Béisbol y nación en Cuba: relato de una pasión

 

José Antonio Michelena

Presentado por Leonardo Padura, el pasado febrero, en el capítulo habanero de la Feria Internacional del Libro 2016, Béisbol y nación en Cuba, del profesor Félix Julio Alfonso López, es una valiosísima contribución a la historiografía del deporte nacional que, aunque sostenida por la pasión, es fruto del acucioso rigor investigativo y la eficaz expresión de un narrador dominante y seductor durante todo el juego (hasta más allá de los nueve innings).

Se trata de una compilación de cuatro libros aparecidos entre 2004 y 2013, a la cual se añaden varios textos no recogidos en esos volúmenes. Según el autor, «lo que da unidad al texto es la historia cultural del béisbol cubano, examinada desde diferentes perspectivas y posibilidades interpretativas, que van desde la desmitificación de sus orígenes, pasando por la condición de discurso nacionalista, hasta sus relaciones con la violencia, el género, el azúcar, la música, la literatura, la televisión, la impronta norteamericana y las relaciones del béisbol cubano con países latinoamericanos como México y Venezuela».

Las aportaciones de Alfonso López en ese campo resultan más que necesarias en el ámbito local donde han sido muy escasos los libros que reúnan estas condiciones. Los volúmenes consagrados al deporte, por lo general, están saturados de estadísticas y huérfanos de un adecuado manejo del discurso narrativo.

Desde el primer artículo, «Arqueología del béisbol cubano», el autor muestra sus herramientas, vale decir: su jerarquía como investigador, al intervenir en el añejo debate sobre los orígenes de la pelota en la Isla, con el propósito de arrojar luz sobre las siguientes interrogantes: ¿Quién o quiénes fueron los que introdujeron el béisbol en Cuba?, ¿cuándo se efectuó el primer juego histórico de nuestra pelota?, ¿qué conjuntos se enfrentaron en el desafío más antiguo conocido y cuál fue el carácter de este partido?

Félix Julio explora en múltiples fuentes, ordena la documentación, confronta desaciertos, expone sus dudas, polemiza con criterio, y clarifica el problema como no lo habían hecho otros que durante tantos años han terciado en la porfía. Pero el enigma continúa latente, porque: «[…] una vez más la verdad histórica se nos escapa de las manos, y es imposible responder de manera categórica. Nuevas dudas, renovadas sospechas se unen a las ya existentes, agazapadas en textos fragmentarios, recuerdos brumosos, afirmaciones contradictorias. Al final, saber quién introdujo las prácticas beisboleras, dónde, cuándo y quienes realmente jugaron béisbol por primera vez en Cuba, quizás no pase de ser una curiosidad erudita o una obsesión personal sin mayor utilidad práctica».

Sin dejar cabos sueltos, Alfonso López lleva la discusión en el tema a un nivel tal que ningún historiador serio puede venir a llover sobre mojado sino aparecen fuentes inequívocas, asideros inexplorados hasta ahora. Los testimonios indican que probablemente ya en la sexta década del xix se jugó béisbol en occidente, y puede que también en el centro de la Isla, pero no hay documentación irrefutable que lo acredite. Ciertamente el 27 de diciembre de 1874 se efectuó en Matanzas un partido de pelota, pero la crónica de ese encuentro es imprecisa en muchos detalles sobre los equipos enfrentados. Por tanto, el misterio sigue abierto, en el aire, como un fly muy elevado que no cae nunca.

Medular es, igualmente, el artículo que da nombre al volumen, «Béisbol y nación en Cuba ». Aquí el autor, de acuerdo con sus propias palabras, traza un mapa sobre la manera en que el béisbol ha ido configurando —desde su surgimiento y en las primeras décadas de expansión y difusión— narrativas o discursos asociados a la idea de la construcción nacional y el nacionalismo, proceso que desembocó en que fuera considerado, ya en la República, el deporte nacional de los cubanos, a despecho de que pudiera serlo también en su lugar de origen, los Estados Unidos.

En su recorrido, el investigador consulta una abultada bibliografía que incluye los textos acerca de los avatares en torno al béisbol desde el siglo XIX, recogidos en obras literarias, teatrales, y numerosas publicaciones periódicas, donde se trenzan las ideas sobre nación y deporte, desde perspectivas diversas, afincadas en posiciones no pocas veces encontradas.

