Los collares de la cobra*
Marcelo Morales
Yo sé que Baragaño no es el mejor poeta de la tierra, pero es uno de mis poetas, probablemente el único que me sigue gustando de los que leía a los 16 años. Fue mi tía abuela, Migdalia, quien me lo presentó; le pregunté por qué los poetas hablaban tanto de la muerte y ella me dijo que lo hacían preguntándose qué habría después. Fue como si me abrieran una cortina negra delante. Ella no lo había conocido, pero como había sido uno de los mejores amigos de Roberto Branly, su esposo, estaba llena de historias de Baragaño. Que si no se bañaba nunca (hábito adquirido de los surrealistas franceses); que si su bañadera estaba siempre llena de libros; que si había venido para La Habana a estudiar y se mantenía, sin hacerlo, con el dinero que le mandara su padre, de buena posición y con el que, sin embargo, tenía una relación tirante; que padecía de insomnio y caminaba madrugadas enteras bajo los portales de la calle Reina; que se creía un genio; que era un ser insoportable; que se había ido a París a vivir una vida de poeta surreal; que había virado con hábitos parisinos…
Poco a poco fui entrando en sus primeros poemas, esos que escribió temprano: «saber de mí es ir al agua del lavabo que dice / las mil historias / de mi cuerpo»;1 «[c]uando la golondrina se le escapa al cerezo».2 En mi vida, cada vez que quiero leer algo que sé que no me va a defraudar, abro un libro suyo; no sé por qué, pero es así.
Nunca fui un lector sistemático y estudioso de Baragaño. Lo leía por placer, por puro gusto. Abría aquí, picaba allá. Recuerdo que el día en que cumplí 29 no pude dejar de pensar en su muerte: a esa misma edad y en la parte posterior de una máquina de alquiler (por entonces yo pensaba que había sido en un carro de alquiler, aunque fue en el carro de un amigo, el periodista Euclides Vázquez Candela). Al menos así describía su muerte su amigo Branly, en un poema que le dedicó: «ya nadie te mienta —decía—, ni siquiera aquellos que antes, al menos, te mentaban la madre —cito de memoria—». Hace algunos años, hablando con Lisandro Otero sobre «Palabras a los intelectuales», me comentó que Baragaño había sido un gran oportunista. La enemistad y la antipatía entre ellos venían de París, de la Casa Cuba. Otra vez, Jaime Sarusky —que también lo conoció en París y con quien el poeta tuvo, igualmente, una relación incómoda— me contó que estando Branly enfermo en una pensión de mala muerte, en La Habana, cerca de la Universidad, Baragaño lo había ido a visitar y le había robado de la mesa de noche las pocas pesetas que Branly tenía para medicinas. Muchos me lo han descrito como uno de los hijos de puta más grandes que han conocido: un tipo violento, ácido, un verdadero poeta maldito. Otros, como Rafael Alcides Pérez (otro grande), me lo han descrito siempre como un hombre ácido, arrogante con lo mediocre, pero sensible, genial, inteligente, humano, tremendamente humano.
Creo que uno puede entender a Baragaño a través de dos de sus títulos. Entender quién fue, quién estaba llamado a ser. Uno de ellos pertenece a su primer libro: Cambiar la vida (1952); este título, tomado de un verso de Rimbaud, siempre me pareció esclarecedor. El otro: Poesía, revolución del ser, publicado en 1960, me ha acompañado a lo largo de mi vida como poeta. Su vida entera, su arte entero gira en torno a esto, en torno al eje de una Revolución, de «un amor original», al eje de una metamorfosis.
