A quien pueda interesar
Marilyn Bobes

El Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su decimoquinta edición, lo obtuvo la escritora y crítica literaria cubana Marilyn Bobes, por su texto «A quien pueda interesar», un relato de «singular factura narrativa, que se adentra con gran sensibilidad y fuerza expresiva en los problemas sociales y éticos existentes en la Cuba actual y logra atraparnos hondamente con las reflexiones elocuentes de su protagonista», según señala el acta de premiación. La decisión la adoptó por unanimidad un jurado compuesto por los reconocidos intelectuales Mario Pellegrini, de Argentina, y Julio Travieso y Enrique Pérez Díaz, de Cuba, quienes analizaron las narraciones de autores de habla española residentes en todos los continentes. En esta ocasión se presentaron más de doscientos relatos, lo que confirma el prestigio ya alcanzado por el concurso. El jurado decidió además conceder una primera mención al texto «Todo tranquilo y el viento adentro», de Mariana Travacio (Argentina), «por su excelente manejo de una trama de corte fantástico, que nos recuerda una zona de la cuentística de Cortázar y de Maupassant, y su logrado desenlace que sorprenderá al lector». También se otorgaron otras menciones a: «Alas de mariposa», de Rafael de Águila (Cuba); «Dónde ocurrió el Big Bang», de Alejandro Suárez (Cuba); «Efectos secundarios», de Raúl Flores Iriarte (Cuba); «Mañana será otro día», de Fernanda García Curten (Argentina); y «Formas de no volver a casa», de Yanira Marimón (Cuba). Marilyn Bobes -quien con dos de sus obras narrativas, Alguien tiene que llorar (1995) y Fiebre invernal (2005), obtuvo precisamente el Premio Casa de las Américas-, ha expresado durante el acto de premiación: «Resulta raro este premio: Cortázar es un autor que me acompañó desde mi adolescencia. Rayuela, por su parte, es un libro que me motivó para ser escritora. Como periodista, siendo muy joven y mientras trabajaba en la agencia Prensa Latina, entrevisté a Cortázar una vez. En aquellos tiempos, aun no sabía cómo operar una grabadora y recuerdo que Julio se mostró comprensivo, y supo ayudarme. Me dio una entrevista como si fuese una periodista experimentada… ». El cuento galardonado, que ahora presentamos a nuestros lectores, será publicado por la Editorial Letras Cubanas, junto con los otros relatos que merecieronmenciones, en un volumen que será presentado el próximo año 2017 en la Feria Internacional del Libro de La Habana. Este Premio fue creado en homenaje al gran escritor argentino por iniciativa de quien fuera su compañera, la prestigiosa intelectual lituana Ugné Karvelis. Su presidente de honor es Miguel Barnet y su coordinadora Basilia Papastamatíu. Lo coauspician el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas y la UNEAC, y ha contado con el apoyo del Ministerio de Cultura de la República Argentina y de la Fundación Alia.

A Francisco López Sacha, por su ayuda invaluable
Clarice llegó a la casa el mismo día en que Doris murió. Mi primo José Alberto, su esposa Beatriz y Ernestico, el hijo de los dos, estaban en un hotel cinco estrellas en Varadero (todo incluido) y tuve que llamarlos al celular para darles la noticia. El hecho de que mi tía se vistiera como si fuera a una fiesta y se maquillara con la perfección que solo consiguen los profesionales, careció de importancia para ellos. Si se sirvió dos tragos de whisky y se tomó el frasco de pastillas de Zoolof fue su decisión. Y de esa manera lo asumieron. ¿Les importaría que después se acostara en la cama y yo me la encontrara al otro día en medio del rigor mortis y con una amplia sonrisa en la cara? Al final (así lo pensaron) era una vieja sorda a punto de cumplir ochenta años. Ernestico sintió más la muerte por alcoholismo y bulimia de Amy Winehouse, que la pérdida de su abuela, una anacrónica cantante de boleros que nunca ganó un Grammy. Cosmopolita el niño. Él escucha música anglosajona en un MP3, y tanto en la calle como en los sitios donde se reúnen las personas, así como en la soledad de su cuarto, permanece incomunicado como si hubiera nacido conectado al puñetero par de audífonos que lo separa del mundo.
