Después del DESFILE

Yeney de Armas

 

 

 

 

 

 

YENEY DE ARMAS (La Habana, 1988) ha recibido, entre otros reconocimientos, el premio César Galeano de Cuento y la Beca de Creación Dador. En 2015 obtuvo el Premio Calendario de Cuento con el libro Rapsodia bohemia, que será publicado próximamente.

 

Abro los ojos a las diez y cincuenta minutos de la mañana. Un despertar súbito: abrir los ojos para entonces despertar.

Todo en orden. El mismo lugar donde me acosté. Mi cuarto. No falta nada. Gracias a dios. Anoche tampoco robaron.

Voy a la cocina para preparar café. Poco polvo y nada de agua. Todavía no ha entrado; tendré que esperar un poco más de lo planificado, sin agua no podré hacer nada. Tampoco me quedan cigarros. Tengo que ir hasta el Cupet.

La bicicleta está ponchada. La goma de atrás hay que cambiarla. Es china, salen malas y a mí me salió peor.

Voy caminando, no es tan lejos que digamos, solo un par de cuadras. Aunque con este sol es imposible caminar a gusto. Me gusta caminar pero no sudar, por eso siempre he querido estar en otro país. Me hubiera gustado Canadá, dicen que hay mucho frío allí. Además, nunca se meten con nadie. Pero ya me importa un carajo. No quiero saber de Canadá, ni en postales.

Afuera del Cupet hay una pila de gente. Siempre es igual. Una pila de gordos con carro. Tengo que pasar delante de ellos. Uno me dice algo. Una cochinada. Tu madre, respondo. Él se ríe. Tiene una lata de cerveza en la mano. Ojalá se atore con el próximo buche.

Adentro también hay gente. La dependiente está hablando por teléfono. Aquí hay aire acondicionado. Es uno de los pocos lugares donde todavía hay. Si no fuera por el olor sería agradable estar aquí. Yo también tuve un aire acondicionado, me lo dejó mi papá cuando se fue. Pero hace meses lo vendí. Me hacía falta el dinero.

Por fin cuelga y empieza a atender. Revuelve en una cesta de jabones y saca uno rosado. Ahora el ambiente se enrarece más. En un local tan pequeño conviven artículos de aseo con comestibles y artilugios para carros. La mezcla de todo eso da un olor extraño.

Abre uno de los pomos que contienen líquido para carro. Al hombre que lo pidió parece gustarle. Lo huele como si se tratara de un perfume exclusivo. A mí me parece grasa quemada, como si achicharraran un puerco o como si se chamuscara uno mismo a carne viva. Me da ganas de vomitar. El hombre pide llevárselo. La dependiente por fin lo cierra y envuelve en una bolsa. Las náuseas cesan. De milagro hay bolsas. Casi nunca hay donde llevarse las cosas. No sé por qué pienso en eso. En realidad, nunca me ha importado si hay bolsas o no. La mayoría de las veces vengo a comprar cigarros y nada más. Ya solo falta una persona delante de mí. La dependiente abre la caja y saca dinero: unos cuantos billetes y algún menudo. Se lo guarda en el bolsillo. ¿Cuántas cosas estarán aquí a sobreprecio?

Me fijo en el mostrador a mi derecha para tratar de adivinar alguna anomalía. Aceite a dos punto cuarenta y a dos punto cincuenta. Diez centavos de diferencia por la misma mala calidad. A lo mejor ni siquiera es original. Una vez le vendí unos pomos de aceite en su envase original a la dependiente de una tienda. Seguro que esta hace lo mismo. En aquel tiempo también vendí mantequilla. Esa sí era tremendo invento, se derretía en cuanto la sacabas del frío.

Una hollywood verde, le digo cuando me toca comprar. Estira el brazo como si comenzara a hacer ejercicios, pero enseguida lo detiene casi a la altura de su cabeza. Ahí está el estante. Se ven las cajetillas de varias marcas. Cada una tiene su ranura específica, parecen estar formadas en fila india. Así nos formaban cuando íbamos a alguna excursión en la escuela. Casi siempre era para echarle flores a Camilo. No es que siempre le echáramos flores a Camilo; es que era la única fecha impostergable, el único día en que ni la directora podía poner un motivo para no dejarnos salir de la escuela. Ese día desfilábamos como un pedazo de mar de pañoletas azules por toda la avenida hasta llegar al río, el único pedazo de agua que había cerca.

La dependiente me da los cigarros y una parte del vuelto. Supe que faltaba dinero sin necesidad de contarlo, desde que lo sacó de la caja registradora. Ya llevo varios años comprando los mismos cigarros al mismo precio. Uno punto veinte dólares. Dos dólares que le di menos uno punto veinte que cuestan los cigarros son ochenta centavos. El vuelto puede venir en una moneda grande de cincuenta centavos, otra de veinticinco y una más pequeña de cinco; o en tres monedas grandes de veinticinco centavos y una pequeña de cinco centavos. Así se puede ir fraccionando hasta llegar incluso a dieciséis monedas de cinco centavos. Pero en este caso falta una moneda pequeña de diez centavos o dos de cinco.

