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De cómo dos noveletas y un cuento se convierten en la novela Después, después, de Elio Fidel López Velaz

Virgilio López Lemus
Después, después (Cienfuegos, 2016), de Elio Fidel López Velaz, insiste en la relación de pareja, es una novela sobre la comprensión y la incomprensión entre personas que tienen afinidades incluso eróticas. Para ello, deben existir en el relato esas parejas, y de hecho es lo que ocurre entre los dos personajes centrales: Poly y un nombrado Jean Valjean. Los dos tejen sus historias casi paralelas, en la mutua relación, que es la historia central: él cuenta su vida y ella escucha y luego cuenta la suya. Pero Poly va narrando en forma de cuento la novela que ha escrito y entregado a una editora española. En esta supuesta novela, ficción dentro de la ficción, aparecen otros dos personajes en relación mucho más conflictiva: la jinetera Yamisleidys y su chulo y abusivo Yanovis. Las historias privadas de Valjean y de Poly suelen ser suertes de monólogos discontinuos, interrumpidos precisamente por el relato de la mutua relación. El cuento de Yamisleidys ―supuesta novela― aparece en cursivas, como interpolación en el recuerdo de quien la escribe, o sea, Poly. En torno a estos cuatro personajes aparecen otros vivos o muertos, presentes o ausentes, que le conceden a Después, después complejidad estructural pero no dificultad para la lectura.
Esa «complejidad», si tal fuera, se encuentra en la decisión que debe tomar el lector acerca de si Poly y Valjean forman pareja hetero u homosexual. Eso depende de cómo leamos la figura de Poly, quien es la que presenta ambigüedad. Mi lectura personal ha sido algo complicada, pues al tomarla como mujer, debo suponer que ha tenido un encuentro lésbico no bien precisado con la editora española de nombre María Antonia, quien aparece en silencio al principio y con más fuerza presencial al final, interviniendo de forma curiosa en el suceso central. Los personajes todos, existentes o no, han de interrelacionarse de tales modos, que el lector debe estar atento a la lectura, pese a la brevedad de la obra. Los personajes secundarios a veces actúan como suerte de «Pepe Grillo», asaeteando la obsesión imaginativa de Poly, o la obcecación post presidiaria de Valjean. En todo caso, ayudan a perfilar las historias de los dos personajes centrales, sus pasados confrontándose en el presente y creando una suerte de cortina al futuro que está naciendo entre los dos.
La gracia esencial del texto narrado es esa complejidad, que puede hacer volver al lector a alguna página precedente para mejor comprender el suceso inmediato. El sentido de monólogo o de introspección de los dos personajes crea una atmósfera escénica, como si toda la novela sea una suite de cuentos muy relacionados en torno a dos personajes que se encuentran y comienzan a forjar su después, su supervivencia como pareja. Claro que tal modo de narrar tiene aspectos líricos, que el autor atenúa con algunas fórmulas del llamado «realismo sucio», que aplica de forma circunstancial, sin énfasis. Y más que sentido lírico, realismo o uso de la imaginación, se trata de un bosquejo también psicológico de dos personas que no han hallado su estatus en la vida y que desean emprender una nueva situación que los defina, que borre el traumático presidio para él y la no menos ruda vida familiar pretérita de Poly.
Después, después se convierte en un reto. No solo porque su lectura es grata, sino porque el lector puede discutir con sus personajes, definirlos, intervenir incluso en las orientaciones sexuales que se deriven de sus acciones. Sin ser con exactitud un «novela participativa», cada lector puede hacer su lectura personal, o varias lecturas, y discutirla consigo mismo o con quien desee. No es una novela cerrada, pareciera pedir continuidad, o necesitar que sea el propio lector quien la concluya. Sin embargo, Elio Fidel López Velaz puso el punto final de lo que él quería narrar abriendo futuros posibles, que se definen en el título y en el penúltimo breve capítulo final.
Esta es la obra de la madurez narrativa de un autor que, habiendo incursionado más en el teatro, posee evidentes dotes como narrador. Ante su futuro como narrador y teatrista, también al autor se le aplica aquí la frase de doble esperanza de la obra: después, después. Eso aguardamos sus lectores, lo que vendrá después.
Fe de erratas
Raúl Flores Iriarte
No, no es una errata. El libro que fuera merecedor del premio Pinos Nuevos 2014 en la categoría de poesía se llama Creatura. A pesar de los intentos del Microsoft Office por corregir la palabra, así es como ha elegido Osmel Almaguer nombrar este libro suyo que salió por la editorial Letras Cubanas en el 2015. Título en latín que remite a la palabra criatura, que igualmente remite a la palabra crear, que remite también (en este caso) a la palabra poesía.
