La muerte de mi hermano Abel (fragmento)

Gregor von Rezzori

Treinta y nueve años después de su primera edición en alemán, la Editorial Sexto Piso publicó, en 2015, La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori, una de las grandes novelas europeas del siglo xx, que los lectores en lengua española merecimos leer desde mucho antes. Paradójicamente, el traductor José Aníbal Campos se preguntaba hace tan solo dos años por qué la obra de este autor «despierta un mayor interés y goza de una popularidad creciente en países de América Latina y en el mundo latino en general, todo lo contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Alemania, donde parece ser un gran olvidado».

Aristides Subicz, protagonista y narrador de La muerte…, merece el mismo gentilicio que he usado para la novela, como también es justo para su autor. Al igual que Subicz, Von Rezzori nació en Czernowitz, Bukovina, en 1914, que era entonces el extremo oriental del Imperio Austrohúngaro. «Si se hubiera quedado inmóvil en su lugar de nacimiento», ha escrito Juan Villoro, un agudo conocedor de su obra, «habría tenido tres nacionalidades: austrohúngara, rumana y soviética. Habría cruzado fronteras sin moverse». Pero Von Rezzori, como Subicz, se desplazó por Europa y murió (esta vez sí a diferencia de su personaje) en la Toscana, en 1998.

Quizás la gran virtud de esta novela sea su propia forma: el pretexto para poner en marcha la narración es la imposibilidad de Subicz para escribir una novela. Lo que leemos, a fin de cuentas, sería la reproducción de un copioso manojo de apuntes dispersos, más la explicación del propio Subicz de por qué no ha podido escribirla. «Resuma en tres frases de qué trata», le ha pedido mister Jacob G. Brodny, el agente literario que ha comprado los derechos de la obra en proceso. La respuesta de Aristides alcanza las 828 páginas -en la edición en español. Yei Yi Brodny, además, es un judío francés que vive en los Estados Unidos.

La conversación entre el autor y el agente literario ocurre en 1968, último de los años que abarca la novela. En esa fecha, Subizc ya está colocado en un estado de dispersión, de disolución. Se enfrenta a un material, a una vida (ya sea la suya) que le resultan inatrapables, al menos de la manera convencional. «Cualquier cosa que narre, da lugar a otra narración. Cualquier historia genera otras diez: un crecimiento celular híbrido que no es posible controlar a través de ninguna forma», dice. La época, tanto como los personajes, se ha vuelto inasible, no hay manera de ordenarla, de encontrar su sentido. Ante el cuerpo minado por el cáncer de una de sus muchas amantes, Subizc regresa a la noción de las células que crecen de forma equivocada: «el cáncer como un fenómeno general de la época, la incapacidad para salvaguardar la forma: crecimiento híbrido y desordenado de todo, de todos, en correspondencia con la nueva imagen del mundo divulgada por la física: el cosmos como una explosión monstruosa. La forma como antinaturaleza, en una palabra».

En su desorden temporal, La muerte… abarca, al menos, cuatro momentos cruciales, consecutivos y distintos de la Europa del siglo xx: el período de entreguerras, cuando aún parecía posible regresar al ambiente de la Belle époque, la Segunda Guerra, la miseria de la posguerra, y la recuperación y el milagro económico, sobre todo de Alemania. Se puede leer, por supuesto, como continuación tanto de Proust como de Musil: comienza donde ellos terminan, y también a la manera de ambos.

El primer punto de inflexión está colocado en marzo de 1938. Adolf Hitler visita Viena y el sol se detiene en el cielo durante tres días consecutivos. El narrador lo asegura: el sol estaba sobre cualquier otra parte del planeta, pero no sobre Viena. El Führer recorre las calles de la ciudad centroeuropea, la multitud lo aclama. Es el principio del fin.