La llegada de Clarice no pudo suplir el vacío de Doris pero, al menos, me mantuvo ocupada limpiando los orines y las heces que la cachorra diseminó por toda la casa. De eso sí se dieron gusto hablando. De la locura de recoger de la calle un animal que solo serviría para destrozar los muebles y los cables de los electrodomésticos, todo dicho con un lenguaje más cruel. Como el de Bukowsky. Pero ellos no han leído a Bukowsky. Tienen la boca lista para destilar insensibilidades desde que se convirtieron en esos seres pragmáticos que se las saben todas. Los buenos sentimientos ya no forman parte de sus naturalezas.
Enseguida dijeron: «Clarice no es un nombre apropiado para una perra». Pero, como soy la dueña y no me resisto a la compulsión de ponerles nombre de escritoras a todas las que han pasado por mi vida, me mantuve en mis trece y cumplí con mi modesto homenaje. Si hubiera sido un perro lo hubiera llamado Diógenes, como el filósofo griego.
La Lispector sí era una escritora. Exprimía sus emociones hasta sacarle el jugo a su inconsciente. Ella hubiera sabido decir todo lo que ni yo (ni ellos) pueden sobre el suicidio de Doris. Lispector no fue una fabricante de autoficciones (como yo) ni se valía de efectismos inútiles y oscuridades premeditadas para construir sus relatos. Jamás yo llegaría a su altura. José Alberto, Beatriz y Ernestico ni siquiera la conocen. Lo de ellos es Sthepen King, Dan Brown y Paulo Coelho. ¿Iban a perder el tiempo leyéndola? Los desconcertaría su hondura. Y como personas que tienen muy bien puestos sus pies sobre la tierra, jamás comprenderían sus propuestas. Ellos no dejan de ser como los otros.
¿Y cómo son los otros? ¿Y a quiénes me refiero? Acaso a los que vienen a divertirse y a comer y a beber en esta casa. Mi primo y su familia no viven aquí desde hace un tiempo, pero se reúnen en nuestra sala con el pretexto de que estoy demasiado sola y necesito distraerme. Y hay que ver cómo rompen las copas y los platos en el entorpecimiento de sus borracheras. Entonces, con la hipocresía que me caracteriza, murmuro que no tiene importancia, que a cualquiera le sucede, mientras maldigo en mi interior. La ansiedad me corroe esperando que se vayan, que me dejen dormir a ver si sueño con los que ya nunca volverán a visitarme y para quienes, antes, Daniel y yo, organizábamos nuestras fiestas.
G. P., el periodista español coleccionista de los discos de Doris (la entrevistó muchísimas veces) vino a los funerales y me invitó a almorzar. Fuimos a un restaurante privado, o mejor dicho, a una paladar, y me hizo un sinfín de preguntas. No supe cómo responderle. O no quise responderle. Habló de desigualdades. Las que existen, digamos, entre mis parientes y yo, desde que José Alberto empezó a trabajar en la firma. Un ingeniero en telecomunicaciones que ahora importa inodoros. Porque es así como se llaman, aunque el suela decir que vende muebles sanitarios.
Es cierto que las desigualdades hacen su aparición en un país donde siempre se proclamó la igualdad. Pero tampoco el igualitarismo era justo. Ya lo había dicho Marx: de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo. ¿Cómo es posible entonces que un ingeniero en telecomunicaciones reciba menos que un vendedor de inodoros? Pero eso ya no es un motivo de preocupación para mí. En ese sentido (y solo en ese sentido) he comenzado a funcionar como ellos. Y me adapto y no me adapto al presente: vivo del alquiler del auto de Doris y de las colaboraciones con revistas extranjeras. En ellas hablo de música, de literatura, pero José Alberto y Beatriz se pasan la vida advirtiéndome: «trabajas para los capitalistas». No sé con qué moral se atreven a juzgarme. También ellos trabajan para los capitalistas. O con los capitalistas. Para Cuba y con los capitalistas. Lo mismo que yo. Y nadie se los reprocha. De eso viven. Ni en sueños Doris y yo pudimos nunca pasar unas vacaciones en Varadero. Todo se nos iba en comida y en los medicamentos que debíamos pagar a sobreprecio porque no llegan a la farmacia. O se los roban los empleados y después los revenden. Los artículos de la revista y el alquiler del automóvil por lo menos alcanzaban para eso.
