Los 56 años de Bertillón 166 *
Rosa M. Rodríguez Miniet
Mi ciudad amanece en mis manos
Jesús Cos Causse
No tengo más que mi palabra
Aimé Césaire
En palabras del escritor Julio Cortázar, la lectura activa -en el espacio estricto de la literatura- es condición necesaria para toda lectura, la necesidad de apropiación de cada texto, de la conversión de la palabra del otro en una peculiar para mí; esta máxima trato de aplicarla cuando leo o releo un libro, porque sé también que cada lectura es un estudio nuevo, un aprendizaje distinto que hace que cada palabra sea como un epitafio como sentenciaba el maestro venezolano Simón Rodríguez. En esta ocasión son varias las lecturas que he realizado: como estudiante de la Escuela de Letras, como tutora de trabajos de diploma, como ponente del coloquio «Memoria y palabra» y ahora para esta presentación que agradezco a la Editorial Oriente y al Centro Soler Puig por la invitación, pues sin dudar acepté, a pesar del poco tiempo permitido para estar aquí hoy, pero como Soler es ese misterio que me acompaña, palabras que le tomo prestadas a Lezama Lima para nuestro José Martí y que últimamente leí que la poetisa Fina García Marruz expresó: para siempre, no podía resistirme.
Lo primero que recordé ante esta nueva lectura fue lo que la profesora dominicana-cubana Camila Henríquez Ureña dijo: «se aprende a leer dos veces: Debe leer los grandes clásicos -el que empieza- que por serlo son de todas las épocas y que deben leerse con frecuencia, porque siempre parecen nuevos. No importa que no se pueda comprender todo en esos libros: cada vez que se leen se encontrará en ellos una nueva luz, y nadie, ni el más sabio de los hombres, podrá agotarlos nunca». No estoy diciendo que Bertillón 166 sea exactamente de esos que habla la doctora, pero sí es un clásico para la literatura cubana. Que impacta por la temática que aborda, porque se estudia en las aulas, no solo universitarias, que era el mayor orgullo que sentía y expresaba Soler. Por ello el título para esta presentación. Aunque también debo referir que Soler desdeñaba la forma en que la había escrito, que podía ser modificada, que necesitaba una reelaboración, que pudo haberla escrito mejor y como ustedes seguramente conocen él prefería su novela El Caserón (1977).
Como ejemplo les puedo decir que en esta nueva lectura descubrí que la manera de apiadarse por los hechos de muerte acaecidos en aquel Santiago se repetía en sus páginas: Señor, ¿hasta cuándo? Y el cierre de la novela es ¡Hasta cuándo Señor! Esa sutileza de palabras intercambiadas, incluidos los signos de puntuación, de interrogación y admiración, ofrecen el cierre semántico que quería trasmitir el más notable escritor santiaguero, así quedan también de esas lecturas frases, metáforas, expresiones, imágenes imborrables, inolvidables: La ciudad parecía desmayada en el silencio.
Sin embargo, lo primero que queremos significar es la relación intertextual -entendida esta como concepto literario en busca de una idea nueva o de otra dimensión de lo ya dicho, tal y como lo expresa Desiderio Navarro (1987)- existente entre el fenómeno definido por el antropólogo Alfonso Bertillón 1 y su homónimo patronímico en el título nominal escogido por Soler y sugerido por su amigo y mentor literario, José Antonio Portuondo, quien le explicó el porqué, el significado de ese término, por su dígito 166 (muerte violenta) y que la prensa santiaguera en su Diario de Cuba recogía y etiquetaba así a los cadáveres aparecidos (hablamos de la dictadura batistiana) para mostrar a la población la identificación como un tipo de muerte.