Creatura se edifica como torpeza poética, pero no torpeza en sentido peyorativo (el camino que se esconde del caminante, la piedra al otro lado del río) sino como negación de ciertos términos (bello, exaltación, lirismo). Aquí los textos adquieren connotaciones esquizoides, autistas a veces, como es (o como debe de ser) un discurso que se respete a sí mismo y, de paso, respete a un lector interesado en lo que hay más allá de lo que normalmente nos sale al paso.
Las palabras rehúyen posibles encuentros pasivos, los textos cruzan fronteras entre la poética y la narrativa. Estas criaturas, en fin, esperan ser creadas, pero (¿sin saberlo?) ya han sido creadas. No son clonaciones de nadie (ni siquiera del autor Almaguer), sino originales cada una por sí misma.
Osmel escribe Nada que pueda caber en esta hoja, que pueda volcar ―de mí― sobre la hoja […] me compensa. Si algún sentido tuviera la muerte, me entregaría sobre ella con la postura que engendra criaturas horribles, en un intento por creerme menos solo. Esto puede constituir un atisbo (rendija en puerta entornada) de lo que sucederá. Las criaturas (¿creaturas?) no son nada amables. Después de todo, ¿no es cierto que el sueño de la razón engendra monstruos?
El paliativo a la soledad se revela entonces: escribir y, a su vez, ser escrito. Ficcionar y después aceptar que uno (el que escribe, el que sangra y desangra) es solo parte de una ficción mayor, como podemos inferir del texto «Oficio de renunciar» (que toma como referencia al mito platónico de la caverna).
Osmel Almaguer se sumerge en el amplio estanque de la Poesía Nacional con el fin de ir hasta el fondo y rescatar el detritus, el sedimento. Lo intocable. A veces, hasta la misma negación (¿cartesiana?) del texto como ente lírico. Del hombre que lava la ropa en posición fetal a la orilla del río, puño a puño y en su centro pequeñas cantidades de tela, solo sé que lava la ropa a la orilla del río.
La enajenación se manifiesta entonces como probable línea de fuga. Una búsqueda existencial infinita de la cual emerge este libro como posible testigo. De esos para quienes la luz ha sido solo un pretexto, buscar ha sido un pretexto y sus discursos retumban en la estrechez de las paredes, quisiera enajenarme. De quienes anhelan mirar el sol de frente y que todo se arregle, golpearse duro en la pared y que todo se arregle, quisiera enajenarme.
Ni siquiera subsiste el verso como salvación (el espaciado etéreo que conceden las estrofas como estructuras visuales) porque versos o estrofas brillan por su ausencia en este libro. Las metáforas toman forma narrativa, se vuelven pedazos de ficción. (Símiles transgénericos para poesía de fin de siglo). Estos textos se alzan como edificios de microbrigada esperando a ser habitados por esos mismos monstruos que engendra el sueño de la razón. Para que después podamos venir nosotros (pobres lectores) a mirar por las ventanas como si de un zoológico se tratara. Compartiendo, de paso, el peso de la historia (nuestra Historia, dígase también histeria) con el autor que ha escrito Parece un pueblo demasiado optimista; nadie diría que continúa siendo gobernado por los caídos.
Creatura se alza igualmente como carta de navegación, sacrificio y ofrenda. Brújula con varias direcciones para arribar (o no) a un rumbo nunca definido, pero presente (El sitio a donde crees llegar no existe). La vida, la muerte. La familia. El Yo que a veces elige mostrarse detrás de segundas o terceras personas. Las eternas ausencias que se suplen con algo parecido a un sentimiento que se elige no nombrar. Quienes han muerto nunca responden si se les llama, pero a veces sí. Quienes han muerto vuelven en tiempos inoportunos, pero acaso no.
La poesía, pues, percibida como errata, o nota al pie de página. No de forma peyorativa, pero errata y nota al pie al fin y al cabo. Leemos lo que deseamos leer, a pesar de que otra cosa esté escrita. Otros pensamientos. Otra dosis de cierta sensación que dudamos en nombrar. Algo que ahora no es luz, pero promete. Un espejo que nunca nos devuelve lo mismo que refleja pero, de todas formas, lo intenta. Y eso, al final, es lo que importa.
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