Si ha habido algún poeta cubano que me ha deslumbrado ha sido él; si existe una poesía que he llegado a amar ha sido la suya. Cuando empecé a tratar de leer en Baragaño, creo que estaba más interesado en el personaje que en su poesía. Yo era un adolescente que leía un libro de otro adolescente: Cambiar la vida; pero había una gran diferencia entre nosotros. Yo era un adolescente común que leía el libro de un adolescente genial. Cuando publicó Cambiar la vida tenía apenas 20 años; cuando murió estaba a punto de cumplir 30 años. Mientras más entraba en su poesía más tenía yo la sensación de estar entrando en una manigua transparente, una manigua simbólica. Todavía hoy no sé bien por qué tenía esa imagen en la cabeza. Era como entrar a una transparencia tupida; a un sinsentido lleno de sentido, de significado, un sinsentido lleno de belleza; una maraña nascosta donde te asaltaba, de repente, el sentido en su máxima expresión, un flash, una imagen deslumbrante, un significado para la vida, un sentido para la vida, un eureka, una verdad… Pero no una verdad surreal, sino una verdad que salía de un quiste de la vida misma, o mejor, una verdad enquistada. Conóceme para que puedas verme, aprende a verme —parecía decirme—. Su poesía saltaba como un tigre transparente en una selva transparente: un tigre lleno de belleza y de sentido; un tigre que estaba lleno de un poder, que no iba dirigido en mi contra sino a mi favor; un tigre obsequiante de poder, un ancla sabia, un ancla útil.
Esa comunión, ese diálogo que sostuvo su poesía con mi espíritu me llevó a interesarme más por su vida. A todo aquel que lo había conocido le pedía que me hablara de Baragaño. Recuerdo que César López me dijo que te podía abrir la puerta completamente desnudo. Alcides Pérez me contó en otra ocasión que le podía decir a cualquiera que era un estúpido total sin que le temblara un músculo de la cara. Recuerdo asimismo una rara historia que me hizo la narradora María Elena Llana, sobre un retrato de familia en el que había aparecido vestido de miliciano después de muerto…
Nacido en Pinar del Río, había llegado a La Habana en el 50 y se había ido a París desde el 52 hasta el 54. Al parecer luego volvió a París, porqué César López se lo encontró en el 57 por allá, en un café del Barrio Latino que frecuentaban Baragaño, Fayad Jamís, Jaime Sarusky y otros. César tuvo que tomar partido y escoger con quién quería hablar, pues todos estaban sentados en mesas separadas y se detestaban con fuerza. Graziella Pogolotti también lo vio en París en el año 59.
Muchas fueron las cosas que escuché a lo largo de mi vida sobre la suya. La mayoría anécdotas de un loco, de un personaje que no encajaba bien con nadie, con nada. Que vestía una camisita de fiebre, churriosa, sacos largos y sin medias, melena, pipa para epatar; que en Pinar del Rio él y Heberto Padilla habían retado a duelo a los profesores del Bachillerato y que los habían despedazado; que los soldados los habían molido a golpes.
Es la generación de James Dean, de los rebeldes sin causa; es la Cuba de Prío, del golpe de Batista. La Cuba burguesa, racista, donde no había cabida para frases como «la nada es un huevo redondo», de su único compañero en el barco del surrealismo tropical (Roberto Branly). Baragaño, al igual que Lautréamont en la Francia decimonónica, reaccionaba contra la miseria cubana, la del intelecto, la del espíritu, y contra la estética burguesa. Al igual que Dadá, había que cagarse sobre los transeúntes burgueses, había que cambiar la vida, había que hacer una revolución, pero del ser. Cambiar su vida era más fácil que cambiar la vida; lograr el cambio personal es siempre más fácil que lograr el cambio de una sociedad. Hacer una revolución del ser, más fácil que hacer una revolución de los seres, en los seres. Dicen que mientras el barco partía llevándose a Julio Cortázar de La Plata a París, le gritó a uno de los amigos que había ido a despedirlo que se iba para matar a Borges, y para conocer al autor de Najda. No sé a quién habría querido matar Baragaño. La realidad aquella estaría llena de gente a la que habría querido matar; y llena de gente que habría querido enterrar a esa mezcla de James Dean con Lautréamont, con Rimbaud, con Eliphas Levi, con Artaud, con Breton con Najda. Atrás quedaba la nata de petróleo de la bahía con sus ratas muertas, con su pueblo bárbaro de brujeros y de congas y conjuros y burgueses y colas de pato; y atrás quedaba la paliza pinareña y el reto a los profesores del Liceo y el gobierno de Prío, y quedaban Sabá y Padilla y Guillermito y Branly y Néstor, y quedaba la rumba y la republiquita.
