El imperio de las lámparas

Taimí Diéguez Mello

 

 

Taimí Diéguez Mello (Jaruco, 1990) es egresada
del Centro de Formación Literaria Onelio
Jorge Cardoso. Obtuvo la Beca de Creación Caballo
de Coral.

 

 

 

Las muchachas de este pueblo mojigato duermen temprano. Pero yo no soy una muchacha; mucho menos de este pueblo. Por supuesto, tengo senos, clítoris, pies pequeños, ojos almendrados y puedo decir me duele bajo vientre lo mismo que el corazón o simplemente, me duele y no quiero más. Sin embargo, no soy una muchacha; todos pueden verlo, hasta los fantasmas que rondan este pueblo mojigato. No, no soy de aquí. Me duermo al amanecer.

Acostumbro a pasar la noche hojeando libros, registrando un cuarto abandonado de la casa o dándole de comer a las arañas y a los ratones. Apenas hago ruido; apenas pienso estoy despierta, debería ir a dormir, podría pasar un susto. Por el contrario, pienso debería salir a la calle y caminar. Eso hacen los fantasmas: caminan por las calles, por los techos y si encuentran una puerta o una ventana abierta, se ponen a cantar. Su canto despierta a todos en el pueblo. Y cómo nadie quiere despertar a mitad de la noche, hay rejas en las puertas y en las ventanas de las casas.

Caminar sería bueno para mí. Mi cuerpo adquiriría su dimensión real. ¡Piernas y brazos alargados, abdomen plano, cuello y cabeza como barquilla de helado! Caminar cuando todos duermen, junto a los fantasmas, también sería comprometedor. Me verían como uno de ellos. Yo no soy un fantasma, aunque pueda parecer que esté muerta. Renuncio a la idea de caminar y descubro una carta en el cuarto abandonado de la casa.

-¡Una carta! -exclamo y la abro, luego de cerrar la gaveta donde la he encontrado. Comienzo a leer para mis adentros: ¿Si encontrarás una carta en un cuarto abandonado de la casa, qué te gustaría que dijera? Déjame ver… No me gustaría que fuese una carta común, de un pariente o de un amigo que hace años no veo. ¿Una carta de amor? No. ¡Ya sé! Me gustaría que fuese un mapa. El mapa de un tesoro. Nunca he visto uno, pero imagino que alguien pudo haber escrito «en este cuarto hay un tesoro escondido», o una especie de acertijo «el sol brilla debajo de la luna». Eso sería una cartamapa. ¿Y qué te gustaría que fuese ese tesoro? Lingotes de oro. ¿Y a ti? Cualquier cosa. ¡Anda dime! Cualquier cosa. ¿Te gustaría encontrarme a mí? Dejo de leer y busco mi tesoro. ¡Una ratonera!

Esta ratonera la he puesto yo misma cerca de la ventana, junto al armario de las lámparas viejas donde pernoctan los ratones. Por las noches ellos salen a buscar comida. La ratonera los espera con un trozo de pan y en ocasiones, con un trozo de algo mejor como una rueda de piña o una tajada de mamey.

Hoy no han salido, pero no me atrevo a entrar a su casa y agarrarlos. Bueno, me atrevo.

Abro el armario. Ahí están las lámparas de mesa que por mucho tiempo fueron el negocio de la familia. Mi abuelo confeccionaba con barro el esqueleto de la lámpara y luego instalaba la maquinaria. Mi abuela era quien pintaba el barro y revestía con tela la cabeza de hongo. Siempre tuvieron cabezas de hongos las lámparas de la familia. Dentro del armario, los ratones manosearon el esmalte del barro, mordieron la tela y hasta los cables eléctricos. No dejaron ninguna lámpara en pie. Solo piensan en comer.

Frente a la oscuridad de este mundo, retrocedo unos pasos. Dudo acerca de meter mi mano y agarrar un ratón. Mi mano es un pedazo de carne, un poco de huesos imperceptibles. Dentro de tanta maleza, podría quedar atrapada. Avanzo. En un solo movimiento meto mi mano y saco un ratón que se retuerce mientras lo aprieto. Logro trancarlo en la ratonera. ¡Está asustado!

