Cédula de extranjería

Alberto Rodríguez Tosca
Alberto Rodríguez Tosca (La Habana, 1962-2016). Poeta, ensayista y narrador, publicó los volúmenes de poesía Todas las jaurías del rey (Premio David, 1987), Otros poemas (Premio de la Crítica, 1992), El viaje (2003), Escrito sobre el hielo (2006). Las derrotas (Premio de la Crítica 2009) y Cédula de extranjería (2014). Vivió en Colombia los años finales de su vida, donde fue escritor y director de programas de radio, profesor universitario y editor general de varias publicaciones de periodismo cultural. De su último libro, inédito aún entre nosotros, La Letra del Escriba ofrece a sus lectores una breve selección, como homenaje a este valioso poeta y como adelanto de su Obra poética, que verá la luz próximamente de manos de Ediciones Unión. Sobre Alberto Rodríguez Tosca, y a propósito de este libro, ha dicho el investigador y crítico Enrique Saínz: «Su condición de forastero en otra tierra cobra categoría de obsesión y se nos revela ahora como una extrañeza de signo metafísico, distante el autor de sus paisajes entrañables, de sus amigos, pero a su vez inmerso en una soledad y un dolor que lo definen hasta convertirlo en un viajero sin límites».
1
Torres de esta ciudad
en la que siempre estoy de paso
como la muerte misma: poeta y extranjero;
maravilloso barco de piedra en que atalayan
los reyes y las gárgolas mi oscura inexistencia.
Enrique Lihn
—¿Nombre?
—Alberto.
—¿Número de Cédula?
—291294.
—¿Profesión?
—Poeta.
—¿Nacionalidad?
—Extranjero.
—Poeta y Extranjero. No, señor. Nadie puede tener por
nacionalidad la profesión que ejerce. Extranjero y Poeta
son los primeros síntomas de la misma inmortal enfermedad.
Decídase por uno de los dos, y después hablamos.
2
Y nunca más hablamos el funcionario y yo. Se recrudecieron los inviernos, eructaron los volcanes, se aparearon los topos, ardió la zarza en Rusia, reamaneció en Beijing, la Iglesia canonizó al Papa, la Fiscalía absolvió a los criminales, se estrellaron contra el fisco los capitales golondrinas, y creció la hierba en los jardines marchitos del Parque Nacional.
Mira, muchacha:
sucede que estoy triste.
Sucede que estoy triste de tristeza natural.
No de otra tristeza estoy triste. No de otra santidad.
No de otro asombro estoy cansado y no
de otros abismos. Sucede que mañana
ya no será otro día: hoy ya es
mañana y no ha salido el sol. Mira:
sucede que no llegó el verano y no hay verano.
Y no hay maneras de demostrar que fuimos
jóvenes, alguna vez y ayer, en la patria maldita.
Los trabajos futuros, los fuegos, las felicidades,
¿te acuerdas?, eran remansos propios
reinterpretando los destinos según las espirales
de las músicas. Y ya no hay música: hay bullas
de cerbatana despabilando a los despiertos
para que velen el sueño de los que en tren,
en trance, sin razón, casi durmiendo, viajan
hacia esa grácil monstruosidad que se aproxima...
Y eso sucede, muchacha:
que estoy triste.
Y se desbordaron los estanques, se arrepintieron los suicidas, perdonaron los presos, mugieron las vacas, maullaron los gatos, lloviznó en Miami, tembló la tierra en Cuba, se estrelló el fisco contra los capitales golondrinas, y se marchitó la hierba que crecía en los jardines del Parque Nacional... Pero nunca más hablamos el funcionario y yo.
3
El sueño de la razón engendra monstruos
¿Quién vive? Pregunto a nadie en una esquina de la alta madrugada: Nadie responde. «No sé quién somos yo», confieso. Burla burlando, me encierro en la ocasión para olvidar que alguien pregunta. Apuro el trago amargo del alma y me derrumbo contra un charco de sal canonizada para excomulgarme a mí mismo antes de que lo haga la heráldica del clérigo. Con afilados mondadientes me abro camino entre milicias de colmillos blindados para tajar las lenguas ¡zas! tajo en las lenguas ¡zas! y nadie se interpone entre el puñal y la hendidura. Con la hendidura rasgo las redes del noble pescador para que huya el pez-humo que de tanto recordar se hizo corpóreo. Y ¡zas!: rompo relaciones diplomáticas con la memoria (memorias son derrotas). Le retiro el afecto y la palabra al hipotálamo. No más fuliginosos pensamientos calificando cada paso que doy como si tropezar fuera un delito. Mi delito soy yo. Y el juicio, y la condena.