Según G. P., en Cuba hay nuevas clases y nuevos barrios privilegiados. Se produce un fenómeno que, así me dijo, se llama gentrificación. Él siempre se ha creído un sociólogo. Antes me interesaba explicarle todo lo que creía o no creía de lo que pasa en Cuba. Pero ya no. Ahora ya no. Ahora trato de vivir como mi perra: una vida sencilla y feliz, sin enredarme en discusiones sobre cosas que, en ocasiones, ni yo misma comprendo.
G. P. me trajo de regalo un libro de Javier Marías (Travesía del horizonte). Dice la nota de contracubierta que es la segunda novela de este escritor, publicada cuando el autor tenía veintiún años: «un cariñoso y burlón homenaje a los grandes relatos de aventuras del xix». Tampoco me interesan para nada las aventuras. Me gustan los temas de Martin Amis y de Ian Mc Ewan y los de Cortázar y Clarice Lispector o los grandes clásicos como Rojo y Negro o La letra escarlata. Le venderé la novela de Javier Marías a un librero o la botaré en la basura. Mejor tirarla en el cesto de papeles que obsequiársela a mis parientes o a cualquiera de sus amigotes. Esos que vienen a beber y a comer y a romperme las copas y los platos y ven las mismas películas pornográficas que Ernestico: los «pellejos». Nada menos que «pellejos». Qué palabra repulsiva: «pellejo».
G. P. también me contó las zozobras de un antiguo campeón de judo que ahora vende cervezas en un quiosco de la playa. Fue él quien lo ayudó a contactar a los deportistas que quería entrevistar. No sé cómo combinará los logros deportivos de Cuba, su admiración por Doris y la dichosa gentrificación. Mejor crear un Cinosargo para la desvergüenza. Un mausoleo de perros que nos libere de los imprevistos y me endurezca y me mantenga impasible ante los adversarios existenciales que no son precisamente, como en otros lugares del mundo, las hambrunas y las guerras.
Se puso sentimental cuando hablamos de Doris y me contó: el año pasado perdió a su padre. G. P. lo adoraba y sin embargo lo tenía encerrado en una residencia, eufemismo que utilizan los europeos para referirse a un asilo de ancianos. El viejo abandonó este mundo a los ochenta y seis años. A G. P. le parece que vivió lo suficiente y estoy segura, ellos estarían de acuerdo. Doris también decidió eliminarse a una edad avanzada y tuvo una vida glamorosa. Ese era el consuelo de mis parientes cuando comprobaron que yo estaba en shock y ni siquiera podía llorar. Recuerdo cómo los forenses retiraron el cadáver. José Alberto y Beatriz se encargaron de los trámites de la autopsia y del destino del cuerpo. Para mí nunca se vive lo suficiente cuando dejas atrás aunque sea a una persona que te ama. Que te necesita. Sin embargo, como dice Beatriz, pronto llegará el olvido. Y en ese olvido permanecerá también Doris si este país termina globalizado. Entonces a nadie le interesará aquella voz aguardentosa que interpretaba a Marta Valdés como ninguna. En una Cuba globalizada, ¿qué significarían las canciones de Marta? Palabras, como las que la compositora se niega a escuchar y dan título a su obra maestra.
De todas maneras, Doris no era para mí esa gran cantante que mucha gente todavía venera, sino el afecto más sólido de mi vida. El apoyo que siempre necesité cuando mi parte oscura me convocaba a ciertas actitudes no muy frecuentes y que el resto de mis contemporáneos nunca hubieran aprobado. Ella sí. Tenía una manera de ver la vida que desbordaba las convenciones. Todo cuanto existe cabía en su mundo. Nada le parecía superficial, excepto la festiva indolencia de quienes venían a nuestra casa a romper vasos y a emborracharse. Mientras los adultos estaban en lo suyo, Ernestico se endrogaba discretamente con unas cuantas pastillas de Parkisonil diluidas en el whisky. Condescendiente e irresponsable, José Alberto le ofrecía el alcohol en aquellas reuniones para que «aprendiera a ser hombre desde temprano».