El segundo punto vendría a ser el juicio de Nurenberg. Allí Subizc, como años más tarde Hannah Arendt, ve desfilar por el banquillo de los acusados seres que ahora parecen demasiado pequeños, demasiado cotidianos, incluso humanos, en comparación con el genocidio que han cometido. Ante ellos, comprende que el sentido de la justicia puede escapar a cualquier evaluación racional. Las escalas dejan de estar al alcance del entendimiento humano.

El último período se abre con el cambio de moneda: como por arte de magia, un nuevo marco comienza a circular y ya puede comprarse de todo. El bienestar material se ha reinstalado y, con él, el fin definitivo de la Europa en que nuestro protagonista nació y creció. Si al inicio podía decir «Busco una Europa que todavía era europea», progresivamente se reconoce en un contexto dominado por la cultura norteamericana, ante la que no se ahorra denostaciones: «esa hora estelar de Europa jamás habría tenido lugar sin el regreso de la hija pródiga de Europa, América; sin la intervención y la revancha de América en la historia europea». Aquella es una sociedad, dice, «que ha conseguido convertir la envidia social en el motor de un enorme dinamismo nacional».

No olvidemos que Subizc vive del cine: como «los cerdos del cine» califica invariablemente a los productores alemanes instalados en Hamburgo. Ahí se establece el dilema que no puede resolver entre la escritura fácil, comercial, que cumple como encargo bien pagado, y la escritura tan visceral como imposible que pospone hasta el infinito. En sí mismo, Aristides encarna el fin de la utopía humanista frente a la invasión del mercado, y mira por encima del hombro esa cultura para las masas que ha ganado la batalla a la alta cultura. «¿Para qué se escribe todavía realmente?», se pregunta, «¿Acaso esas criaturas del área de servicio en la autovía no están ya bien servidas y ahítas con sus periódicos, sus películas, sus televisores y sus tiras cómicas?».

Y en el fondo de todo, con su fracaso, Europa arrastra tras de sí a la humanidad toda. «¿Qué es, pues, nuestra cultura?», vuelve a preguntarse: «La tradición según la cual nuestro origen y nuestra dicha suprema residen en un jardín. Es decir, un sitio según el cual a la caótica naturaleza le corresponde un orden y, con ese orden, un sentido»

El caos de la novela, su propia incapacidad para contar la época a la que ha llegado Aristides Subizc, es el sinsentido mismo de un tiempo histórico que aún nos abarca. Toda persona, como Caín, es un asesino en potencia, porque, a fin de cuentas, el ser humano «es una especie de microbio cósmico, un bacilo o un virus universal cuya expresa misión es la de destruir el planeta Tierra, y quizás no solo el planeta», asegura, como si viviera hoy mismo.

Arturo Arango

¿Qué me dice, Jacob G. Brodny, ciudadano de Estados Unidos de América con pleno derecho, con méritos de guerra —y de otro tipo— en el European Theatre, supermán de la industria literaria rodeado de la más bella aureola (de luces de neón) del americanismo?; ¿qué me dice de esa certeza de sí mismos que distingue a los franceses, tan incomprensiblemente pasada de moda, defendida hasta un punto casi provocador? ¿Esclerosis? ¿Fenómeno de fosilización? Lo admito. No obstante, ¿no es eso algo así como una espina clavada en la carne de los hombres que dominan el mundo? Uno ya no da crédito a sus sentidos: ser francés —según te hacen ver aquí en París a cada paso— no es, sin más, tener una nacionalidad, de eso nada: es una señal de gracia divina, una forma superior de la existencia, desarrollada a partir de un origen ctónico mucho más valioso, derivada del agua madre de un más noble espíritu popular. ¡Y todo esto en este siglo suyo, Yéicob Yí, el siglo americano, en el que es casi inconcebible otra forma de existencia, en nuestra parte del mundo, distinta de la americana! ¡Obstinación fenoménica de la historia evolutiva! ¿Acaso no se lo parece a usted también?