Una tarde, revisando en la biblioteca y en la papelería de Branly, encontré un sobre con el nombre de Baragaño, con cinco cartas dentro y una fotografía. Dos de las cartas eran de Baragaño, una de Graziella Pogolotti y las demás, de Néstor Almendros. La de Pogolotti está escrita en Roma, el 10 de diciembre de 1959, a pocos días de la caída de Batista:
Caro surrealista amigo, ¿Sabes que me encontré en París con tu surrealista colega, el nunca bien ponderado Baragaño? Andaba con su desmelenamiento habitual, nada menos que por la UNESCO (¿puedes decirme qué hace un surrealista puro en semejante sitio?). En fin, que a pesar de su repulsión por el trabajo, lo andaba buscando. Se proponía conseguir algunos francos para ir a Alemania a estudiar filosofía. Dios se apiade de él…3
Las de Baragaño son de letras que se van al cielo: una escritura rápida y hacia arriba, trascendental. La primera está fechada 10 de julio del 58:
Querido Branly: Poeta, estoy incorporado a la otra cara de mi noche oscura del alma, en el chisporroteo de la investigación y del dolor, dentro de un mundo que se ahoga para siempre. Escribo y espero que tú lo haces [sic] también, es lo único importante y real para nosotros. He hablado a Breton de tu obra y de ti, de todo lo que se hace en Cuba y de lo que se puede hacer, mándale tu libro. Por ahora te digo que el espíritu produce una tensión que no estalla, es bello y es oscuro, pero es transparente. Cuidado con la alienación de todos los valores que hay en nuestro país. Escríbeme.
Saludos para Guillermito, Sabá y los otros. Te quiere Baragaño.
La segunda es más extensa. Está fechada el 17 de agosto de 1958. Ambas están dirigidas a la revista Carteles:
Encontramos siempre la verdad en la exterioridad- interioridad del ser que presenta un reto al que correspondemos con el poema. Poema es todo lo que consciente o inconscientemente trata de expresar el universo.
Hace unos años, en París, me dediqué a seguir su rastro. Busqué la dirección de la editorial y revista Le soleil noir, en donde publicó Cambiar la vida: 29, Rue de l’Echaudé. Era un callejón estrecho; y el sitio, un sótano cerrado con un madero ancho como arquitrabe. Un señor de unos 70 años fue el único que se acordó de la revista, de la editorial. Había vivido toda su vida allí. Era gordo y estaba vestido con un traje azul oscuro, camisa clara. Me dijo que eso había cerrado hacía siglos de siglos.
En el contén de la plaza Furstemberg, más bien plazoleta, me senté. Había estado mil veces en ella, en realidad había estado en otra plaza: una plaza distinta, la del poema. Allí Baragaño había dejado su maleta:
Tengo 18 años, he almorzado, estoy en la hamaca de la biblioteca, llego a mi Plaza Fustemberg, es una plaza pequeña con bancos de piedra, con fuentes de piedra, con agua, con gente, entro en la maleta:
En un rincón de la Plaza Furstenberg en París he dejado una pequeña maleta invisible
Que acostumbro a mirar a través de un espejo de grano muy unido que encontrara en el sitio mismo en que la maleta reposa
A muy pocos pasos de ese lugar absoluto he vivido algún tiempo Dentro de la maleta
Hecha de piel de murciélago gira un pájaro más veloz que cualquier electrón
Y se detiene a veces a examinar un ejemplar de un libro que me regaló un poeta japonés y que cuenta las innúmeras posiciones que adopta una flor para recibir o rechazar la luz del sol
[…] Hay entre el libro y el lanzallamas una fruta de cristal que ha viajado diez mil años para que la tocara sencillamente
[…] Ocurre que entre el lanzallamas y el cuerpo de Kábala hay un ejemplar de Nadja de André Breton lo que tampoco quiere decir qué tenga un sentido místico4
Otra tarde fui a buscar la dirección de André Breton que aparecía en la carta. Me acompañaban la poeta Reina María Rodríguez, la curadora Sachie Hernández y el traductor Jorge Miralles. «Yo busco el oro del tiempo», decía una tarja afuera. Yo pensaba en el lanzallamas, en la sensación de estafa y de tesoro que me ha producido siempre lo poético: ese tesoro mudo y personal que no lleva a riqueza alguna que no sea personal, interna, íntima.
