Leonardo Guevara

Leonardo Guevara (1974). Ha publicado los poemarios Vida en comunión (Letras Cubanas, 2000) y Piramidal (Extramuros, 2002). Obtuvo el Premio Pinos Nuevos. Reside en los Estados Unidos.

 

 

 

 

 

La maquinaria 2

Me levanto a las 3 de la mañana. Voy a la fábrica, hago la línea entre discusiones por el trabajo y caras resentidas. Pongo a las cajas sobre las manos. El olor a shampoo me hace resbalar y desconfiar de cualquier sentido. Cargo a las cajas como si fueran mi prole, nada puede caer.
Me levanto a las 3 de la mañana. Debo cruzar el parque. Me han dicho «Cualquier disparo busca un cuerpo, es mejor no pasar». Yo no veo el peligro que existe y me toca, ya las cajas de shampoo me besan como lo haría la muerte, también le dan de comer a mi madre y a su útero extirpado, a la tuberculosis del que duerme bajo la nieve. Soy la élite del servicio.
Me levanto a las 3 de la mañana. Soy una máquina más.

 

Professional dishwasher

Ay tía patria, cuánto dolor sobre mis costillas. Yo doblado fregando lo que tus hijos comen. Doblado como un profesional fregador de platos. Ay tía patria, el superior ―se cree― a mí, llega y no sacude los platos. Con sorna me mira por los soles que le alumbran el camino siguiendo la cadena de involución del hombre. Ay tía patria, no me quejo, solo digo «Salir de este espacio sería menos doloroso que cuando perdí el seno de mi madre». A ella le cortaron mi amamanto, el otro fue reservado para tus hijos, dejándome huérfano con una madre mutilada por la realidad. Ay tía patria, cuánto dolor sobre mis costillas y yo doblado sobre mi espalda fregando lo que tus hijos comen.

 

El paquebote

Para mi hermano Ariel, para Juan Carlos…

El agua sobre el cuello del deseo. La desesperación oliendo a sal, entrando en el paquebote donde nadie puede merodear más de 30 minutos diarios y lo permitido es mirar al horizonte y devolverte a tus bloques: a los proyectos del agua con sal entrando en la nariz.
Tú no sabes bajo qué bandera navegan estos botes ―no hay nada que los identifique―, aun así no puedes entrar al paquebote donde nuestro patriotismo regresa de la guerra y es confiscado para evitar el tráfico.
Pero no tienes un bote, no has visto tierras trasatlánticas, menos correr sobre el océano pacífico al hombre dios desnudo. Solo tienes ojos y un placer mental: No más de 30 minutos diarios para mirar el horizonte.

 

El hombre taking a shower

En el sonido del agua vive el hombre taking a shower, tan caliente como el país que dejó, aún más por la necesidad de lidiar con el frío. Y como a un toro clavan una banderilla en su lomo, tocando las fibras de su corazón.
El agua cae tras las cortinas que esconden el deslumbramiento. El hombre hace el intento de tocar cuanto resisten sus ojos. Ve el fuego ardiendo a rojo vivo y se pregunta cuándo terminará.
Hirviendo sobrevive con más de 30 grados asfixiándole días y noches, días y día ―toda la repetición ahogándose en su cabeza―, el agua, el shampoo, las cremas para el cuerpo y cuantos productos se necesitan. Todo al alcance de la mano, menos algo para que funcionen sus articulaciones y recordarle a un país.
A todo lo que cae y todo lo que resiste caer.

 

La electricidad me llama

La electricidad me llama. Ardillas corren por la línea del poder para asistir al espectáculo. Mis músculos arden por la masturbación al mismo objeto. La máquina me absorbe sin opción a dejarla - antídoto contra la claustrofobia y el aislamiento.La luz del artefacto me ciega. Poses de todo tipo sin experimentar asco o convulsión. Las ardillas corren observando al hombre cayendo en la línea de poder. La electricidad me llama.

 

No te detienes en circunstancias de límite...

No te detienes en circunstancias de límite. No ves reflexión en el gesto que engendra, sólo recuerdas a la ponzoña en lo más sucio de su seno. Un comentario -dijiste-tirado en la esquina como un perro cualquiera. Yo reconozco lo flaccido de la idea.Hago un charco. Los peces saltan, buscan y prefieren ser ensartados por la falta de luz. Nosotros nos vamos del péndulo. Equilibramos la vibración para no caer más bajo de lo que estamos. Nos hundimos con piedras en los bolsillos imitando al mito. Tú miras con desprecio la ontología. Recordar a la ponzoña -dijiste- y me deshechas como a un seno cortado sin el roce de otro pecho. Te da repulsión ver. Vomitas mientras regreso en el límite dado a la reflexión.