Con este texto comienza Soler Puig las primeras páginas de su novela: «Sólo entonces el hombre se puso a leer: Ángela Piedra Rico, de 25 años, de cáncer de pulmón. Ricardo Pérez, de 18 años, Veguita de Galo Bertillón 166. Joaquín Palacio Díaz de 24 años, Santa Úrsula, Bertillón 166, Juan Ramírez Peláez, de 15 años, Bertillón 166 […]»,2 incluido hasta la sección Defunciones y con ella termina: «Guillermo Espinosa Mendive, de 29 años, Pedrera y Escario, Bertillón 166. Carlos Espinosa Pérez, 18 años, Bertillón 166, Waldino Medrano, Bertillón 166. Un desconocido, de la raza negra, de unos 45 años, Bertillón 166. Emilia Infante Serrano, Bertillón 166. Enrique Fernández Bertillón 166. Joaquín Jiménez Bertillón 166. Juan Pérez, Bertillón 166. Antonio Camacho, de 22 años, Bertillón 166 […]».3
La única diferencia es que allí solo tres nombres llevan Bertillón 166, 4 y ahora son ocho los occisos con esa misma terminología. Obsérvese entonces la gradación y el mensaje que ofrece su autor, para ir conduciéndonos hacia la historia que va novelando, al situar a qué grupo etario pertenecen: gente joven; nombres comunes (mujeres y hombres) de los fallecidos, con los ónimos de los futuros personajes; el racismo imperante y de lugares cualesquiera de la ciudad, es decir, la ciudad toda: esa era la atmósfera que se vivía y Soler la iba a descifrar en sus doscientas treintainueve páginas.
Escrita, con el calor y la euforia, el dolor y la vivencia, Soler plasma la heroicidad del pueblo santiaguero frente al sangriento y sanguinario gobierno de Batista. Es considerada, al menos, por la mayoría de los estudiosos, la que mejor muestra esa lucha citadina, el testimonio, el ambiente, la atmósfera que abarca toda la narración. Esa atmósfera única que reflejó la lucha y la violencia vividas en su Santiago.
De ella señaló uno de sus grandes inspiradores para la realización de esta obra, y que lo llevara hasta obtener el Premio Casa 1960, el Dr. José A. Portuondo (1965): «Es el reflejo más fiel aparecido hasta ahora de la acción clandestina en las ciudades, la atmósfera de terror y heroísmo, de lucha por la libertad, no cuajada aún en un coherente ideario político y social. La pintura realista de personajes y de situaciones lleva al lector a una compleja vivencia de la sorda batalla cotidiana en la que no había cuartel».5
Obviamente, iban in crescendo su madurez y quehacer literarios. Por ello, sin justificación alguna, hay que considerar que era su primera novela, su primer libro escrito a los 44 años y que logró(a) la comunicación deseada con el lector. Era evidente la demostración de un mundo distinto.
Bertillón 166 «es una obra bien escrita. El estilo es conciso y vigoroso. El relato es sobrio: tal vez se han sacrificado ciertos valores que pudo alcanzar a la brevedad de la narración […] la intensidad va en aumento al mismo tiempo que se apresuran el tempo y el ritmo de la novela»,6 es la afirmación de la profesora Camila Henríquez Ureña (1960).
Sin embargo, el mensaje trasmitido logra su efectividad. Cierto es también que artísticamente logrado, como en otra de sus obras, no lo es, pero -aunque el propio Soler lo reconoce- que podría escribirlo de otra manera, coincidimos con el profesor y crítico Repilado cuando afirma que ni Balzac ni Galdós fueron maestros del lenguaje, pero ignorar sus méritos por razones de pureza léxica y elegancia sintáctica sería un poquito arriesgado. 7 Su lenguaje es correcto, claro, de prosa sencilla, con el gracejo popular de la época: pipisigallo, teñamabas, lo cogimos asando maíz, en el momento oportuno, son logros del narrador Soler Puig.
Decía el propio Soler: «Observo muy de cerca las frases peculiares que escucho en la calle, en la guagua, mi casa: y luego las repito y las repito, porque tienen una construcción que a mí me parece típica del santiaguero».8 Por ello utilizó un lenguaje basado en palabras y giros de uso popular en boca de cada personaje que le permitía caracterizar su medio social -estudiantes, trabajadores, obreros, gente de pueblo, soldados, esbirros-, con un marcado lenguaje coloquial, directo, popular, ajeno a rebuscamientos, pero estructuralmente en función del contexto, para hacerlo claro, austero, conciso, preciso, adecuado y ofrecernos ese mensaje popularmente humano, sin regodeos formales, pero con una efectividad creadora, que lo hace permanente hasta nuestros días.
