy conocido como Minas Gerais, Brasil e incluso todo el continente americano, Betto hace aparecer en su dimensión histórica y mitológica muchos de las constantes que definieron cada momento de este proceso: desde la persecución del Dorado, la Sierra Resplandeciente, la Cuna de las Estrellas y hasta del Paraíso Terrenal, hasta los muy reales hallazgos de tesoros en los que «el brillo del oro cedió el lugar al refulgir del diamante», para el pasajero enriquecimiento de la corona portuguesa y el nacimiento de las desproporciones culturales y espirituales brasileñas, esas exageraciones reales que permitieron la creación de grandezas artísticas como la obra singular del maestro del barroco conocido como Aleijadinho (de cuyos mitos y realizaciones da cuenta la novela), o la construcción de la iglesia del Pilar, inaugurada en 1772 y cuyo interior fue revestido con 400 kilos de oro y otros tantos de plata, o la fabulosa empresa de Joao Fernández de Oliveira, quien llegó a ser el vasallo más rico de la corona y que, para mitigar la nostalgia por el mar de su mujer, la mulata Chica da Silva, hizo excavar, en pleno sertón, un lago artificial y mandó construir un navío con mástiles y velas para una tripulación de diez hombres.
Historia recorrida por bandeirantes, negros esclavos y negros fugados que daban origen a un conflicto étnico hoy todavía no resuelto; por indios sabios y esquivos de cuya humanidad se dudaba y que fueron y son victimizados por los colonizadores de sus tierras ancestrales; y, por supuesto, por mulatos inasibles, diabólicos o melancólicos, la crónica recreada por Betto va de los hechos a los mitos, de los sueños a las conquistas mayores de lo terrenal y lo espiritual, pasando por el reflejo de un destilado cultural en el que se mezclan religión, música, arquitectura y hasta cocina, de la que Betto (hijo de una especialista en el tema) nos regala algunas recetas muy reveladoras del espíritu mineiro, como esa abrumadora feijoada ante cuya presencia yo mismo me rindo en cada estancia que hago en Brasil.
Siguiendo desde el sigloXVI hasta el presente a la estirpe de los Arienim Betto nos trae hasta una contemporaneidad en la que los frutos de las entrañas brasileñas nos conectan con el destino último y más frívolo de la expoliación colonial, y lo hace a través de la leyenda fabulosa de un extraordinario diamante hallado en el siglo XVII, que por su tamaño, peso y propiedades para dejar pasar la luz fue llamado Belo Horizonte, como luego se llamaría la capital del estado mineiro. El encargado de descubrirnos esa peripecia será, precisamente, quien nos ha contado toda la crónica de su familia, el último representante —así se califica él— del clan de los Arienim.
Pero si la historia de una larga estirpe nos sirve para adentrarnos en la historia de Minas Gerais, y si la de Minas nos revela la de Brasil y, por analogías indudables, la de toda América Latina, creo que Betto ha escrito toda esta novela heterodoxa que atraviesa los siglos y las guerras, las vidas y las muertes de muchas generaciones, sobre todo para tocar una fibra íntima y reveladora de sus coterráneos que quizás no hubiera podido revelar con igual intensidad desde otras formas de escritura.
Así, en las páginas 105 y 106 de nuestra pobre y oscura, pero salvadora edición cubana de Minas del oro, podemos leer:
En la cena el gobernador [Conde de Assumar], se desahogó al oído de Otaviano Arienim [tataranieto del fundador Fulgencio Arienim]:
—Esta tierra evapora tumultos; el agua exhala motines; destilan libertad los aires; vomitan insolencias las nubes; causan desórdenes los astros; el oro suscita desatinos; el clima es tumba de la paz y cuna de la rebelión. Quien vio a un mineiro puede decir que los ha visto a todos. Incluso algunos, que tuvieron mejor educación, y fuera de Minas eran de loable procedimiento, en cuanto regresan a ella se vuelven como los otros y, como árboles trasplantados, siguen a la naturaleza de la región a la que se trasladan. Veo que nada se logra con mi talento, bastante diferente de esa gente que de ningún modo se puede gobernar. Solo dejándolas a las leyes de la naturaleza, lo que hasta ahora no les he consentido, ni les voy a permitir. Pero la experiencia demuestra que cada día puedo menos. Como en los asuntos en los que debo hacer uso de la fuerza me descubren la debilidad, de ese modo se tornan inútiles mis diligencias.
—Excelencia —observó entonces Otaviano Arienim—, Portugal es favorecida por los mares, Minas es una tierra enclaustrada por montañas. La gloria lusitana reside en hechos del pasado; aquí aún hay que conquistarla en el futuro. Si sus patricios se vanaglorian de haber nacido en la metrópoli que ejerce poder sobre tantas y tan vastas colonias, aquí la gente se arrastra en las minas en busca de oro, vive aprisionada en un paisaje pétreo que tanto favorece a la melancolía y a la introversión, y no sueña con otra cosa sino con la libertad…
Y si es cierto lo que piensa el condegobernador y «quien vio a un mineiro puede decir que los ha visto a todos», y si también lo fuera la conclusión de Otaviano Arienim, de que la gente en Minas «no sueña con otra cosa sino con la libertad», y si, como sabemos, Frei Betto es mineiro, pues empezaremos a entender mejor por qué este intelectual ha escrito una novela, esta novela, con más heterodoxia que ortodoxia, utilizando como reveladores y valiosos pretextos los grandes relatos de la historia local, nacional y regional, solo para al final dejarnos este gran mensaje: el del mayor y más persistente anhelo humano, esa búsqueda de la libertad tras la que se movieron tantas generaciones de los Arienim, esa libertad no siempre alcanzada pero sin cuyo anhelo el hombre dejaría de ser lo que es, y el mineiro no sería mineiro. O al menos así lo piensa y nos lo dice Frei Betto.
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