Cuando pienso en la poesía de Baragaño, en su olvido, no puedo dejar de pensar en que ha sido uno de los poetas más talentosos de esta Isla; puro talento; la manera de evaporar ideas, la manera de pensar la poesía, de vivirla. A Piñera su surrealismo le parecía trasnochado y puede que tuviese razón: que el surrealismo para la época estuviera trasnochado, que el surrealismo entero fuera una trasnoche, que la poesía entera fuera una trasnoche…; pero, al mismo tiempo, su talento y genialidad lo dejaban olfatear y reconocer el talento ajeno, el talento Baragaño, el universo Baragaño. Un universo que enseña la nada, un universo que expresa el algo de la nada.
Creo que he participado de su muerte, de su olvido. Siempre supe que mi poesía no iba a tener trascendencia alguna. Creo que empecé a escribir con el mismo miedo a morirme; pero sin ese entusiasmo por la trascendencia y la gloria que los demás tenían. Yo había visto el olvido de un poeta como Baragaño, y si un poeta así podía ser olvidado, ¿qué podría esperarse de mí, de mi breve drama? Muchas veces me he preguntado el porqué de mi amor hacia el universo Baragaño y muchas son las respuestas que me he dado. Su deseo de absoluto, su revolución del ser, su cambiar la vida; pero entre todas he llegado a pensar que es algo más primitivo, más raigal. Y es esa sensación que adquiero —esa extraña sensación— de que me está hablando directamente. La sensación de que me está hablando en una lengua que entiendo, que he aprendido: una posición oráculo. Una absurda sensación de creer que hay vida en sus palabras, de que me está hablando a mí y a nadie más: un susurro que traspasa un tiempo, que traspasa el tiempo, un lenguaje vivo. La poesía como ácido. El cinismo es un ácido por donde pasamos la vida, la poesía. Si después del ácido las cosas brillan todavía, si el ácido no pudo remover el oro…, entonces el oro era oro y no pátina: un filtro para cambiar la vida. En el fondo, la calidad no es algo que se pueda consumir con indiferencia, un alma con cayos, una ambición real de absoluto; pero no de absoluto muerte, de absoluto vida, de ser: «las aguas inmortales van a invadir mi mundo».5
Un oleaje negro, sin ser. Él me ha acompañado; estando vivo, lo he acompañado a él. ¿Es su poesía lo que queda de él? ¿Sus palabras son sus restos o son su ser más puro?
Si yo no hablo el mundo desaparece Si yo desaparezco.6 he de pasar mi cuerpo de contrabando hacia una zona donde Dios no existe7
Veo en Baragaño. Cuando entro en su esfera, puedo ver; todo cobra sentido, toda imagen tiene sentido ¿Me estás hablando en lenguas? El que tenga ojos para ver que vea; oídos, que escuche. No hay surrealismo, sino realidad, realidad Baragaño: adivinanza, oráculo, magia, conjuro. El conjuro de la materia, el de lo real; la poesía. La verdadera poesía —para el que logra consumirla; para el que puede sentirla o escribirla, pensarla— es una revolución del ser, un cataclismo; no saldrás ileso. Como en el amor, para bien o para mal, la poesía, cuando llega a la categoría del arte, siempre te cambia.
Siento el cuerpo de la dimensión mágica Del suicida que pasa ahora mismo por el mundo
De qué vivo me pregunta el burgués proletario
Que aspira a la proletarización creciente del espíritu para alimentar las cebollas de la masa […]
¿Soy un poeta?
No en el sentido que tú lo entiendes8
Una jungla transparente —repito—, una jungla Lam; una realidad sueño, transparencia y lejanía. Son sus palabras fetiche. Una selva de cristales, ora opacos ora traslúcidos, cifrados. Belleza y fuerza en medio de la maraña, de su manigua: «la muerte sonó como el despertador»,9 «un sol cayendo en medio de la noche».10
Con la Revolución su alma llena de callos encontró al otro: esa otra Revolución que no era la del ser, sino la de los seres. Su anarquismo rebelde encontró una idea con la que podía comulgar: el bien, lo que creyó él que era el bien, lo que lo fue en ese momento quizá. Cambiar la vida era dar la vida; era ir a una guerra real, con balas y morteros y con muertos; era El Escambray y Playa Girón; la muerte real llena de huesos y de sangre; la bala real; la vida vivida hasta su máxima expresión; el miedo acaso; morir por algo superior, por algo más allá del egoísmo; morir por otros, por los otros; matar. «La patria es la tierra en que nos entierran sin / tristeza».11
Se lo puede acusar de todo menos de no hacer arte. Su poesía primera es una respuesta a ese mundo que sentía fatuo, mediocre. Negar primero para afirmar después. Con el triunfo de la Revolución, de pronto, tenía un sitio en la realidad. No lo sabía; pero por un breve espacio de tiempo, Poesía, revolución del ser; ser; Revolución poética iban a tener un espacio en su vida.