Llama al próximo de la cola sin mirarme la cara siquiera. Falta dinero, le digo. No se inmuta, no hace un gesto de olvido o una disculpa fingida. Se limita a abrir la caja, sacar una moneda y tirarla encima del mostrador.

Salgo con los cigarros en la mano. El gordo de antes sigue ahí, lata de cerveza en mano. Me mira pero no dice nada. Yo también lo miro para que sepa que no le tengo miedo. Hace un gesto con la lata. Creo que es una invitación a compartirla con él. No sé qué haría si yo aceptara. Si no estuviera tan gordo quizás realmente aceptara y a lo mejor él se sorprendería. Estoy segura de que no espera que yo acepte. Y tiene razón, aunque insista con sus gestos de obeso pinchador de jevitas, no aceptaré.

Los personajes que aparecen fumando en las películas, siempre lo hacen con estilo. Rompo la caja y saco un cigarro. Lo enciendo. Recuerdo una película de Paul Auster en la que un personaje entraba a una tienda a fumarse su último cigarrillo al lado del gordo gracioso que atendía. El cigarro resultaba ser interminable. La mayor parte del tiempo la pasaban conversando, casi no fumaban y el cigarro tampoco se gastaba.

Esta caja para mí también es especial porque será la última. Diecinueve cigarros (si descuento este que estoy fumando) para gastar en un par de horas. Ese es el tiempo que tengo, un par de horas y todo terminará porque así lo he decidido. Todavía me falta otra compra antes de regresar.

El barrio sigue casi igual. Me encuentro con Reinier pero no lo saludo. Hago como si no lo viera. Lo conozco desde la primaria, incluso íbamos al pre juntos. En un momento, fuimos buenos amigos. Ya casi no nos hablamos. Mi papá decía que la amistad entre un hombre y una mujer es mentira, siempre terminan empatados y, en verdad, siempre esperé que Reinier me dijera algo. Nunca lo hizo. A veces me parece que no ha cambiado nada y otras creo no reconocerlo.

Afuera del agromercado venden flores, casi todas marchitas a esta hora del mediodía; además son caras. De todos modos, debo comprar algunas. Escojo a la mujer que menos flores tiene; supongo que sus precios deben ser más bajos. Eso, según una ley de mercado. Es una mujer mayor, lee una novelita con ilustraciones y se abanica.

Pregunto por el ramo que me interesa: uno de mariposas. Flores blancas y olorosas. El precio es más alto de lo que pensaba, así que al carajo la ley de mercado. Estas gentes tienen sus propias leyes. Me da el cambio junto con las flores envueltas en un periódico. Esta vez no hay error.

Después voy hasta el río. Es un lugar que me trae nostalgia. Está medio seco y más podrido que antes. Cuando niña no sabía que era la desembocadura de las aguas albañales. Toda la mierda del barrio hace aquí una escala para seguir camino, juntándose con la mierda de otros barrios hasta llegar no sé adónde. Antes suponía que era hasta donde estuviera Camilo. Él era mi ídolo, pero ya no.

Prendo otro cigarro. Cuando termino de fumar, tiro la colilla al agua. Un cigarro para Camilo, que seguro me lo agradece; después de tantos años de flores una fumada le vendrá bien. A mí fumar siempre me ayuda. En la secundaria lo hacía de vez en cuando, pero en el pre estaba becada y se convirtió en un vicio. No soportaba estar encerrada. A veces sentía que me faltaba el aire nada más pensar que no podía salir de allí hasta el día señalado.

Hace unos meses todas las personas entraron en pánico porque alguien decía que el mundo se iba a acabar. Se dieron noticias, se emitieron documentales fatalistas. Todos pensaron por un momento sobre lo frágiles que somos, la superioridad de la naturaleza y toda la palabrería sensiblera que pudiera generar eso. De todo aquello, lo único realmente valioso fue que, por un momento, no pudieron ocultar la falta de libertad. Nadie, absolutamente nadie, pudo negarle algunos minutos de pensamiento a eso y sentir, como siento yo casi todos los días, la misma sensación.

Ahora ya nadie se acuerda. Los noticieros dijeron que todo fue una falsa alarma. ¡Y a otra cosa mariposa, que el mundo no se acaba! Al parecer, no por ahora.

Estoy en los bajos del edificio. Cinco pisos y estaré de nuevo en mi cuarto. Espero que haya venido el agua porque llevo algunas horas de retraso. En el segundo piso está el barbero. Otro gordo mal pelado. Me parece que ya no quedan hombres sin sobrepeso. Tiene la barbería en el mismo descanso de la escalera. Los que no están siendo pelados se sientan a esperar en los escalones. Es un infierno pasar por ahí. Nadie le dice nada. A todo el mundo le molesta, pero nadie habla porque es el barbero más cercano y hace rebajas a los que viven en el edificio. Ahora no hay nadie, ni pelándose, ni esperando para hacerlo. Está sentado en su propia silla alta de barbero, automutilándose la cabeza. Nunca hemos hablado pero hoy tengo ganas de fumarme un cigarro con alguien como en la película de Paul Auster.

