La escapada

William Somerset Maugham

Del escritor William Somerset Maugham (1874-1965), uno de los más importantes narradores ingleses del siglo XX, presentamos a nuestros lectores el cuento «La escapada». A los 23 años publica la novela Liza de Lambeth, que alcanza de inmediato el éxito de la crítica y el público. Abandona Inglaterra y marcha a París. Allí comienza a escribir sin descanso, y viaja a España y a la isla de Capri. A los 28 años logra un gran éxito con la novela La señora Craddock, y a los 33 su obra de teatro Lady Frederick alcanza inmensa popularidad. En 1915 se da un salto a Inglaterra para publicar Servidumbre humana, novela autobiográfica, considerada por muchos su obra maestra. Empieza a trabajar en Suiza recogiendo información para los Servicios Secretos. En 1919 publica La luna y seis peniques, basada en la vida del pintor Paul Gauguin. En 1921 sale a la luz En los mares del Sur, una colección de cuentos, y estrena la obra de teatro El círculo. En 1922 publica En un biombo chino: un viaje por la cuenca del rio Yangzi. En 1923 fija su residencia en Villa Mauresque, en la Riviera Francesa. Se gana el título de «el cronista de los últimos estertores del colonialismo imperial en la India, el Sureste asiático, China y el Pacífico». En 1928, aprovechando sus experiencias como espía, publica Ashenden, o el agente británico. En 1930 publica The Gentleman in the Parlour: un viaje de Rangún a Haifong, y también la novela Pasteles y cerveza, y en 1933, El resumen, un libro de ensayo. Luego, en 1936 estrena Sheppey, su última obra de teatro y publica Cosmopolitas, una colección de cuentos breves. En 1940 se va a los Estados Unidos de América y adapta casi todas sus obras más importantes para la cinematografía de Hollywood. Terminada la guerra en 1944, vuelve a Inglaterra para publicar El filo de la navaja. Ya en 1930 es el autor más popular, más leído y mejor pagado del mundo. También se le considera uno de los más destacados escritores de viajes de los años de entreguerras. Maugham falleció en su casa de la Riviera Francesa, a los 91 años.

 

Vivo convencido de que cuando una mujer se empeña en casarse con un hombre, nada puede salvarlo como no sea una fuga apresurada; aunque esto no siempre se logre, pues, en una ocasión un amigo mío, viéndose amenazado por ese inminente peligro, tomó un barco en cierto puerto (con un cepillo de dientes por todo equipaje: tan consciente estaba del riesgo que le aguardaba y de la necesidad de actuar a toda prisa) y estuvo todo un año viajando alrededor del mundo; pero cuando creyéndose seguro (las mujeres son veleidosas —se dijo—, ya en doce meses ella me habrá olvidado por completo) desembarcó en el mismo puerto de partida, a la primera persona que vio saludándole alegremente desde el muelle, fue a la damisela de quien había tratado de escapar.

Solo he conocido a un hombre que en tal situación se las ingenió para desembarazarse de una mujer. Su nombre era Roger Charing. Ya no era joven cuando se enamoró de Ruth Barlow y tenía suficiente experiencia para saberse cuidar; pero Ruth Barlow poseía un don (¿o diríamos más bien una cualidad?) que dejaba indefensos a la mayoría de los hombres, y fue esa, precisamente, la que privó a Roger de su sentido común, su prudencia y su mundana sabiduría. Él se vino abajo como un castillo de naipes.

La señora Barlow, pues había enviudado dos veces, tenía unos espléndidos ojos negros que eran los más patéticos que yo he visto en mi vida; parecían estar siempre a punto de llenarse de lágrimas; daban la impresión de que el mundo era demasiado cruel con ella y hacían pensar que los sufrimientos de la pobre criatura habían sido más de lo que cualquier ser humano podía soportar. De haber sido usted como Roger Charing, un individuo fuerte, fornido y con abundante dinero, casi inevitablemente se hubiera dicho a sí mismo: «Me parece que debo intervenir en los problemas que acosan a esta indefensa criaturita; ¡oh, qué bueno sería poder eliminar la tristeza de esos inmensos y hermosos ojos!».

Roger me dio a entender que todo el mundo había tratado muy mal a la señora Barlow. Ella era, por su apariencia, una de esas personas infortunadas a quienes nada, ni por casualidad, les sale bien. Si se casaba, el marido le daba golpes; si acudía a un corredor de negocios, este la timaba; si tomaba una cocinera, la mujer resultaba una borracha. Nunca pudo tener un corderito sin que se le muriese indefectiblemente.

Cuando Roger me contó que, al fin, la había convencido para que se casara con él, lo felicité.

—Espero que ustedes se hagan buenos
amigos —me dijo—. Ella le teme un poco,
¿sabe usted? Lo considera una persona un
tanto insensible.
—Sinceramente, no sé que pueda hacerle
pensar tal cosa.
—¿Usted la estima, verdad?
—Muchísimo —le aseguré.
—La pobre, ha sufrido mucho. Siento tanta
lástima por ella.
—Sí —le dije.

Qué otra cosa podía decir. Sabía que ella era una estúpida y sospeché que estaba maquinando algo. Tenía la certeza de que era una mujer tan dura como una puntilla.

La primera vez que la conocí fue jugando al bridge de compañeros, y dos veces arruinó mi juego. Me comporté como un ángel, pero confieso que pensé que si las lágrimas iban a brotar de los ojos de alguien, esas iban a ser de los míos y no de los de ella.