Si bien es cierto que la atmósfera creada por Soler y sus distintos personajes en Bertillón 166 sobresalen es, porque, precisamente, las palabras claves empleadas coadyuvan a ofrecer ese espacio artístico que es la ciudad santiaguera, como un gran hiperónimo, con sus rasgos pertinentes que la definen: los odónimos (calles) presentes: Trocha, Corona, Heredia, Santa Rita, Escario, Reloj, Cristina, Enramadas, Santa Lucía, Aguilera; las avenidas: Garzón, Alameda, Martí; los agorónimos (plazas): Marte, Dolores, Parque Céspedes; los ónimos Carretera Central, de El Caney, Camino del Cobre y los urbanónimos (barrios): Chicharrones, Sueño, San Pedrito, Vista Alegre, Quintero, asistido todo ello por la conformación de un campo asociativo (léxico, onomasiológico, semántico) para definirla: tortura, terror, muerte, soledad, sangre, miedo, ansiedad, silencio, noche, desamparo, impotencia, acentuado con los sintagmas lingüísticos: calles desiertas, caras serias y expectantes, calles sin niños, pocos transeúntes, personas inocentes asesinadas, en el que Santiago parece una tumba, nos dice en sus páginas, que funcionan como un procedimiento estilístico, donde la repetición léxica, o el empleo de sinónimos, van enriqueciendo ese clima, ese ambiente, muy bien calificado por muchos, entre las que me encuentro, como lo mejor de la novela Bertillón 166.
Lógicamente no escapan en ese estudio el empleo de dichas palabras en los diálogos para reiterar la lexía clave sangre, incluido el símbolo bandera con sus colores rojo y negro, en evidente alusión a la bandera del movimiento 26/7, así como la noche para mostrarnos las actividades revolucionarias; la oscuridad, cómplice, con luces violentas y cegadoras; las explosiones, los tiros y la muerte. Hay un uso reiterado de adjetivos -aunque la estudiosa Olga García Yero dice que no son abundantes desde el punto de vista artístico-, para indicarnos la impresión agónica, de la angustia, del miedo, la muerte, la desolación y la constante preocupación de sus pobladores (hijos, madres, esposos), que van proyectando la inseguridad de la gente en su constante vivir: calles desiertas y en silencio, rojos ríos de martirio, cafés vacíos, casas cerradas, suelo ensangrentado, rostros serios, expectantes; fuga estéril. Así como su expresa comparación entre los santiagueros de antes, risueños, bromistas, campechanos y rumbosos, y los de ahora, con la constante sombra y permanencia de la muerte, sin importar hora y día. No olvidó Soler resaltar que, en gran medida, ayudaban a caracterizar la ciudad; la iglesia y el Colegio de Dolores, la funeraria Bartolomé, la Catedral, el Ayuntamiento, el Cuartel Moncada, el Instituto, el Gobierno Provincial y el hotel Casa Granda, topónimos todos de una gran carga semántica en el texto novelado.
Empleó Soler Puig, con singularidad, los préstamos lingüísticos rouge, Underwood, jeep, high ball, whisky, entre otras; el rico uso de las palabras onomatopéyicas -tan necesarias en cualquier discurso o en el oportuno diálogo-, están presentes en las páginas escritas por Soler: traca-traca, rin-rin, chirri- chirri, corre-corre, tin-tin, pum-pum. Zig-zag, mau-mau, para intensificar el significado del teléfono, los tiros, el abrir una puerta, la campanilla de llamada o el simple hablar; las interjecciones -consideradas por algunos lingüistas dentro de las palabras onomatopéyicas-, también ayudan al ambiente creado y el decir de sus personajes. Las consabidas ¡Anjá!, ¡Oh!, ¡Bah!; ¡Ah!, ¡Eh!, son reiterativas.
Tampoco podrían faltar en su lenguaje aquellas palabras que identifican la zona oriental oriental y, en particular, al santiaguero. Se trata del término apocopado compay. O el del vocablo rumboso, contagioso por sus raíces y su fonética, o el uso de balance y sillón, como bien diferencian los hablantes santiagueros, o la expresión «si seré vaina» (por bobo). Asimismo, la presencia sinonímica de la voz negro, con una frecuencia de uso de cuarenta veces, al lado de moreno, veintitrés, o negro comunista, opuesto al blanco (4); hasta en la nota necrológica, sin contar las ocasiones que aparece la frase: «Los negros no se meten con Batista», y en dos momentos el término mulato. Él estaba consciente de la mejor manera que podía expresar estos rasgos, pero que en modo alguno fueran a ser índice de discriminación, porque en el fondo era su manera de declarar la injusticia cometida.