En los últimos tiempos, Doris me acusaba de ser demasiado pesimista. De ver el futuro de mi país «gris y con pespuntes negros». Estaba convencida de que nadie lograría acabar con la utopía ni con los sueños de algunos millones de cubanos.
Daniel también compartía el optimismo de Doris. El día de su muerte me fui a dormir con mi tía y nunca más salí de su cama. Dormíamos juntas, como antes dormíamos Daniel y yo, y nos hacíamos compañía mientras mi primo viajaba por el mundo y «atendía » o más bien deslumbraba con pacotillas y aparatos sofisticados a su único hijo y a su esposa.
Doris y sus achaques siempre fueron asunto mío. Y yo la cuidaba con gusto, con la ternura de una madre. Soportaba sus exabruptos y sus neurosis y me dejaba guiar por sus consejos que, en muchas ocasiones, reflejaban su desconfianza por el resto de la familia. Yo, me confesó una tarde poco antes de suicidarse, era para ella algo especial y nos unían lazos más fuertes que los de nuestro parentesco, éramos, como dice el bolero «dos almas que en el mundo había unido Dios». Un verso más que cursi. Lástima que ella no haya tenido otro mejor para expresar la profundidad de nuestro vínculo. Para ya no hablar de la referencia a Dios.
Estoy muy brava contigo, Doris, porque yo no creo en Dios ni en la posibilidad de que nuestras almas vuelvan a unirse en el cielo, y tú no pensaste en mí, en lo sola que me dejas. Tu hijo, su mujer y hasta tu nieto se disputarán conmigo esta casa que no quisiera abandonar. La venderemos porque tus descendientes, aunque tienen una magnífica residencia en Kholy (G. P. diría que están gentrificados), quieren su parte, la tajada que les corresponde de tu herencia. Imagino sus caras cuando sepan que tuviste la gentileza de incluirme en tu testamento. Seguramente ya tenías planificado desaparecer cuando hace unos meses me pediste un notario. Yo, la prima advenediza, también tendría mis derechos sobre tus pocas pertenencias. Me dejaste, además de mi parte de la casa, el automóvil. De esa renta vivíamos las dos y de ella seguiré viviendo yo. Ahora que todo lo que importa es el dinero.
Vivo entre cínicos y admito que comparto algunos aspectos filosóficos de esa escuela. Porque una cosa son los admiradores de Diógenes y otros los que el lenguaje ha vulgarizado asociándolos con la desvergüenza, con el descaro en el mentir o con la práctica de actitudes reprochables. Tal vez los otros, mis parientes y los amigos de mis parientes, sí puedan adecuarse a esa definición.
Yo también he dejado de creer en mis dioses. Se acabaron los tiempos en que la literatura era el motor de mi vida. Ya no tengo a Daniel estimulándome a escribir mis cuentos y mis novelas, casi testimoniales, con las que algún día pretendí cambiar el mundo. Él me dejó, como Doris, aunque no por su voluntad. Infarto masivo a los 55 años. Tal vez, a pesar de su aparente optimismo, se daba cuenta, mejor que yo, de que no podíamos cambiar el mundo. Era el mundo quien se estaba ende las razones de mi bloqueo como escritora: ya nadie me lee. ¿Cómo escribir sin un destinatario, sin algún impulso externo muy vinculado a lo que está ocurriendo dentro de mí y alrededor? Entre otras posibilidades, quizás pudiera hacer catarsis y denostar contra el hedonismo carente de pasado y también de futuro que está invadiendo a mucha gente, de la música electrónica sustituyendo a las guitarras, acústicas o eléctricas, siempre cargadas de sentimiento o de rabia, (como la guitarra de Jimmy Hendrix o la de Silvio Rodríguez). La misma rabia que me corroe cuando pienso que Doris no se acordó de mí: se tomó las pastillas de Zoolof y me dejó desamparada.
