De cómo una novela demoró veinticinco años en ver la luz editorial

Virgilio López Lemus

Juan Jacobo. Una biografía de Alberto Acosta- Pérez (Editorial Oriente, 2016) es una novela de muchos valores y sorpresas. Su primer beneficio resulta ser su lenguaje, sencillo pero poético, capaz de vencer las influencias poderosas que Alejo Carpentier, José Lezama Lima o Gabriel García Márquez han ejercido en la narrativa cubana de las últimas décadas. El autor adopta un estilo de rasgos elegíacos, con expresión directa pero a la vez sostenida por giros poéticos propios de la tropología o la elegancia del lenguaje. Posee, sin embargo, en los planos estilísticos, cierta cercanía con la novela «post moderna» de un Manuel Puig, por su amenidad, uso de la vida cotidiana y de las canciones de moda, o del chileno Bolaños, por la densidad de la prosa y sus propuestas de contenidos.

En este último plano, debe primero advertirse su sinopsis, que retoma el interés del realismo humanista del siglo XX, referido a la formación vital de los artistas jóvenes: el segundo personaje protagónico, el profesor Abel Alemán, tiene por alumno a un adolescente, Juan Jacobo, que se enfrenta a su existencia en medio de la marginalidad de género y la autoculpa, en pleno desarrollo de la Revolución cubana. Entre ambos se desarrolla una amistad de intereses literarios, formativa para sendos escritores en ciernes. La relación entre los dos jóvenes va tejiéndose por medio del relato de la vida del profesor y del diario que escribe el adolescente.

La relación de trasfondo de este acontecimiento es la década de 1970, vista a través, y consecuentemente, de los ojos de una clase media (sobre todo pequeña burguesía intelectual) que emigra o se adapta a las circunstancias. La Revolución misma en sus etapas primeras, le ofrece al relato su singularidad. Por ello se discuten pasajes históricos de la década de 1960 (cuando la familia de Abel decide irse del país), y sobre todo se observa la situación discriminatoria de género de la década de 1970, marcada en el grupo directivo del centro de estudios donde labora Abel y estudia Juan Jacobo. La visión crítica de tal etapa ya ha sido sostenida y aún no completamente definida por la evaluación de la historia en las últimas dos décadas. En la novela, la circunstancia sigue adelante sobre políticas homofóbicas y de equivocaciones sobre los orbes de la creación literaria y de la educación, pero es capaz de mirar la vida con fe mediante un Epílogo necesario y concluyente.

El autor no pretendía revolucionar contenidos, sino ofrecer una novelización que rescatara los aspectos psicológicos, psicosociales, e incluso antropológicos de las novelas «de personaje», en la que se vieranasimismo volcados los aspectos relativos a las vidas social y de familia, frente a la existencia del individuo en busca de su plenitud. En ello, en haberlo logrado, se encuentra lo admirable de esta novela, llena de detalles, de diálogos naturales y bien pensados, con personajes en medio de sus contradicciones propias y frente a las de su medio, adaptándose a él o sintiéndose rebasados. Los dos personajes que sostienen la trama están muy bien elaborados, son consecuentes con su propia psicología e incluso ideología, y poseen valores y desvalores, estos últimos sostenidos por el temor y la insuficiencia para vencer los retos de la aplastante realidad. Frente a ellos, los «antihéroes» están dibujados por un entorno dogmático, que no les permite ir más allá del papel negativo que representan.

Como una caja china, hay tres cuentos dentro de la novela, uno que escribe como ficción propia el personaje Abel (como narración aparte, obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Breve Alberto Lista, en Sevilla, España), otro cuento es una memoria de un miembro de su familia, y un tercero se escribe en forma de carta. Funcionan muy bien, pues el primero ofrece el matiz del «realismo sucio», el segundo un fuerte sentido líricoelegíaco a tono con toda la novela (y ligeramente cercano a Jardín, de Dulce María Loynaz), y el tercero, la carta, coquetea con la narrativa postmoderna desde las enseñanzas de un Puig. Otras numerosas personas ficcionales giran en torno a los dos principales, si bien la mayor parte están en relación fundamental con el profesor Abel Alemán. En todos los casos, no hay desproporciones ni salen del marco del sitio que ocupan en la narración.

El autor, reconocido como poeta con lauros nacionales e internacionales y obra publicada en siete idiomas (principalmente en italiano y portugués), logró integrar esta novela a su propio estilo y a su obra poética, sin que ella funcione como un poema, sino estrictamente como una narración.

Escrita en la última década del siglo XX, esta novela debió de haberse publicado en esos años (1994, 1996, 1999, cuando sus tres versiones principales estaban finalizadas), pues lo que en ella se narra estaba siendo discutido ampliamente en la narrativa cubana y universal. Vale su publicación algo tardía, porque ciertamente rebasa el valor que pueda darle su momento histórico y de escritura. Es visible que, siendo una novela localista, su interés va más allá del tiempo y del espacio narrados, del tiempo de escritura y de la contemporaneidad, para quedar no como un simple testimonio de época, sino como lo que pretende ser en verdad: obra de arte de la palabra.