Le hago una seña. Él me dice hola. Para nosotras las mujeres es fácil hacer este tipo de cosas. Entablar conversación con un hombre aunque nunca antes lo hayamos saludado. Si yo hubiera sido un tipo seguro que ni me hubiera hecho caso, pero a mí me saluda.

Le ofrezco un cigarro y él acepta. Se lo enciendo. Enciendo después el mío. Me siento en uno de los escalones. Ahora tengo la misma vista de los clientes. Me doy cuenta de que pueden verle el culo a todo el que sube por las escaleras. ¿Cuántas veces se habrán fijado en mi culo? Aunque alguien lo haya hecho no creo que hiciera algún comentario, porque tampoco tengo el mejor culo del edificio.

El cigarro del barbero ya va por la mitad y todavía no hemos dicho ni una palabra. Así es mejor. No sabría qué hablar con él, ¿Qué podría decirle? Tal vez, Hola cómo va el negocio. No creo. Hipocresía. No me interesa cómo le vaya el negocio. Supongo que no muy bien cuando hoy es día feriado y no hay nadie. Mejor es que permanezcamos en silencio hasta el final, así, cuando todo termine, él solo podrá decir conmocionado que estuvimos fumando un rato. Tal vez, si hablamos, entonces diga que yo estaba divagando o diciendo cosas raras, que estaba extraña, solo para buscar sus quince minutos de fama. Apago el cigarro en el escalón donde estoy sentada. Después me levanto hasta la baranda del pasillo y lanzo la colilla. Cae en el jardín de la vecina que antes fuera el jardín del edificio. Dejo al barbero todavía con el cigarro entre las manos y sin despedirme subo hasta mi cuarto.

Pongo las flores encima de la mesa. Reviso la llave de paso: todavía no hay agua. Tenía que haberla recogido anoche, pero se me olvidó. Estaba ocupada planificando el día de hoy. Un día feriado. Es feriado el día que otros escojan para nosotros. Incluso deciden quiénes descansan y quiénes no. Por ejemplo para la dependiente del Cupet no hay descanso. Así sucede con los días festivos. Un día para decir que quieres a alguien, otro para felicitar a mami y otro para papi. No olvides los regalos y las risas. Olvida que durante el resto del año están fajados o ni siquiera se miran la cara, porque ese día es para festejar el vivieron-felices-por-siempre. Desde hace mucho dejé de hacer esas cosas. Incluso antes de que papá se fuera.

Todavía tengo cosas pendientes. Busco en el escaparate las bolsas de las fotos. Hay algunas que no me gustaron nunca. No quiero que estén por ahí rodando en manos ajenas o junto a algún latón de basura mientras todos las pisan. Encuentro una en la que está Reinier. Él me ayudó a vender aceite y mantequilla para la tienda. En ese tiempo todavía éramos amigos. A mí él me gustaba desde que empezamos el pre, pero yo nunca le interesé. No se lo dije abiertamente, pero los hombres tampoco son tontos, seguro lo supuso en algún momento. Tal vez por eso se fue alejando, para no verse en el compromiso de decirme que no. Ahora tiene un hijo, más feo que el carajo. ¿Cómo hubiera sido estar con él? Tal vez el hijo hubiera sido conmigo y ahora no estuviera pensando en terminar; o a lo mejor sí lo estuviera pensando y bien, porque terminar es una declaración de principios.

La foto de Reinier, junto a otras, va al vertedero del patio. Ahí les prendo candela. Se queman rapidísimo y el olor es más intenso que el del Cupet. Debería traer a la dependiente para torturarla con este olor insoportable.

Después voy nuevamente al escaparate, ahí están mis libretas de apuntes. Durante años intenté escribir. Comencé un diario, luego pasé a la ficción. Cuentos de más de quince páginas que nunca llegaron a nada. Todavía conservo esas libretas. No quiero que nadie las lea excepto yo, por eso también se van al fuego.

En el escaparate están las medias de papá y la colonia. Los zapatos bajo la cama también son de él. Fue lo único que dejó al irse. Bueno, y el aire acondicionado que vendí. Ahora queda el hueco en la pared del cuarto. Lo cerré con cartón-tabla, pensaba más adelante buscar bloques y cerrarlo de verdad. Siempre supuse que si los ladrones entraban a robar, lo harían por ahí. Pero parece que nunca se decidieron, o realmente es un hueco muy alto y no vale la pena el riesgo. Tampoco es que roben mucho por esta zona. En realidad, casi nunca sucede pero siempre me asusta el hecho de que pueda suceder. Sería aterrador despertar y ver el lugar vacío, o todo virado al revés.

Reviso nuevamente la llave de paso. Por fin empiezan a caer unas gotas, señal de que ya encendieron el motor. Voy al baño y abro la ducha. Todavía no llega. La dejo de todos modos abierta. Pongo el tapón en la bañera. Es un baño antiguo. En esa misma bañera se bañó mi abuela. El resto del apartamento fue remodelado por mi papá, pero el baño no le dio tiempo, así que se ha mantenido igual. Pasará más de media hora hasta que se llene completa. Si el agua llega con fuerza.

Enciendo un cigarro.

Creo que este será el último.