El punto de mira de la Revolución apunta a todo lo corrompido. La poesía es iluminación, pero reacción de ácidos feroces; la poesía es símbolo, pero símbolo compresor de todas las verdades humanas. […]
Nuestra generación no puede ser vencida ni dividida. La oportunidad de su vencimiento sería el vencimiento de la Revolución, y la Revolución no se dejará vencer. Nuestra generación no podrá ser dividida, porque una división significaría la separación de nuestro proyecto de la realidad que está ahí: la poderosa realidad revolucionaria. Nuestro grito, su desesperación, termina en verdadera iluminación, en fiebre creadora, como estamos creando todos los días al destruir un pasado estúpido. Nuestra alianza con todos los agredidos, sean de España o de Argelia es una demostración de nuestro concepto universal de la Revolución, de la vocación humana de nuestro intento.
Nuestro derecho a negar está reivindicado de hecho, a negar lo que admite negación, a afirmar lo poco que admite afirmación, aunque después seamos negados o afirmados en el futuro: el presente es nuestro. No creo demasiado en las actitudes que pretenden hacer un sistema de las generaciones; pero acepto ferozmente la voluntad de transformación de las generaciones: el sentido de su aullido. Ante los que quieren adulterar el sentido de esta Revolución, nuestra voz tiene que recorrer el mundo defendiendo su verdad. Ante los que pretenden permanecer en sus pellejos secos y estúpidos debemos destruir los falsos prestigios. Ante los que quieren hacer de la poesía un criado de la tontería, debemos resaltar el sentido verdadero de la poesía. Ahí es donde se encuentra la verdad de nuestro grito.
Ni vencidos ni divididos: debemos hacer de nuestro grito la palabra de la Revolución. 12
La Revolución como iluminación creadora. La poderosa realidad revolucionaria. Cambiar la vida, cambiar el mundo. Estaba en medio de un sueño. Su radicalización revolucionaria lo era en respuesta a ese mundo clasista que tanto lo despreciaba y que tanto despreciaba; pero al que, sin embargo, de alguna manera, había pertenecido. El proyecto de la Revolución era, ante sus ojos comuneros, el proyecto de una realidad creadora donde algo como él tenía un sitio sólido. De alguna manera a veces pienso que entró en una verdadera edad surreal: la edad Revolución. El cambio violento y constante de las estructuras de poder fue su verdadero momento surreal, el cambiar la vida. De eso se trataba todo. La realidad hablando de sub realidad; lo surreal hablando de lo real; el arte en su momento de comunión con el poder. Al menos para él, el arte en su momento de ser expresado, de ser vivido.
La Revolución tenía para él un sentido estético, un sentido estético que en su caso estaba lleno de contradicción, o empezaba a estarlo. La Revolución produjo en él una revolución interna que cambiaría su vida, su arte.
El encriptamiento surreal debía desaparecer; no más palabras para los elegidos, ahora la palabra era de todos. ¿Destruir los falsos prestigios de quién, de quiénes, de El amor original, de Orígenes, Ciclón, lo burgués?
Casi todos los contemporáneos suyos con los que conversé alguna vez acerca de Baragaño lo sitúan en el centro de la lucha por el poder cultural de la época. La de él era una generación que quería ocupar un espacio. Los ataques más feroces de Lunes de Revolución a Orígenes partieron de Baragaño.