Antes estábamos acostumbrados a este tipo de cosas: a la arrogancia leporina y vitiligosa de los británicos, por ejemplo; o a la furibunda conciencia nacional de los balcánicos, es decir, de los serbios. También los alemanes, alguna vez, pudieron darse el lujo de ser abiertamente alemanes. Todo ello era habitual en un concierto de las naciones tocado a ritmo de vals, formaba parte del panorama europeo. Una enorme variedad de pueblos, y cada uno de ellos portador de un algo que era motivo de orgullo: británicos, búlgaros, bosnios, holandeses, helvéticos, hutsules. También los serbios, cuando se pensaban como serbios, se consideraban de inmediato algo mucho más importante que cuando, simplemente, pensaban: «Yo, Milosh», o: «Yo, Janko». Un Milosh serbio era en cierto modo un Milosh elevado a la segunda potencia, un Milosh acrecentado. El individuo no se pierde en el colectivo, al contrario: se transustancia en él y accede a una forma más clara, cobra un peso específico más elevado. Nagel escribe: «¡Formar parte del pueblo, ser pueblo en el lenguaje, en cuerpo y espíritu, llevarlo en el rostro, en los ademanes y los gestos, eso es también aristocracia!». Una verdad de Perogrullo que debemos tener siempre a la vista. A Schwab, el alemán, esto le resultaba desagradable; y se comprende. Como alemán, uno conquista mejor su propia forma renegando de lo alemán (en el espíritu de Goethe o de Hölderlin). Pero eso no disminuye la validez general de la frase. Y mucho menos en el caso de los franceses.

¿No es esto curioso en una época en la que casi ningún pueblo, casi ninguna nación constituye, en sí, el entorno del cual puede sentirse integrante —como producto derivado—, quien forma parte de ella; en una época, efectivamente, en la que ya nadie sirve de molde para los rasgos nacionales ni es posible estampar un estilo propio? Que me muestren las diferencias de estilo entre una bomba de gasolina española y otra sueca; las divergencias paisajísticas entre un tramo de autovía o un aeropuerto cerca de Hamburgo, Germany, de Roma, Italy, o de Dallas, Texas. Hoy en día solo existe un estilo supranacional: el estilo americano. También un tramo de autovía cerca de Paéris, Franx, es mucho más americano y apenas se diferencia de otro en las inmediaciones de Tokio, Giapán. Como apenas se diferencian aquí o allá los aeropuertos y las bombas de gasolina. Los franceses, en cambio, son cada vez más franceses. Los españoles, los suecos, los japoneses se van convirtiendo, a ojos vista, en americanos mascachicles y devotos de las computadoras. Los franceses, en cambio, nunca fueron más intensamente franceses que hoy en día.

Me preguntará por qué me ocupa tanto este tema. Well, sir, lo veo como un excéntrico pasatiempo (en otra época se hubiera dicho un spleen). Estoy buscando la otra mitad de mi vida. Como los amantes de Aristófanes, busco la parte perdida de mí mismo, la mitad de una dualidad originaria. Una mitad que perdí en algún momento, sospecho que un día gélido y claro en Viena, en marzo de 1938, cuando apenas tenía diecinueve años, diecinueve inocentes años. Aquellos años han sido amputados de mi existencia, como el brazo derecho de Nagel. Desde entonces ando tras el rastro de su manifestación sensible (porque, como Nagel, que afirma que todavía siente cómo mueve los dedos de la mano que le falta, también yo siento en mí, de un modo abstracto, mi yo de entonces).

Busco, pues, esa otra parte de mi vida en el único sitio donde puedo buscarla: en países, paisajes, nubes, ciudades —porque sí, son sobre todo las ciudades las que a veces, con sus luces, aromas y ruidos, sus colores, formas y ambientes, hacen revivir en mí la totalidad de ambientes, colores, ruidos, aromas y efectos de luz de toda una época; siempre de forma repentina: dolorosa y al mismo tiempo deliciosa, aunque, por desgracia, sólo por una fracción de segundo, la de unos fugaces momentos.

