El amor por la belleza

Entrevista a Neyda Izquierdo

Astrid Barnet

Confiesa fascinarle su trabajo y aspira «a poder enseñar e involucrar a las nuevas generaciones en el trabajo de edición para que así lleguen a amar al libro, un amigo imperecedero para toda la vida». Investigadora acuciosa de la lengua castellana, dedica buena parte de su cada día a la necesidad de difundir y profundizar en el estudio lingüístico y en los saberes a los que este convoca. Mas sobre Neyda Izquierdo agregaría mucho más y es también su profundo amor a la vida y a todos aquellos que nunca han vacilado en colmarla de belleza con una amistad verdadera y con la grata alusión de que siempre existirá para todos una luz de poesía que, aunque en ocasiones convoque a la nostalgia, hablará también sobre lo infinito de la felicidad.

 

 

¿Cómo comenzó en el trabajo editorial? ¿Qué la convocó?

Ocurrió por pura casualidad. En la década de los setenta acostumbraba a asistir a los conciertos vespertinos de la Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro Amadeo Roldán. En aquel entonces cursaba la carrera de Biología en la Universidad de La Habana hasta que, momentáneamente, decidí abandonarla. Fue en esa época que conocí a César Ramos, un excelente editor y amigo ya fallecido. Él me conminó a trabajar en la Editorial Pueblo y Educación, donde existía una plaza vacante como redactora. Recuerdo que, en aquel tiempo, la denominación de la plaza era redactor no editor.

En esa editorial trabajé durante un corto período, pero conocí al escritor Luis Rogelio Nogueras (Wichy, El Rojo), a quien designaron para adiestrarme en todo lo relacionado con el cargo que iba a desempeñar… Y bueno, me enseñó tanto que… ¡nos casamos!

A raíz de una evaluación que hubo en 1974 para todos los redactores y editores, graduados universitarios o no, se hizo una reubicación de los trabajadores y me trasladaron a la Editorial Orbe, donde permanecí hasta su desaparición, no recuerdo en qué año. Después pasé a trabajar en la Editorial Científico- Técnica. Entonces se cambió la nomenclatura y se nos comenzó a llamar editores, aunque no desapareció la categoría de redactor, que creo que hoy ya no existe. En 1998 se conformó el Grupo Editorial Nuevo Milenio, con la unión de las editoriales Científico-Técnica y Ciencias Sociales.

En la actualidad trabajo en este grupo, donde realizo trabajos de edición de títulos para ambas editoriales. En suma, han sido cuarenta y cuatro años de labor ininterrumpida como redactora-editora.

Sobre su escritura personal…

No he escrito nada literario. No obstante, en un poema que Wichy me dedicó, afirma que: «…ni por tus poemas que más bien son pobres imitaciones de los míos; que a su vez son pobres imitaciones de los de otros...». En ocasiones, he escrito el prólogo de algún libro, una nota editorial y, por supuesto, las notas de contracubierta de los libros que edito. Sin embargo, como fundadora del Consejo Técnico Asesor del Instituto Cubano del Libro, he trabajado en varias ocasiones con ese colectivo, en la elaboración de las normas para el trabajo de los editores. En 2014 se hizo una nueva revisión de estas normas; en esta ocasión fui la responsable del equipo de trabajo y quien realizó la labor de incorporar las nuevas normas ortográficas y gramaticales de la Real Academia Española, por la que se rige nuestra lengua. Esto se hace para facilitar el trabajo de los colegas que llevan años en el oficio y para los nuevos que entran.

En la investigación sobre las nuevas normas académicas de la lengua, siempre descubro cosas de nuestra lengua, como el hecho de que la Academia autoriza escribir doble erre al principio de línea, algo que siempre hemos tenido por incorrecto y a lo que no creo que muchos nos adaptemos.

Cómo es el trabajo de edición para ti…

Debo decir que el trabajo de edición es fascinante para mí. Cada libro es ocasión de un nuevo aprendizaje sobre el tema que trata. Los temas científicos son muy interesantes, lo mismo de psicología -donde se tratan problemas tanto de la familia, como de la adolescencia, la violencia de género, etcétera- que de medicina especializada, o de deportes, de nutrición, recetas de cocina... Las ciencias sociales también son interesantes, ahí tenemos cuestiones de historia, economía, lingüística, política internacional... Cada vez que editas un libro aprendes algo y eso es maravilloso.

¿Cuáles han sido sus momentos de mayor satisfacción como editora?

He recibido muchísimas satisfacciones. Y algo que me ha hecho sentir muy feliz es el reconocimiento que en cada una de ellas he tenido por parte de mis compañeros, amigos y los propios autores. Esa es una de las mayores satisfacciones que pueda tener un editor. El editor es siempre el lector más crítico. de un libro, porque trata de que salga lo mejor posible, sin ninguna falta tanto de edición como de diseño, pues también con eso tenemos que ver.