El sueño de la locura engendra alquimia
¿Quién vive? Pregunto a nadie en una esquina de la alta madrugada: Nadie responde. «No sé quién somos yo», confieso. Burla burlando, escribo sobre el hielo la palabra «hielo», me derrito con ella y con ella me hermano con el mar. Del mar escribo, y del fuego. Y escribo sobre el fuego la palabra «fuego», con ella ardo y sofoco la agonía para aportar trepidaciones al sacrificio de las voces. Hablo de más, pienso de más, me lamento de más. Me revuelco sobre el vómito nunca vomitado y calzo guantes, medias, sombrero, para que ningún otro pérfido niño vuelva a gritar que ando desnudo. Odio en el odio, lloro en el llanto, me desespero en la desesperación. Sobre la cuerda floja de los vientos, camino. Me zarandeo a propósito para verme caer: no caigo. Insisto en caer: no caigo. Entonces le apuesto a la paciencia de los que aún andan encariñados con mis venas e insisten en que continúe corriendo sangre por sus rampas monstruosas.
La alquimia engendra
¿Quién vive? Pregunto a nadie en una esquina de la alta madrugada: Nadie responde. Cansado de burlar, burla burlando, me abismo en la escritura. La palabra que nombra y canta es la misma que se borra y llora. Lugar común en la vulgar común manera de pretender ser otro. Soy otro, el mismo, y Borges. Tres buenos para nada. Tres nadas sobreviviendo cada una por su lado a las ruinas y miserias de todo lo que soy. «No sé quién somos yo», confieso. Quizás una pequeña cita con Nadie en el parque del mundo, y nadie va a llegar, y nadie va a llegar, y Nadie...
El sueño de la razón engendra monstruos
El sueño de la locura engendra alquimia
La alquimia engendra.
4
A las Oficinas de Inmigración
se llega en metro, en tren, en autobús, en taxi, a pie,
siempre y cuando no te sorprenda en el camino
un tártaro. O un perro, o un crucigrama, o una casa.
La casa alienta, el crucigrama distrae, el perro muerde.
El tártaro no sé.
A las Oficinas de Inmigración
les debo la escualidez y el pánico, la duda y el terror.
Corredores a punto de colapsar contra una roca
y la temible luz blandiendo su alfanje de cristal
para dejar sin sombra al túnel. «Pase, señor»,
la señorita: taquígrafa de Dios, lugarteniente
del papel, bicéfalo animal que carga entre sus
omóplatos
un plato. En el plato carga vísceras, cláusulas,
radiografías,
declaraciones de renta, muestras de orina,
salvoconductos,
huellas dactilares, vinos de consagrar.
A las Oficinas de Inmigración
se llega en metro, en tren, en autobús, en taxi, a pie,
siempre y cuando no te sorprenda en el camino
un tártaro. O una mortaja, o una cerveza, o un amigo.
El amigo ampara, la cerveza aturde, la mortaja abriga.
El tártaro no sé.
A las Oficinas de Inmigración
les debo el hospital y el número, la magia y el reloj.
No soy mío hoy, no lo fui ayer, ni lo seré mañana
mientras existan esos largos pasillos de pálido
azafrán
que dan a un firmamento. Firmamento / Firma /
Firmar:
Con-firmado que no todo en las Oficinas de
Inmigración
es música: también hay acantilados en las
playas que ayer
fueron riberas. Y orillas, muros, figuras,
horizontes...
Horizontes con muros hoy desconfigurando las
orillas.
A las Oficinas de Inmigración
se llega en metro, en tren, en autobús, en taxi,
a pie,
y hasta en el mismo barco ebrio que llegó de
París se llega
a las Oficinas de Inmigración.
5
Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
gira, a la voluntad del viento huraño,
vana, sin fruta, desgarrada, rota.
José Martí
Como el relincho de un caballo que relincha en vano, así tú, Extranjero, enemigo y de nadie, tarántula gris, tarántula, alma pensamental, razón de ser de los que nunca han sido, eco lastimado de lo que pudo ser, gitano, ajeno, tú, apóstata, advenedizo, ola de más, útero herido, ingle escarpada, ventisca errátil, correveidile, anacoreta, cenobita, ilegal, tú, difuso maniquí, alcornoque rosa, arco de violín, hilo de araña, retazo de papel, Babel perdida, apenas vaho, apenas carne, apenas cáscara (vana sin fruta desgarrada rota), apenas tú, compadre, paisano, estornudo de Dios, prisionero de Dios, libre de Dios, trotavientos, becario de los viajes, peregrino inmóvil, ave siempre de paso, simulacro del arte de viajar, otrora tempestad, ahora relincho, así tú, Extranjero, enemigo: ¿Qué te importa vivir en tierra extraña, o en la patria infeliz en que has nacido, si en cualquier parte has de encontrarte solo?
Y tú, extranjero, ¿por qué escribes?
Valdría tanto como preguntarme por qué pienso.