En resumen: busco la otra mitad de mi vida en los residuos, en el eco —mejor dicho— de esa época a la que esa vida perteneció. Y aquella época puede identificarse en este eco, de un modo cada vez más claro, bajo la forma de un estilo. O con mayor precisión, desde el punto de vista de la historia del arte: la época que desarrolló el Art Déco a partir del Art Nouveau, el tiempo de flirteo y noviazgo de Europa con América (del matrimonio sería testigo más tarde, pero solo como invitado tras la valla).

Busco una Europa que todavía era europea.

En realidad usted debería entenderlo mejor que nadie, mister Jacob G. Brodny. Ante todo, en calidad de judío nostálgico. Podríamos decir que, como cualquier localidad decente en la América provinciana y profunda, hoy también Europa está libre de la presencia judaica, pero eso no era así en otros tiempos, ¿no es cierto?; aunque no era una tierra de promisión, sí que era, en todo caso, una tierra vivida y amada desde tiempos remotos; una tierra en la que ustedes, los judíos, veían cumplirse muchas de sus más osadas promesas, y, sobre todo, donde encontraron a sus verdugos más despiadados, y eso es algo que une de un modo tremendo, ¿no le parece?

Pero, independientemente de todo eso: como ex europeo —de la Europa del este, lo enfatizo—, también a usted le habrán arrebatado su mitad. Tal vez no tenga ocasión de llorar por ella. Sea como sea, usted ha caminado al paso de los tiempos. No sé si con alegría o con tristeza, pero sí que ha lanzado por la borda lo que aún le quedaba de vestigio o de eco de una forma de vida extinta, y de repente se adaptó, lleno de vivacidad, a una nueva forma: se convirtió en americano. En el gran colectivo de los Estados Unidos de nuestro mundo occidental, su yo cercenado se transubstanció y alcanzó una nueva y henchida plenitud, y ahora usted le estampa el americano a la gente en plena cara.

Yo, por el contrario, en lo relativo a mi otra mitad, me he hecho culpable de una falta por desgracia muy difundida: la del arrastre de épocas. No he podido renunciar del todo a lo que todavía, de algún modo, estaba vivo en mí —aunque solo lo estuviera de manera abstracta, fantasmal: como el brazo de Nagel, arrancado de un disparo.

Por eso no he conseguido convertirme en algo entero, nuevo o plenamente vital en esta nueva época (americana); y, por supuesto, tampoco he podido seguir siendo lo que era. Y ahora tenga la bondad de entender lo que tanto me fascina de los franceses, un punto para el que Schwab mostraba una empatía excitada.

Lanzado de un lado a otro por los destinos cambiantes del cineasta (guionista de cine, ya sabe), me detengo a menudo, alternadamente, en distintas metrópolis de cada rinconcito de Europa: Viena, Madrid, Roma, Munich, Copenhague, Milán, Berlín Occidental. Una Europa lamentablemente reducida, mutilada, despojada —en cierto modo— de su mitad, una Europa que se ha vuelto ridículamente provinciana, suburbana y desolada; sin embargo, desde hace algunos años (desde que tuve una descabellada historia de amor con una fashion-model americana llamada Dawn, o, en cualquier caso, desde la muerte de Schwab), la manera más segura de contactarme es aquí en París. Sin domicilio fijo, claro. El intento —tras las tristes experiencias de un matrimonio que pronto quedaría disuelto (con Christa) en Hamburgo— de radicarme aquí (con Gaia: una mujer enorme, con la piel achocolatada y sangre mitad afroamericana, mitad rumana: la princesa Jahovary, nombre que parece de un Freak-Show, pero ese era realmente su aspecto), fracasó dramáticamente; pero de ello le hablaré más adelante.