Sobre los comienzos de la mayor rivalidad deportiva entre dos clubes de pelota en Cuba se ocupa el artículo «Rojos y azules», los colores que identificaban a los conjuntos de Habana y Almendares, cuya porfía «puede ser interpretada como el reflejo de una violencia contenida a otros niveles de la sociedad cubana de posguerra». Esta narración discurre en la época colonial, en el último Béisbol y nación en Cuba: relato de una pasión José Antonio Michelena tercio del siglo XIX , pero en la siguiente centuria, leones y alacranes volverán a la carga, con nuevos actores, y en un nuevo escenario social.

Una pincelada de género introduce el artículo «Elena A. al bate», el cual reseña la participación femenina en el béisbol cubano hacia mediados del siglo pasado, institucionalizada en 1947 por la constitución de la Organización Deportiva de Béisbol Femenino de la República de Cuba, como consecuencia de las luchas sociales y políticas libradas por las mujeres en la sociedad cubana durante las primeras décadas del siglo XX. El texto se expande, igualmente, hacia las ligas femeninas de ese deporte en Estados Unidos, y la visita de peloteras estadounidenses a Cuba para enfrentamientos con novenas locales desde 1926.

El artículo «Azúcar y béisbol en Cuba» ilustra cómo las nuevas relaciones socioeconómicas nacidas con la República impulsaron cambios en la esfera deportiva, y cómo se produce en el siglo XX «la verdadera democratización del juego de pelota y su conversión en parte de la cultura popular». Porque, si en la época anterior, durante el XIX, el béisbol había sido patrimonio de los hombres blancos de las clases acomodadas, y practicado solamente en los espacios urbanos, ahora entran en el juego los obreros (blancos, mestizos y negros) y las zonas rurales, sobre todo en los centrales azucareros.

Otros artículos informan sobre las referencias al béisbol realizadas por José Martí, las relaciones entre música y béisbol en Cuba, o la presencia beisbolera en la literatura cubana, entre los muchos textos relevantes del libro, que constituye una obra de imprescindible lectura para quienes quieran acceder a la evolución en la Isla de ese deporte que los cubanos llaman pelota, así como del amplio universo de significados que tiene para los mismos.

 

 

 

Aptitudes de la novela (notas para el baile)

Javier L. Mora

 

Un travesti (famoso) armado con una pistola; un guionista de cine underground con más deseo de vida que ganas para el arte; un grupo numeroso de diletantes y seudointelectuales, y algunos matones ridículos y serios de la guerra civil de los cincuenta. Envuélvase todo eso en una atmósfera de escatológico sin sentido —donde la lucha por la supervivencia espiritual de dos generaciones diacrónicamente distintas y distantes ocupe el primer plano—, y se tendrán las claves para entender una novela como Aptitudes para el baile (notas al guión) (Editorial Oriente, 2015) de Julio Jiménez, galardonada con el Premio José Soler Puig de esta editorial el pasado año.

Nada de abulia ni paisajes melancólicos de vida, ni amores desenfrenados, ni pasión por decir o desdecir sobre cualquier ideología. En Aptitudes para el baile… la propuesta es a la diversión y no al aburrimiento. Pensemos en el ocio: puro ocio mezclado con una buena dosis de cannabis, sexo y drogas blandas. He aquí las aristas que resumen la historia de los actores de una novela, para los que parece que ya no hay, irremediablemente, nada que hacer.

Este asunto no es circunstancial: los personajes de Aptitudes… no aparentan tener problemas existenciales de ninguna índole sino su contraparte: moviéndose en una trama en la que se han perdido todas las utopías, viven para el goce y la satisfacción temporal que provoca. Para el placer, para la fruición. Porque el objetivo no es otro que llenar la falta de perspectivas. Un vacío tan grande como miserable.

Así veremos moverse al protagonista y sus acólitos en un marasmo de desinhibiciones de toda índole, donde el sexo, las relaciones transitorias y aniquiladoras, y los estupefacientes, surten el efecto de una gasolinera en el desierto: es decir, provocan, distienden, hacen explotar. Ambientes marcadamente pro-fiesta: fiesta a la que siempre estarán invitados estos personajes, guardieros de los más elementales placeres de la vida.