Quisiera escribir, pero me sale espuma, como a César Vallejo. Ahora hablo para esta grabadora antediluviana y registro mis palabras en un cassette que no llegará a ninguna parte. Grabo para mí misma o quizás para el siquiatra a quien debería pedir ayuda o a lo mejor para muchos a quienes este soliloquio todavía pudiera interesar.
No tengo Internet ni un celular con las más avanzadas aplicaciones, ni compro el «paquete semanal» ni sé lo que significa wifi, ni Facebook ni el Imo que Ernestico y hasta el mismo José Alberto utilizan casi a diario para comunicarse con los que se fueron. Muchos amigos míos también están allá pero no entenderían mis lamentos. Ellos también andan desesperados buscándose el dinero.
Ernestico, un muchacho al que debía querer como el hijo que no tengo, es un pichón de tarado y no creo que cambie proponiéndole que baile y oiga la música que escuchaba su abuela. Tampoco valdrá de nada organizarlo en fila india para que aprenda historia visitando museos en los que se exhiben fotografías y objetos que ya no le dicen nada. Pero no sé qué hago criticando las cosas que ya no quiero criticar. ¿Qué diría Clarice Lispector si transcribiera en la pantalla de mi computadora todo este largo monólogo y lo convirtiera en un cuento? ¿Qué, las nuevas generaciones de escritores? Un texto sin el menor interés. Sin vergas ni vulvas, con la infeliz intromisión en su argumento del suicidio de una vieja. Una tímida referencia a Amy Winehouse, eso sí, pero sin masturbaciones fisiológicas. Acaso ni siquiera intelectuales.
Lo que sucede fuera de los impenetrables muros de mi casa, ya son asuntos pasados de moda, incluso el del suicidio de una persona que vivió para cantar y dejó a su país un legado que no sé cuánta gente reconocerá. La tragedia de los refugiados, el cambio climático, el tráfico de personas y el Ejército Islámico tampoco tienen cabida en una literatura que no se atreve a denunciar los problemas del mundo porque no quiere ser panfletaria. ¿Adónde iremos a parar con tanta indiferencia? Doris se suicidó porque era sorda y yo me tapo los oídos porque me atormenta el canto de las sirenas. Sin embargo, veo las mesas redondas, el noticiero nacional de televisión, sintonizo TeleSur y hasta le doy una ojeada a los titulares de Granma y de Juventud Rebelde. En el 2030, estaremos mejor que ahora. Eso me dicen y yo quiero creer que es verdad.
Y del otro lado, cantos y cantos de sirena. Como los del presidente Obama estimulando a los «emprendedores» para que me sigan cobrando más y más dinero por una mala ristra de cebollas. Haciendo todo lo posible para que nuestras librerías se llenen de novelas de Sthepen King o desaparezcan. ¿En el 2030 todos leeremos en tabletas o existirán todavía libros impresos sensibles al tacto y con olor a tinta fresca?
Creo que me estoy convirtiendo en una cínica. Pero al estilo de los griegos. Lo que me sucede es que «estoy llorando al ser que vivo». Estoy llorando a Doris y a Daniel y la perdida inocencia con las que redacté mis cuentecitos y mis novelas. Y ya no tengo lágrimas.
Ellos tampoco saben lo que son las lágrimas. Están inmunizados. Comparten en las redes sociales y vienen a mi casa a tomar whisky y a contar chistes verdes. No les interesa la bazofia que publiqué en los noventa y me miran como si fuera una cucaracha, porque no me visto con ropas de marca ni paso las vacaciones en los Cayos. Alguien que pierde su tiempo acumulando palabras, trabajando como una mula para ganarse unos pocos pesos. Tecleando como una posesa de la mañana a la noche, apelando a su oficio para ganar dinero aunque las sumas que acumulo sean irrisorias. Porque dinero es todo lo que ahora hace falta. Todo lo que usted necesita no es, como en los sesenta, amor. Todo lo que usted necesita es dinero. Al carajo el amor y los compases de «La Marsellesa».