Lo que me frustra en grado extremo es la insólita y casi increíble dureza superficial de los franceses. Esos hermanos, tan claros como el cristal, tan cartesianamente translúcidos, han ido uniéndose hasta formar una costra dura, lo cual produce un mundo en el que no es tan fácil entrar. Yo, por lo menos, no lo consigo, aunque lo percibo; pero sé, ¡Señor!, que es mi mundo en muchos sentidos, casi en todos los sentidos, y que yo —o al menos el yo de esa mitad perdida de mi vida— me he mantenido integrado en él (como solía decirse en la jerga de los electricistas de la estirpe de mi tío Helmuth). Y todo aquí, donde se ha mantenido intacto casi todo lo perteneciente a la mitad perdida de mi vida —formas, colores, sonidos, abundancia de olores, todo un mundo idiomático (tan determinante para el estilo de aquella época) y, en todo caso, todo el Art Nouveau o el Art Déco que uno quiera—; es aquí donde no solo pierdo, por añadidura, el sentido de mi antigua pertenencia a este mundo, sino también cualquier sostén sólido en el tiempo, sobre todo en el presente.

El mundo es un acontecimiento en el que no participo, en el que nunca he participado ni participaré jamás. Es un acontecimiento francés, y yo no soy francés. Ni siquiera soy un boche, como Schwab, un potencial asesino de franceses (y lo repito: la suya era una relación íntima, casi una identificación). Tampoco soy americano (lo cual sería otro género de asesino de la forma de ser francesa. Yo no soy nada. Ni siquiera soy un apátrida en el sentido jurídico, sino un desarraigado de nacimiento, déraciné par excellence: un auténtico sin padre y sin patria, uno que no sabe quién fue su progenitor, cuya madre abandonó y traicionó a los de su estirpe, a su pueblo; un tipo sin tenencia ni pertenencia, sin bautizar, sin fe, sospechosamente políglota y divorciado de todo vínculo con una tribu, con toda bandera... Pero, eso sí, un hombre en busca de todo eso. La magnífica ciudad de París, tan bella, la ville lumière, no me ayuda en esto ni un ápice. Al contrario. La aplastante presencia de su historia me excluye de sí misma como lo hace su histórico presente. En la ininterrumpida continuidad que va de Carlomagno a Charles de Gaulle no hay ni siquiera una ínfima fisura a través de la cual yo pueda colarme. Sin embargo, esa otra mitad de mi vida, la mitad perdida —para mí y para otros como yo— en aquel mes de marzo de 1938, pertenece más a este lugar que a ningún otro. Quiero decir que Occidente, la Europa occidental de la que nace, en la que ha crecido, cuyos colores, formas, sonidos, aromas y ambientes han dado forma a su modelo, está incomparablemente mucho más presente aquí que en cualquier otra parte. ¿En qué otro sitio iba a buscarla entonces, sino aquí? Aquí puedo seguirle el rastro, y seguirme el rastro a mí mismo de manera incesante; pero solo eso: puedo seguirle el rastro, y eso, solo a veces; en algunos momentos angustiosos, muy fugaces, momentos que nos ofrecen su promesa de felicidad por una fracción de segundo, estoy a punto incluso de pisarle los talones. Ahora bien, lo que es alcanzarme, no lo consigo nunca. Y ello resulta tanto más torturante porque me veo, a cada paso, a punto de identificarme..

¿Cómo podría hacérselo ver, estimado Jacob G.? Usted, que pasa la vida recorriendo el mundo, conocerá seguramente Sneek, la Venecia holandesa. Allí uno recorre en pesadas barcas, infinitamente lentas, los canales plomizos. A derecha e izquierda, el paso de las orillas resulta tan insoportablemente somnoliento y pausado, que uno espera ver las casas inclinarse hacia delante como párpados que se cierran, como las cabezas de personas muy cansadas.

Pues bien, en un guión cinematográfico de mi autoría, el cual, como tantos otros, no pasará de ser un anhelo soñado y jamás cumplido (ninguno de los cerdos del cine, mis productores, querrá realizarlo jamás), ambienté allí una escena de persecución: un hombre ha de alcanzar a cualquier precio a otro que huye un par de barcas por delante de él... Huye muy lentamente... Su huida es de una lentitud infinita, pero, así y todo, inalcanzable... Y es que ese otro, por supuesto, es él mismo.