 

Para multiplicar el rostro de La Habana

 

Daniel Céspedes Góngora

 

 

 

 

Imposible no amarte
con flash post-moderno…
David López Ximeno

No porque «La Habana que pasó», el poema inaugural de Cuadernos de La Habana (Ediciones Extramuros, 2014), de David López Ximeno, rememore una ciudad que se extraña y se desea en los predios de la utopía, este libro se jacta sin más de un contexto pasado y casi perdido. Tampoco le reclama o se asegura agradeciéndole una ansiada resurrección como en Testamento del pez, de Gastón Baquero. Hay recreación en y por la capital. Y si bien los sentimientos del autor habanero se muestran cercanos a otros bardos de Orígenes como al Octavio Smith de Estos barrios e incluso al de Las amables ruinas, su discurso poético se manifiesta personal, sobre todo, en la intención y recorrido de temas aparentemente referativos. López Ximeno, desde una ciudad que sabe suya, incluso sentida en lontananza, recurre a lo que Cintio Vitier llamó «imaginación del sentimiento» y así erige una poética hondamente ontológica, mediada por cuanto ha sido y aspira ser.

Aunque todo poeta agrupa muchos yoes, queda uno, no siempre advertido, que intenta armonizar y enfocar una sensación intensa o mejor: una sensibilidad compartible y tornadiza según el lector la deje venir o lo sorprenda, ¿por qué no? Tiendo a asociar -y no soy absoluto en ello- la poesía de Eliseo Diego por ejemplo, al período otoñal y a la lluvia, sobrepasando el asunto e incluso la temática de que pueda aludir. La poética de David López Ximeno me evoca el atardecer, en ese instante en que el sol parece detenerse como planeando frente a la delirante e imaginativa disyuntiva de esconderse o arrepentirse. ¿Capricho, ligereza mía? Más bien familiaridad de lector para con la obra ajena.

Sabemos que el sujeto lírico de Cuaderno de La Habana no se ha conformado con saber de una ciudad libresca, histórica y legendaria, ahora maravilla, por cuanto le han contado e incluso vivido. Este espectador es un peregrino de vocación que, a sabiendas del estado general de una Habana presente, ansía primero penetrarla. Penetrar una ciudad es avanzar contra su supuesta homogeneidad; es quererla desde la mirada que la piensa y la siente en lo que fue y es, en lo que uno contribuye que sea para el futuro. Luego La Habana requiere de testimonios desde los objetos de civilización, así conformen historias probables e improbables de la cubanía y la cubanidad; desde la condición humana, ni más ni menos, aunque vale acotar que David no menosprecia ningún complemento sensible a su humanidad; en «Plaza vieja» nos echa en cara: «Quien dijo que no quiero tropezar con la portada/ del Palacio Cueto, mil veces consumida por la yesca maloliente. / Sus flores de lis, su doncella inmaculada perecieron al zarpazo, / porque las doncellas solo visten luto/ cuando el viento advierte sus ojos dorados».

Vista panorámica citadina hasta ir concretándose en una edificación. Después el detalle arquitectónico como un guardavecinos, el aterrizaje en la calle de los oficios o el apelativo grandilocuente y bien ganado de «la ciudad de las columnas», los cuales te reabren cuando no presentan a la capital en un agradecimiento sucesivo que la trasciende por cuenta de la luz mediterránea, de las voces que no le permiten callar, la de tantas esculturas alegóricas como la Giraldilla, en el fondo, tan denotativa como simbólica y a la que David elude con total intención a fin de ennoblecer y actualizar a la ilustre Isabel de Bobadilla, referente ya más legendario que histórico.

La Habana en el cuaderno de David también simula extraviarse en la imagen general de la Isla. Pero bien sabe el poeta que conceptualizar bordes entraña reconocerse primero en las particularidades, más cuando no queda otra que avanzar centrífugamente. No en balde, en una de esas definiciones en «Exordio insular» nos asevera: «Una Isla, es la suerte de beber sediento/ la sustancia apisonada en el anclaje, / caracoles y algas, raíces y lagartos».

Antes de mi acercamiento a este cuaderno de poesía, había reparado un joven amigo de muchas lecturas que «Ciudad y poesía en David López Ximeno», el prólogo de Cuaderno de La Habana, escrito por la pluma prestigiosa del también poeta Roberto Manzano, representa una antinomia para autor y obra. Manzano es de otra sensibilidad creativa, reconoce mi conocido colega. A David «se le presentaba un conflicto» al elegirlo como prologuista, amén de que corría el riesgo de verse achicado ante un experto de fuste. Sin embargo, no puede ser un problema que un estudioso afronte a un autor de otra generación y precise de qué va su poética. No hay mejor elección a la hora de valorar lo propio que un referente mayor, sea influencia declarada o no. La imparcialidad valorativa no precisa de cofradías sino de agudezas. Y Manzano está más que probado en sus generosidades intelectuales. Prólogo y libro se merecen uno a otro.

Cuaderno de La Habana refuerza los múltiples rostros de una ciudad cubana y cosmopolita desde la aptitud y belleza poéticas de David López Ximeno.