Hace poco salí varias veces con un hombre de los que vienen a romper las copas y los platos y que tenía mucho dinero. Me lo tiraba en la cara y me parecía que me lo estaba cambiando por sexo. Yo lo comparaba con Daniel a quien le gustaba mucho repetirme un proverbio chino: el hombre más feliz no es el que más tiene sino el que menos necesita. Y yo lo único que necesitaba era amor. Y el hombre con el que salía solo me ofrecía dinero.
El pobre de John Lennon. Imaginaba un mundo donde no existiría el dinero. No sé si lo dijo explícitamente en su famosa canción. No era el único que soñaba. Y puede ser que todavía existan muchos que sueñan. ¿A uno de esos soñadores llegará el anónimo que dirigí al Grupo Empresarial donde trabaja el hombre con el que salí varias veces? Amparado por nuestra intimidad, me confesó una noche de dónde sacaba tanto. Pues lo saca, y así lo digo en mi denuncia, de las comisiones que cobra a los proveedores con los que negocia. No importa la calidad del producto sino quién paga más. Y después: que los consumidores reclamen a ver si alguien los escucha y les devuelve su dinero.
Leo en un viejo diccionario: cínico (del latín cynicus, y este del griego kynikós, de kyon, kynós, perro): impúdico, procaz. Aplícase también al filósofo de cierta escuela que nació de la división de los discípulos de Sócrates y de la cual fue fundador Antístenes, y Diógenes su más señalado representante.
José Alberto, Beatriz y Ernestico, que todo lo consultan en Internet, sabrían si quisieran que el cinismo es una de las más radicales manifestaciones de la filosofía y también de las más incomprensibles, que los cínicos consideran que la forma de vivir es parte fundamental de la filosofía e inseparable de su manera de pensar. Que filosóficamente el cinismo consiste en retomar o pensar de un modo nuevo y diferente algunos temas antiguos. Qué más quisiera yo. Ser ese tipo de cínica. Pensar y escribir de un modo nuevo y diferente.
Pero el paso del tiempo ha cambiado completamente el significado del cinismo. Su origen y desarrollo han sido velados para significar hoy día poco más que un insulto. El insulto con que califico el cinismo de los otros. El de José Alberto y los amigos de José Alberto.
Qué diría Cortázar, qué diría Clarice Lispector. Y qué Diógenes, quien tuvo que irse al exilio por dedicarse a invalidar monedas con un punzón. Ah, seguidores de Sócrates que vieron en los perros un claro ejemplo de vida sencilla y feliz. Una idea radical de libertad. Una manera de repensar la tradición.
Quizás por todo eso Clarice llegó a la casa el mismo día en que Doris se suicidó, mientras ese otro tipo de cínicos que son mis parientes, repetían que ya había vivido bastante. Una vida que ya muchos quisieran: glamorosa y llena de satisfacciones. Y yo los envidio con la malsana impotencia de los que no se adaptan a los vaivenes del tiempo y no tienen las agallas suficientes para vender inodoros en lugar de exponerse a la derrota. Porque si engavetaran mi anónimo sería el símbolo de mi derrota y la derrota de los que todavía sueñan.
Nunca tendré el cinismo de los antiguos griegos. Los que repiensan la tradición. Soy una mujer de otros tiempos. Pero alguien tiene que escucharme. Alguien que tenga con el dinero la misma relación que tuvo Diógenes, el que invalidaba las monedas con un punzón.
El anónimo que escribí contra el hombre que me ofrecía billetes a cambio de sexo, es como mi punzón. Y se lo dirijo a quien todavía pueda interesar lo que está haciendo. Lo escribí porque no puedo quedarme con los brazos cruzados, en un oasis salvador de este desierto, sin Doris ni Daniel, con la muda complicidad de Clarice, la indeseada cachorra que destroza los muebles. Esos jodidos muebles, la única compañía que me queda y que, como me dijo José Alberto, se irán también cuando se venda la casa. Porque fue José Alberto quien los compró. Con su maldito dinero.
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