Para que no se extinga la memoria

Yanira Marimón
Lo primero que observo al tomar en mis manos el libro Levitaciones, de Zurelys López, es el rostro de una niña en su cubierta. Parece una niña de otros tiempos. Parece una niña inmensamente triste, de mirada penetrante y conmovedora, pero de una serenidad asombrosa que me hace cuestionarme hasta qué punto la tristeza es necesaria, esencial, hermosa. Es una niña tristemente hermosa, de ojos inquisidores y serenos.
Los textos de este poemario conforman un cosmos, un universo sobre el cual la autora levita contemplando el mundo y la vida, desde la palabra, desde la poesía. Poesía vivencial, lúcida, transparente. Poesía que dialoga con la muerte (que siempre arrastra con los tiempos), con Fernando Pessoa, muerto memorable y tremendamente vivo que nos advierte que el sueño es ver las cosas invisibles.
La poesía de Zurelys se hace partícipe de esa suerte de visión no tan idílica del país y de los tiempos; de esa relación odio-amor que todas las criaturas de isla hemos sentido, de ese magnetismo inexplicable. «Podría marcharme al Tíbet —afirma— pero la isla me detiene en la mira y la soledad nos absorbe en un código de miedos».
Poesía del dolor y la añoranza, pero alejada de la queja, del grito; poesía serena y entrañable como los ojos de esa niña que nos mira eternamente en la que Zurelys nos devela sus obsesiones y nos refiere tópicos como la muerte, la soledad, el miedo, la duda, la cotidianidad, el paso inexorable del tiempo: «Anoche desperté llorando —nos dice— como si el tiempo fuese mi sombra». Y es que la poeta que es Zurelys mira de un modo diferente el mundo, y disiente con el verso, que es su mejor arma, con su sueño, que es un sueño tímido, cansado de mirar reyes que matan elefantes. ¿Y qué hacer para detener tanta matanza si solo tenemos la palabra, la palabra imperfecta, incapaz de nombrar la verdadera esencia de los eventos y las cosas?
Poesía de la nostalgia y el desencanto, pero con un hálito de luz y esperanza, terquedad de la poeta que sabe que debe escribir como si fuera a morirse mañana, como un deber sagrado, como un deber patrio. Dejar testimonio tangible de su tiempo, para que no se extinga la memoria, porque volar, levitar por segundos sobre la vida es el tiempo infinito.
Como dijera Roberto Manzano en su nota de contracubierta: «El lector ha de advertir, ha de saber que en este cuaderno la poesía es el concluido testimonio de una fricción repentina, y que la palabra se enhebra para el centelleo de una contemplación dinámica, de una introversión llena de color».
Simbolismo y síntesis son cualidades inherentes a este libro, como cuando la autora nos dice en un hermoso verso que las piedras somos nosotros inmóviles de frío. O en este otro donde asevera que los puentes saben soportar el peso de las islas.
«Hoy es diciembre, mañana será diciembre ». ¿Pero acaso este mes anuncia el final, el cataclismo, o el nuevo nacimiento con sus destellos de vida y esperanza?
Nos toca a nosotros, sus lectores, develar este secreto, mirar los ojos serenos y tristes de esa niña que eternamente nos mira y escribe. Al final, con certeza, será Dios el niño que cruza la calle con su perro.
La magia liberadora de Chely Lima
Marilyn Bobes
Una de las grandes sorpresas de la XXV Feria Internacional del Libro de La Habana fue la publicación por la editorial villaclareña Capiro de la novela Triángulos mágicos de Chely Lima, importante autor de la diáspora cubana y uno de los más destacados de la generación de los ochenta en la Isla.
Con esta obra, Chely sigue demostrando su capacidad de riesgo con temas que pocos autores se atreven a tratar, aun cuando vayan desapareciendo en el mundo contemporáneo los prejuicios relacionados con la diversidad sexual y las disímiles variantes de acoplamiento entre hombres y mujeres que ya no se restringen a la pareja heterosexual tradicional.
Escrita entre La Habana y Quito en el lapsus de 1991 a 1992, Triángulos mágicos se inscribe en esa avanzada de la literatura cubana que dio como resultado un «destape» protagonizado en la Isla por los llamados novísimos, y al que se sumaron autores de la promoción anterior.
Pero una novela como esta demuestra que Chely fue uno de los primeros en reclamar una nueva actitud hacia el sexo no convencional.
Homosexuales, mujeres que entonces se consideraban promiscuas y el osado triángulo entre dos hombres y una mujer no exento de contradicciones, aparecen retratados en la novela de una manera muy natural, sin teorizaciones aleccionadoras pero con conflictos generacionales que el autor resuelve en una rebelión devenida felicidad.
Con recurrencia al texto Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, Chely Lima construye sus personajes con excelente eficacia, exaltando los valores de la amistad por encima de los lazos sanguíneos y mostrándonos un universo en el que la independencia y una nueva moral se imponen por sobre los aburridos e hipócritas destinos trazados.
La vida en comuna, tan cara a la contracultura de los sesenta, se evidencia en el texto como verdadera realización; mientras la maternidad, ejercida desde lo masculino, es defendida desde posiciones de vanguardia que conectan al texto con debates que apenas en este milenio han comenzado a desarrollarse en sociedades diversas de todo el planeta. En este sentido, Triángulos mágicos posee una absoluta universalidad.
Los recursos estilísticos de la obra se atienen al minimalismo y la economía de medios, con una prosa limpia, precisa, sin amaneramientos, que permite al lector penetrar en el argumento sin dificultades y aceptar los peliagudos problemas propuestos con absoluta legitimidad.
No falta en la obra una alta dosis de humor, lo que la convierte en un texto lleno de amenidad. Pero en esta aparente ligereza hay un dramatismo que contrapone a los deseos el deber ser de una sociedad que no parece preparada para aceptar la libertad de los individuos, si estos no se someten a las normas estrechamente prefijadas para un mayor control que se expande a todas las áreas de la conducta, incluida la sexualidad.
Las vacilaciones de la protagonista en la aceptación del triángulo son el testimonio de esas luchas internas entre lo que se quiere y lo «políticamente correcto» y, después de experiencias fallidas por aceptar lo que parece «normal», el final feliz se transforma en un llamado implícito a la libre elección.
No conozco en la literatura cubana que se escribe en la Isla, como tampoco fuera de ella, un texto que profundice mejor en las diversidades.
Los que conocimos a Chely mientras vivió en Cuba ya sabíamos de su vocación por lo inexplorado. Fue un precursor en géneros que, aunque relacionados con la literatura, apenas tenían presencia en nuestro panorama cultural. Es el caso de series televisivas como Hoy es siempre todavía o en la tan recordada ópera rock Violante, que proporcionaron a los jóvenes de entonces una actualización sin precedentes con respecto al mundo exterior.
Ahora, Triángulos mágicos reafirma al autor en esa élite de vanguardia que afortunadamente se abre paso en Cuba, una Isla que por factores que no enumeraré recibe con cierto retraso los debates sociales y culturales del mundo exterior.
Por otra parte, esta intención de seguir el recorrido de escritores que comenzaron a publicar en la Isla y que han continuado su carrera fuera de ella, es algo que hay que aplaudir. En tal sentido, las ediciones territoriales parecen estar marcando pautas. Y este es un camino que deberían seguir otros sellos de más amplia distribución.
Invito pues a los lectores a disfrutar de Triángulos mágicos y a esperar por una nueva novela de Chely Lima que, según anunció el autor, está en proceso de negociación con una editorial de la Isla que no reveló.
Gracias pues a Capiro por este regalo estremecedor. |