A veces he pensado que la idea de una Revolución prendió especialmente en algunos de estos intelectuales que pertenecían a una capa de burgueses medianos, pequeños, o venidos a menos, resentidos con sus padres ricos, o pequeñísimos burgueses que necesitaban la aceleración de un proceso histórico para llegar a una plenitud. No hablo de todos los intelectuales que abrazaron la causa revolucionaria. En realidad, esto es muy polémico, pues prendió por igual en intelectuales completamente burgueses como en intelectuales pobres (así en Fayad Jamís, Rolando Escardó, Luis Marré). De las revoluciones cubanas quizá la menos burguesa fue la del 95. Antes del 59 o pertenecías a Orígenes o pertenecías a Ciclón; sin embargo, ante los ataques de Baragaño, fue José Rodríguez Feo quien los defendió. ¿Paradoja, conciencia de clase, estética, justicia, visión de futuro?
La tarde en que conversé con Lisandro Otero salí de su casa pensando que había sido entrenado para ser un burgués en cualquier circunstancia, bajo cualquier ideología. «Baragaño fue un oportunista —me había dicho—; en Cuba tuvimos que luchar mucho contra la instauración del realismo socialista; en el primer congreso de la UNEAC fue uno de los artistas más radicales». Salí lleno de dudas: ¿viejas rencillas?, ¿enemistad de clase?, ¿antipatía personal?, ¿verdad?, ¿vendrían de ahí su ataque contra la estética de Orígenes y el rechazo a su propio arte inicial? En la solapa del libro Poesía, revolución del ser, se lee:
Poesía, revolución del ser cierra el ciclo comenzado con Cambiar la vida y prepara el terreno para nuevas obras poéticas. La superación de la realidad como se presentaba en los años del terror, está dada cómo fue posible por el autor, acorralado por un mundo apocalíptico que quería presentarse como eterno. La nueva poesía del autor, esperamos, dará la superación definitiva de esa etapa.13
Yo sé que esas palabras salieron de su cabeza, lo he leído lo suficiente como para conocerlo.
Aquella tarde fue clave para mí. Por primera vez vi algo que ya sabía, pero no había calculado bien: la Cuba de esa generación era otra, aquella era una Cuba distinta, una realidad distinta, con una marcada estratificación social. Lisandro tenía, incluso, un edecán que le traía los archivos. No lo pensé con desdén, o como lo habría pensado alguien de su generación. Todavía hoy es un intelectual que admiro. La verdad es que ahora mismo ni sé por qué fue que pensé eso; quizá fuera porque pensé en la extracción social de todos esos escritores y en la manera que eso los podía definir como personas y como artistas. Branly: burgués-surrealista-comunista pobre, de una familia rica venida a menos; Baragaño: anarco-comunista-surreal, con un padre que se daba el lujo de mandarlo a estudiar en la colina, de pagarle una pensión, una estancia en La Habana, y de enviarle dinero a París; Alfredo Guevara…, la lista es larga. Por otro lado, Guillermito y Sabá: holguineros pobres, de padre comunista, pero resueltos a convertirse en habaneros de El Vedado, acusados, paradójicamente, de burgueses. Pensé en la distancia entre esa generación y la mía. La suya era una generación que había nacido con la Revolución del 33, una generación de posguerra, atrapada entre dos revoluciones nacionales. Nacidos en un país que apenas unos años antes tenía en su constitución la Enmienda Platt; cubanos sin la nación martiana; cubanos que no llegaban a la patria independiente, la patria antimperialista, democrática, al con todos y para el bien de todos. Algunos habían pasado de la Revolución verde como las palmas, del programa de La historia me absolverá —tan guiterista como martiano— a la radicalización comunista (esto, por cierto, no es ninguna contradicción); otros, al com-bate frontal contra el proceso, a la emigración o al ostracismo. Una generación que seguía definiendo el presente, de un lado o de otro, de una manera o de otra. La mía, una generación que yo percibía como una generación de desclasados (con simpatía), de desplazados (con indiferencia). Una generación saturada de patria, de discurso. Viviendo en la cola de un proceso que estaba lejos de haber acabado, lejos de ser revolucionario, lejos del por todos y para el bien de todos, lejos de Guiteras, lejos de cualquier pugna de poder y, sobre todo, lejos del programa original de La historia me absolverá. Una generación que no estaba vacía; pero que vivía, sin embargo, en un vacío: en una nación que estaba más cerca de Céspedes que de Agramonte, más cerca de Vicente García que de Martí. Aquellos, los de los años 50 y 60, por lo menos luchaban por algo. Nuestro Tiempo, PM, «Palabras…». Existían. La mía, en aquel momento (no ahora) tomaba la indiferencia y la emigración como actitud política. La mía, dejaba el campo cultural, la lucha por los espacios culturales y el país a cuanto mediocre medrante había. La mía tenía claro cuál era la línea que no podía cruzar, tenía claro qué significaba estar dentro de la Revolución y qué fuera.