Y cuando al final de la tarde me había hecho perder una gran suma de dinero, me aseguró que me enviaría un cheque, cosa que nunca hizo, así que no pude menos de pensar que era yo y no ella quien debía mostrar una patética expresión la próxima vez que nos encontrásemos.

Roger la presentó a sus amigos. Le regaló hermosas joyas. La llevaba a todas partes. Ya su matrimonio se anunciaba para un futuro inmediato. Roger se veía muy feliz. Se sentía realizando una buena acción y, al mismo tiempo, realizando un sueño que hacía mucho tiempo tenía en mente. Era una oportunidad no muy común, y no debe sorprender que se hallara más contento consigo mismo de lo debido.

Entonces, de repente, dejó de estar enamorado. Desconozco la razón. No pudo haber sido porque se cansara de la conversación de Ruth, porque ella nunca había tenido mucha. Quizás se debió sencillamente a que la mirada patética de su prometida dejó de pulsar las cuerdas de su corazón. Se le abrieron los ojos de nuevo y fue una vez más el astuto hombre de mundo que había sido. Se dio perfecta cuenta de que Ruth Barlow se había hecho el propósito de atraparlo a toda costa, y juró solemnemente que nada lo obligaría a llevar a cabo aquel matrimonio. Pero, no obstante, se hallaba en un dilema. Ahora que podía disponer cabalente de sus cinco sentidos, vio con mucha nitidez la clase de mujer con quien tendría que vérselas, y comprendió que si le pedía que lo liberara, ella (por su modo suplicante) le pondría un precio inmoderadamen te alto a sus heridos sentimientos. Por otra parte, siempre resulta embarazoso para un hombre dejar plantada a una mujer. La gente llega a pensar que es él quien se ha comportado mal.

Roger se aconsejó. Ni con palabras ni con gestos dio indicios de que habían cambiado sus sentimientos hacia Ruth Barlow. Seguía atento a todos los caprichos de ella; la llevaba a cenar a los restaurantes; concurrían al teatro; le enviaba flores; era cariñoso y encantador.

Habían determinado casarse tan pronto hallasen una casa que les conviniera, pues él vivía en un hospedaje y ella en un apartamento amueblado; así que se dieron a la tarea de buscar residencias adecuadas. Roger obtuvo de algunos agentes permisos para visitar varias casas y él fue con Ruth a verlas. Era muy difícil encontrar algo del todo satisfacsatisfactorio. Roger acudió a otros agentes. Visitaron una casa tras otra. Las recorrían de arriba a abajo, examinándolas desde las bodegas que estaban en los sótanos hasta los desvanes bajo techo. A veces resultaban demasiado grandes y a veces demasiado pequeñas; a veces estaban demasiado alejadas del centro y, a veces, demasiado cerca; a veces eran demasiado caras y, a veces, necesitaban muchas reparaciones; a veces eran demasiado calurosas y, a veces, demasiado ventiladas; a veces demasiado oscuras y, a veces, demasiado frías. Roger siempre encontraba algún defecto que hacía que la casa fuese inapropiada. Desde luego, él era difícil de complacer; no podía obligar a su querida Ruth que viviera en otro lugar que no fuera una casa perfecta, y la casa perfecta había que hallarla. El buscar una casa es algo molesto y agotador, y pronto Ruth comenzó a ponerse de mal humor. Roger le rogó que tuviera paciencia; en algún lugar, seguramente, tenía que existir la casa perfecta que estaban buscando, solo era preciso un poco de perseverancia, y la encontrarían. Visitaron un centenar de casas; subieron miles de escalones; inspeccionaron innumerables cocinas. Ruth estaba exhausta y en más de una ocasión perdió la ecuanimidad.

—Si no encuentras pronto una casa —dijo—, tendré que reconsiderar mi situación. Porque si sigues así, no nos casaremos ni en mil años.

—No digas eso —contestaba él—. Te ruego tener paciencia. Acabo de recibir algunas listas enteramente nuevas de agentes recién contactados. Deben de haber por lo menos sesenta casas incluidas.

Comenzó de nuevo la búsqueda. Visitaron casas y más casas. Durante dos años estuvieron examinando casas. Ruth se volvió silenciosa y fría. Sus hermosos ojos patéticos adquirieron una expresión que era casi huraña. Hay límites para la tolerancia humana, y la señora Barlow había demostrado tener la paciencia de un ángel, pero al final se cansó.

—¿Quieres casarte conmigo, o no? —le preguntó. Había una desacostumbrada dureza en su voz, pero ello no alteró la delicadeza de la respuesta de él.

—Pues claro que sí. Nos casaremos en el mismo momento en que hallemos una casa. A propósito, acabo de enterarme de algo que pudiera convenirnos.
—No me siento muy bien ahora para ver más casas —dijo ella.
—¡Pobrecita, ya me parecía que estabas algo cansada!

Ruth Barlow enfermó. Se negó a ver a Roger y él tuvo que contentarse con acudir al apartamento donde ella vivía, preguntar por ella y enviarle flores. Él, como siempre, era atento y galante. Todo el día le escribía y le informaba que había sabido de otra casa para irla a visitar. Pasó una semana y él entonces recibió la siguiente carta:

Roger,
No creo que me quieras realmente. He conocido a alguien que está deseoso de tenderme y hoy voy a casarme con él.
Ruth

Él envió su respuesta con un mensajero:

Ruth, Lo que me dices me ha destrozado. Creo que nunca podré recobrarme del golpe, pero, desde luego, tu felicidad debe ser mi primera consideración. Adjunto te envío siete permisos para visitar casas; llegaron con el correo de esta mañana, y estoy casi seguro de que entre ellas encontrarás una que te satisfaga del todo.