Es necesario señalar el diferenciado léxico puesto en boca de los soldados y torturado torturadores, antonímicamente muy bien seleccionados, así como los recursos expresivos de los frecuentes diminutivos, la elipsis, las oraciones exclamativas, la metonimia, las excelentes metáforas y los recurrentes símiles que, a nuestro entender, sobresalen cuando se refiere a Carlos Espinosa y dice Soler con una hermosa imagen: «La mente se le estaba meciendo como pencas de palma», con un cierre semántico sui generis: «La ciudad parecía desmayada en el silencio».
Por todo ello y más Bertillón 166, con más de veinte traducciones a diferentes lenguas, y numerosas ediciones, incluida la que presentamos hoy, en conmemoración por su Centenario, de la Editorial Oriente (2016), en su colección Ficciones, con una hermosísima portada, obra de Ernesto Rancaño, e inspiración para el cine, «quedará como el desvelo de quien pone su voz para que hablen los suyos: en sus logros artísticos y en sus descuidos está el ansia por la revelación de las angustias y de las esperanzas de su ciudad, de su pueblo. Por su pleno humanismo y su estatura estética, por ser una respuesta viril y hermosa, la narrativa de Soler Puig es, para siempre, una de las cimas de la novela de la Revolución Cubana»,9 según palabras del actual presidente de la Academia Cubana de la Lengua, el profesor Rogelio Rodríguez Coronel.
Finalmente, coincido con lo expresado por el profesor de siempre, Ricardo Repilado, porque nos parece una certera sentencia: «No se busquen en Bertillón primores de estilista a lo Gabriel Miró. Búsquese -y eso sí aparecerá con largueza- la recreación vívida y fiel de un momento estelar de nuestra historia. Bertillón 166 es uno de nuestros Episodios nacionales».10 Lo cierto es, para mí, que Bertillón 166 es como de esos libros que definió José Martí: «Hay libros en que parece que va acuñado el corazón, y hecho páginas y letras, donde se ve agonizar la esperanza y sangrar la vida… hay libros de gala, escritos con el corazón ».
Para que sigamos leyendo al Premio Nacional de Literatura y no solo en fechas conmemorativas, porque Soler Puig siempre aplicó el proverbio bambara: La fuerza está en la palabra y esa fue expresada en toda su obra narrativa. A ese Soler que en una conversación sostenida en Moscú en 1979 esclareció de forma convincente: «Sin la Revolución no hubiera podido llegar a ser escritor ». Por ello también hoy debemos aplicar la sentencia fidelista: «no le decimos al pueblo cree, le decimos lee». Desde aquí también una felicitación por sus nueve décadas de vida.
* Palabras de presentación de la novela Bertillón 166, de José Soler Puig, en Santiago de Cuba el 26 de agosto de 2016.
1 Su mérito fue la invención y puesta en práctica del método de identificación de las personas por las medidas de determinadas regiones corporales (método antropométrico). Incorporó también en la instrucción, el sistema de archivos de fichas de los delincuentes: los principios del retrato hablado y la foto signalítica. El llamado bertillonaje, es el sistema de identificación, inventado por él, para determinar cicatrices, manchas, señales que permitían identificar el tipo de muerte y cada una llevaba una numeración.
2 José Soler Puig: Bertillón 166. Casa de las Américas, junio de 1960, p. 10. Fue el primer Premio otorgado por Casa de las Américas, novela, 1960, después del triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Su Jurado estuvo integrado por los escritores cubanos Alejo Carpentier y Enrique Labrador Ruiz, el mexicano Carlos Fuentes, el venezolano Miguel Otero Silva y el guatemalteco Miguel Ángel Asturias.
3 Ibid., p. 217.
4 Los resaltados de Bertillón 166 son nuestros y se ha respetado la puntación que empleó Soler.
5 «José Soler Puig y la novela de la Revolución Cubana », en Crítica de la época y otros ensayos, p. 203.
6 «Bertillón 166: para una expresión literaria de la Revolución», en Del Caribe, año I, nos. 3-4, 1984, Casa del Caribe, Santiago de Cuba, p. 87.
7 Ricardo Repilado: «La obra novelística de José Soler Puig», en Cosecha de dos parcelas, p. 207.
8 Carlos Tamayo: «De una conversación más bien extensa con José Soler Puig», en Santiago, no. 54, junio de 1984, Universidad de Oriente, Santiago de Cuba, p. 215.
9 Rodríguez Coronel: «La novela de José Soler Puig en la década del setenta», en Del Caribe, p. 27.
10 Op. Cit., p. 208.
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