José Martí
6
Estoy tan solo, amor...
Juan Manuel Roca
Solo, de soledad serena, un hombre muere.
Así no más un día. Un hombre muere y a la mañana
siguiente
se levanta muerto. Muerto no más. Toma su desayuno
en la cocina
y hojea los periódicos de ayer. La sección de obituarios
no registra
su muerte, pero asciende sin prisa el humo del café y
una muchacha más
o menos desnuda, adormilada aún, lo toma por la
espalda y le da un beso.
«¿Malas noticias?», pregunta la muchacha. «No»,
responde el hombre,
mientras corta un pedazo de pan y piensa en
Kierkegaard, el oscuro
teólogo danés todavía acodado en sus ventanas
requiriendo una sonrisa
amable de los brumosos ojos tristes de Regine Olson.
No obstante
sigue buscando
su nombre
entre los nombres
de los hombres muertos.
Solo, de soledad serena, un hombre muere.
Así no más un día. Un hombre muere y a la mañana
siguiente
se levanta muerto. Muerto no más. Toma su desayuno
en la cocina
y hojea los periódicos de ayer. La sección de obituarios
no registra
su muerte, pero asciende sin prisa el humo del café y
una muchacha más
o menos desnuda, adormilada aún, lo toma por la
espalda y le da un beso.
«¿Malas noticias?», pregunta la muchacha. «No»,
responde el hombre,
mientras corta un pedazo de pan y piensa en
Kierkegaard, el oscuro
teólogo danés todavía acodado en sus ventanas
requiriendo una sonrisa
amable de los brumosos ojos tristes de Regine Olson.
No obstante
sigue buscando
su nombre
entre los nombres
de los hombres muertos.
Solo, de soledad discreta, un hombre muere.
Así no más un día. Un hombre muere y a la mañana
siguiente
se levanta muerto. Muerto no más. Reconstruye la
delicada expresión
de sus verdugos y advierte que de repente le están
entrando ganas
de llorar. No muchas ganas, pero sí las suficientes para
llorar un poco,
en voz baja, sin lágrimas, como lloran los pájaros
cuando cantan solos,
como lloran los solos cuando cantan los pájaros y nadie
más escucha,
salvo el pájaro, el solo, y un risueño enjambre de
hormigas locas
disimulando su locura tras la risa, mientras avanza el
humano rebaño
con sus sonoras campanitas hacia la realidad del
matadero. Algo
se rompe en la cima de los antiguos equilibrios y ladra
el perro
de la hora magnífica en la distancia del lugar.
No obstante
sigue buscando
su nombre
entre los nombres
de los hombres muertos.
Solo, de soledad ajena, un hombre muere.
Así no más un día. Un hombre muere y a la mañana
siguiente
se levanta muerto. Muerto no más. Habla con los
retratos y lame
con sus párpados los bordes de un espejo que no refleja
ni cicatriz
ni rostro. Vacío de sus formas, el hombre hojea el libro
de los cuentos
que ya nadie contó. Escribe la última carta a su ningún
pariente
y se excusa consigo mismo por la risible vida.
Vergüenza es su manera
de corregir la puntuación en la línea de fuga en que se
habla del breve
paso hacia la inmensa luz. Entonces piensa en Darwin,
en la cordialidad
de las tortugas y da un paseo por el mundo sin él: Todo
el mundo
sin él. La noche en vilo, la ventana en vela, el átomo
sumado al átomo,
la eterna frase para siempre inconclusa, las dos
manecillas del avieso
reloj inmortalizadas en la razón de un número: el
Número.
No obstante
sigue buscando
su nombre
entre los nombres
de los hombres muertos.
Solo, de soledad completa, un hombre muere.
Así no más un día. Un hombre muere y a la mañana
siguiente
se levanta muerto. Muerto no más. Acaba de cumplir
45 años y está
muerto. La mitad de la vida de los otros y está
muerto. El hombre,
que ayer fue carne y hueso y alegría, hoy ya es aire y
madera. Ayer
materia dulce, hoy ya silencio. Entonces se
pregunta: «Si ayer morí
de soledad, de soledad cualquiera, ¿por qué hoy que
ya estoy muerto
no estoy solo?». Víspera y postrimería lo acompañan
en el mortal
desplazamiento hacia el oscuro sucedido. Una
muchacha, un pedazo
de pan, el humo del café. Una brisa que entra del
parque, el año
de 1994, y un rubor. Temprana la confiscación de su
Casa de David,
pero a tiempo su casa... «¿Malas noticias?», pregunta
la muchacha.
«No», responde el hombre.
No obstante
sigue buscando
su nombre
entre los nombres
de los hombres muertos.
Solo, de soledad postrera, un hombre muere.
Un hombre muere y a la mañana siguiente se levanta
muerto. Muerto
no más. Así no más un día, un hombre.
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