Pero esto no es lo único: ellos también son, al mismo tiempo y en primer lugar (como ya dijimos) diletantes-del-arte. Del arte sin ilusiones, de su intención pero sin resultados. De ahí el fracaso al que están abocados cada uno de los proyectos del grupo y del mismo protagonista: un cine underground, es decir, que no entraría nunca en los espectáculos de los festivales de La Habana o de Gibara, un cine condenado a la bancarrota. Entonces, ¿por qué no escribir el guión de una cinta que nunca tendrá un estreno, que nunca llegará a filmación, en la que se hable asimismo de las libertades físicas y morales que necesita el ciudadano común, cualquier sociedad? Esa misma libertad por la que abogan los seres de la novela que nos ocupa.

Y así surge la idea: la historia de un proyecto de guión donde el protagonista es un travesti famoso, devenido en leyenda, que aparentemente habría participado del movimiento insurreccional de los cincuenta del pasado siglo en Santiago de Cuba. Un tipo llamado formalmente José Daniel Roibal Granados, que tendrá numerosos seudónimos y apodos, pero que todos recordarán como Patricia.

La trama se fermenta, se dilata, se extiende y contrae al mismo tiempo, para traernos lo que escribe el protagonista como el proyecto de guión —las «notas» a las que hace referencia el título de la novela—, y los comentarios que suscita en un colega del gremio.

La fusión como recurso de estos dos relatos en la diégesis de la historia asegura una lectura envolvente, rítmica, sin saltos (salvo aquellos espacio-temporales), en los que se suceden los planos de la vida del protagónico y los retazos sobre Patricia: su introducción en el mundo violento de los cincuenta, su leyenda urbana como participante de la lucha clandestina, y las circunstancias de su vida posterior a 1959, que van desde el desprecio y la segregación homofóbica a las UMAP, y finalmente, una muerte silenciosa y sin prestigio.

De cine está llena la narración: desde los títulos de los capítulos a la intertextualidad, entre guiños intelectuales del cine universal y la cultura popular cubana. De manera que Fight Club, la encomiada película de David Fincher basada en la novela homónima de Palahniuk, es aquí más que una cita, un símbolo de rebeldía, y su última normativa («Si esta es tu primera noche en el Club de la Lucha, tienes que pelear») es aún más que un simple eslogan: para Patricia (o José Daniel) en el interior del guión, tanto como para el protagonista que lo escribe y el resto de sus colegas, se trata de una lucha a muerte contra la disciplina y las normas de conducta que dicta la sociedad; una pelea contra el aburrimiento, el desamor y la nada cotidiana, donde la noche, con sus pautas y sus imperativos, es el tiempo que le ha tocado vivir, a cada uno de ellos.

En algún punto de la historia narrada se sugiere lo fortuito de la participación de José Daniel en el movimiento insurreccional de fines de los cincuenta: tal parece que su inclusión se debe más al desquite o la venganza por la muerte de un amante, que a la fe en los ideales de su generación. Su visión o sus creencias, así como la de los personajes de la novela, se hallan más bien en lo que se llama en el libro «aptitudes para el baile», que según se explica aquí, se trata de un sintagma que habla de «ciertas capacidades para el gozo contenido, la simulación y la adaptabilidad».

Y así llegamos al principio y fundamento de la novela: el baile, o las aptitudes que permiten vivir a un individuo bajo cierto estado de goce y desenfreno, como el leitmotiv que impulsa a la simulación, a la adaptabilidad, en el circuito de las bajas pasiones, donde nunca se sabrá en qué dirección está el deber, sino su reverso. El baile y sus máscaras de juego frente a la existencia; el derecho a la fiesta, a la individualidad y a la diferencia, como baluarte contra el compromiso y el cansancio.

Porque —y esto debo advertirlo—, en Julio Jiménez, como solo en los buenos narradores, no hay tiempo para la desidia. Tal es la mejor nota de esta novela atrevida, elegante, divertida, riesgosa y muy bien narrada, que se lee de un tirón, todo un ejemplo frente al enorme peso de nuestra aburrida narrativa cubana contemporánea.