A veces lloro cuando veo a un ratón asustado. A veces pienso si pudiera escapar, si pudiera correr dentro de la ratonera y pensar que está escapando, si pudiera pensar que este es el mejor de los mundos posibles, si pudiera orinar y comer en paz consigo mismo, yo no estaría tan preocupada. No me dolerían los sesos. Ahora, el ratón se come el trozo de pan.

Busco agua para tomar en la cocina. Quisiera abrir todas las ventanas y las puertas de la casa; que el viento entrara y se llevara las cortinas, los manteles y las sábanas. El viento debería acabar con tanta carne sudada, con tanta carne rancia. Sin embargo, mi mano no tiene fuerza para abrir una ventana, para luchar con un fantasma, para soportar el desvelo del pueblo. Si el pueblo despierta y no vuelve a conciliar el sueño arrancaría mi cabeza. No abro la ventana. Tomo mucha agua como un camello o como una rana que quiere explotar.

Aún es temprano. La noche lentamente degusta su imperio. Prendo una lámpara. Me siento en un sillón de la sala para leer algún cuento de misterio. Leo en voz alta El escarabajo de oro y digo para mis adentros El escarabajo de oro y entiendo que esta historia no se trata de un animal soñado. Las historias nunca tratan de sueños. Esta es la historia de un tesoro escondido que es encontrado, examinado y repartido en partes iguales. Realmente, no se aclara la proporción de las partes, pero me arriesgo a decir que es repartido en partes. Las muchachas de este pueblo mojigato no conocen esta historia ni han leído otro cuento. Ellas se dedican a caminar por las calles durante el día. Tropiezan con caballos, con perros y con otras muchachas. En la noche, agradecen a Dios no haberse tropezado conmigo. Yo no soy una muchacha. Dejo de leer.

Desde aquí puedo ver que el ratón se ha quedado dormido. También mis abuelos duermen y sudan. Su sudor es rancio como su carne. Se va la luz en el pueblo. Me quedo quieta por unos segundos para acostumbrarme a la oscuridad, para sentir que estoy dentro de ella. Mis manos se mueven lentamente como si lucharan contra lo eterno. Abro la puerta y salgo.

Afuera están los fantasmas. Detienen sus pasos y se vuelven sobre mí. Callan. Siempre pensé cantarán al verme. Nunca se me ocurrió pensar solo cantan cuando una puerta o una ventana se abren, cuando pueden entrar a una casa y rondar el sueño de los durmientes. Sin embargo, si un hombre sale a su encuentro, ellos le temen. No cantan. Solo recitan unos versos, una especie de conjuro y se alejan de mí. Se esconden detrás de las montañas.

Camino por las calles de este pueblo mojigato como si anduviese por entre los sillones de la sala o por el cuarto abandonado de la casa. No tropiezo con piedras, no pisoteo a un perro dormido. Sigo por el camino recto. Me digo ¡recto! -como si le hablase a un taxista-, ¡pero sin prisa! No quiero que la velocidad me provoque náuseas. Es molesto detener el auto, recuperar el aliento a la orilla de la carretera. El viaje se vuelve angustioso y me duele bajo vientre lo mismo que el corazón. Camino con la ilusión de encontrar un tesoro.

Alguien me sigue a unos metros. Entramos a un barrio malo, de casas pequeñas, unidas las unas a las otras por una pared. Puede parecer un callejón sin salida, pero hay un portón hacia al fondo que me obliga a mirar y a preguntarme ¿dónde puedo encontrar un tesoro? Alguien me sigue a unos metros y me volteo para verlo. Me pregunta ¿dónde puedo encontrar un tesoro? No soy de este pueblo. Y no soy una muchacha. Le agarro la mano y le hago cruzar el portón conmigo.

Más allá del agujero negro, la oscuridad desaparece. Vuelvo a estar en la sala de mi casa. Me siento a la mesa a escribir una carta: Si pudiera sentir que soy una muchacha, caminaría por las calles y tropezaría con caballos o con perros o con otras muchachas. No sabría ninguna historia y durmiera temprano. Pero no soy una muchacha, aunque tengo senos, clítoris, pies pequeños, ojos almendrados y aun así, tú piensas que soy un tesoro. También yo creo lo mismo sobre ti. Escribo esta carta para que la encuentres en el cuarto abandonado de la casa y la tomes por un mapa. Me queda una pregunta por hacerte, ¿te gustaría encontrarme a mí? Ya va a amanecer. Amanece.