«Baragaño tenía ñeque; no se podía mencionar su nombre, traía mala suerte —me dijo Graziella Pogolotti, una tarde en su oficina de la UNEAC—. De todos, fue el que de la noche a la mañana se volvió más extremista».
De todas las cosas sobre la vida de Baragaño, una de las que más me intriga es su postura ante la censura de PM. Nunca supe cuál fue su posición frente al ataque de Guevara contra Sabá, o mejor dicho, contra Guillermo Cabrera Infante a través de Sabá. Al parecer no tomó partido, aunque se me haga difícil creerlo.
«Tienes que entender el momento —me dijo Graziella—. Se esperaba la invasión. La Habana estaba llena de milicianos, la ciudad entera esperaba una guerra. Todos los edificios de El Vedado estaban llenos de antiaéreas, de sacos de arena. Nunca vi PM, ese mundo de cafetines. En ese momento de la guardia en alto, la noche habanera de PM no era la noche erizada de armas, no la vi cuando podía. La cultura cubana tiene que empezar a ser narrada de otro modo, no puede seguir siendo narrada como una película del oeste».
El 31 de agosto de 1962, a punto de cumplir los 30 años, Baragaño atravesó la puerta de la UNEAC después de una discusión con el entonces teórico del marxismo Roger Garaudy acerca de los postulados estéticos de la Revolución. Murió de un aneurisma cerebral en la parte trasera de un carro. Una explosión de sangre, una luz, un dolor. La poesía es iluminación —me había dicho—. Siempre he querido pensar que entró al último círculo, al mágico, al único cambio verdadero —como decía él—; que murió por un amor al menos, de luz, con luz, con transparencia.
Si le buscase un color sería el de los
collares de la cobra
Si le buscase un elemento entregaríale
el agua
Si le buscase un nombre sería el puro
innominado
Oh muerte tú el único misterio efectivo
El único corte pesado
[…]
Morir no significa nada
Porque muerte no significa
Más que la pura y sonora anulación.14
Dejaba de respirar uno de los poetas más poderosos de su tiempo. El canibalismo poético y su personalidad antipática se encargarían de lo demás. Su hambre de absoluto se calmaba; entraba, al fin, en los collares de la cobra.
* Prólogo a la antología de José A. Baragaño, Una cita informal y constante con la muerte, Ediciones Unión, La Habana, 2015.
1 «Saber de mí», Cambiar la vida, Le soleil noir, Paris, 1952, p. 22.
2 «Iluminación», ob. cit., p. 24.
3 Las cartas citadas han sido tomadas del archivo personal de Roberto Branly.
4 «Analogías de París», El amor original, Ediciones Castor, La Habana, 1955, p. 83.
5 «Dolencia de ser uno», Cambiar la vida, Le soleil noir, Paris, 1952, p. 32.
6 «Crónica de una conquista imaginaria», Poesía revolución del ser, Ediciones R, La Habana, p. 23.
7 «Cambiar la vida», Cambiar la vida, Le soleil noir, Paris, 1952, p. 63.
8 «IV», El amor original, Ediciones Castor, La Habana, 1955, pp. 48-49.
9 «Hypnos», Poesía, revolución del ser, Ediciones R, La Habana, 1960, p. 10.
10 «Cosmogonía», El amor original, Ediciones Castor, La Habana, 1955, p. 99.
11 «Arsenal de la aurora», Lunes de Revolución, no. 100, 27 de marzo de 1961, p. 22.
12 «Una generación: ni dividida, ni vencida », Lunes de Revolución, no. 38, 7 de diciembre de 1959, p. 15.
13 Poesía, revolución del ser, Ediciones R, La Habana, 1960.
14 «Himno a la muerte», Poesía revolución del ser, Ediciones R, La Habana, p. 35.
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