Asimismo, quiero puntualizar que la relación entre editor y autor debe ser armónica y sincera, pues ambos son progenitores de ese hijo que es el libro, aunque solo se hable después del autor.

Y hablando de satisfacciones, una de las mayores de mi trabajo fue la edición en equipo del libro Hugo Chávez y la resurrección de un pueblo, del autor Germán Sánchez. Este libro me mostró un Chávez desconocido para mí, y si ya antes lo respetaba y admiraba, a partir de ese libro lo guardé en mi corazón con un respeto mayor.

Otra gran satisfacción fue recibir el Premio Nacional de Edición en el año 2013, por mi trabajo vinculado con las ciencias. Estos premios por lo general se han dado a editores de la esfera literaria, pero en mi caso, fue un premio a la edición de textos científicos. Es por eso que considero que este premio no es solo mío, sino también de los editores que se ocupan de esas especialidades.

Su mayor satisfacción personal, ¿cuál ha sido?

Conocer al escritor Luis Rogelio Nogueras -a Wichy, El Rojo-, y en esto subrayo no solo mi vida marital junto a él, sino también el haber tenido a mi lado durante mucho tiempo a una persona que me enseñó muchísimo desde el punto de vista profesional. Un hombre extremadamente alegre, con quien aprendí a ver la vida de una forma diferente, pero también me dejó una gran tristeza en el corazón con su partida a destiempo, cuando tanto le quedaba por hacer. Siempre pienso que en algún lugar se halla escondido y que un día va a reaparecer con su eterna sonrisa. Wichy fue un hombre alegre, muy bromista. Nunca olvidaré que, en ocasiones, me llamaba por teléfono a la casa fingiendo otra voz para invitarme a salir… Por la noche, cuando nos encontrábamos en la casa, siempre pedía que le contara sobre mi día: «¿Qué hiciste hoy? ¿Cómo va el nuevo libro que estás editando? ¿Qué tal su autor?»... Estas no eran las preguntas del marido inquisidor, celoso… Era el marido que quería saber todo acerca de tu vida diaria, en detalle… A veces, incluso, yo le adornaba «el cuento», porque eso era lo que él quería… Un cuento, una historia diferente, otra versión de la misma historia. Fue un gran amigo no solo de sus amigos, sino también de los míos. Estos recuerdos a veces me dan tristeza, por las pérdidas sufridas, pero también se guardan con mucho amor.

¿Qué les sugeriría a los jóvenes que aspiran a ser futuros editores?

Les sugiero que se acerquen al libro con el deseo de aprender, para ser mejores editores; que nunca traten de verlo como un objeto o un medio para lograr solo dinero, sino que se enamoren de él hasta llegar a sentirlo como algo propio. Igualmente, que intenten superarnos a quienes les antecedemos en experiencia, pues un título universitario nunca es ni será capaz de otorgar los conocimientos que la práctica diaria puede darle. El título reconoce que se han estudiado las herramientas, pero saber emplearlas correctamente es lo que cuenta en provecho de todos.

Por otra parte, estimo que todos los editores y diseñadores merecen ser premios nacionales, pues cada uno de ellos realiza una labor encomiable.

De sus libros editados, ¿cuál ha dejado una huella más profunda?

Hace años, siendo aún joven, editaba libros dedicados a la geriatría. Fueron textos que me enseñaron muchísimo, en especial, a sentir un respeto muy profundo hacia el anciano; a observarlo de otra forma a partir de sus dificultades físicas y mentales, además de la ayuda que necesita de familiares y de las personas de su entorno. Aquel trabajo marcó mi vida, a tal punto que siempre trato de ayudar a los ancianos. Ellos siempre tienen algo que enseñar.

He trabajado también como editora de obras científicas de la reconocida psiquiatra cubana, Dra. Elsa Gutiérrez, autora de Las edades de la senectud. Igualmente fui editora del título Vivir 120 años, del también prestigioso galeno Eugenio Selman, cirujano general ya desaparecido. Sobre este último, quiero acotar los magníficos consejos que nos deja en cada una de sus páginas con el objetivo de lograr una buena calidad de vida.

¿Qué más esperas de la vida?

Espero ser mejor en mi trabajo cada día. Me gustaría poder enseñar, involucrar a las nuevas generaciones en el trabajo de edición, para que lleguen a amar al libro, un amigo imperecedero para toda la vida.

Finalmente, mi eterno agradecimiento a mis padres, que siempre me acompañan, y a Wichy Nogueras, que siempre estará en mi mente y en mi corazón, por todo lo que ha significado en mi vida personal y profesional.