Lillian Álvarez

LILLIAN ÁLVAREZ (La Habana, 1962). Escritora y abogada. Como poeta ha publicado Ni el aire ni el espejo, Ya los reyes no existen y Como un cristal temblando. Tiene un blog de poesía: Sobre el humo del mundo. Su libro Derecho de ¿autor? El debate hoy obtuvo el Premio de la Crítica; y mereció el Premio especial Una Especie en Peligro del Concurso Internacional de Ensayo Pensar a Contracorriente.

 

 

 

 

 

 

Un río corre a mis espaldas Mientras cabalgo en desenfreno ¿Dónde está la cima, la mitad del mundo, el espejo que separa mi rostro de los sueños?.

 

No llueve. Hace días, meses, años, que no llueve. Dónde aguardan esas diminutas lanzas de cristal, dónde afilan sus puntas para clavarlas después, para enterrarlas con furia el día final de la embestida. Dulce dolor el de la tierra herida. Duro presidio el de esta celda de límpidos barrotes hincada desde el cielo. Dulce temblor el de un cuerpo que recibe el golpe de la fecundidad. Bella locura esta de llovernos por dentro, de arrasarnos hasta huir de los rostros que una vez nos tomaron como rehenes.

 

Una melodía se dibuja en tu rostro. Una humedad que te llega de lejos, desde calles que no transité, desde el vientre de tus lagartos capturados, desde la enigmática lucha de tu rey y tus peones cuando no imaginaban siquiera la batalla. No quiero quedar en los balcones, ni en las salas de espera. El espectador aplaude y se marcha, se sienta o se pone de pie, se agita, se estruja los párpados, pero siempre se marcha. No quiero ser cosecha ni viento de primavera. No quiero ser la viñeta que se tuerce y te mira desde el sitio absurdo del homenaje. Quiero volver a donde fuiste, a los caminos ciegos de tus primeros laberintos, a donde pensaste que todo era un error, que no era ese el camino. Quiero saber dónde cayó rendida la parábola de tu mirada cuando perseguías por primera vez el horizonte. Quiero ser la hoja seca que cae y se pudre, el agua que corre por la comisura de tus labios, el sillón que te columpia a un lado y a otro de tu angustia. Quiero ser la partícula pequeña que te habite, que te ensucie la piel, que se revuelva en tu prisa. Quiero asistir a la fiesta en donde nacen tus letras, presenciar la caída de tus barrotes de cristal. Quiero ser la melodía que se alce sobre el humo del mundo y te devuelva, una mañana como esta, la sonrisa perdida.

 

 

El marco está de lado, la puerta de lado y yo no tengo prisa. Los hombres miran el reloj. No ha pasado un segundo y miran de nuevo el reloj. Toman nota, se olfatean, buscan los viejos saberes de la sangre. (Las verjas no caen, se doblan y luego, de nuevo, se levantan). No los sigo. No busco la luz blanca, el flash inclemente y loco. No sé de naves metálicas ni del fuego que se desboca tras las contraseñas. Mi gris duerme salpicado. Mi ocre se escurre. Mi azul se desliza dando tumbos, aproximándose. El negro majestuoso, dueño de todo, sabio. Sigo derramándome en el haz camino de la estrella, en el ser único hallado en medio de la multitud. Apaguen los seguidores, fuera los consejeros, los managers, no asisto a la carrera. No quiero posar ni que las aguas me arrastren a la margen quieta del río. Que otros corran. Yo me quedo en los zigzags de la duda, en el error. Me quedo hincando las cotas de los oráculos, hirviendo en los alborotos de mi sangre, sola en la ruta que una vez señalaron mis muertos.

 

Llego a rastras sobre la hierba espesa, las raíces atadas, las espinas. Sobre mí, el enrejado seco, la bruma seca. Sobre mí, los árboles acordonados. Llego sorteando la vegetal prepotencia del roble milenario, del mangle invasor que sobrevive, del marabú que aguarda y paraliza. Todo se teje en la negativa todas las ramas sobre mí. Llego en silencio, arañada, herida, rocas secas, palmas secas, hojas hipócritas que cuentan sobre el placer de caer. La huida del insecto, el salto astuto de la alimaña, el vuelo de la fría mariposa. El caimán dentro de su silencio, el suelo arenoso, hambriento, indeciso. Mi vida bajo las primaveras, mi cuerpo sin saber las respuestas, las grandes respuestas. La noche, el día, otra vez la noche. Ráfagas de luz y tiempo de penumbra. Un arco que se cierra, una cúpula que gira y juega a ser y no ser. Una cúpula que se cubre y se descubre y ciertamente no sabe. Me arrastro y llego al ruedo, al espacio vacío, la blanca lasitud se extiende, sol de los peligros, de la visión total. Sigilo del francotirador que apunta. No sucede nada. Solo se escucha un doloroso silencio, el grito de la espera.

 

Roma

Camino sobre el césped húmedo, atrevido verdor que emerge entre las rocas. De piedra es hoy el cuchillo que mató a César, la mano quebradora, las rojas gotas que tiñeron el senado. De piedra el rostro del asesino, el silencio del cómplice, el temblor del aterrado. Pétreos murmullos entre las túnicas. El estupor, la duda, la intriga calcinada. La guerra, un inmenso relato hecho columna. Dacios y romanos entre lanzas, calcáreos los escudos, seco el grito. El discurso en la piedra. El placer en la piedra. La batalla campal en la piel muerta de la piedra. La vida toda no cabe bajo las lápidas grabadas de los cementerios. La muerte no cabe en tarjas, ni en monumentos, ni en la reverencia servil de los museos. Se escurre bajo los pies andantes. La muerte llena las ciudades como capas de suelo dispuestas al cultivo. Las ciudades crecen encima de sus muertos, se alimentan de ellos como árboles. El polvo es muerte que queda, la arena es muerte que se entrega a las aguas del mar en cada costa. La muerte es la piedra que narra, el suelo que yace, el aire que envuelve. Aunque nada vean las cámaras apuradas de los turistas ni las postales de absurda vanagloria